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domingo, 18 de noviembre de 2012

Vayeitzei: Viviendo en la Casa de Dios

La Torá prosigue indicándonos con nuevas situaciones y circunstancias que, para conectarnos con nuestro Creador, debemos integrar nuestra conciencia: “Y él [Jacob] llegó al lugar y pernoctó ahí porque el sol se había puesto, y él tomó las piedras del lugar y las puso en [lit. de] su cabeza, y se acostó en ese lugar” (Génesis 28:11).

Nuestra tradición oral judía al igual que nuestros Sabios se refieren a las piedras con diferentes significados que van desde que protegían a Jacob de los animales salvajes alrededor hasta que simbolizaban sus hijos, y para demarcar el sitio donde sería construido el Templo de Jerusalén. En un sentido más profundo, las piedras corresponden a los aspectos materiales de la vida que tomamos y juntamos para servir a Dios.

El significado literal de poner las piedras de su cabeza nos lleva a entender que estas también corresponden a rasgos, cualidades y características inherentes al discernimiento, pensamiento, emociones, sentimientos, pasión e instinto. En este contexto tenemos que ponerlas juntas para presentarnos como una conciencia funcional unificada ante Dios.

En esta integración y totalidad nos conducimos hacia cumplir el destino que Dios nos ofrece en el mundo material. Este es el lugar donde estamos ya sea parados o acostados en nuestra conciencia. Así vemos que estas piedras también son las cualidades potencialmente positivas representadas por las Tribus hebreas con las que Israel construye el Templo de Jerusalén como el lugar y el tiempo que nos conecta con Dios.

“(...) la tierra en la que estás acostado a ti la daré y a tu descendencia.” (29:13). La tierra como la realización de nuestro nexo permanente con Dios, así como dice: “Y he aquí que Yo estoy contigo, y Yo te protegeré donde vayas (...)” (29:15) y ciertamente debemos hacer de esta realización algo permanente, tan real como lo es. La mayor parte del tiempo nos la pasamos inconscientes de que Dios es la razón y el significado de todo lo que existe, al estar cautivos dentro de las ilusiones y sueños que nos separan de nuestra Esencia y verdadera identidad: “Y Jacob despertó de su sueño, y dijo, 'De hecho el Eterno está en este lugar, y yo no [lo] sabía'.” (29:16).

Las palabras de Jacob quieren recordarnos que debemos saber quiénes somos y nuestro propósito en este mundo. Para lograr este conocimiento permanente tenemos que unificar todos los aspectos, niveles y dimensiones de la conciencia. Estas son las “piedras” “en” y “de” nuestra cabeza, que juntamos (“tomamos”) en el “lugar” donde nos unimos con Dios. En este proceso convertimos las piedras en una sola: “(...) y él tomó la piedra que él había puesto en su cabeza, y la erigió como un monumento, y él derramó aceite sobre ella.” (29:18). La Torá claramente nos dice que las piedras se volvieron una sola después que Jacob despertó.

La lección se repite otra vez para enseñarnos que, para venir a la Casa de Dios como el nexo permanente con Él, tenemos que unificar y armonizar nuestra conciencia. Lo hacemos a través de Amor como la manifestación material del Amor de Dios, en aras de Sus modos y atributos como los medios de cumplir Su voluntad: “Y él llamó al lugar Bet-El, pero Luz era el nombre original de la ciudad.” (29:19).

Interesante señalar que Luz quiere también quiere decir Luz en español, ¡y sí que hay Luz en la Casa de Dios! Nuestro padre Jacob lo llamó por el significado real de Luz: el lugar donde mora el Creador. La Torá indica que ese era “el nombre de la ciudad”.

Como hemos mencionado en este blog, nuestros Sabios místicos enseñan que ciudades simbolizan principios, valores y fundamentos mediante los cuales se expresa la conciencia. De ahí que Luz/Amor como realización del Amor de Dios dentro de nosotros sea la piedra angular/piedra fundamental que unifica todos los aspectos y dimensiones de la conciencia, en donde “derramar aceite” como conocimiento para iluminar nuestra conexión consciente con Dios.

