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domingo, 1 de mayo de 2011

Parshat Emor: Entrega Total al Amor de Dios

La distinción entre vida y muerte es recalcada nuevamente en esta porción: "Y el Eterno dijo a Moisés: Declara (emor) a los sacerdotes, los hijos de Aarón, y diles: 'Que nadie de vosotros se contamine por una persona muerta entre su pueblo'." (Levítico 21:1) y vida es la prioridad imperativa para el mayor conocimiento de nuestra conexión con Dios. En este sentido la vida abarca todos los atributos positivos y bondad que son inherentes a Amor como la Esencia común que compartimos con nuestro Creador, y que además nos hace parte de Él.

Amor es el Pacto, la precondición divina con la que tenemos que manejar la vida y la actitud ante el mundo material. La Esencia de la vida es Amor con el que Dios nos creó, y Amor es la manera de protegerla y proyectarla en nuestro entorno individual y colectivo. A diferencia de la vida, la muerte representa lo opuesto a los modos y atributos de Amor.

Lo sagrado es exaltado e inherente a Amor como la manera de santificar la vida en el mundo material: "Ellos (los sacerdotes) deberán ser sagrados a su Dios, y no profanarán el Nombre de su Dios, porque ellos elevan las ofrendas de fuego del Eterno, las ofrendas de alimento de su Dios, por lo tanto deberán ser sagrados.". (21:6). En este contexto el Nombre de Dios abarca los caminos y atributos para consagrar la vida.


El conocimiento de nuestra conexión permanente con Dios (representado por el sacerdote) es lo que eleva nuestras cualidades y rasgos humanos, la ofrenda de alimento del Eterno. Este conocimiento es lo sagrado que nos apega a Él: "Vosotros lo santificaréis [al sacerdote], porque él eleva la ofrenda de alimento de vuestro Dios; él será sagrado para vosotros, porque Yo, el Eterno que os santifica, soy Sagrado." (21:8) y Su Amor es lo que nos hace sagrados, "(…) porque la corona de aceite de unción de su Dios está sobre él. Yo soy el Eterno." (21:11-12). Nuestros Sabios místicos enseñan que, en el contexto de las Escrituras Hebreas, el aceite representa conocimiento y conciencia del Creador como etapa inicial de iluminación, representada por el aceite que arde en las lámparas del Tabernáculo.

Estos versículos que enfatizan lo sagrado que es nuestro más alto conocimiento del Creador están acompañados del obvio rechazo de cualquier rasgo o cualidad separada de su exclusivo propósito de estar en los modos y atributos de Amor: "Habla a Aarón, diciendo: Cualquier hombre entre vuestros hijos a través de sus generaciones que tenga un defecto, no se acercará a elevar ofrendas de alimento de Su Dios." (21:17) porque tenemos que ser completos, íntegros en nuestra conciencia cuando nos acercamos a nuestro Creador.


En esa entereza e integridad como suma de todos los aspectos de la conciencia no hay defectos, porque nada hace falta o es inadecuado cuando dirigimos todas las dimensiones de nuestra vida hacia Él. Si somos "ciegos" con nuestra indisposición a enfrentar la verdad, "lisiados" para discernir lo correcto de lo equivocado, "atrofiados" para diferenciar entre verdadero y falso, nunca seremos capaces de abrazar el Amor de Dios porque Amor no cohabita con nada distinto a Sus modos y atributos.

"[Un animal que tiene] ceguera, o quebrado [sus huesos], o partido [párpado o labio], o lesiones, o heridas secas, o adolorido, no los ofreceréis al Eterno, ni los ofreceréis como ofrendas de fuego [elevación] sobre el altar para el Eterno." (22:22). De ahí que tengamos que ofrecer nuestra percepción, honestidad, devoción, ternura y sensibilidad en su totalidad con la entera intención y compromiso de convertirse en vasijas del Amor de Dios, y no con limitaciones ni fracturas.


