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domingo, 9 de septiembre de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXX)


“Recuerda, oh Eterno, contra los hijos de Edom el día de Jerusalén; que dicen, ‘Arrásala, arrásala, desde sus cimientos’.” (Salmos 137:7)

El salmista conoce muy bien los enemigos de Jerusalén, hijos de las naciones paganas descendientes de Esaú/Edom. Representan los más bajos pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos, que hacen del bien su presa para satisfacer insaciables fantasías e ilusiones materialistas.

Luchan para imponer el reinado de la maldad y la destrucción de la dignidad humana, haciendo que el bien esté sometido al mal. Aquí el “día de Jerusalén” se refiere a la redención final del pueblo judío y el día del comienzo de la era mesiánica.

“Me inclino hacia Tu sacralidad [Templo], y doy gracias a Tu Nombre, por Tu amorosa bondad y por Tu verdad. Porque Tú has engrandecido Tu promesa por encima de todo Tu Nombre. En el día en que he llamado, Tú me has respondido. Tú me has animado en mi alma con fortaleza.” (138:2-3)

La prometida redención final del Creador para hacer que el bien reine y prevalezca en el mundo material, es evocada de nuevo hasta el extremo que el salmista la llama más grande que Su Nombre.

Esta es una alegoría de la grandeza del bien proveniente de Dios, que será totalmente revelado en la era mesiánica; y será aún mayor que la que hemos conocido hasta ahora, la cual es Su Nombre.

Él oye la plegaria de David y le responde, con la certeza que lo anima a vivir con el alma fortalecida para la era mesiánica, cuando veremos la magnificencia de un bien que está más allá de nuestra actual comprensión. Al ser el pueblo judío heredero de esa promesa divina, el salmista exalta esta sublime realidad.

“Dichoso el pueblo cuyo destino es éste, dichoso el pueblo cuyo Dios es el Eterno.” (144:15)

Así se resume el origen, esencia, propósito y destino de Israel, con las palabras exactas y su significado exacto. En este conocimiento, solamente tenemos palabras de agradecimiento y alabanza, también pronunciados en el siguiente versículo.

domingo, 19 de agosto de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXVII)


“Venimos a Sus santuarios, nos postramos a su escabel. Levántate, oh Eterno, a Tus santuarios, Tú y el arca de Tu poderío. Tus sacerdotes vestidos de rectitud, y Tus amorosos (piadosos) cantando de alegría.”
(Salmos 132:7-9

Nuestros Sabios llaman al Templo de Jerusalem el escabel de Dios, donde la majestad de Su bondad descansa tocando el mundo. En este contexto, el Templo es donde están Sus “santuarios” , que son ciertamente Sus modos y atributos. Su sacralidad es tal, que son veraderos santuarios en los que meditar, contemplar y morar.

Cuando permitimos que los modos del Creador nos inspiren en todos los sentidos, le rezamos a Él para que se haga cargo y nos convierta en vasijas lo suficientemente aptas para recibir Su bondad y hacerla nuestra, tenerla y manifestarla. Es así como Dios se “levanta” en nosotros.

Tenemos que llamar a nuestro Creador para que vuelva a morar en los santuarios del Templo que una vez construyó en nosotros para compenetrarnos permanentemente con Él. Este nexo es el “arca de Su poderío”, entendido como el pacto que Él sello con Su pueblo eternamente.

Los sacerdotes representan nuestros rasgos positivos que establecen el nexo, y son buenos siempre y cuando se mantengan fieles a sus cualidades éticas, mencionadas aquí como rectitud, ya que deben ser correctos como parte de lo que el bien es por definición.

Los “amorosos” (término usualmente traducido del hebreo como “piadosos”) son las cualidades complementarias por ser rectos, ya que van de la mano cuando el verdadero amor es dado. Una acción amorosa se expresa de igual manera como se canta una canción alegre, como lo veremos en los próximos versículos.

