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domingo, 2 de septiembre de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXIX)


“Bendito es el Eterno desde Sión, que mora en Jerusalén; alabad al Eterno.” (Salmos 135:21)

Otra vez el salmista proclama la presencia del Creador en Jerusalén; y lo bendice, por ser la fuente de todas las bendiciones. Por ello lo alabamos y exaltamos siempre.

“Por los ríos de Babilonia, ahí nos asentamos y también lloramos cuando recordamos a Sión.” (137:1)

En profecía, el rey David evoca el futuro exilio de su pueblo Israel en Babilonia, donde lamentarían su separación de la casa de Dios, recordando lo que tenían y perdieron. En su doloroso lamento no perderían la esperanza de retornar al nexo que habrán de recuperar para la eternidad, en su redención final y la era mesiánica.

“Porque allá [en Babilonia], nuestros captores nos pedían palabras de canción, con nuestras liras jubilosas. ‘Cántennos las canciones de Sión’.” (137:3)

Los captores de Israel conocen las cualidades inherentes a la espiritualidad de sus cautivos. Las naciones las pueden reconocer en las alabanzas que el pueblo escogido canta a su Dios. Saben que estas canciones son un bálsamo armonizador de pensamientos, emociones y sentimientos, el bien que todas naciones codician para someterlo a sus obsesiones, apegos y adicciones.

A fin de cuentas, en la redención final de Israel ellas apreciarán el bien dentro de sus parámetros éticos y morales, dirigidos a elevar la dignidad que deben a la condición humana en este mundo. El hecho de que reconozcan la belleza de las “canciones de Sión” es un primer paso.

Luego habrán de abrazar la esencia que hace de estas alabanzas lo que son. Las “canciones” que Israel entona en Sión no son otra cosa que la exaltación de los rasgos y atributos del Creador, cuando se manifiestan en la vida haciéndola una exaltación de Su amor.

“¿Cómo cantaremos la canción del Eterno en suelo ajeno? Si te olvido, oh Jerusalén, que mi brazo derecho pierda su destreza. Que mi lengua se pegue a mi paladar si no te recuerdo; si no tengo a Jerusalén por encima de mi mayor alegría.” (137:4-6)

La canción de Dios es la misma de Israel, por ello debe ser cantada entre ambos, y con nadie más; tampoco en un suelo que no sea el de Su casa. En nombre de los hijos de Israel, el rey David evoca la aberración de pretender compenetrarse con el amor de Dios fuera de Su Tierra Prometida, Jerusalén, y el Templo, lugar de Su morada. Este nexo es llamado aquí la “canción” de Dios.

Olvidar a Jerusalén equivale a olvidar a nuestro Creador. Igual vivir sin el bien, simbolizado por la “destreza” del brazo derecho. Lo mismo ocurriría con nuestra expresión oral, porque sin el bien del Creador en nuestros pensamientos, las palabras carecerían de significado. Jerusalén es la máxima alegría, porque Su amor mora en ella.

domingo, 19 de agosto de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXVII)


“Venimos a Sus santuarios, nos postramos a su escabel. Levántate, oh Eterno, a Tus santuarios, Tú y el arca de Tu poderío. Tus sacerdotes vestidos de rectitud, y Tus amorosos (piadosos) cantando de alegría.”
(Salmos 132:7-9

Nuestros Sabios llaman al Templo de Jerusalem el escabel de Dios, donde la majestad de Su bondad descansa tocando el mundo. En este contexto, el Templo es donde están Sus “santuarios” , que son ciertamente Sus modos y atributos. Su sacralidad es tal, que son veraderos santuarios en los que meditar, contemplar y morar.

Cuando permitimos que los modos del Creador nos inspiren en todos los sentidos, le rezamos a Él para que se haga cargo y nos convierta en vasijas lo suficientemente aptas para recibir Su bondad y hacerla nuestra, tenerla y manifestarla. Es así como Dios se “levanta” en nosotros.