Esto igualmente significa que tenemos que ir más allá de nuestras limitaciones físicas y fisiológicas, comprometiendo nuestro potencial, capacidad y talentos en los modos y atributos de Amor, porque esa es la manera de consagrar a nuestro Creador: "No profanaréis Mi Nombre sagrado. Yo seré santificado entre [en] los hijos de Israel. [Porque] Yo soy el Eterno que os santifica." (22:32).

La porción continúa con un capítulo (23) dedicado a las festividades judías mayores: "Habla a los hijos de Israel y diles a ellos: Los [días festivos] nombrados del Eterno que vosotros designaréis como ocasiones sagradas (…)" (23:2) para renovar periódicamente nuestra cercanía a Él, y entre ellas se nos recuerda otra vez: "Cuando recojas la cosecha de tu Tierra, no recogerás completamente la esquina de tu campo durante la cosecha, y no recogerás los frutos caídos de tu cosecha. Los dejarás estos para el pobre y el forastero. (Porque) Yo soy el Eterno, tu Dios." (23:22) y como hemos mencionado, esto se refiere a nuestro deber sagrado y encomendado de compartir los frutos de nuestra conciencia individual de conexión con el Amor de Dios, con aquellos que no están cercanos a Él.


Seremos verdaderamente sagrados cuando nuestro Amor toque y eleve a otros en nuestra tarea de hacer un mundo mejor para todos, lo cual es nuestra misión colectiva para crear un espacio donde el Amor de Dios habite en el mundo. Esta misión es cumplida cuando todos mantengamos encendida la Luz de Amor permanentemente en quienes somos y en lo que hacemos: "Manda a los hijos de Israel, y que tomen para ti aceite de oliva puro, prensado para iluminar, para encender las lámparas continuamente." (24:2-4).

Emor concluye reiterando nuestra exclusión de Dios cuando profanamos Su Nombre. Este Nombre abarca todo lo que Él representa para nosotros y para toda la Creación: Su Amor. Al profanar Amor estamos eligiendo muerte, lo cual nos convierte en piedras. Ese es el significado simbólico de "muerte por lapidación" en el contexto bíblico hebreo: "Y Moisés dijo [todo esto] a los hijos de Israel. Entonces ellos llevaron al profanador afuera del campamento y lo apedrearon, y los hijos de Israel hicieron exactamente como el Eterno le había ordenado a Moisés." (24:23).


De la misma manera, cuando hay un rasgo negativo en nuestra conciencia que traiciona o pone en peligro nuestro sendero en el Amor de Dios tenemos que expulsarlo del campo de nuestra conciencia de Amor, y llevarlo a la inexistencia de la muerte de donde vino. Muerte es el campo de las fantasías e ilusiones de ego, y Amor es el campo de vida cuando la vivimos en sus modos y atributos.

domingo, 25 de abril de 2010

Parshat Emor: Restituir Vida con Vida

El Amor de Dios crea y sustenta la vida, y todo lo que la amenaza (incluyendo la muerte) debe estar separado de ella. Este es el mensaje sucesivo y reiterativo de la Torá, reafirmado muchas veces en el primer capítulo de Emor: "y diles (emor) que no se contaminen a causa de tocar algún difunto de su pueblo" (Levítico 21:1) Esto se refiere a la casta sacerdotal y al Sumo Sacerdote que representa nuestra conciencia superior y conexión permanente con el Creador, tal como lo hemos señalado antes: "No se contaminará profanándose, pues él es dirigente entre su pueblo." (21:4) y su función es destacada como el portador de Amor permanentemente cercano a Dios. En este sentido, el Sumo Sacerdote es tanto el mensajero como el mensaje: Amor del que somos sustentados cada momento, y que debemos mantener sagrado: "Por tanto, lo tendrás por Sagrado, pues él ofrece el pan de tu Dios. Será Sagrado para ti, porque Yo, el Eterno que os santifica, soy Sagrado." (21:8)