“Porque el Eterno, Él ha elegido a Sión por asiento para Él: ‘Este es Mi eterno descanso, porque lo deseo. Su provisión Yo he bendecido y habré de bendecir. Sus necesitados, Yo saciaré con pan. Y sus sacerdotes están vestidos de redención, y sus amorosos cantando alabanzas. Ahí brotará la viña para David. Yo he preparado una lámpara para Mi ungido’.” (132:13-17)

Estos versículos reafirman que Jerusalem y su Templo están para el Creador, en relación con Su nexo eterno con Israel. El salmista destaca la ciudad de Dios como la vasija en la que vierte Su sustento para el mundo. Esta es la razón de Sus continuas bendiciones para ella, y para quienes la mantienen sagrada para Él.

Estos son los sacerdotes que representan nuestros mejores rasgos y cualidades en el más elevado nivel de nuestra conciencia, porque son los medios a través de los que encontramos nuestra redención.

Aquí la redención es llamada la viña de David, la cual representa la conciencia mesiánica destinada a prevalecer por la eternidad. Es también la lámpara que iluminará todos los aspectos y expresiones de la vida, todas dedicadas a perseguir el infinito conocimiento de nuestro Creador.

domingo, 22 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXIII)


“Orad por Jerusalem de paz, en abundancia aquellos que te aman.” (Salmos 122:6)

Frecuentemente nos referimos a orar y alabar, no sólo como un proceso pasivo sino dinámico, mediante el cual sintonizamos la conciencia con lo que hacemos.

Rezamos para evocar al Creador como el gobierna lo mejor en nosotros, con el fin de permitir que el bien esté en nuestra vida y nos provea lo que necesitamos tanto para nosotros como para quienes se benefician de nosotros.

Realmente rezamos para que el bien esté con nosotros, no de manera egoísta sino para hacernos mejores con nosotros mismos y ser una fuente de bien para los demás.

Rezamos, no para vivir una emoción o sentimiento apasionado de cercanía con Dios, sino para evocar Sus modos y atributos, y emularlos en lo que decimos y hacemos.

Pronunciamos “alabemos al Señor” como invocación a Su amorosa bondad para despertar el bien en nosotros, y manifestarlo lo que somos y hacemos. En este sentido, la alabanza es dar crédito, reconocer y agradecer la presencia de Dios en nosotros, y expresarla en cada momento que vivimos.

En este versículo el salmista nos invita a evocar la paz de Jerusalem que la hace completa, entera, total e indivisible. Como ya hemos señalado, paz en hebreo significa todas estas palabras, ya que esta integración es la culminación de la unificación de nuestra conciencia, a través del bien.

Amar la paz de Jerusalem es vivir en el bien como lo abundante que nos mantiene constantemente satisfechos y plenos. Así nos hacemos conscientes nuevamente de que el amor y el bien se pertenecen como fuente de lo que verdaderamente somos, nuestra esencia e identidad.

“Paz está en tu muralla, abundancia en tus fortalezas.” (122:7)

Murallas y fortalezas comparten las mismas cualidades, cuya función es proteger algo. La paz abarca estas cualidades como fortalezas nuestras al igual que las murallas que nos escudan contra lo contrario al bien, y la abundancia es el resultado.

Una vez realizamos el proceso diligente y comprometido de unificar los diversos aspectos, tendencias, dimensiones y rasgos de nuestra conciencia, su resultado final es paz como la unidad armónica funcional que Jerusalem representa.

domingo, 15 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXII)


“Jerusalem, construida como ciudad junta, unida.” (Salmos 122:3)

Este versículo responde a aquellos que quieren dividirla como capital de dos pueblos que no comparten la misma conexión y relación con el Creador. El establecimiento divino de Jerusalem, el cual es llamado aquí “construida”, busca reflejar la unidad del Dios que la llama Su morada en la tierra.

