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domingo, 16 de septiembre de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXXI)


“El Eterno reina eternamente, el Dios de Sión, por toda la eternidad. Alabad al Eterno.” (Salmos 146:10)

La eternidad es la recompensa de compenetrarnos con el amor de Dios, a través de las bendiciones que constantemente nos otorga con Su amorosa bondad, eterna como Él. La dicha que conlleva está más allá de cualquier descripción, ya que acontece solamente en Sión, Jerusalén; la más sublime alegría de todos los corazones. De ahí que lo alabemos eternamente, porque esta alabanza es infinita como Él.

“El Eterno reconstruye Jerusalem, Él reune y junta los dispersos de Israel. (147:2)

Esta realización será un hecho cuando todos los dispersados hijos de Israel sean congregados por su Dios. Nuestros Sabios lo entienden en referencia al Tercer Templo, que será erigido por El Creador junto con Jerusalem; pues serían irrelevantes sin la reunificación total del pueblo hebreo en la tierra de su herencia divina. Este último Templo eterno y su ciudad son reconstruidos con cualidades y materiales espiritualizados, que reflejarán la nueva conciencia que el Creador prometió para Su era mesiánica.

Los edificios y torres de la ciudad habrán de ser elaborados con vigas y columnas de luz, con compartimientos hechos para durar por siempre, como lo sugiere el versículo respecto a lo eterno. De igual modo, la vida humana y material será espiritualizada como fue originalmente en el jardín del Edén, en el comienzo de la creación de Dios.

“Exalta al Eterno, oh Jerusalem; alaba a tu Dios, oh Sión. Porque Él ha reforzado los cerrojos de tus portales, Él ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Él ha hecho paz dentro de tus fronteras, Él te sacia con el mejor de los trigos.” (147:12-14)

Se reitera lo proclamado en los versículos anteriores respecto a Jerusalem, construida inicialmente por Dios. Así va a ser en la redención final judía y el advenimiento de la era mesiánica. El refortalecimiento de los cerrojos que protegen Jerusalem nos habla de las poderosas cualidades espirituales que disiparán la maldad en todas sus formas, porque el mal desaparecerá ante aquellas.

El bien es la bendición que se esparce por los aspectos, niveles, dimensiones y expresiones de la nueva conciencia que habrá de morar en la ciudad de Dios. Los hijos de Israel, que igualmente lo son de Jerusalem, estarán bendecidos dentro de ella para morar eternamente. Paz cundirá en el aire que respiraremos en sus predios. Nuestro sustento será con el mejor de los trigos, que no es otro que el amor de Dios.

domingo, 2 de septiembre de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXIX)


“Bendito es el Eterno desde Sión, que mora en Jerusalén; alabad al Eterno.” (Salmos 135:21)

Otra vez el salmista proclama la presencia del Creador en Jerusalén; y lo bendice, por ser la fuente de todas las bendiciones. Por ello lo alabamos y exaltamos siempre.

“Por los ríos de Babilonia, ahí nos asentamos y también lloramos cuando recordamos a Sión.” (137:1)

En profecía, el rey David evoca el futuro exilio de su pueblo Israel en Babilonia, donde lamentarían su separación de la casa de Dios, recordando lo que tenían y perdieron. En su doloroso lamento no perderían la esperanza de retornar al nexo que habrán de recuperar para la eternidad, en su redención final y la era mesiánica.

“Porque allá [en Babilonia], nuestros captores nos pedían palabras de canción, con nuestras liras jubilosas. ‘Cántennos las canciones de Sión’.” (137:3)

Los captores de Israel conocen las cualidades inherentes a la espiritualidad de sus cautivos. Las naciones las pueden reconocer en las alabanzas que el pueblo escogido canta a su Dios. Saben que estas canciones son un bálsamo armonizador de pensamientos, emociones y sentimientos, el bien que todas naciones codician para someterlo a sus obsesiones, apegos y adicciones.

