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domingo, 18 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (V)


“¿Quién ascenderá al monte del Eterno? ¿Y quién se levantará en el lugar de Su sacralidad?”
(Salmos 24:3)

Nuevamente el salmista destaca el rasgo común que el Creador quiere que compartamos con Él con el fin de vivir con Él, y es lo sagrado. El versículo indica que el acercamiento a Dios es de hecho un proceso ascendente, a través del cual nos liberamos de lo distinto u opuesto al bien que nos hace sagrados ante Él.

En el bien no sólo ascendemos para elevar todos los niveles y dimensiones de la conciencia sino que también nos levantamos a lo que Dios quiere que vivamos en Su sacralidad. Esta no la podemos asimilar, concebir, discernir ni captar, porque lo sagrado en Dios pertenece a una dimensión que únicamente podríamos concebir una vez estemos en ella.

“Aquel que tenga las manos limpias y un corazón puro, que no hay tomado Mi Nombre en vano y que no haya jurado falsamente. Este recibirá una bendición del Eterno, y rectitud del Dios de su redención. Tal es la generación de quienes lo buscan a Él, que buscan Tu presencia, Jacob, para siempre.” (24:4-6)

Estos versículos nos enseñan que el Creador asocia Su Nombre con lo limpio, puro, verdadero y bueno. El rey David enfatiza una vez más que lo sagrado en el bien sólo puede vivirse bajo el principio ético que implica. Esto quiere decir que el bien no se compromete, combina, mezcla o cohabita con nada diferente de sus modos, medios y atributos.

En el bien somos bendecidos y el Creador nos bendice con la rectitud inherente al bien, que por definición es nuestra redención. Esta la entendemos como el eterno estado de conciencia libre de las tendencias y rasgos negativos que conllevan a vivir en la maldad.

La eterna libertad en el bien es la herencia de aquellos que lo procuran como estilo de vida en la redención final prometida por Dios. Esta es la herencia de los descendientes de Jacob que buscan vivir eternamente en el bien del Creador.

“Me lavo las manos en inocencia para abarcar Tu altar, oh Eterno. Para oír en la voz de gratitud y contar todas Tus maravillas. Eterno, yo amo la morada de Tu casa; y el lugar, el templo de Tu gloria.” (26:6-8)

El ascenso que mencionó anteriormente el rey David requiere inocencia, también inherente al bien cuando rige todos los aspectos y expresiones de la vida. Debemos lavar y limpiar nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, refinando al mismo tiempo nuestras pasiones e instintos con el fin de convertirlos en vasijas para ser llenadas con el bien de los modos y atributos de amor.

En el bien podemos habilitar nuestra conciencia para que abarque y abrace el máximo bien representado por el “altar” de Dios. Este conocimiento nos conduce a la gratitud que le debemos a nuestro Creador, y en esta conciencia podremos captar Sus magníficas maravillas y la trascendencia de Su gloria.

En amor también exaltaremos el júbilo de morar eternamente en la casa de Dios y Su gloria, como el supremo estado de conciencia para el cual vinimos a este mundo con el propósito de cumplir el destino que Él quiere para nosotros cuando elegimos vivir solamente en permanente conocimiento del bien.

El este próximo versículo que citamos, el salmista nos hace conscientes de que ciertamente tal destino es el que deberíamos añorar y pedir a nuestro Creador.

“Una cosa he pedido del Eterno, que habré de buscar después: que pueda yo morar en la casa del Eterno todos los días de mi vida, para contemplar la dulzura del Eterno y visitar Su templo.” (27:4)

Cuando llegamos a este conocimiento, solamente vivimos para añorar con ardiente deseo existir eternamente junto a nuestro Creador. De ahí que oremos constantemente para liberarnos de apegos, obsesiones y adicciones que nos imponen fantasías e ilusiones de ego para impedirnos abrazar la libertad que sólo el bien puede dar.

La lección que aprendemos de éstas es valorar y apreciar el bien como libertad moral que refuerza nuestro discernimiento para dirigir nuestra mente, pensamientos, emociones, sentimientos e instintos con la rectitud inherente al bien.

domingo, 31 de mayo de 2015

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (CXI) Isaías

“Y vosotros habéis dejado vuestro nombre por promesa para Mis escogidos, y Dios el Eterno os ha condenado a muerte. Y para Sus servidores Él da otro nombre.” (65:15)

Una vez más es declarado que los elegidos de Dios heredarán las posesiones de las naciones, ya que estas desaparecerán. Al ser completamente removidos el mal y la iniquidad, al igual que las tendencias y rasgos negativos de la conciencia humana, todo lo remanente pertenece al bien de los modos y atributos de Amor. Estos heredan los lugares “desolados” en la conciencia, y como servidores del bien de Dios también tendrán una nueva identidad, un nuevo nombre. Sabremos el nombre de nuestra nueva identidad cuando entremos en el reino de la Conciencia Mesiánica y la Redención Final.