Esta es la misma unidad del bien, que tampoco es un principio ético rector dividido ni disperso, como la cabeza (en latín, “capital” significa “cabeza”) que no puede partirse porque es una unidad.

En ella todo no sólo está “junto” sino también “unido”, formando una unidad armónica funcional cuyo propósito es unificar la diversidad en todos los niveles, aspectos y dimensiones de la conciencia a través del bien y para el bien.

“Porque ahí subían las tribus, las tribus del Eterno, congregaciones de Israel para reconocer [agradecer] el nombre del Eterno.” (122:4)

Tal como lo hemos mencionado, las tribus de Israel representan los potenciales creativos positivos que abarcan la conciencia humana, incluyendo creatividad, inventiva, destrezas y talentos que han de ser elevados por y para el bien, con el fin de ascender al Creador de donde todo emana.

En este ascenso reconocemos que Dios está con nosotros y ello nos insta a reverenciarlo en gratitud, porque el agradecimiento es la respuesta inmediata al bien cuando lo recibimos.

El versículo también se refiere a las ofrendas que el pueblo de Israel traía al Templo de Jerusalem tres veces al año, encomendadas por Dios en la Torá para que renovasen su compenetración con Él de una manera unida y armonizada, consonante con la unidad de Jerusalem.

“Porque ahí [en Jerusalem] están establecidos tronos de juicio, los tronos de la casa de David.” (122:5)

El versículo claramente indica que el juicio como producto del discernimiento debe provenir del más elevado nivel de conciencia que Jerusalem representa, ya que es el “lugar” en el que nos conectamos con el Creador a través del bien como nexo con Él.

Aquí entendemos que tener juicio es poseer la actitud justa en cada momento que vivimos. De ahí que tener un “buen juicio” significa dejar que el bien dirija nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, lo que decimos y lo que hacemos. Así asimilamos que el bien es el trono como fundamento con el que conducimos todos los aspectos y expresiones de la vida.

Los “tronos” mencionados en el versículo se refieren a los modos y atributos del bien, que definen sus cualidades éticas. A partir de éstos armonizamos la necesaria interacción de intelecto, mente, pensamientos, emociones, sentimientos, pasión e instinto, con el fin de vivir una conciencia unificada destinada a expresarse por y para el bien.

En este contexto, la casa de David representa la disposición, compromiso y determinación de conducir con el bien las tribus de Israel, que como hemos señalado abarcan los potenciales creativos positivos en la conciencia humana.

El rey David es el paradigma de las expresiones regidoras y conductoras del bien, también llamado la conciencia mesiánica destinada a reinar eternamente con el advenimiento de la redención final judía.

Jerusalem es el lugar donde esta nueva conciencia transformadora se manifiesta para reinar en la misma morada elegida por el Creador en este mundo.

domingo, 8 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXI)


“Cumpliré mis votos al Eterno en presencia de todo Su pueblo. En los atrios de la casa del Eterno, en medio de Jerusalem, alabanza al Eterno.” (Salmos 116:18-19)

Jerusalem es donde integramos todos los niveles y aspectos de la conciencia en, con y para el bien (éstos son el “pueblo de Dios” y las “tribus of Israel”) con voluntad de convicción y determinación (“los votos”).

Los “atrios” y “en medio” de la ciudad de Dios son Sus modos y atributos, que son nuestra “alabanza” a Él por lo que somos y hacemos en el mundo material. Vivir en los predios del bien es morar en la casa de Dios que está edificada en Jerusalem.

“Me alegré en los que me dicen, ‘Vayamos a la casa del Eterno’.” (122:1)

Este versículo podemos leerlo de varias maneras. El rey David se alegra por aquellos que lo invitan a visitar el Templo de Jerusalén. Ellos no solamente son sus amigos sino también en quienes él se regocija, su causa y razón de ser feliz.