A fin de cuentas, en la redención final de Israel ellas apreciarán el bien dentro de sus parámetros éticos y morales, dirigidos a elevar la dignidad que deben a la condición humana en este mundo. El hecho de que reconozcan la belleza de las “canciones de Sión” es un primer paso.

Luego habrán de abrazar la esencia que hace de estas alabanzas lo que son. Las “canciones” que Israel entona en Sión no son otra cosa que la exaltación de los rasgos y atributos del Creador, cuando se manifiestan en la vida haciéndola una exaltación de Su amor.

“¿Cómo cantaremos la canción del Eterno en suelo ajeno? Si te olvido, oh Jerusalén, que mi brazo derecho pierda su destreza. Que mi lengua se pegue a mi paladar si no te recuerdo; si no tengo a Jerusalén por encima de mi mayor alegría.” (137:4-6)

La canción de Dios es la misma de Israel, por ello debe ser cantada entre ambos, y con nadie más; tampoco en un suelo que no sea el de Su casa. En nombre de los hijos de Israel, el rey David evoca la aberración de pretender compenetrarse con el amor de Dios fuera de Su Tierra Prometida, Jerusalén, y el Templo, lugar de Su morada. Este nexo es llamado aquí la “canción” de Dios.

Olvidar a Jerusalén equivale a olvidar a nuestro Creador. Igual vivir sin el bien, simbolizado por la “destreza” del brazo derecho. Lo mismo ocurriría con nuestra expresión oral, porque sin el bien del Creador en nuestros pensamientos, las palabras carecerían de significado. Jerusalén es la máxima alegría, porque Su amor mora en ella.

domingo, 26 de agosto de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXVIII)


“Como el rocío del [monte] Hermón que desciende sobre las colinas de Sión. Porque ahí el Eterno ordenó la bendición de vida para la eternidad.” (Salmos 133:3)

El monte Hermón posee la cima más alta en la tierra de Israel, y simboliza otra de las cualidades y rasgos elevados del bien, sumado a los que rodean a Sión, nuestra conexión con Dios. En este nexo, Él vierte bondad a todo como Su bendición para la vida, eternamente.

El versículo reitera que los más sublimes rasgos, “colinas” y “montañas”, en particular las que rodean a Sión son inherentes a ésta, la vasija del amor de Dios.

“Bendecid al Eterno, todos los servidores del Eterno parados en la Casa del Eterno en las noches. Elevad vuestras manos sagradamente y bendecid al Eterno. Que el Eterno, que hizo los cielos y la tierra, Te bendiga desde Sión.” (134:1-3)

Los parados en el Templo de Jerusalem en las noches son sus guardianes y vigías. El rey David los invita a invocar Su protección, por la cual ellos lo bendicen, sabiendo que el Creador los cuida cuando comparten la fuente de bien, que es Su casa.

Levantar las manos representa la acción de compartir, con las que reciben el bien y lo dan. Esto se convierte en un acto sagrado, ya que todo lo relacionado con el bien es sagrado, al igual que Dios, de donde procede. Así reconocemos que es la bendición de Dios, que hizo los cielos y la tierra, el Creador de todo.

“Alabad al Eterno. Alabad el nombre de Dios. Alabadlo servidores del Eterno. [Aquellos] parados en la casa del Eterno, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Alabad al Eterno, porque el bien es el Eterno. Cantad a Su nombre, porque Él es grato.” (135:1-3)

Verdaderamente alabamos el nombre de Dios al emular y manifestar Sus modos y atributos, Su “nombre”, por los que conocemos nuestro nexo con Él. De ahí que seamos Sus servidores para hacer lo que quiere de nosotros. Así estamos “parados en Su casa y sus atrios”.

También lo alabamos por Su bien, que es grato para nosotros. Recitar y cantar Su alabanza son una muestra individual y colectiva de nuestra constante dedicación a vivir en y por el bien, como Él quiere.

domingo, 19 de agosto de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXVII)


“Venimos a Sus santuarios, nos postramos a su escabel. Levántate, oh Eterno, a Tus santuarios, Tú y el arca de Tu poderío. Tus sacerdotes vestidos de rectitud, y Tus amorosos (piadosos) cantando de alegría.”
(Salmos 132:7-9

Nuestros Sabios llaman al Templo de Jerusalem el escabel de Dios, donde la majestad de Su bondad descansa tocando el mundo. En este contexto, el Templo es donde están Sus “santuarios” , que son ciertamente Sus modos y atributos. Su sacralidad es tal, que son veraderos santuarios en los que meditar, contemplar y morar.