Basamos nuestra entera existencia sobre este conocimiento permanente en el que establecemos y reconocemos nuestro nexo eterno con Dios: “Y Jacob emitió una promesa diciendo, 'Si Dios estará conmigo, y Él me guarde en este camino por donde voy, y Él me dé pan para comer y ropa para vestir; Y si retorno en paz a la casa de mi padre, y el Eterno será mi Dios” (29:20-21).

En este nexo nos damos cuenta que Dios es nuestro escudo contra la ilusión del insaciable sentimiento y creencia de carencia. Amor siempre sacia nuestra hambre y sed de sus modos y atributos, porque Amor es el verdadero sustento de todos los aspectos de la conciencia. Amor genera el pan para comer y la ropa para vestir. Retornamos a nuestra verdadera identidad, la Esencia de donde nacimos, “la casa de mi padre”. En esta conciencia armonizada y unificada el Eterno es mi Dios, la razón, el significado y el propósito de la vida.

Esta es la conciencia unificada que se convierte en una sola en la que estamos plenamente conscientes de que todo proviene de Dios y es sustentado por Su Amor. Aquí es donde verdaderamente sabemos que todo lo que somos, tenemos y hacemos le pertenece a Dios, por lo tanto se lo “damos” de vuelta a Él. Este es un espacio sin tiempo y sin fin, donde y cuando vivimos en Su lugar. Esta es la piedra fundamental sobre la que es construido el cimiento de nuestra vida. Este es el Templo donde vivimos enteramente Amor como nuestro nexo común con el Amor de Dios: “Entonces esta piedra, que he puesto como un monumento, será una casa de Dios, y [de] todo lo que Tú me des ciertamente el diezmo te daré [de vuelta] a Ti'.” (29:22).

Este conocimiento es “la escalinata” que une nuestro Amor con el Amor de Dios. Dijimos anteriormente acerca de esta porción de la Torá (ver en este blog nuestro comentario sobre Vayeitzei: “En la Casa del Amor de Dios” del 27 de noviembre de 2011) que los ángeles que descienden y ascienden por esta escalinata representan las bendiciones del Amor de Dios como ángeles que descienden, y nuestras buenas acciones motivadas por los modos y atributos de Amor (el Amor de Dios manifestado en el mundo material) son los ángeles que ascienden de vuelta al Creador.

Esta de hecho es la dinámica de nuestra relación amorosa con Él. Dios nos ama para hacernos conscientes de que Su Amor es nuestra Esencia y verdadera identidad, para que manifestemos lo que realmente somos como seres amorosos. Al realizar esta Verdad comenzamos a cumplir nuestro propósito en la vida como Su voluntad.

Nuestro padre Jacob nos enseña que salimos (vayeitzei), a partir del conocimiento de que somos criaturas del Amor de Dios, hacia el mundo donde encontramos ilusiones y fantasías materiales que oscurecen el significado y objetivo real de la vida. Mientras tengamos un conocimiento claro e inequívoco de los modos de Amor como la luz que disipa las tinieblas de la agenda separatista de ego, no tendremos nada que dudar, cuestionar o temer, porque sabemos que el Amor de Dios sustenta nuestro Amor.

Una vez más tengamos siempre presente que mientras discernamos, pensemos, sintamos, percibamos, hablemos y actuemos con, por y en aras de Amor, no solamente seremos lo que realmente somos sino que también estaremos cumpliendo los caminos y atributos de Dios como Su voluntad en Su Creación. Seamos Amor para transformar aquello que es diferente de sus atributos, aquello que nos separa de lo que verdaderamente somos.

domingo, 20 de mayo de 2012

Bamidbar: Ante la Presencia Divina

La Torá hace evidente que el Creador guía y dirige nuestros pasos cuando elegimos abrazar Sus caminos y atributos. También es evidente que Él dirige toda Su Creación, y nos damos cuenta de ello al contemplar el mundo y el universo. Como hemos dicho antes, es lo que los agnósticos llaman “diseño inteligente” pero con el Amor de Dios como su causa, ya que todo lo que existe es sustentado por Él.