Estos son las cualidades y rasgos positivos que definen el bien a través de sus expresiones en lo que hacemos por nuestro bienestar individual y colectivo, de ahí que sean las mejores razones para alegrarse, ya que están destinados a conducir nuestras vidas como voluntad de Dios, la cual es Su “casa”. Ir a la casa de Dios es lo que hace lo mejor en nosotros cuando vivimos permanentemente en el bien.

“Nuestros pies estaban parados en tus portales, ¡Jerusalem!” (122:2)

Ir a Jerusalem, al igual que a otra parte, requiere de nosotros el complete conocimiento y determinación de desplazarnos en esa dirección. Es claro que son nuestros pies los que nos llevan adonde necesitemos o queramos ir, aunque se limitan a responder nuestra voluntad. Una vez lleguemos adonde queramos estar, será algo que habremos logrado.

El salmista hace que sus palabras en este versículo suenen como la culminación de un largo camino en el que dejamos atrás las tendencias y rasgos negativos de las fantasías e ilusiones de ego, y así comprometernos a vivir en los modos y atributos del bien.

No es una tarea fácil, pero sí un proceso continuo de transformación de la conciencia para reorientarla hacia el camino correcto. Una vez completemos este camino de desafíos, estaremos literalmente parados en los portales de la ciudad de Dios, llamando su nombre para que nos permita entrar y morar e ella compenetrados con nuestro Creador.

domingo, 1 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XX)


“El cetro de tu fortaleza el Eterno envía desde Sión, [para] reinar entre tus enemigos.” (Salmos 110:2)

Este es otro de los versículos más profundos en la Biblia hebrea, relacionados con la redención final judía y la era mesiánica. Debemos entenderla exclusivamente en el contexto de la nueva conciencia prometida por Dios en el advenimiento del final de los tiempos.

El rey David se dirige a la conciencia mesiánica prometida a Israel como su “señor”, diciéndonos que su principal fortaleza es el principio reinante (“el cetro”) que proviene del Creador a través de Sión como el punto que lo conecta a Él con Su creación.

Comprendemos la redención final judía como la promesa cumplida de Dios a Israel como el pueblo elegido para convertirse en “una nación de sacerdotes” (Éxodo 19:6) y “una luz para las naciones” (Isaías 42:6, 49:6, 51:4). Por lo tanto Israel es el receptor de la conciencia mesiánica a la que se dirige el rey David.

De ahí asimilamos que la cualidad de esta futura conciencia revelada reinará sobre las tendencias y rasgos negativos, reorientándolos hacia el servicio de los modos y atributos del bien. El versículo precedente lo confirma.

“El Eterno dice a mi señor, ‘Siéntate a Mi diestra hasta que Yo haga de tus enemigos tu escabel’.” (110:1)

Mientras estemos permanentemente cerca del bien que el Creador quiere que prevalezca en Su creación, el cual es Su diestra, convertirá todo lo opuesto al bien en su servidor como un escabel.

Así asimilamos que Israel representa los rasgos, tendencias y cualidades del bien, destinadas a prevalecer para siempre en la conciencia humana, tal como es reiterado más adelante.

Esto quiere decir que el mal no existirá en la manera como lo conocemos, sino como otro aspecto de la conciencia humana que se manifestará de manera positiva y constructiva. Habrá de ser así bajo la directa emanación del bien que Dios prometió que reinará eternamente desde Sión como Su morada en el mundo material.

“El Eterno ha jurado y no se arrepentirá. Tú eres sacerdote para siempre para la orden de Melquizedek.” (110:4)

Este es el sacerdocio de Israel establecido por Dios como un decreto eterno.

La Torá y la tradición oral hebrea nos cuentan que Melquizedek era el rey de Salem (después llamada Jerusalem), que recibió a Abraham luego de su victoria sobre cuatro reyes de Canaán y le dio el diezmo de todo (Génesis 14:18-20), transfiriéndole así el sacerdocio eterno a Abraham e Israel  su descendiente.