Cuando permitimos que los modos del Creador nos inspiren en todos los sentidos, le rezamos a Él para que se haga cargo y nos convierta en vasijas lo suficientemente aptas para recibir Su bondad y hacerla nuestra, tenerla y manifestarla. Es así como Dios se “levanta” en nosotros.

Tenemos que llamar a nuestro Creador para que vuelva a morar en los santuarios del Templo que una vez construyó en nosotros para compenetrarnos permanentemente con Él. Este nexo es el “arca de Su poderío”, entendido como el pacto que Él sello con Su pueblo eternamente.

Los sacerdotes representan nuestros rasgos positivos que establecen el nexo, y son buenos siempre y cuando se mantengan fieles a sus cualidades éticas, mencionadas aquí como rectitud, ya que deben ser correctos como parte de lo que el bien es por definición.

Los “amorosos” (término usualmente traducido del hebreo como “piadosos”) son las cualidades complementarias por ser rectos, ya que van de la mano cuando el verdadero amor es dado. Una acción amorosa se expresa de igual manera como se canta una canción alegre, como lo veremos en los próximos versículos.

“Porque el Eterno, Él ha elegido a Sión por asiento para Él: ‘Este es Mi eterno descanso, porque lo deseo. Su provisión Yo he bendecido y habré de bendecir. Sus necesitados, Yo saciaré con pan. Y sus sacerdotes están vestidos de redención, y sus amorosos cantando alabanzas. Ahí brotará la viña para David. Yo he preparado una lámpara para Mi ungido’.” (132:13-17)

Estos versículos reafirman que Jerusalem y su Templo están para el Creador, en relación con Su nexo eterno con Israel. El salmista destaca la ciudad de Dios como la vasija en la que vierte Su sustento para el mundo. Esta es la razón de Sus continuas bendiciones para ella, y para quienes la mantienen sagrada para Él.

Estos son los sacerdotes que representan nuestros mejores rasgos y cualidades en el más elevado nivel de nuestra conciencia, porque son los medios a través de los que encontramos nuestra redención.

Aquí la redención es llamada la viña de David, la cual representa la conciencia mesiánica destinada a prevalecer por la eternidad. Es también la lámpara que iluminará todos los aspectos y expresiones de la vida, todas dedicadas a perseguir el infinito conocimiento de nuestro Creador.

domingo, 5 de agosto de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXV)


“En el retorno del Eterno con las tribus de Sión, sería como si fuésemos soñadores. Entonces nuestra boca se llenaría de risas, y nuestra lengua una canción de alegría. Y en las naciones dirían, ‘grandeza el Eterno ha hecho para ellos’.” (Salmos 126:1-2)

Nuevamente el rey David aborda la redención final judía y la era mesiánica. Notemos que todas profecías hebreas fueron escritas en tiempo pasado por dos razones. Al recibir sus mensajes de Dios, los profetas los narraron como algo que les fue revelado, de ahí que se  refieran como lo que ya tuvo lugar aunque sería completamente visto en un futuro.

La otra razón es que Dios ya lo había dispuesto desde el momento de Su creación. De ahí que la redención final haya estado a nuestro alcance en cuanto nos hiciésemos plenamente conscientes de ella.

Este pleno conocimiento lo logramos cuando permitimos que el bien conduzca nuestro discernimiento, mente, pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones, porque es el principio rector en la creación de Dios destinado a prevalecer en la conciencia humana. Sin embargo, de nosotros depende hacernos constantemente conscientes del bien que somos, tenemos y hacemos.