Este conocimiento se hace aún más evidente para Israel en su relación con Dios, ya que Él ha estado con nosotros desde cuando sacó a nuestros antepasados de la esclavitud en Egipto y moró con ellos en el desierto (Bamidbar).

En esta porción acontece otro censo de los hijos de Israel, y recordemos que el conteo (lit. alzar las cabezas) es fundamental para asimilar la manera primordial en la que el Creador se relaciona con nosotros: Él nos cuenta porque contamos para Él, porque Él nos ama. 

El Creador conoce nuestros nombres así como también cada parte de Su Creación. Dios ama Su Creación y eligió a los hijos de Israel para proclamar y establecer en el mundo material esta verdad trascendental.

¿Qué es el Amor de Dios? Sabemos que no podemos concebirlo a Él ni Su Esencia, ni Su Amor, ni nada que es de Él y amana de Él. Sin embargo sí podemos ver Su Creación (visible y tangible para nosotros) y aprender mediante la Torá cómo Él se relaciona con Su Creación.

Sabemos que Él la ama porque la nutre y sustenta, y esto quiere decir que la cuenta como Él cuenta a los hijos de Israel.

Es así como deducimos y concluimos que Sus modos son los modos de Su Amor, y Amor también es el modo en que nos relacionamos con Él, porque es nuestro nexo común con Él.

En este nuevo censo aprendemos que cada individuo del pueblo judío es único y especial, y que Dios no tiene preferencias simplemente porque Su Amor no está condicionado por la manera en que somos individualmente. Él quiere que seamos diferentes y diversos, con rasgos y cualidades que nos hacen como somos.

Hemos dicho repetidas veces que el judaísmo no crea ni establece diferencias discriminantes ni niveles, castas, categorías o rangos entre la gente, ya que esa es la manera típica en que lo conciben las otras naciones. Sin embargo debemos admitir que la mayoría de nosotros judíos no vivimos según lo que la Torá define ser judío.

Como seres humanos tenemos la identidad más envidiable de todo el mundo, pero la mayoría de nosotros no abraza nuestra identidad como la define la Torá. Es irónico que el Creador nos cuente a cada uno de nosotros como Su pueblo, y no reciproquemos Su Amor contándolo a Él en lo que somos, tenemos y hacemos.

En este censo particular aprendemos que Dios quiere que seamos contados para recibir Su Torá y Sus Mandamientos. Al conocernos individualmente con nuestro potencial y cualidades, Él desea darnos nuestra porción en Su Plan, nuestra porción de Su Amor por nosotros para transformar la oscuridad en el mundo en el lugar radiante donde Él pueda habitar entre nosotros.

Dios nos hace conscientes de Su Amor al darnos la Torá como medio para conocer Sus modos y atributos, y entronizarlos como los medios, arbitrios, rasgos y cualidades que deben conducir todos los niveles y dimensiones de la conciencia.

Es así es como revelamos y proclamamos Su Presencia y Su Reino sobre la Tierra. Él nos cuenta para decirnos que nos ama, y conociendo Su Amor conocemos nuestra Esencia y verdadera identidad.

Somos capaces de amarnos unos a otros porque Dios nos ama. Hemos mencionado aquí en comentarios previos sobre esta porción (Parshat Bemidbar: “En el Desierto” del 8 de Mayo, 2010 y “Uniendo Nuestra Conciencia en el Amor de Dios” del 2 de Mayo, 2011) que las Tribus de Israel representan rasgos y cualidades particulares destinados a estar unidos en su misión de crear un lugar en el mundo donde el Creador more entre (en) nosotros.

Las Tribus integran todo el potencial de amorosa bondad que podemos llegar a ser y manifestar en todos los aspectos de la vida. Al ser y hacer esto realizamos la identidad y el destino que el Creador quiere para nosotros, como nos lo dice en la Torá. Todos contamos ante Él. Desde el más talentoso, el más poderoso, y el más capaz hasta el más insignificante, el más débil, el más necesitado, y el más limitado; porque, prescindiendo de nuestra condición humana, cada uno somos parte de los planes de Dios en Su Creación. 