De ahí que el reino de paz (Salem) haya sido dado a Israel como su herencia divina, tal como el rey David lo indica en este versículo.

Así nos hacemos conscientes de que Jerusalem y Sión representan el pleno conocimiento de la paz como el medio que nos compenetra con el Eterno que nos la da como máxima expresión del bien.

domingo, 17 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XVIII)


“Sión ha oído y se ha regocijado, y las hijas de Judá están dichosas debido a Tus juicios, oh Eterno.” (Salmos 97:8)

Muchos de los salmos de David son claramente proféticos. Algunos de manera específica, y otros como éste de forma velada, a manera de invitación para que consideremos los significados de Sión, Jerusalem y el Templo, y cómo resuenan en nuestra conciencia.

Sión es el más elevado nivel de conciencia en el que estamos permanentemente unidos a nuestro Creador. “Oír” y “regocijarse” son situaciones complementarias en las que una conduce a la otra.

Frecuentemente relacionamos oír con entender y ver con saber. Al entender a fondo el bien como nuestro nexo con Dios, el resultado inmediato es la alegría; pues, ¿qué podría ser más regocijante que compenetrarnos con Él?

Las “hijas” de Judá, al igual que las de Jerusalem, mencionadas en otros pasajes de la Biblia hebrea, son tendencias, cualidades y rasgos positivos, relacionados con el bien como nuestra conexión con Dios. De ahí que sean dichosas cuando emulan y comparten los modos y atributos del Creador, que también son Sus “juicios”.

“El Eterno es grande en Sión, y alto es Él sobre todos los pueblos.” (99:2)

Sión es donde mora el Creador en nosotros, porque es el mayor conocimiento de Su presencia en nuestra conciencia. Lo grande de Dios es ciertamente Su presencia, la cual abarca toda Su creación.

De ahí que el Creador sea alto sobre todo lo existente, incluyendo los “pueblos”, que generalmente representan las tendencias y rasgos negativos que nos separan de los modos y atributos del bien, el cual está por encima para reinar sobre todos.

“¡Exaltad al Eterno nuestro Dios y postraos ante la montaña de Su sacralidad, porque sagrado es el Eterno nuestro Dios!” (99:9)

Nos postramos ante lo sagrado en reverencia a lo que es mayor y por encima de nosotros, sin lo que podríamos existir. Asombro y reverencia es lo mínimo que podemos tener ante lo que dependemos completamente. Saber o entender lo contrario es pura arrogancia, desdén y total falta de aprecio y gratitud por lo sagrado que nos da la vida.

“Constantemente (lit. todas las mañanas) expulso a los malvados de la tierra, para sacar de la ciudad de Dios todos los que hacen mal.” (101:8)

En este versículo el rey David fue el precursor de los proverbios “andar en el sendero de la rectitud exige vigilancia eterna” y “vigilancia eterna es el precio de la libertad”, pero él va todavía más allá de lo que ambos significan.

La constante vigilancia para vivir libre de rasgos negativos y malos hábitos requiere mantenerlos alejados de nosotros, sacándolos de nuestros pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones.

“Todos los que hacen el mal” no son parte de la ciudad de Dios, porque Sus modos y atributos no cohabitan con la maldad.

domingo, 10 de junio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XVII)


“Cosas honorables se dicen de ti, oh ciudad de Dios, eternamente.”
(Salmos 87:3)

Todo lo relacionado con Jerusalem es lo más sublime en naturaleza y cualidad, como es todo lo relacionado con el bien, simplemente porque es “la ciudad de Dios”, como su inmutable principio regidor en Su creación. De ahí que sea una entidad, absoluta, autosuficiente, destinada a conducir todos los aspectos y expresiones de la vida.

“Pero acerca de Sión se habrá dicho, ‘Este y aquel nacieron en ella’; el Altísimo mismo la ha establecido.” (87:5)

Aquí el versículo iguala el lugar de nacimiento a la esencia de la identidad de uno. Por lo tanto Sión, al igual que la Torá, define la identidad judía como la cualidad unificadora que comparten el Creador de todo e Israel.