Veamos la primera oración de estos dos versículos. Dios y las tribus regresan juntos, lo cual implica un tiempo y espacio que una vez existieron, y que dejaron con la dispersión del pueblo de Israel en el exilio entre las naciones. El salmista se refiere al retorno de las tribus perdidas por voluntad de Dios, tal como lo confirmarían posteriormente los profetas judíos.

Hemos señalado repetidamente que Sión es el nexo que une al Creador con el pueblo de Israel como las tribus de esta conexión. También que las tribus de Israel representan los potenciales creativos positivos de todos los aspectos, dimensiones, facetas y expresiones de la conciencia humana. Estos son los talentos y destrezas inherentes a la diversidad de nuestro potencial individual.

Podemos ser artistas, constructores, comerciantes, agricultores, pastores, guerreros, jueces, curanderos, maestros, científicos, guías espirituales, enfermeros, limpiadores, escritores, labriegos, facilitadores, administradores, etc., cuyas vidas estén regidas por expresiones creativas positivas en lo que sea que hagamos. El denominador común de nuestra diversidad debe ser el bien.

Las tribus de Sión son ciertamente las tribus de Israel reunidas juntas por Dios en su retorno con Él, hacia una nueva conciencia que se hará manifiesta en la era mesiánica. La llamamos conciencia mesiánica porque es una cualidad colectiva que será compartida por el pueblo de Israel con el resto de las naciones, cuando éstas acepten plenamente que Israel fue elegido para cumplir la voluntad de Dios en este mundo.

El rey David caracteriza esta nueva conciencia donde solamente el bien reina con sus típicas cualidades de “risas” y “alegría”, porque no pueden ser menor que eso. Son realmente efectos del bien y no sus causas.

Es relevante resaltar la participación de las naciones en el advenimiento de la era mesiánica. Como hemos dicho antes, éstas deben reconocer el bien que Israel ha hecho al mundo con sus contribuciones. Ésto como el primer paso para ser parte de la redención final que se aproxima. La última oración del segundo versículo confirma esta premisa.

En este contexto, la “grandeza” mencionada por el salmista es el bien que el Creador encomienda a los hijos de Israel compartir con el resto del mundo.

Es el mismo bien que en la redención final toda la humanidad compartirá de la mano de Israel, tal como el Creador lo estableció en Su Torá y a través de Sus profetas.

domingo, 29 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXIV)


“En aras de mis hermanos y mis bien amados, he de decir ‘la paz sea en ti’.”
(Salmos 122:8)

El rey David nos dice que en Jerusalén converge todo lo que une y compenetra todo y a todos. En esta unidad congregada vivimos siendo conscientes de la paz.

Nuestros hermanos, hermanas y bien amados son aquellos que en su propia diversidad individual comparten en bien como el nexo que nos conecta unos con otros, siendo paz su máxima expresión. De ahí que procuremos la paz como el conocimiento abarcador e integrador que también nos une a Dios.

“¡En aras de la casa del Eterno nuestro Dios, procuro tu paz!” (122:9)

La casa de Dios es el Santuario que Él ha establecido para que more entre (en) nosotros acá en este mundo y, como el salmista lo ha destacado frecuentemente, el bien es nuestro nexo con el Creador. De ahí que procuremos el bien en aras de nuestra conexión con Dios.

“Aquellos que confían en el Eterno son como el monte Sión, que es inamovible [por estar] establecido eternamente.” (125:1)

La confianza se basa en lo que conocemos o creemos como algo por lo que vivimos y conducimos nuestra vida. Confiar en Dios es vivir por lo que Él representa, que nos mantiene vivos para prosperar con ello y por ello. Por lo tanto nuestro Creador es el principio ético rector por el que existimos para vivirlo y sentirlo en este mundo.

El salmista compara este principio a la montaña inamovible llamada Sión y a su cualidad eternal, por el hecho de que la eternidad de Dios está en ella; lo cual es reiterado en el próximo versículo.