“Para que aquel que se bendice a sí mismo en la tierra lo haga también en el Dios de fidelidad. Y aquel que jure en la tierra, jure por el Dios de fidelidad, porque las pasadas aflicciones han sido olvidadas y porque ellas han sido ocultadas de Mis ojos.” (65:16)

Dios nos deja entrever que todos nuestros pensamientos y acciones serán las bendiciones de Su promesa al igual que Su fidelidad al bien que Él quiere que disfrutemos y celebremos. Todo lo que somos, tenemos y hacemos serán bendiciones al extremo de que no tendremos memoria o recuerdo de maldad o iniquidad que estarán ocultadas del bien de Dios (lo que está en “Sus ojos”).

“Porque he aquí que Yo estoy creando nuevos cielos y una nueva tierra. Y las cosas pasadas no son recordadas, ni tampoco ascienden al corazón. Mas alegraos vosotros para siempre, que Yo soy el Creador, porque he aquí que Yo estoy creando Jerusalén un regocijo, y su pueblo una dicha.” (65:17-18)

La nueva conciencia nace con nuevos cielos y un nuevo mundo material. Otra vez nuestro conocimiento no tendrá referencia ni recuerdo del pasado. Nada de nuestra conciencia anterior tocará nuestro discernimiento ni nuestro corazón.

Nuestra nueva conciencia solamente sabrá de nuestra conexión permanente con Dios, la cual representa Jerusalén. También esta conexión será renovada sólo para felicidad y alegría para su pueblo que también sólo manifestará los potenciales creativos del bien, representados por el redimido pueblo de Israel.

“Y Me he regocijado en Jerusalén, y Me he alegrado en Mi pueblo. Y nunca más se oye la voz de sollozo ni la voz de llanto.” (65:19)

Aquí nuevamente es recordado que la nueva Conciencia Mesiánica pertenece al pueblo de Israel, como los proclamadores y conductores de la nueva y eterna era que Dios nos prometió como el eterno Shabat que es el último día de la Creación.

“No hay entonces infante de [pocos] días. Ni anciano que no cumpla sus días, porque [será como maldición que] un joven muera a los cien años. Y el pecador de cien años es levemente estimado. Y ellos han construido casas que habitan. Y plantado viñedos, y comido sus frutos.” (65:20-21)

No habrá vidas cortas en la Era Mesiánica porque será necesaria la longevidad para conocer a nuestro Creador. Vida eterna para conocer nuestro Dios eterno. El conocimiento que será adquirido será como casas para habitar, y también el júbilo de estar saciado por ese conocimiento como uvas comidas de nuestros viñedos.

“Ellos no construyen para que otros habiten, ellos no plantan para que otros coman. Porque como los días de un árbol son los días de Mi pueblo. Y Mis elegidos largamente disfrutan la obra de sus manos. No laboran en vano ni traen desgracia. Porque la simiente del Eterno ellos son, y sus hijos con ellos.” (65:22-23)

Todo lo que aprendamos y los frutos de nuestras tareas para conocer a Dios será solamente nuestro, porque no habrá competencias ni rivalidades en nuestro conocimiento de Él. Viviremos juntos con nuestro Dios eternamente, porque Él es el Eterno. Una vez más nos recuerda que en nuestra nueva conciencia no hay fantasías ni vanidades, ni ilusiones ni desgracias.

El Amor de Dios está plenamente revelado en esta nueva conciencia, porque Su Amor es la simiente que Él ha bendecido en nosotros y nuestros hijos.

“Y acontece que antes de llamar, Yo respondo. Ellos antes de hablar, y Yo oigo. Lobo y cordero comerán como uno solo, y un león como un buey come paja. Para la serpiente el polvo será su alimento. ¡Ellos no hacen maldad ni destruyen en toda Mi montaña sagrada, dijo el Eterno!” (65:24-25)

Estas dulces metáforas y alegorías ilustran nuestra unidad con el Creador. Nuestra cercanía a Él es tal que responderá antes de que llamemos, y antes de hablar Él nos escucha. Tanto nuestros aspectos superiores como los inferiores compartirán el mismo interés y serán nutridos por el mismo conocimiento. Todo en y hacia las tendencias y rasgos positivos del bien inherente a los modos y atributos de Amor.

Nada en la Creación de Dios podrá hacer mal, destruir o dañar, incluida la serpiente, porque en el conocimiento de nuestra conexión permanente con Dios, Su montaña sagrada (nuestra Jerusalén reconstruida y su Templo) solamente existe el bien de Su Amor.

domingo, 24 de junio de 2012

Jukat: Viviendo los Mandamientos del Creador

Hemos dicho muchas veces que la Torá define nuestra identidad judía, la cual se trata de lo que somos y hacemos, que a su vez determinan nuestra relación con el Creador. Esta relación está forjada a partir de nuestra conexión con Él, la cual depende de Sus Mandamientos, decretos y estatutos contemplados en la Torá.

Hemos mencionado que la raíz semántica hebrea del término “mandamiento” quiere decir conexión, y está determinada por Sus reglas y no las nuestras. Tenemos que entender y asimilar los caminos, modos, medios y atributos con los que Dios se relaciona con Su Creación, incluidos nosotros, de acuerdo a cómo la Torá nos lo instruye. Estos son los cimientos para comprender Sus Mandamientos a pesar de nuestras limitaciones para conocerlo a Él, ya que el Creador no tiene definición. Es por ello que nuestros Sabios enseñan que sólo podemos conocerlo a través de Sus modos y atributos, y aún así nunca lo llegaremos a conocer.