La esencia de esta identidad es el bien como expresión de cada aspecto y faceta de la vida judía. Así somos reconocidos por el principio que guía nuestras acciones, ya que éste identifica lo que somos y que ha sido establecido para nosotros por el Creador.

“Aquellos que son plantados en la casa del Eterno florecerán en los atrios de nuestro Dios.” (92:13)

La identidad hebrea está profundamente enraizada en el principio que abarca todos los principios inherentes a los mandamientos, decretos, estatutos y ordenanzas de Dios, tal como los presenta la Torá.

El bien como principio absoluto es la expresión de creencias, ideas, emociones y sentimientos positivos que “florecen en los atrios de nuestro Dios”, los cuales son Sus modos y atributos que nos esforzamos en emular como fuente de nuestra plenitud.

Este versículo nos recuerda que florecemos solamente en el bien.

“Tus estatutos son firmes. La sacralidad adorna Tu casa, oh Eterno, siempre.” (93:5)

Los mandamientos, decretos, estatutos y ordenanzas del Creador son los firmes cimientos que definen el propósito del bien en el mundo material.

Así nos hacemos conscientes de que para entender esto primero debemos asimilar plenamente el bien en nuestra conciencia, desde donde estamos firmes. Entonces sabremos que lo sagrado del bien es el eterno esplendor y belleza del resplandor de Dios en Su creación.

domingo, 20 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XIV)


“Y he aquí que en Shalem está Su Tabernáculo y Su morada en Sión. Ahí Él ha quebrado flechas de un arco, escudo y espada, y guerra, para siempre.”
(Salmos 76:3-4)

El fundamento de la Presencia de Dios, que es el amor del bien emanado de Él, es paz como lugar desde donde revela completamente Su prometida redención, que es el comienzo de vivir eternamente en Sus modos y atributos.

Shalem significa entero, completo, pleno y total, en lo que no hay carencia y nada hace falta porque todo está contenido en ello. Así asimilamos que paz es shalom, y que Sión es el conocimiento de que en esta totalidad vivimos permanentemente en la Presencia de Dios, porque Su unicidad lo abarca todo.

También nos hace conscientes de nuestra necesidad de construir el Templo de Jerusalem como el Tabernáculo mediante el que nos unimos y compenetramos con nuestro Creador.

Somos los que tenemos que reconstruir el Templo, ya que depende de la añoranza y el deseo de retornar al bien de donde fuimos creados. El amor del bien es la base de nuestro nexo con Dios.

Nuestros Sabios dicen que la idolatría, el asesinato y el incesto llevaron a la destrucción del Primer Templo; que el odio gratuito causó la destrucción del Segundo Templo; y que el amor gratuito llevará a la construcción de Tercer y último Templo que durará eternamente.

Tenemos que reconocer el bien como nuestra esencia y verdadera identidad, ya que es lo que nos une y nos mostrará nuevos caminos y medios para vivirlo, una vez lo asimilemos como nuestra conexión permanente con el amor de Dios.

Este es el conocimiento de que el bien no cohabita con tendencias y rasgos negativos, representados por flechas y arcos, escudos y espadas que presagian disputas, conflictos, confrontaciones y guerras.

“Pero [Él] eligió la tribu de Judá, el monte Sión que Él ha amado. Y Él construyó Su santuario [lit. sacralidad] como un lugar elevado, como eterno como la tierra que Él ha fundado.” (78:68-69)

Como sabemos, Judá es la tribu que permaneció fiel a su Dios, a pesar de las divisiones, disputas y confrontaciones entre los hijos de Israel. Es por ello que han sido conocidos como judíos, porque descienden de la tribu de Judá.