Tenemos que llamar a nuestro Creador para que vuelva a morar en los santuarios del Templo que una vez construyó en nosotros para compenetrarnos permanentemente con Él. Este nexo es el “arca de Su poderío”, entendido como el pacto que Él sello con Su pueblo eternamente.

Los sacerdotes representan nuestros rasgos positivos que establecen el nexo, y son buenos siempre y cuando se mantengan fieles a sus cualidades éticas, mencionadas aquí como rectitud, ya que deben ser correctos como parte de lo que el bien es por definición.

Los “amorosos” (término usualmente traducido del hebreo como “piadosos”) son las cualidades complementarias por ser rectos, ya que van de la mano cuando el verdadero amor es dado. Una acción amorosa se expresa de igual manera como se canta una canción alegre, como lo veremos en los próximos versículos.

“Porque el Eterno, Él ha elegido a Sión por asiento para Él: ‘Este es Mi eterno descanso, porque lo deseo. Su provisión Yo he bendecido y habré de bendecir. Sus necesitados, Yo saciaré con pan. Y sus sacerdotes están vestidos de redención, y sus amorosos cantando alabanzas. Ahí brotará la viña para David. Yo he preparado una lámpara para Mi ungido’.” (132:13-17)

Estos versículos reafirman que Jerusalem y su Templo están para el Creador, en relación con Su nexo eterno con Israel. El salmista destaca la ciudad de Dios como la vasija en la que vierte Su sustento para el mundo. Esta es la razón de Sus continuas bendiciones para ella, y para quienes la mantienen sagrada para Él.

Estos son los sacerdotes que representan nuestros mejores rasgos y cualidades en el más elevado nivel de nuestra conciencia, porque son los medios a través de los que encontramos nuestra redención.

Aquí la redención es llamada la viña de David, la cual representa la conciencia mesiánica destinada a prevalecer por la eternidad. Es también la lámpara que iluminará todos los aspectos y expresiones de la vida, todas dedicadas a perseguir el infinito conocimiento de nuestro Creador.

domingo, 29 de julio de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XXIV)


“En aras de mis hermanos y mis bien amados, he de decir ‘la paz sea en ti’.”
(Salmos 122:8)

El rey David nos dice que en Jerusalén converge todo lo que une y compenetra todo y a todos. En esta unidad congregada vivimos siendo conscientes de la paz.

Nuestros hermanos, hermanas y bien amados son aquellos que en su propia diversidad individual comparten en bien como el nexo que nos conecta unos con otros, siendo paz su máxima expresión. De ahí que procuremos la paz como el conocimiento abarcador e integrador que también nos une a Dios.

“¡En aras de la casa del Eterno nuestro Dios, procuro tu paz!” (122:9)

La casa de Dios es el Santuario que Él ha establecido para que more entre (en) nosotros acá en este mundo y, como el salmista lo ha destacado frecuentemente, el bien es nuestro nexo con el Creador. De ahí que procuremos el bien en aras de nuestra conexión con Dios.

“Aquellos que confían en el Eterno son como el monte Sión, que es inamovible [por estar] establecido eternamente.” (125:1)

La confianza se basa en lo que conocemos o creemos como algo por lo que vivimos y conducimos nuestra vida. Confiar en Dios es vivir por lo que Él representa, que nos mantiene vivos para prosperar con ello y por ello. Por lo tanto nuestro Creador es el principio ético rector por el que existimos para vivirlo y sentirlo en este mundo.

El salmista compara este principio a la montaña inamovible llamada Sión y a su cualidad eternal, por el hecho de que la eternidad de Dios está en ella; lo cual es reiterado en el próximo versículo.

“¡Jerusalem! Montañas la rodean, y el Eterno rodea a Su pueblo de aquí a la eternidad.” (125:2)

Las montañas representan creencias, principios y referencias inamovibles, mediante los cuales dirigimos nuestra vida. Como nuestra conexión con Dios, Jerusalem está asentada sobre una montaña rodeada por una muralla, y también por montañas que reafirman la prevalencia del bien que el principio fundamental bajo el que están destinados a conducirse todos los niveles, aspectos y dimensiones de la conciencia humana.