Debemos insistir en que nuestra identidad judía es la suma de todos los 613 Mandamientos en la Torá, porque no sólo definen lo que somos sino también nuestra conexión con el Creador. La esencia subyacente en esta conexión es Amor como nuestro nexo común con Él. El Amor de Dios está presente en sus (trece) atributos como nos lo enseña la Torá (Éxodo 34:6-7).

Como mencionamos en nuestro libro “Amor de Dios”, el reiterado atributo del Creador por Su Creación es compasión como la manifestación material de Su Amor. Estos atributos determinan nuestra relación con Él y para abordar y cumplir Sus Mandamientos, ya que son las maneras de asimilar Su Amor también como nuestra Esencia e identidad. El salmista nos lo recuerda.

“El Eterno es graciable y compasivo, lento para el enojo y abundante en amorosa bondad. El Eterno es bueno con todos, Él tiene compasión por todo lo que Él ha creado.” (Salmos 145:8-9)

De ahí que Su Amor sea nuestra referencia en todos nuestros niveles de conciencia. Es así como debemos abordar la vida, y todo lo que somos y hacemos.

Recientemente comentamos acerca de las bendiciones sacerdotales señaladas en la Torá y, en el contexto de nuestra relación con el Creador, tenemos que asimilarlas no sólo como algo que recibimos de Él sino como un Mandamiento para cumplirlo como para de nuestra conexión con Él.

El Creador nos bendice y protege, siempre y cuando también bendigamos con Su Amor todo lo que hagamos, y en esta acción de hecho estamos protegidos porque Amor es nuestra protección. Él resplandece Su rostro (Su Amor) en nosotros mientras nosotros también resplandezcamos (manifestemos) Amor con nuestros hechos, ya que Su gracia está en nosotros cuando actuamos con Amor.

Él eleva Su rostro (Amor) en nosotros y pone paz en nosotros mientras dejemos que Amor eleve nuestra conciencia, y en este proceso la paz está con nosotros y con aquellos a quienes tratamos con amorosa bondad. Dicho de otro modo, las bendiciones del Creador no las recibimos para disfrutarlas como un regalo que nos haga sentir realizados y satisfechos a nivel personal.

Sus bendiciones de hecho tienen un propósito, el cual es que las manifestemos en lo que somos y hacemos. En nuestra relación con el Creador es así como funcionan Sus Mandamientos, ya que mientras los realizamos estamos conectados con Él, y este es un proceso concreto y práctico.

No podemos darnos el lujo de vivir en la fantasía e ilusión de ego de sentirnos bendecidos por Dios creyendo que somos merecedores de Sus bendiciones. Se las pedimos precisamente para manifestarlas en todas las dimensiones de la vida y en nuestra relación con los demás y nuestro entorno.

Ser bendecido no es una dotación personal o individual. Significa lo mismo que sugiere el proverbio de que “a quien mucho se le da, de él mucho se espera”. Una de las mayores diferencias entre el judaísmo y otras creencias es que los judíos estamos instados a manifestar la voluntad del Creador en el mundo material y no para nosotros mismos.

Los Mandamientos de Dios no están dirigidos a beneficiarnos a nivel individual sino a nivel colectivo. Nuestra Redención individual debe ser parte de la Redención colectiva. Recordamos el episodio de los espías en Shelaj como la actitud personal negligente ante la voluntad de Dios, ya que prefirieron permanecer bajo el amparo de la nube divina en el desierto en vez de salir y conquistar las naciones cananeas para asentarse en la Tierra Prometida.

En nuestros tiempos actuales tenemos que entenderlo como el proceso dinámico de salir al mundo y subyugar los aspectos negativos de nuestra conciencia, que nos impiden asentarnos en los modos y atributos de Amor. El salmista nos ayuda a comprenderlo.

“Todos los caminos del Eterno son amorosa bondad y Verdad para quienes guardan Su Pacto y [Sus] testimonios.” (Ibid. 25:10) enseñándonos que Sus Mandamientos de hecho son amorosa bondad y Verdad inherentes a Su Amor, y a la manera como Él nos ama.

En este sentido debemos asimilar que Amor es nuestra protección.

“Que Tu amorosa bondad y Verdad me protejan continuamente.” (40:12)

“La Torá del Eterno es perfecta, restaura el alma; el testimonio del Eterno es fidedigno, hace sabio al necio. Los Mandamientos del Eterno son rectos, alegran el corazón. El Mandamiento del Eterno es claro, ilumina los ojos” (19:8-9)

En los caminos y atributos de Amor todo es recto, dichoso e iluminante.

En nuestros rezos diarios bendecimos a Dios y le agradecemos por Sus Mandamientos.

“(...) porque con la Luz de Tu rostro [en Su Amor], oh Eterno nuestro Dios, Tú nos diste la Torá de vida y amorosa bondad, bondad, rectitud, bendición y compasión, vida y paz”.