El Pueblo de Israel recibe el Mandamiento Divino de consagrar al Sumo Sacerdote; y el Pueblo, los hijos de Israel, son las múltiples cualidades que deben honrar y exaltar la conciencia superior de unión con el Amor de Dios, siendo y manifestando Sus caminos y atributos todo el tiempo. Este conocimiento vive en el nivel más alto de nuestra conciencia, que es el Templo donde estamos permanentemente unidos al Creador, y que nunca debemos abandonar: "No Saldrá del Santuario ni profanará el Santuario de su Dios, porque sobre él está la consagración de la unción del aceite de su Dios: Yo soy el Eterno." (21:12) 


Las instrucciones acerca de la consagración del Sumo Sacerdote al servicio del Creador continúan en el capítulo siguiente, y tanto Aarón como los hijos de Israel están instruidos a ofrendar sacrificios de animales sin mancha o defecto para ser quemados sobre el Altar del Santuario. Estos animales como hemos mencionado representan pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos incorruptos con los que tenemos para honrar la voluntad y atributos del Creador en todo aquello que hagamos. Por lo tanto no estamos en condición de ofrendar pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos manchados con avaricia, egoísmo o negatividad para servir a Dios, porque Él no cohabita con nada distinto a Sus atributos.

Recordemos que ser Su imagen y semejanza significa ser la manifestación material de Su Amor, la Esencia de donde proviene todo lo que existe. Cualidades negativas sólo atraen lo mismo que ellas, y siempre están separadas de los atributos del Amor, el pan Divino que sustenta toda la Creación: "Podrá comer del pan de su Dios, tanto de lo muy Sagrado como de lo Sagrado." (21:22) En el capítulo siguiente (Levítico 23), el Pueblo de Israel nuevamente es instado a consagrar el Shabat y los días festivos como tiempos designados para reafirmar nuestra continua conexión con Dios. En el capítulo 24 Israel también recibe el Mandamiento de encender un fuego que arda permanentemente en el Santuario (24:2), el fuego material que debe arder constantemente y estar unido al fuego Divino que transforma y eleva nuestras vidas a Dios. Esta continuidad es enfatizada: "desde la noche hasta la mañana ante el Eterno continuamente." (24:3-4, 8)

La profanación del Nombre de Dios, que también significa maldecirlo, nos separa de Él y de la Unidad con Su Pueblo. En esta separación morimos cuando nuestro corazón se vuelve de piedra, y esa petrificación es lo que nos causa la muerte. La elección de vivir las ilusiones de ego en vez de vivir Amor es la maldición y el pecado, y consigo los castigos que ellos también son: "Quien maldiga a su Dios cargará su pecado." (24:15) La Unidad del Pueblo de Israel con Dios es subrayada otra vez al final de esta porción, y asesinar la vida trae muerte al asesino. Tal como mencionamos en nuestro comentario sobre Kedoshim, muerte no es consecuencia de venganza o represalia por transgresiones cometidas contra Dios. Como ya lo hemos dicho, la pena de muerte y otros "castigos" mencionados en la Biblia hebrea son el resultado de irrespetar, deshonrar y destruir la vida humana.

Las transgresiones contra la vida son pecados directos contra el Amor de Dios, y los transgresores están obligados a restituir "vida con vida". La lección aquí es que todas las acciones negativas y transgresiones que uno comete también las comete contra sí mismo, y la única manera de reparar o corregir un acto destructivo o negativo es arreglando el daño causado restituyendo lo robado o destruido, o compensando por aquello que no es posible reparar o restituir. Nuestros Sabios explican en el Talmud que este es el verdadero significado de "Rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente. Según la lesión que haya hecho a otro, así se le impondrá a él." (24:20) y este principio es impartido a todos: "Habrá una misma ley para vosotros, tanto para el extranjero como para el nativo; porque Yo soy el Eterno vuestro Dios." (24:22)

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.