“¡Jerusalem! Montañas la rodean, y el Eterno rodea a Su pueblo de aquí a la eternidad.” (125:2)

Las montañas representan creencias, principios y referencias inamovibles, mediante los cuales dirigimos nuestra vida. Como nuestra conexión con Dios, Jerusalem está asentada sobre una montaña rodeada por una muralla, y también por montañas que reafirman la prevalencia del bien que el principio fundamental bajo el que están destinados a conducirse todos los niveles, aspectos y dimensiones de la conciencia humana.

De la misma manera que somos conducidos por el bien, y protegidos por sus cualidades éticas, el Creador también guía a Su pueblo eternamente.

Aquí debemos entender que Su voluntad, al igual que Sus modos y atributos, existen eternamente; y mientras que vivamos en el bien inherente a éstos, ciertamente estaremos protegidos por Él.

domingo, 24 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XIX)


“Tú [Eterno] te has levantado, Tú has tenido compasión de Sión, porque ya es hora de agraciarla, porque ha llegado el momento asignado. Porque Tus servidores desean sus piedras, y en su polvo encuentran gracia.” (Salmos 102:13-14)

La alegoría de Dios “levantándose” sugiere la culminación de Su voluntad, como un lento proceso mediante el cual aprendemos cómo integrar Sus modos y atributos en nuestra conciencia individual y colectiva.

Los modos en los que Dios se relaciona con Su creación son de hecho Su voluntad. Entonces levantarse implica una acción dinámica, a diferencia de la aparente quietud de estar sentado.

Mencionamos a menudo la razón por la que los profetas hebreos presentan sus visiones o revelaciones en tiempo pasado, porque ellos se refieren a lo que ya ha ocurrido en lo que percibieron. Al ser testigos de la redención final en el judaísmo, la vaticinan como una profecía ya cumplida.

Se trata de que asimilemos los aspectos y condiciones que conducen al cumplimiento de sus profecías, y a partir de ellas comenzamos a vivir el anunciado “final de los tiempos”, que tienen que ver con la transformación necesaria para adquirir la nueva conciencia en la qiue solamente el bien regirá en todos las facetas y expresiones de la vida.

Esta transformación únicamente puede tener lugar en Sión como el pleno conocimiento de nuestra conexión con el Creador de todo lo existente. En algún momento, con la esperanza de que sea en nuestros tiempos, mediante Su compasión Él habrá de poner fin a la dualidad de “el bien y el mal” que caracteriza la conciencia humana, elevándose junto a Sión hacia nuevas Alturas en las que sólo el bien habrá de conducirnos en nuevos senderos insondables en nuestro largamente acondicionado entendimiento de la vida.

El rey David nos indica que el tiempo asignado para nuestra redención final ya ha sido establecido para que también nos levantemos y elevemos nuestros pensamientos, emociones y sentimientos hacia las más sublimes expresiones del bien en lo que somos, tenemos y hacemos, tal como nos lo encomienda el Creador.

Aquellos que sirven al bien desean sus piedras que son los cimientos que representan principios éticos rectores que definen su naturaleza. Al vivir por ellos su efecto es la gracia, ya que entre más vivamos en el bien, más agraciados seremos en éste que ha sido la mayor bendición permanente que el Creador ha vertido en Su creación.

“Entonces las naciones reverenciarán en  nombre del Eterno, y todos los reyes de la tierra Tu gloria. Porque el Eterno ha construido Sión, Él ha sido visto en Su gloria.” (102:15-16)

Jerusalem nuevamente es reafirmada como el lugar donde Dios es reconocido como único reinante en nuestra conciencia. Hemos dicho que Su “nombre” es cómo Él se relaciona con Su creación. Este nombre abarca Sus modos y atributos, mediante los que también nos relacionamos con Él, y que igualmente son las maneras como lo “reverenciamos”.

“Naciones”, “pueblos” y “reyes” representan rasgos, tendencias, cualidades, talentos, destrezas, que acompañan intelecto, mente, pensamientos, emociones, sentimientos, pasión e instinto. Todos están destinados a honrar la “gloria” de Dios, viviendo totalmente en Su voluntad, que precisamente es Su gloria.