Esta concepción podría no ser fácil de asimilar si tenemos la mentalidad no judía de que los seres humanos están divididos en niveles, clases, categorías, etc. en la que están plenamente justificados la esclavitud, explotación, opresión, subyugación, despotismo y discriminación.

Esta mentalidad no existe en el judaísmo porque la Torá nos encomienda y destina a amarnos unos a otros, y a vivir en cooperación mutua con el propósito común de cumplir la voluntad de Dios para nosotros, la cual es hacer prevalecer en la conciencia humana los modos y atributos de Amor.

Este es el legado de la Torá para el mundo y la principal contribución del pueblo judío a la humanidad. De esto es lo que se trata la Redención y la era Mesiánica en el judaísmo.

Realizamos esta misión como nuestro destino, y comenzamos a hacerlo transformando los aspectos negativos de la conciencia, dirigiéndolos en los caminos y atributos de Amor. Lo hacemos erradicando las fantasías e ilusiones de ego como ídolos que son y que nos separan de Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad.

Una vez nos hacemos conscientes del Amor del Creador como la fuente y sustento de toda Su Creación, debemos elegir seguir Sus caminos, y en esta realización nos damos cuenta que Él siempre ha sido, es y será nuestro único Redentor.

“Y Yo quitaré los nombres de los baalim [ídolos] de la boca de ella [Jerusalén, como nuestra conciencia de Amor producto del mayor conocimiento del Amor de Dios], y nunca más serán llamados por su nombre [los ídolos nunca más serán seguidos]. Y Yo haré en ese día un Pacto con las bestias del campo, y con las aves del cielo, y con las cosas que reptan sobre la tierra; y [con] el arco, la espada y la guerra, y [que] Yo quebraré de la tierra; y Yo los dejaré recostar en seguridad. Y Yo te desposaré para Mí por toda la eternidad, y Yo te desposaré con rectitud y con justicia, y con amorosa bondad, y con compasión. Y Yo te desposaré para Mí en fidelidad, y conocerás al Eterno” (Oseas 2:19-22)

Conocemos al Eterno a través de Sus caminos y atributos, y llegamos a hacerlo mientras los sigamos también como nuestros. El Rey David nos lo recuerda.

“Conócelo a Él en todos tus modos [caminos], y Él dirigirá tus caminos.” (Proverbios 3:6)

domingo, 25 de marzo de 2012

Tzav: Elevándonos al Amor de Dios

Tzav continúa detallando las ofrendas para presentarlas al Creador con el fin de estar cerca de Él. Hemos mencionado (ver nuestros comentarios sobre la Parshat Tzav: “El Fuego Eterno” del 23 de marzo, 2010 y “El Fuego Permanente del Amor de Dios” del 13 de marzo, 2011 en este blog) que en este proceso tres partes están involucradas: el que trae la ofrenda, el sacerdote y el Creador, y el propósito es la unificación de los tres.

Realizamos esta unión integrando al Creador en nuestra conciencia a mediante Sus caminos y atributos, que son Su Amor por Su Creación. Después de todo, Él está más allá de nuestra comprensión y nuestra única forma de “conocerlo” a Él es a través de Su Creación, y las maneras en las que Él la dirige y la sustenta.

Realizamos esto mediante el conocimiento de nuestra conexión con Él, y el Sumo Sacerdote representa ese conocimiento. Nuestras ofrendas son todos los rasgos y cualidades de nuestra conciencia (que abarca todos los aspectos de la vida que nos dio el Creador) para elevarlos a Su servicio a través de Sus modos y atributos, y lo hacemos mediante Amor que es nuestro nexo con Él.

Reflexionemos en torno a las palabras de Maimónides, el Rambám, respecto a las ofrendas.