Los atributos de todos los Mandamientos que Él nos dio son parte de la identidad que Él quiere que tengamos por ser Sus elegidos. Estos atributos son los decretos, testimonios y estatutos que definen nuestra conexión con Él, porque también son Sus atributos y nuestro nexo común con Él.

domingo, 17 de junio de 2012

Kóraj: La Agenda Separatista de las Fantasías e Ilusiones de Ego

De lo que se trata vivir en este mundo material es crear un espacio donde la Presencia Divina more con nosotros, y ese espacio primero tenemos que crearlo en nuestra conciencia. ¿Qué sentido tendría vivir, haciéndolo sin Él que creó todo lo que existe? Hay un gran vacío en nuestra conciencia cuando no sabemos quiénes realmente somos, y llegamos a tener pleno conocimiento de nuestra identidad cuando asimilamos que somos una emanación del Creador a través de Su Amor.

Hemos dicho esto muchas veces para enfatizar que todo lo que existe proviene del Amor de Dios, por tanto Su Amor es nuestra Esencia e identidad. Desconocer esta Verdad universal y trascendente es lo que nosotros llamamos vivir en las fantasías e ilusiones de ego.

En la conciencia fragmentada que tenemos, en la que estamos “divididos” en la dualidad de bien y mal, verdadero y falso, correcto e incorrecto, positivo y negativo, etc., el Creador nos dotó con libre albedrío para poder elegir lo más conveniente y hacerlo. Él nos dio Su Torá para enseñarnos que lo “conveniente” significa lo mejor para nosotros, siempre y cuando también sea bueno para los demás y nuestro entorno inmediato.

Es con este principio fundamental que asimilamos la Presencia Divina en nuestra conciencia, y por lo tanto en nuestras vidas. Lo bueno, lo correcto, lo verdadero y lo positivo son lo esencial para vivir en la unidad que Amor es, porque Amor nos une a través de sus modos y atributos. Mientras vivamos en, con y por ellos jamás estaremos separados unos de otros ni de Dios, porque Amor es el nexo entre nosotros y con Él.

Vivir sin este conocimiento es la más clara indicación de que estamos separados de Amor, y consecuentemente viviendo la agenda individualista de ego.

Hemos declarado muchas veces que ego define nuestro sentido de individualidad, ya que nos percibimos como individuos. Esto no quiere decir que debamos perseguir agendas individualistas separándonos de los demás. Hemos dicho que la separación es la peor de todas las ilusiones, ya que en realidad no podemos vivir separados o aislados de otros.

Esto lo hemos aprendido desde que vinimos al mundo. No podemos vivir solos porque fuimos creados por Dios para estar unidos mediante Amor como nuestra Esencia e identidad, y a Él porque estamos aquí debido a Su Amor por toda Su Creación.

En nuestra conciencia “dividida” (la ponemos entre comillas porque es así como estamos acondicionados para percibirnos a nosotros mismos y a la realidad material) tenemos todos los arquitipos de lo potencialmente negativo y positivos para elegir entre ellos. Esto significa que tenemos el potencial de llegar a ser como Moisés y Aarón, o como Kóraj y sus compinches.

Ego es nuestro poderoso sentido de individualidad y como tal puede encaminarnos en los modos y atributos de Amor que nos unen unos a otros y con Dios, o en las illusiones y fantasías que nos separan unos de otros y de Dios. En este punto de la historia de nuestra conciencia debemos saber qué nos une y qué nos separa.

Esto lo hemos aprendido por experiencia propia a través de los siglos, y la Torá nos lo instruye recordándonos los modos y medios para hacerlo en los caminos que Dios quiere que andemos, y no en las fantasías e ilusiones de ego.

Insistimos nuevamente y reiteramos que nuestra “separación” de los caminos del Creador, Su Amor como Él quiere que lo entendamos mediante Sus atributos indicados en la Torá, es la más ilusoria de todas las ilusiones que podamos tener. De hecho es el mayor dilema como confusión que podamos tener, e igualmente requiere de la mayor certeza y claridad de todas.

Ponemos fin a nuestra separación del Creador cuando nos hacemos plenamente conscientes de Amor como nuestra conexión unificadora y compenetradora con Él y Su Creación. Koraj es el individualista separatista que debemos remover de nuestra conciencia y llenar su espacio con el conocimiento unificador colectivista representado por Moisés y Aarón.

Tenemos que ser vigilantes y sensatos en todos nuestros discernimientos, pensamientos, ideas, sentimientos, emociones, pasiones e instintos para dirigirlos en los caminos y atributos de Amor, manteniendo la conciencia unida en lo potencialmente bueno de su propósito (ver nuestros comentarios sobre la Parshat Kóraj: “Vencer las Ilusiones de Ego” del 9 de junio, 2010 y “Diferenciando entre Verdad e Ilusión” del 19 de junio, 2011).

Dios nos dio el precioso regalo que es la vida para ser plenamente vivida como individuos que dependen unos de otros y de su ciudado, y este cuidado es Amor. Así como Él nos cuida proveyendo nuestro sustento diario y nutriéndonos con Su Amor, también Él quiere que nos cuidemos unos a otros, proveyendo entre nosotros.

Repitámoslo otra vez. Esto lo sabemos por experiencia, por evidencia empírica, y la Torá nos lo instruye para recordárnoslo. Vivimos en tiempos que nos obligan a erradicar para siempre la mentalidad separatista y reemplazarla por la conciencia de unidad que Amor nos invita a vivir, devido a lo bueno que hay en ella.