Cumplimos Su voluntad en el pleno conocimiento del bien que “vemos” en Sión como el más elevado nivel de conciencia desde donde nos compenetramos con el bien que emana de Él.

“[Para] Declarar en Sión en nombre del Eterno, y Su alabanza en Jerusalem. En los pueblos congregados juntos, y los reinos que sirven al Eterno.” (102:21-22)

Alabamos y honramos al Creador mediante la manera como nos relacionamos con Él, que es como ya hemos señalado, emulando el bien que Él vierte en Su creación, ya que esa es la forma en que le “servimos”.

Estamos destinados a congregar juntando todo lo que abarca nuestra conciencia (“las naciones”) para declararlo como una unidad funcional armonizada bajo la conducción del bien en aras del bien.

domingo, 17 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XVIII)


“Sión ha oído y se ha regocijado, y las hijas de Judá están dichosas debido a Tus juicios, oh Eterno.” (Salmos 97:8)

Muchos de los salmos de David son claramente proféticos. Algunos de manera específica, y otros como éste de forma velada, a manera de invitación para que consideremos los significados de Sión, Jerusalem y el Templo, y cómo resuenan en nuestra conciencia.

Sión es el más elevado nivel de conciencia en el que estamos permanentemente unidos a nuestro Creador. “Oír” y “regocijarse” son situaciones complementarias en las que una conduce a la otra.

Frecuentemente relacionamos oír con entender y ver con saber. Al entender a fondo el bien como nuestro nexo con Dios, el resultado inmediato es la alegría; pues, ¿qué podría ser más regocijante que compenetrarnos con Él?

Las “hijas” de Judá, al igual que las de Jerusalem, mencionadas en otros pasajes de la Biblia hebrea, son tendencias, cualidades y rasgos positivos, relacionados con el bien como nuestra conexión con Dios. De ahí que sean dichosas cuando emulan y comparten los modos y atributos del Creador, que también son Sus “juicios”.

“El Eterno es grande en Sión, y alto es Él sobre todos los pueblos.” (99:2)

Sión es donde mora el Creador en nosotros, porque es el mayor conocimiento de Su presencia en nuestra conciencia. Lo grande de Dios es ciertamente Su presencia, la cual abarca toda Su creación.

De ahí que el Creador sea alto sobre todo lo existente, incluyendo los “pueblos”, que generalmente representan las tendencias y rasgos negativos que nos separan de los modos y atributos del bien, el cual está por encima para reinar sobre todos.

“¡Exaltad al Eterno nuestro Dios y postraos ante la montaña de Su sacralidad, porque sagrado es el Eterno nuestro Dios!” (99:9)

Nos postramos ante lo sagrado en reverencia a lo que es mayor y por encima de nosotros, sin lo que podríamos existir. Asombro y reverencia es lo mínimo que podemos tener ante lo que dependemos completamente. Saber o entender lo contrario es pura arrogancia, desdén y total falta de aprecio y gratitud por lo sagrado que nos da la vida.

“Constantemente (lit. todas las mañanas) expulso a los malvados de la tierra, para sacar de la ciudad de Dios todos los que hacen mal.” (101:8)

En este versículo el rey David fue el precursor de los proverbios “andar en el sendero de la rectitud exige vigilancia eterna” y “vigilancia eterna es el precio de la libertad”, pero él va todavía más allá de lo que ambos significan.

La constante vigilancia para vivir libre de rasgos negativos y malos hábitos requiere mantenerlos alejados de nosotros, sacándolos de nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones.

“Todos los que hacen el mal” no son parte de la ciudad de Dios, porque Sus modos y atributos no cohabitan con la maldad.

domingo, 10 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XVII)


“Cosas honorables se dicen de ti, oh ciudad de Dios, eternamente.”
(Salmos 87:3)

Todo lo relacionado con Jerusalem es lo más sublime en naturaleza y cualidad, como es todo lo relacionado con el bien, simplemente porque es “la ciudad de Dios”, como su inmutable principio regidor en Su creación. De ahí que sea una entidad, absoluta, autosuficiente, destinada a conducir todos los aspectos y expresiones de la vida.