De la misma manera que somos conducidos por el bien, y protegidos por sus cualidades éticas, el Creador también guía a Su pueblo eternamente.

Aquí debemos entender que Su voluntad, al igual que Sus modos y atributos, existen eternamente; y mientras que vivamos en el bien inherente a éstos, ciertamente estaremos protegidos por Él.

domingo, 27 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XV)


“Oh Eterno, naciones han invadido [lit. venido a] Tu heredad, el altar de Tu sacralidad han profanado, han hecho Jerusalem ruinas.” (Salmos 79:1)

En la tradición hebrea, las “naciones” representan tendencias y rasgos negativos derivados de una actitud egocéntrica ante la vida, lo que aquí frecuentemente llamamos “fantasías e ilusiones de ego” que profanan lo es bueno en todos, porque el bien es la sacralidad que mora en nosotros y que llamamos Jerusalem.

A diferencia de aquellas, Israel es la nación que representa las cualidades positivas en la conciencia humana, destinadas a ser dirigidas eternamente por el bien. El rey David lamenta la constante confrontación entre el bien y el mal, ya que el bien es la opción más natural, lógica y obvia, para vivir en su albedrío total como la heredad creada por Dios para ser disfrutada por todos eternamente.

“Su sangre [de los justos] ellas han derramado como agua alrededor de Jerusalem. No había nadie que les diera sepultura.” (79:3)

Las naciones son nuevamente denunciadas como perseguidoras y verdugos de los valores y principios éticos que nos conducen para vivir por, en, con y para el bien. Éstos son los justos que guían al pueblo con la responsabilidad de indicarnos los modos y atributos necesarios para hacer que el bien rija todos los aspectos y expresiones de la vida.

Vemos que la fuerza vital de los justos es el bien masacrado por las naciones que procuran la destrucción de Jerusalem como el más elevado nivel de conciencia donde solamente el bien reina.

“Dichosos aquellos que viven en Tu casa, ellos aún Te alabarán eternamente.” (84:4)

Éste es uno de los versículos más profundos del libro de salmos, aunque su significado literal revele lo que es bastante obvio. Si vivimos permanentemente con nuestro Creador, estamos destinados a alabarlo por este privilegio.

El versículo sugiere que un corazón contento es la condición para acercarnos a Dios, ya que si queremos ser, tener o hacer algo, primero tenemos que abrazarlos como algo que es parte de nosotros. Además, también sabemos y anticipamos que estar con nuestro Creador es de por sí la mayor experiencia indescriptible de todas.

El versículo igualmente indica que quienes viven en el Templo de Jerusalem, la casa de Dios, han sido tradicionalmente por decreto divino los levitas que también son sus guardianes y que proveen lo que necesitan los sacerdotes para su servicio cotidiano.

Nuestra tradición hebrea nos señala que parte del servicio de los levitas en el Templo incluía cantar alabanzas para honrar, exaltar y celebrar la presencia de Dios en Su casa.

Nos damos cuenta que vivir en el bien como la morada elegida del Creador en la conciencia humana es la causa y el efecto de la máxima plenitud de libertad, porque en el bien somos completamente libres.

“Ellos han ido de fuerza en fuerza, el Eterno Todopoderoso aparecerá en Sión.” (84:7)

Este versículo se relaciona con el peregrinaje a Jerusalem como el destino de corazones y almas que buscan compenetrarse con el bien eterno que emana del amor de Dios. Ascendemos a Sión adquiriendo la fuerza que procura más fuerza, que sólo el bien puede dar.

Entre más bien hagamos, mejores seremos para manifestar mayores expresiones del bien que el Creador nos revelará cuando Se aparezca a nosotros en Sión, que es el tiempo y espacio donde nos unimos a Él tal como nos lo ha prometido.

domingo, 6 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XII)


“¿Por qué parecéis en envidia, montañas de cumbres, ante la montaña que el Eterno ha deseado para Su morada? Sí, el eterno morará en ella para siempre.” (Salmos 68:17)

Hemos señalado a menudo que las montañas simbolizan principios, creencias, valores e ideas inmutables. Entre más grandes y elevadas son, más difíciles son de mover, cambiar o modificar. En este versículo vemos una comparación entre todo tipo de ellas y la que representa el principio rector de Dios para Su creación.