Esperar que otros cambien su mentalidad separatista primero que nosotros para luego cambiar la nuestra es parte de la actitud que caracterizó a Kóraj. La actitud de Moisés y de Aarón es primero iniciar en nosotros el proceso de transformación individual, ya que de hecho se trata de nuestra Redención individual y personal de las fantasías e ilusiones de ego.

Una vez empecemos a hacerlo vendrá la Redención colectiva. ¡Que se manifieste completamente y pronto en nuestros días!

domingo, 10 de junio de 2012

Shelaj: Descubriendo Nuestra Relación con el Creador

En nuestros dos comentarios anteriores acerca de Shelaj estuvimos reflexionando en torno a dos aspectos. Uno es nuestra confianza en Él y Su Amor (Parshat Shelaj: “Confiemos en el Amor de Dios” del 30 de mayo, 2010) y elegir por nuestro propio libre albedrío vivir en Sus caminos y atributos (“Encaminándonos en el Amor de Dios” del 12 de junio, 2011) ya que estos dos aspectos son esenciales para realizar nuestra conexión con Él.

Los sucesos narrados en esta porción de la Torá ciertamente nos pueden ocurrir en cualquier momento, ya que tanto en ese entonces como ahora enfrentamos el mismo dilema y desafíos sobre el conocimiento de quiénes somos y el propósito de nuestras vidas como judíos.

Hemos indicado que la identidad judía abarca facetas multidimensionales contenidas en las doce Tribus de Israel, y dichas facetas están destinadas a manifestar todo el potencial de bondad en la conciencia humana.

Este proceso debe ocurrir como un esfuerzo unido y mancomunado, y es por ello que nuestro Creador instruye a Moisés (nuestro mayor conocimiento de Él) para guiar y dirigir todas las dimensiones de la conciencia durante la trayectoria para asentarnos en la bondad potencial de quienes somos, esa Tierra Prometida.

En el conocimiento de nuestra diversidad individual y colectiva sabemos que esa diversidad es expresada de distintas maneras, según su propósito. La manera en la que un gerrero se expresa es bastante diferente del médico, el sacerdote, el comerciante, el juez, el artista, el zapatero y el vagabundo, por mencionar sólo algunos. Esto no quiere decir que el guerrero no pueda habitar con aquellos que no tienen la rutina de él.

Como Israel unido somos todos parte de la identidad multidimensional que nos define como judíos, y como tales estamos destinados a realizar nuestra unidad como el Creador lo quiere de nosotros.

Debemos explorar las cualidades o “territorios” de nuestras Tribus, su potencial y recursos para manifestar los modos y atributos de Dios como medios y arbitrios de Amor, dirigidos a crear un lugar para que Él habite con nosotros. En el mundo material, bajo la dictadura de las fantasías e ilusiones de ego y sus tendencias negativas, nos damos cuenta que nuestros territorios estás ocupados por “pueblos” y “naciones” que niegan la bondad que queremos sembrar y cosechar en cada aspecto de la conciencia.

Resulta interesante que hoy en día tenemos una situación similar viendo a nuestros enemigos declarados ocupar nuestra Tierra, y de hecho viviendo en la casa que es nuestra. Además de eso, nuestra benevolencia y tolerancia hacia estos enemigos encima es considerada por ellos como agresión y opresión de nuestra parte.

Todo esto es el resultado de permitir que nuestra conciencia cohabite con enemigos. Cuando los erradiquemos de nuestra Tierra, nuestro hogar, podremos cumplir nuestro destino. La única manera de hacerlo es estando juntos y unidos por el propósito común de realizar nuestra identidad judía como el medio para proclamar la voluntad de Dios en el mundo material.

Caleb de la Tribu de Judá fue el único que, por su propia convición, fidelidad y lealtad al Creador, captó la extraordinaria bondad de la Tierra Prometida, y se enfrentó a los representantes de las demás Tribus que traían un mensaje negativo acerca de la Tierra.

“La Tierra que atravesamos para explorar, ¡la Tierra es muy, muy buena!” (Números 14:7)

Debemos afrontar el mundo material con la bondad potencial que podemos manifestar de él y por él, porque esa es la actitud que Dios quiere de nosotros. Esto es lo que nos identifica como judíos, como el Pueblo Elegido. Si tenemos una concepción y actitud negativas acerca de la vida y el mundo, estamos negando lo bueno que pueden tener. Esta es la razón por la que Judá prevaleció sobre las demás Tribus.

Los descendientes de Judá (junto con los Levitas) eligieron permanecer leales a la identidad que Dios dio a Israel en Su Torá. Esta fidelidad y lealtad también impulsó a otro descendiente de Judá, Najshón hijo de Aminadav, a lanzarse a las divididas aguas del Mar Rojo, en una travesía donde la única guía es el Amor de Dios.

Esta es la realización que necesitamos para asentarnos en la Tierra Prometida, en la extraordinaria bondad de los modos y atributos de Amor como los únicos medios para remover las tinieblas y la negatividad de la conciencia humana. Caleb sabía la debilidad que producen en la conciencia las ilusiones y fantasías de ego.