“Pero acerca de Sión se habrá dicho, ‘Este y aquel nacieron en ella’; el Altísimo mismo la ha establecido.” (87:5)

Aquí el versículo iguala el lugar de nacimiento a la esencia de la identidad de uno. Por lo tanto Sión, al igual que la Torá, define la identidad judía como la cualidad unificadora que comparten el Creador de todo e Israel.

La esencia de esta identidad es el bien como expresión de cada aspecto y faceta de la vida judía. Así somos reconocidos por el principio que guía nuestras acciones, ya que éste identifica lo que somos y que ha sido establecido para nosotros por el Creador.

“Aquellos que son plantados en la casa del Eterno florecerán en los atrios de nuestro Dios.” (92:13)

La identidad hebrea está profundamente enraizada en el principio que abarca todos los principios inherentes a los mandamientos, decretos, estatutos y ordenanzas de Dios, tal como los presenta la Torá.

El bien como principio absoluto es la expresión de creencias, ideas, emociones y sentimientos positivos que “florecen en los atrios de nuestro Dios”, los cuales son Sus modos y atributos que nos esforzamos en emular como fuente de nuestra plenitud.

Este versículo nos recuerda que florecemos solamente en el bien.

“Tus estatutos son firmes. La sacralidad adorna Tu casa, oh Eterno, siempre.” (93:5)

Los mandamientos, decretos, estatutos y ordenanzas del Creador son los firmes cimientos que definen el propósito del bien en el mundo material.

Así nos hacemos conscientes de que para entender esto primero debemos asimilar plenamente el bien en nuestra conciencia, desde donde estamos firmes. Entonces sabremos que lo sagrado del bien es el eterno esplendor y belleza del resplandor de Dios en Su creación.

domingo, 3 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XVI)


“Porque un día en tus atrios es mejor que un millar afuera. Preferiría estar en la puerta de la casa de mi Dios, que vivir en las tiendas de la iniquidad.”
(Salmos 84:10)

En este versículo aprendemos otra vez que Jerusalem es el más elevado estado de conciencia en el que vivimos a plenitud el bien como nexo con nuestro Creador. Es el tiempo y espacio donde queremos vivir eternamente porque, si estamos ante la presencia de Dios, ¿qué más podría hacernos falta, que extrañemos o añoremos?

Más aun, estar tan sólo próximos al bien es mejor que vivir a la intemperie de las tendencias y rasgos negativos de fantasías e ilusiones de ego que hacen que la vida carezca de significado.

La iniquidad es el resultado de nuestras debilidades para rechazar las creencias y sentimientos de carencia innecesarios, que pretenden denigrar el bien como algo incompleto, insuficiente, deficiente y débil que conduce al fracaso. Estos son precisamente los rasgos y tendencias de todo lo contrario al bien, porque éste conlleva a la plenitud.

Los modos, medios y atributos éticos inherentes al bien son los “atrios” de la voluntad de Dios para Su creación, las “tiendas” que dan sentido a la vida, a diferencia de las tiendas donde se alojan los bajos instintos, pasiones, emociones y sentimientos que pisotean la dignidad de la vida, que es el bien.

“Su fundamento [del Eterno] está en montañas sagradas. El Eterno ama las puertas de Sión entre todas las moradas de Jacob.” (87:1-2)

Como hemos mencionado, en la tradición judía “montañas”, “colinas” y “lugares altos” representan los más elevados valores, principios y creencias, mediante los que conducimos nuestras vidas en este mundo. De ahí entendemos que los modos y atributos de Dios, tal como los presenta la Biblia hebrea, son comparados a montañas sagradas.

En este sentido Sión, como “la montaña de las montañas” que nos señalan los profetas (Isaías 2:2, Miqueas 4:1), es desde donde Dios dirige Su creación. De ahí entendemos Su preferencia del bien como Su principio ético regidor destinado a conducir las dimensiones, expresiones y aspectos positivos de la vida, conocidos también como las moradas de Jacob.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.