En este conocimiento profético, el rey David lo sabía y por ello escribió estos versículos para elogiarlos como los portadores de la trascendental responsabilidad de construir el Tercer Templo, que al igual que la tierra, durará para siempre.

En en Segundo versículo vemos que la prometida revelación de la Presencia de Dios en Sión exige la participación del Creador y del pueblo judío. Él habrá establecido (“construido”) su sacralidad en un “lugar elevado” que puede existir solamente en el más elevado nivel de nuestra conciencia.

De ahí entendemos que en ese lugar moran nuestros mejores rasgos y cualidades que se nutren únicamente del bien en aras del bien como propósito de la creación de Dios, ya que es su fundamento mediante el cual construimos el nexo eterno con Él.

domingo, 13 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XIII)


“Porque el Eterno redime a Sión y construye las ciudades de Judá; y ellos han morado ahí, y es su posesión. Y los descendientes [lit. semilla, simiente] de Sus servidores la heredan, y quienes aman Su Nombre moran en ella.”
(Salmos 69:35-36)

Estos versículos destacan el nexo eterno entre el Creador e Israel. Sin importar la separación o la destrucción, Él prometió redimir los rasgos, modos y atributos que ambos comparten. Estos son las “ciudades” como valores y principios en los que moramos, que también son nuestra herencia y posesión.

Podemos entender nuestros descendientes como nuestra “semilla”, no sólo como hijos o nietos, sino también como el bien que creamos con nuestras acciones. Así asimilamos que siendo y hacienda bien amamos el Nombre de Dios, que también es el bien en el que estamos destinados a morar eternamente.

“Recuerda Tu congregación que adquiriste desde antaño, la cual Tú has redimido para ser la tribu de Tu heredad; este monte Sión, [donde] Tu presencia viene.” (74:2)

Nuevamente es mencionada la promesa de redención de Israel como la adquisición milenaria del Creador, para prevalecer en el bien como Su heredad. Todo esto ocurre en Sión como el tiempo y espacio de compenetración entre Dios e Israel, donde Su presencia “viene”.

Notemos que en cualquier parte del libro de salmos donde se menciona a Sión o Jerusalem, cada versículo citado se une a la continua afirmación del mismo principio o mensaje. El versículo en Salmos 74:2 es la continuación del citado en Salmos 69:35, como igualmente ocurre en los demás citados en lo sucesivo.

“Eleva Tus pasos hacia las desolaciones perpetuas. Derrota todos los males del enemigo en la sacralidad [de Tu templo]. Tus enemigos rugen en el lugar donde Tú te has reunido con nosotros. Ellos colocan sus banderas como estandartes. Ellos han quemado Tu santuario hasta el piso. Han profanado el lugar de la morada de Tu Nombre.”
(74:3-4, 7)

El rey David clama a Dios rogando por Su complete redención final de aquellos que pretenden ocupar el lugar de Su morada, y hacer que sus despreciables rasgos y tendencias gobiernen cada aspecto y expresión de la conciencia. Estos ciertamente son las desolaciones perpetuas como predicamento de ilusiones y fantasías materialistas generadas por una actitud egocéntrica.

El versículo prosigue para indicar que solamente en lo sagrado del bien que mora en el santuario de Dios podemos derrotar todas las formas y expresiones de la maldad.

Al abrazar el bien como nuestra esencia y verdadera identidad, y como el santuario donde nos compenetramos con el bien que emana de nuestro Creador, no hay mal que no podamos vencer y transformar en algo positivo para hacer de la vida algo mucho mejor.

Para poder retornar al bien, no sólo como nuestra identidad real sino también como nuestra constante redención, primero tenemos que retirar los avisos, banderas y estandartes que nos definen como lo que representan.

Estos son los rasgos negativos y destructivos que destruyen lo que alguna vez creímos lo mejor en nosotros. Son los males que queman nuestro nexo con el bien como nuestra esencia e identidad proveniente del bien que pronuncia el Nombre de Dios.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.