En ilusiones todo es incierto, vano, efímero e inútil, porque esa es su naturaleza. Debemos despejar la oscuridad de la conciencia para permitir que la Luz ocupe todas las dimensiones de la vida, y eso lo hacemos abrazando Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad.

Caleb conocía los peligros de las ilusiones materiales y necesitó reafirmar su identidad judía para mantenerse fuerte en su conciencia del Amor de Dios. De ahí que fuera a orar en las tumbas de nuestros Patriarcas en Hebrón. En su recuerdo de ellos se fortaleció con el significado de su identidad derivada del Pacto de Abraham, Isaac y Jacob con el Creador; porque debemos saber de dónde vinimos y nuestra historia para darnos cuenta plenamente de quiénes somos.

Somos débiles cuando no sabemos quiénes somos, y nuestra fortaleza depende de lo que somos, tenemos y somos capaces de lograr. Los pensamientos negativos, las bajas pasiones, los malos sentimientos y las emociones destructivas pueden convertirse en verdaderos gigantes que pueden vencernos en el momento en que tenemos que elegir entre ellos y los atributos de Amor.

Puede que sea más fácil ser indiferente, avaro, envidioso, codicioso, lujurioso, indolente y negligente cuando nos embargan sentimientos de carencia en la conciencia. Entonces encontramos extremadamente difícil reconocer y abrazar nuestra identidad. En ella radica nuestra Esencia y fortaleza para elevarnos a las alturas de la exreaordinaria bondad en la vida.

“Caleb calló al pueblo hacia Moisés y dijo, 'Ciertamente ascenderemos y la conquistaremos, ¡porque ciertamente podemos!' Pero los hombres que habían ascendido con él dijeron, '¡No podemos ascender hacia esa gente porque es demasiado fuerte para nosotros!'” (13:30-31)

Los aspectos negativos de la conciencia de hecho pueden ser más fuertes que nuestra determinación para superarlos, y depende de nosotros desafiar ese predicamento. La negatividad puede destruir lo mejor en nosotros: “¡(...) es una tierra que devora a sus habitantes!” (13:32)

Descubrimos nuestra relación con el Creador en la identidad que Él forjó para nosotros como Su Pueblo. A través de Sus caminos y atributos llegamos a saber quiénes somos, porque Él quiere que lo emulemos. El Amor de Dios es la fuente y fortaleza de nuestra vida, y con Amor todos los niveles y dimensiones de la conciencia tienen el poder para conquistar y vencer los obstáculos y dificultades que nos presentan las ilusiones y fantasías de ego. Amor es nuestra Tierra Prometida.

domingo, 20 de mayo de 2012

Bamidbar: Ante la Presencia Divina

La Torá hace evidente que el Creador guía y dirige nuestros pasos cuando elegimos abrazar Sus caminos y atributos. También es evidente que Él dirige toda Su Creación, y nos damos cuenta de ello al contemplar el mundo y el universo. Como hemos dicho antes, es lo que los agnósticos llaman “diseño inteligente” pero con el Amor de Dios como su causa, ya que todo lo que existe es sustentado por Él.

Este conocimiento se hace aún más evidente para Israel en su relación con Dios, ya que Él ha estado con nosotros desde cuando sacó a nuestros antepasados de la esclavitud en Egipto y moró con ellos en el desierto (Bamidbar).

En esta porción acontece otro censo de los hijos de Israel, y recordemos que el conteo (lit. alzar las cabezas) es fundamental para asimilar la manera primordial en la que el Creador se relaciona con nosotros: Él nos cuenta porque contamos para Él, porque Él nos ama. 

El Creador conoce nuestros nombres así como también cada parte de Su Creación. Dios ama Su Creación y eligió a los hijos de Israel para proclamar y establecer en el mundo material esta verdad trascendental.

¿Qué es el Amor de Dios? Sabemos que no podemos concebirlo a Él ni Su Esencia, ni Su Amor, ni nada que es de Él y amana de Él. Sin embargo sí podemos ver Su Creación (visible y tangible para nosotros) y aprender mediante la Torá cómo Él se relaciona con Su Creación.

Sabemos que Él la ama porque la nutre y sustenta, y esto quiere decir que la cuenta como Él cuenta a los hijos de Israel.

Es así como deducimos y concluimos que Sus modos son los modos de Su Amor, y Amor también es el modo en que nos relacionamos con Él, porque es nuestro nexo común con Él.

En este nuevo censo aprendemos que cada individuo del pueblo judío es único y especial, y que Dios no tiene preferencias simplemente porque Su Amor no está condicionado por la manera en que somos individualmente. Él quiere que seamos diferentes y diversos, con rasgos y cualidades que nos hacen como somos.

Hemos dicho repetidas veces que el judaísmo no crea ni establece diferencias discriminantes ni niveles, castas, categorías o rangos entre la gente, ya que esa es la manera típica en que lo conciben las otras naciones. Sin embargo debemos admitir que la mayoría de nosotros judíos no vivimos según lo que la Torá define ser judío.

Como seres humanos tenemos la identidad más envidiable de todo el mundo, pero la mayoría de nosotros no abraza nuestra identidad como la define la Torá. Es irónico que el Creador nos cuente a cada uno de nosotros como Su pueblo, y no reciproquemos Su Amor contándolo a Él en lo que somos, tenemos y hacemos.