“La ubicación del Altar está exactamente definida y nunca cambiará. Es una tradición establecida que el lugar donde [el rey] David y [el rey] Salomón construyeron el Altar sobre el suelo de Arona es el mismo sitio donde Abraham erigió un altar y ató a [su hijo] Isaac en él; este es donde Noé levantó [un altar] cuando salió del arca; este es donde Caín y Abel trajeron sus ofrendas; este es donde Adán, el Primer Hombre, ofreció un korbán cuando fue creado [por Dios], y de [la tierra de] este lugar fue creado. Así los Sabios han dicho: 'el hombre fue formado del lugar de su expiación'.” (Mishné Torá, Leyes del Templo Sagrado, capítulo 2).

Nuestra vida y todo lo que abarca son las ofrendas, el lugar es nuestra conciencia mediante la que conocemos al Creador, y hemos dicho que expiación es el proceso de transformación de la ignorancia y separación de Él a la certeza de que estamos unidos a Él. Esta transformación ocurre con la intervención del fuego Divino, que es el Amor de Dios.

Análogamente, el proceso es similar al efecto del fuego como catalizador para transmutar un estado a otro con un propósito específico. En este sentido, una fiebre tiene el potencial de alterar una condición física para bien o para mal, pero visto de otro modo podríamos decir que “no hay mal que por bien no venga”.

El sacerdote enciende el fuego en representación de nuestro Amor ardiente para unirnos al Creador, que a Su vez provee Su fuego para nosotros. El proceso de elevar nuestra vida a Él de hecho implica expiación como medio para purificar todos los aspectos de la conciencia para transformarlos en las vasijas vacías que el Creador llena con Sus modos y atributos.

Entonces tenemos dos catalizadores: el sacerdote como conocimiento permanente de nuestra conexión con Él, y nuestro Amor como la Esencia que añora estar cerca de Él. Es así como las ofrendas son sublimadas al Creador.

Adán, el primer hombre, tenía esto más claro que nosotros porque estaba solo con el Creador, y asimilaba con más facilidad su conexión con Él. Caín y Abel lo hicieron a través de sus respectivas experiencias en el mundo material. Abel lo hizo con su conocimiento mayor de la Presencia Divina en Su Creación, y Caín con su vivencia de ego, de los sentidos e instintos. Caín y Abel representan la conciencia humana dividida en contradicción, fraccionada en dualidad, como resultado de la transgresión de su padre Adán.

Las ofrendas de Abel fueron preferidas porque este elevó todo el potencial de bondad en el mundo material al servicio de los caminos y atributos del Creador como nuestro propósito en la vida. Las ofrendas de Caín no fueron consideradas porque prefirió las ilusiones y fantasías de ego, y la sensualidad (representada por la vida vegetal) como propósitos de la vida.

Noé tenía la misión de unificar la conciencia fraccionada en dualidad, pero la dividió aun más a través de sus hijos, Shem (la conciencia superior correspondiente al sacerdocio), Yafet (la mente consciente con potencial de discernir lo correcto de lo incorrecto), y Jam (el apego a la sensualidad y a los aspectos potencialmente negativos de los niveles inferiores de la conciencia).

Por su propio discernimiento, nuestro Patriarca Abraham concluyó que la conciencia humana está destinada a actuar y expresar todos sus aspectos y dimensiones como vehículo unificado y armónico para manifestar la Unidad del Creador y Sus caminos y atributos en Su Creación. En esta realización, Abraham y su hijo Isaac ofrecieron ambos sus vidas al Creador en pleno conocimiento de que todo proviene de Él y pertenece a Él, y por tanto no hay espacio para las vanidades y futilidad de las fantasías e ilusiones de ego.

En este mismo conocimiento Jacob apreció el legado de sus padres Isaac y Abraham como el destino que realizarían sus descendientes. Este es nuestro destino como legado y herencia, y para realizarlo seamos conscientes de que el linaje de Israel proviene de Shem a través de Abraham, Isaac y Jacob, y somos herederos del sacerdocio que representa el mayor conocimiento del Amor de Dios, cuyos caminos y atributos dirigen Su Creación.