Envidia es lo que sentimos cuando algo o alguien posee lo que más deseamos. El único remedio contra ella es ser o convertirse en aquello que codiciamos.

En vez de poseer lo que deseamos, de lo que se trata es convertirnos en el objeto de nuestro deseo. Esto podría parecer narcisista pero no lo es, porque no se trata de poseer aquello que deseamos como depredadores confesos. Si codiciamos la abundancia, tenemos que convertirnos en fuente de abundancia, al igual que con todo lo demás.

Las montañas envidian ser el lugar de la morada del Creador, la cual entendemos como la montaña o el principio rector destinado a dirigir la vida en este mundo.

En este sentido, aquello que no es bueno desea serlo, ya que el bien es la fuente de toda existencia. Estamos hablando de algo ciertamente eterno, como lo establece la segunda parte del versículo.

“Desde Tu templo en Jerusalem, donde reyes habrán de traerte ofrendas.” (68:30)

En este salmo 68 en particular, leemos que todo lo que Dios ha creado es instado a reconocerlo, agradecerle, alabarlo y reverenciarlo por lo que Él hace; incluidos montañas  como principios, y reyes como gobernantes que dirigen nuestra conciencia en torno a lo que pensamos y hacemos.

Una vez más es reiterado que todo lo creemos, valoramos, apreciamos y abrigamos debe inspirarse, sostenerse y nutrirse con los modos, medios y atributos del bien como templo en el que honramos a nuestro Creador y nos compenetramos con Él con lo mejor en nosotros.

Todos estos que abarcan nuestra conciencia son los “reyes” que gobiernan en lo que somos, tenemos y hacemos; y que ciertamente son las elevadas ofrendas que traemos a la Fuente del bien. En este conocimiento reverenciamos a Dios.

“Reverenciado es el Eterno en Tus sagrados predios, el Dios de Israel. Él da fortaleza y poder al pueblo [de Israel]. Bendecido sea el Eterno.” (68:36)

Los predios sagrados de Dios son Sus modos y atributos (Éxodo 34:6-7) con los que se relaciona con Su creación, la cual lo proclama como el Dios de Israel.

Tal como lo hemos mencionado frecuentemente, Él les el principio regidor por el que el pueblo de Israel define y manifiesta su identidad, porque en esta identidad encuentran su fortaleza y poder para hacer prevalecer el bien en este mundo.

domingo, 8 de abril de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (VIII)

“Eterno, en Tus palacios [eres] conocido por fortaleza.” (Salmos 48:4)

Hemos dicho que Jerusalem, como la ciudad de Dios, es también el lugar de Su morada. Entendemos que un “lugar” es para estar o ser como fuerza motriz conductora de vida y cimiento de nuestra conciencia, y en este sentido ese lugar es el bien.

Los “palacios” son cualidades, tendencias, medios y modos positivos que son fortalezas, con las que nos protegemos y prosperamos, porque el propósito del bien es el bien mismo.

“Tal como hemos oído, así hemos visto en la ciudad del Eterno de multitudes, en la ciudad de nuestro Dios. El Eterno la ha establecido por siempre, para la eternidad.” (48:9)

El bien está destinado a prevalecer en la creación de Dios, por toda la eternidad. Llegamos a esta máxima realización sabiendo que la ciudad de Dios es el bien. Igualmente entendemos que “multitudes” son las formas y dimensiones donde Él reina y dirige Su entera creación, tal como lo proclama el salmista.