En este censo particular aprendemos que Dios quiere que seamos contados para recibir Su Torá y Sus Mandamientos. Al conocernos individualmente con nuestro potencial y cualidades, Él desea darnos nuestra porción en Su Plan, nuestra porción de Su Amor por nosotros para transformar la oscuridad en el mundo en el lugar radiante donde Él pueda habitar entre nosotros.

Dios nos hace conscientes de Su Amor al darnos la Torá como medio para conocer Sus modos y atributos, y entronizarlos como los medios, arbitrios, rasgos y cualidades que deben conducir todos los niveles y dimensiones de la conciencia.

Es así es como revelamos y proclamamos Su Presencia y Su Reino sobre la Tierra. Él nos cuenta para decirnos que nos ama, y conociendo Su Amor conocemos nuestra Esencia y verdadera identidad.

Somos capaces de amarnos unos a otros porque Dios nos ama. Hemos mencionado aquí en comentarios previos sobre esta porción (Parshat Bemidbar: “En el Desierto” del 8 de Mayo, 2010 y “Uniendo Nuestra Conciencia en el Amor de Dios” del 2 de Mayo, 2011) que las Tribus de Israel representan rasgos y cualidades particulares destinados a estar unidos en su misión de crear un lugar en el mundo donde el Creador more entre (en) nosotros.

Las Tribus integran todo el potencial de amorosa bondad que podemos llegar a ser y manifestar en todos los aspectos de la vida. Al ser y hacer esto realizamos la identidad y el destino que el Creador quiere para nosotros, como nos lo dice en la Torá. Todos contamos ante Él. Desde el más talentoso, el más poderoso, y el más capaz hasta el más insignificante, el más débil, el más necesitado, y el más limitado; porque, prescindiendo de nuestra condición humana, cada uno somos parte de los planes de Dios en Su Creación. 

Esta concepción podría no ser fácil de asimilar si tenemos la mentalidad no judía de que los seres humanos están divididos en niveles, clases, categorías, etc. en la que están plenamente justificados la esclavitud, explotación, opresión, subyugación, despotismo y discriminación.

Esta mentalidad no existe en el judaísmo porque la Torá nos encomienda y destina a amarnos unos a otros, y a vivir en cooperación mutua con el propósito común de cumplir la voluntad de Dios para nosotros, la cual es hacer prevalecer en la conciencia humana los modos y atributos de Amor.

Este es el legado de la Torá para el mundo y la principal contribución del pueblo judío a la humanidad. De esto es lo que se trata la Redención y la era Mesiánica en el judaísmo.

Realizamos esta misión como nuestro destino, y comenzamos a hacerlo transformando los aspectos negativos de la conciencia, dirigiéndolos en los caminos y atributos de Amor. Lo hacemos erradicando las fantasías e ilusiones de ego como ídolos que son y que nos separan de Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad.

Una vez nos hacemos conscientes del Amor del Creador como la fuente y sustento de toda Su Creación, debemos elegir seguir Sus caminos, y en esta realización nos damos cuenta que Él siempre ha sido, es y será nuestro único Redentor.

“Y Yo quitaré los nombres de los baalim [ídolos] de la boca de ella [Jerusalén, como nuestra conciencia de Amor producto del mayor conocimiento del Amor de Dios], y nunca más serán llamados por su nombre [los ídolos nunca más serán seguidos]. Y Yo haré en ese día un Pacto con las bestias del campo, y con las aves del cielo, y con las cosas que reptan sobre la tierra; y [con] el arco, la espada y la guerra, y [que] Yo quebraré de la tierra; y Yo los dejaré recostar en seguridad. Y Yo te desposaré para Mí por toda la eternidad, y Yo te desposaré con rectitud y con justicia, y con amorosa bondad, y con compasión. Y Yo te desposaré para Mí en fidelidad, y conocerás al Eterno” (Oseas 2:19-22)

Conocemos al Eterno a través de Sus caminos y atributos, y llegamos a hacerlo mientras los sigamos también como nuestros. El Rey David nos lo recuerda.

“Conócelo a Él en todos tus modos [caminos], y Él dirigirá tus caminos.” (Proverbios 3:6)

sábado, 28 de abril de 2012

Emor: Consagrando al Creador en Nosotros

La santidad que el Creador exige de los hijos de Israel incluye a los sacerdotes, y esta porción de la Torá se refiere al servicio que estos últimos realizan en el Santuario o Templo.

La separación de funciones para los sacerdotes de ninguna manera implica que haya diferencias o categorías de santidad entre los hijos de Israel. Sin embargo esta santidad es enfatizada para los sacerdotes porque ellos representan la plena conciencia de nuestra conexión permanente con el Creador y Su Amor, del cual somos creados y sustentados.

Debido a su naturaleza esta conciencia es sagrada, ya que nuestro apego a Su Amor depende de ella.

“Ellos serán sagrados para su Dios, y ellos no profanarán el Nombre de Su Dios, por lo tanto ellos serán sagrados.” (Levítico 21:6)

Hemos dicho en comentarios pasados (ver en este blog Parshat Emor: “Restituir Vida con Vida” del 25 de marzo 2010 y “Entrega Total al Amor de Dios” del 1 de mayo 2011) que a través de nuestras ofrendas, que son nuestros mejores pensamientos, sentimientos y acciones, nos santificamos nosotros mismos y consecuentemente nuestra relación con Dios. 