Nuestros Patriarcas eligieron este destino para ellos y para nosotros sus descendientes, por lo cual igualmente debemos elegir retornar al Amor de Dios como nuestra Esencia e identidad que nos hace diferentes de las otras naciones. Elegimos de vuelta nuestro sacerdocio porque el Creador nos encomienda ser una Nación de sacerdotes para proclamar en la Tierra Su soberanía, que es Su justicia y rectitud. Estas son también las manifestaciones materiales de Su Amor con el fin de guiar en Sus caminos a todas las naciones.

Individualmente interiorizamos este Mandamiento como dirección y guía de todos los aspectos de la conciencia en los caminos y atributos de Amor, contrarios al dominio y subyugación negativos de las fantasías e ilusiones materialistas de ego, representadas por las “naciones” y “pueblos” de la Tierra. Solamente los caminos y atributos de Amor representan la verdadera vida.

“Y decid: 'Redímenos, Oh Dios de nuestra Redención, y reúnenos juntos y libéranos de las naciones para poder dar gracias a Tu Nombre sagrado, [para] que en la alabanza a Ti podamos triunfar'.” (I Crónicas 16:35)

Triunfo como Redención viene cuando nos convertimos en Sus caminos y atributos, siendo y haciendo la bondad de Su Amor como nuestra verdadera identidad, y eso es lo que significa nuestra alabanza a Él. La Torá nos encomienda a actuar, y nuestras acciones son la alabanza a Dios, ya que actuamos de acuerdo con Sus caminos y atributos. Le pedimos que nos guíe en nuestro destino para reunirnos juntos y liberarnos de las fantasías e ilusiones de ego.

En este sentido nuestras ofrendas son las buenas acciones que elevan todos los aspectos de la vida a Su Amor, y en ellas con certeza estamos reunidos juntos y redimidos. Este es nuestro legado y destino que queremos permanentemente en nuestras vidas, porque Sus caminos son Su compasión, amorosa bondad, y verdad que nos protegen cuando hacemos bondad, tal como nos lo encomienda; y por ello pedimos.

“No retengas de mí Tu compasión, Oh Eterno. Que Tu amorosa bondad y Tu verdad siempre me protejan. Todos los modos del Eterno son de Amor y fidelidad para aquellos que guardan Sus Mandamientos.” (Salmos 40:12, 25:10)

La bondad de nuestras acciones, como modos y atributos de Amor, son las ofrendas que elevamos en nuestro mayor conocimiento de Su Presencia.

“Envía Tu Luz y Tu verdad para que me guíen, permite que me traigan a Tu Monte Sagrado [el Santuario, Tabernáculo, Templo de Jerusalén], el lugar donde Tú habitas.” (43:3)

Ese lugar es el mayor conocimiento de nuestra conexión con Su Amor.

domingo, 4 de marzo de 2012

Ki Tisá: Los Atributos del Amor de Dios


Nuestro mayor conocimiento del Creador y Su Amor (conocimiento representado Moisés) hace posible la mayor conciencia de nuestra conexión con Él (conexión representada por Aarón, el Sumo Sacerdote) para dirigir cada aspecto y dimensión de la conciencia en los caminos y atributos de Dios. Estos se manifiestan en el mundo material como medios y arbitrios de Amor. Aarón como Sumo Sacerdote es ciertamente el enlace en nuestra relación con el Creador aunque es Moisés, como nuestro mayor conocimiento de Él, quien habilita esta conexión. Si nuestro conocimiento del Amor de Dios es menor, igual lo será nuestra conexión con Él. Este conocimiento es la premisa para concebir quiénes somos y cuál es el nuestro propósito en la vida y el mundo material. Cuando no lo tenemos las fantasías e ilusiones de ego toman control de la conciencia. Esto sucede de inmediato porque todos los niveles de conciencia deben estar ocupados todo el tiempo con lo que elijamos poner en ellos en términos de ideas, creencias, pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Esta es la manera como funciona porque es parte de la naturaleza humana.