“Y David bendijo al Eterno ante toda la congregación; y dijo David, ‘Bendito eres Tú, oh Eterno, Dios de nuestro padre Israel en todos los planos y eternidades. ¡Tuyos son, oh Eterno, la grandeza, el poder, la gloria, la victoria y la majestad! Porque todo en los cielos y todo sobre la tierra, Tuyo es. Tuyo, oh Eterno, es el reinado y Tú dominas sobre todo.” (I Crónicas 10-11)

Esta bendición del rey David nos invita a reflexionar en torno a lo que somos, tenemos y hacemos, que también proceden del Creador y estamos destinados a cumplir Su voluntad.

“Hemos reflexionado en Tu amorosa bondad, oh Eterno, en Tu templo.” (Salmos 48:10)

Amorosa bondad es un atributo primordial del bien, en el que nos inspiramos para compenetrarnos con el Creador, y este nexo está representado por el Templo de Jerusalem.

La Torá menciona la abundante amorosa bondad (Éxodo 34:6-7) como uno de los trece atributos de compasión de Dios. Estos son considerados referencias para Sus juicios.

“Regocíjese el monte Sión; regocíjense, hijas de Judá, debido a Sus juicios.” (48:12)

Este versículo nos invita a entender los juicios de Dios como fuente de regocijo, ya que provienen de Su bien que se erige en el monte de Su sacralidad. Las “hijas de Judá” son expresiones de nuestro reconocimiento del bien como nexo con el Creador.

También pueden entenderse como expresiones de gratitud y reconocimiento del bien proveniente de Él, ya que en hebreo, Judá significa “Agradeceré/reconoceré a Dios”.

domingo, 11 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (IV)


“[Que el Eterno] Envíe tu ayuda desde el altar [lit. desde el sagrado], y [que Él] te sostenga desde Sión.” (Salmos 20:3)

Todo proviene de Dios y Él mantiene y sustenta Su creación, lo cual abarca la ayuda que podamos necesitar para vivir, especialmente cuando sea de acuerdo a Su voluntad.

En este versículo el rey David se refiere a un tipo de ayuda y apoyo que solamente puede venir de la sacralidad de Su presencia en este mundo, la cual mora en Su lugar elegido conocido como Sión.

En este sentido no damos cuenta que el Creador tiene múltiples formas de sostener Su creación, unas más sublimes que otras, y en este versículo vemos que es así.

Tenemos que ser sagrados para aproximarnos a la sacralidad de Dios. Esto requiere desapegarnos de tendencias y rasgos negativos derivados de una actitud egocéntrica ante la vida, y lo logramos abrazando los modos y atributos que son nuestro nexo con el Creador de todo.

Para ello necesitamos la ayuda que proviene precisamente del más elevado nivel de nuestra conciencia, también conocido como el altar del Santuario erigido en Sión.

Los versículos que siguen ponen en contexto la petición que hace el salmista al Creador.

“[Que el Eterno] Recuerde todas tus ofrendas por siempre. [Para] Otorgarte lo que tu corazón desea, y cumplir todos tus planes.” (20:4-5)

Las ofrendas que traemos al Templo de Jerusalén son encomendadas por Dios para que estemos siempre cerca de Él. Hemos mencionado que la raíz semántica en hebreo de “ofrenda” es la misma de “cercanía”. En esta última en verdad estamos redimidos de todo lo que impide nuestro completo bienestar, plenitud y autorrealización.

De ahí que nuestros deseos y planes deban estar dirigidos a perseguir sólo lo bueno en la vida como quiere Dios, para vivir Sus modos y atributos en este mundo.

“Sólo amorosa bondad y compasión me seguirán todos los días de mi vida, y yo viviré en la casa del Eterno para siempre [lit. por muchos largos días].” (23:6)

Con este versículo en paráfrasis entendemos que para vivir en la manifiesta presencia de Dios en Su casa, el Templo de Jerusalem, solamente amorosa bondad y compasión deben gobernar todos los aspectos y expresiones de la vida.

Los versículos anteriores en el capítulo (23) citado aquí se refieren a lo que acontece en nosotros cuando abrazamos los modos y atributos del Creador como principios y fundamentos éticos para vivir en este mundo.