Este conocimiento mayor, que es la conciencia representada por el sacerdote, debemos santificarlo todo el tiempo.

“Tú lo santificarás [al sumo sacerdote] porque él trae la ofrenda del pan de tu Dios; él será sagrado para ti porque Yo, el Eterno que te santifica, soy sagrado” (21:8)

El pan de nuestro Dios es Su Amor.

Esta conciencia sublime es encendida por el conocimiento que el Creador nos da para elevar todos nuestros niveles y dimensiones a Su servicio, el cual realizamos mediante los caminos y atributos de Amor. Dios sustenta toda Su Creación, y nosotros también debemos nutrir nuestras vidas y el mundo material donde vivimos con Amor como nuestra verdadera Esencia e identidad, la manifestación material del Amor de Dios, Su pan para nosotros.

Ese es nuestro servicio en el mundo para rendir honor a Su Amor por nosotros.

“(...) porque la corona del aceite de unción de su Dios está sobre él [el sacerdote]. Yo soy el Eterno” (21:12)

Otra vez el Creador reafirma Sus caminos y medios para seguirlo y emularlo a Él cuando nos dice “Yo soy el Eterno”. En esta declaración nos está diciendo “Haz como te digo porque te lo estoy diciendo”. Esto también significa que todo lo que hacemos en nuestras vidas debe tener como único fin santificarlo a Él.

“No profanaréis Mi Sagrado Nombre. Yo seré santificado en los hijos de Israel. Yo soy el Eterno que os saqué de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. Yo soy el Eterno.” (22:32-33)

Ya mencionamos el versículo donde el Creador unge (ilumina nuestra conciencia elevada con el conocimiento de Él) al sacerdote con Su aceite, y en el último capítulo (24) de esta porción Él expande esta iluminación para todo Israel habilitándonos también para encender la menorá del Santuario.

“Ordena a los hijos de Israel y que ellos tomen para ti aceite puro de oliva, triturada para iluminar, para encender las lámparas [de la menorá] continuamente.” (24:1)

Esto también quiere decir que el mayor potencial de amor y bondad en todos los niveles de conciencia (los hijos de Israel) están encomendados por el Creador para proveer y traer el aceite, la iluminación para el sacerdote. En otras palabras, la motivación para vivir y disfrutar nuestra conexión permanente con Él debe provenir del Amor y la bondad que infundamos en nuestro intelecto, mente, pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones. Todas las dimensiones y cualidades están convocadas para este propósito.

Esta conciencia mayor tiene el propósito de guiar y dirigir, como está reiterado.

“Y para Mi pueblo ellos [los sacerdotes] les enseñarán la diferencia entre lo sagrado y lo profano, y les harán discernir entre lo puro y lo impuro.” (Ezequiel 44:23)

La manera práctica de hacerlo es siguiendo los modos y atributos de Amor como medios para santificar nuestra conciencia y nuestro entorno inmediato. Es importante destacar que la conciencia que Israel representa es multidimensional y abarca cualidades, rasgos, aspectos y atributos que están destinados a revelar totalmente la Presencia Divina en el mundo material.

La revelación de Dios a Israel en Sinaí sirve un doble propósito. Uno es para que los hijos de Israel asumieran su verdadera Esencia e identidad desde ese entonces, y el otro es para que a partir de su identidad desde ese entonces revelen la Presencia Divina en el mundo.

Una vez Israel tuvo la experiencia del Creador, Sus caminos y atributos en Sinaí, nuestro destino es proclamar en la tierra Su soberanía y Su gloria, que están manifiestas en los atributos de Amor que deben ser los únicos conductores de la conciencia humana.

Este conocimiento nos enseña a unificar todas las dimensiones de la conciencia en el servicio del Amor de Dios, y este servicio significa manifestar los modos y atributos de Amor como los únicos medios para remover lo inmundo y lo impuro con el fin de hacer prevalecer Amor como nuestra verdadera Esencia e identidad. En este sentido los hijos de Israel están unidos bajo el conocimiento permanente de nuestra conexión con el Creador, y este conocimiento nos hace sacerdotes.

Es así como entendemos el Mandamiento de Dios, “y seréis para Mí un reino de sacerdotes, y una nación sagrada” (Éxodo 19:6) y esta identidad nos diferencia de las demás naciones. La Torá es la instrucción con la que nuestra identidad judía enseña a las naciones, las cuales representan rasgos y cualidades sometidas a las fantasías e ilusiones de ego.


La Torá enseña a toda la humanidad la diferencia entre las ilusiones de ego y Amor como Verdad, y es así como iluminamos a la conciencia para disipar las tinieblas en todas sus dimensiones. Nos damos cuenta de esto e implementamos esas enseñanzas bajo la dirección de nuestra conexión con el Amor de Dios, de donde proviene todo lo que es. En esta realización y experiencia somos sacerdotes, ya que santificamos todo lo que somos, tenemos y hacemos con la santidad de Amor sabiendo que estamos permanente conscientes de nuestra verdadera Esencia e identidad que es el Amor de Dios.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.