El resultado es lo indicado en este versículo, como la culminación de vivir en pleno conocimiento del bien proveniente de nuestro Creador.

domingo, 18 de febrero de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (I)

Intentar definir o describir Jerusalem es el mismo empeño inútil de concebir al Dios de los hebreos. La razón es bastante simple porque Jerusalem y el Creador se corresponden, porque el “lugar” de la presencia de Dios en el mundo es tan sagrado como Él. El nombre de esta ciudad lo confirma. La tradición oral judía nos ofrece dos significados esenciales.

Por un lado nos dice que existían dos ciudades, una frente a la otra, separadas por el valle de Josafat. Se llamaban Shalem and Jeru, las que muchos siglos después serían unificadas por el rey David. Por ello el escritor de los Salmos es considerado el fundador de la ciudad, y quien la estableció como la capital eterna e indivisible de Israel.

La otra versión es que la ciudad originalmente se llamaba Shalom (paz), y luego de la ofrenda de Abraham, de su hijo Isaac, aquel la llamó Yierushalem. La traducción de este nombre se puede entender de dos formas complementarias, “aparecerá en paz” o “será visto en paz”, refiriéndose a Dios. Ambas están en futuro, porque sería el lugar que Él escogería para Su templo, la morada de Su presencia en el mundo.

En este sentido Jerusalem y su templo son parte del mismo lugar donde mora la Presencia Divina. Esta definición es correcta para describir su carácter eterno e indivisible, como también lo es el Dios de los hebreos.

En su libro de salmos, el rey David reflexionó sobre estas premisas con aguda percepción y claridad de lo que esta ciudad significa y representa como capital del pueblo judío en particular, y para la humanidad en general.

El salmista nos revela rasgos y atributos inherentes a Dios y a Jerusalem, no con la intención  de definirlos a ambos sino como cualidades que encontramos como nexos que los unen. Contemplaremos y elaboraremos en estas al citar los versículos en los salmos, donde el rey David se refiere a Jerusalem, a Sión y al Templo, como el mismo lugar.

La tradición oral hebrea no ofrece significados específicos para Sión, sino solamente como un sinónimo de Jerusalem y su templo. Así comprendemos y asimilamos que el sionismo es la creencia estructural y fundamental del judaísmo en Jerusalem como la capital de Israel elegida por Dios.

En este contexto judaísmo es sionismo, y los judíos son inherentemente sionistas. Esta creencia es fundamental para abordar la presencia de Dios en el mundo.

Sigamos los pasos del rey David en Jerusalem, e iluminémonos con la presencia de Dios en la capital, la cabecera eterna de Israel.

“Y Yo he establecido Mi rey en Sión, el monte de Mi sacralidad.”
(Salmos 2:6)

La Biblia hebrea menciona repetidamente que Dios es sagrado, refiriéndose a seguir Sus caminos, atributos y mandamientos.

“Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles a ellos, ‘Sed sagrados, porque el Eterno vuestro Dios es sagrado’.” (Levítico 19:1)

Entendemos lo sagrado no sólo como uno de los atributos del Creador sino también como precondición para acercarnos a Su presencia. Así asimilamos lo sagrado como algo que necesitamos ser y tener para compenetrarnos con Dios.

De ahí que Sión sea el monte de Su sacralidad, donde Él establece Su rey como el regente que mejor entiende e imparte la voluntad de Dios para Su pueblo.

No podría ser de otra manera, ya que lo sagrado en el Creador requiere igualmente un lugar sagrado para habitar en el mundo y un rey sagrado para regir en aras de lo sagrado. Lo esencial es comprenderlo como cualidad o cualidades que excluyen todo lo que es ajeno a los modos, medios y atributos de Dios.

En este sentido asimilamos que se trata de lo que es bueno y lo inherente a esto, porque el bien es lo que nos hace sagrados y a la vez nos asemeja al Creador.


El hecho de que el versículo indique “establecimiento” significa que todo lo relacionado con Sión y Jerusalem existe para la eternidad.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.