Debemos ser conscientes constantemente de nuestro conocimiento del Creador y Su Amor, ya que de ello depende no sólo nuestra conexión con Él sino nuestra identidad y destino como Sus elegidos. Esto explica el versículo, “Cuando el pueblo vio que Moisés se tardaba en descender del monte, el pueblo se congregó contra Aarón y ellos le dijeron: 'Ven, y haznos dioses [ídolos] para ir tras ellos porque este hombre, Moisés, quien nos trajo de la tierra de Egipto, no sabemos qué le pasó a él'.” (Éxodo 32:1) y el Amor de Dios anima nuestro conocimiento de Él a conducirnos en Sus caminos: “Y el Eterno dijo a Moisés: 'Ve y desciende, porque tu pueblo que trajiste de la tierra de Egipto ha actuado corrompidamente” (32:7) porque con nuestro conocimiento de los caminos del Creador podemos disipar las ilusiones que corrompen nuestra verdadera Esencia, identidad y destino. Nuestros Sabios explican que las palabras en hebreo y arameo para “ídolos” también significan “moldes” de los que se hacen “máscaras”, para enseñarnos que las máscaras que llevamos son los ídolos que seguimos en vez de los modos y atributos de Amor como nuestra verdadera Esencia.

Seamos conscientes de que las ilusiones y fantasías de ego en el mundo material, al igual que la maldad, son solamente referencias para que podamos ejercer el libre albedrío y elegir lo correcto. No están ahí para que nos apeguemos a ellas o seamos sus esclavos, no importa qué tan tercos seamos para caer en sus placeres pasajeros: “Y el Eterno dijo a Moisés, 'He visto a este pueblo y he aquí que son un pueblo de dura cerviz'.” (32:9) Los judíos somos intensamente apasionados en todos los aspectos, rasgos y niveles de la conciencia. Esta es la mayor cualidad positiva siempre y cuando la dirijamos en los caminos y atributos del Creador. Seamos tercos e inflexibles en nuestro destino de convertirnos en la bondad y las bendiciones del Amor de Dios, y tener el honor y privilegio de ser los emisarios de Sus caminos para hacer de este mundo material una morada para que Él viva entre nosotros. Ver en este blog nuestro comentario sobre la parshat Ki Tisá: “Entre las fantasías de ego y la verdad de Amor” el 13 de febrero 2011.

El Amor de Dios, de donde emana nuestra Esencia e identidad, debe ser acogido con todas nuestras fuerzas y con la pasión más intensa en todo lo que discernamos, penseamos, sintamos, expresemos y hagamos. Una vez entronizamos Amor en todas las dimensiones de la conciencia, transformamos todas las ilusiones materiales en la verdad que son sus modos y atributos. Este es uno de los significados ocultados del versículo, “Entonces él [Moisés] tomó el becerro [de oro] que ellos habían hecho, lo quemó en fuego, lo molió en un fino polvo [de oro], [lo] esparció sobre la superficie del agua, y [lo] dio [a] los hijos de Israel para que bebieran” (32:20) porque la fuerza motriz intensa y apasionada (oro) de ego (el becerro) debe ser transformada (“quemada en fuego”, sublimada por los caminos y atributos del Creador mediante el fuego de Su Amor) a través de humildad (“polvo”) en nuestra conciencia (“la superficie del agua”, y agua como pensamiento o capacidad cognitiva) con la que dirigimos todos sus rasgos y cualidades (los hijos de Israel). En este sentido, el oro representa el más intenso y apasionado impulso para estar cerca del Creador, mientras que la plata corresponde a nuestro discernimiento, y el cobre a nuestras emociones, sentimientos, tendencias e instintos.

Vivir en el plano de las ilusiones materiales tratando de hacer prevalecer los atributos de Amor entre tales ilusiones de hecho se vuelve una guerra constante, hasta que hacemos que Amor gane sobre los aspectos negativos de la conciencia: “Y Moisés vio al pueblo, que estuvieron expuestos, porque Aarón los había expuesto para caer en desgracia ante sus adversarios” (32:25) Cuando somos traicionados y caemos en desgracia por las fantasías de ego, nos apoyamos en la bondad de Amor que nos sostiene como nuestra verdadera Esencia: “Entonces Moisés se paró en la entrada del campamento y dijo, 'Quien esté por el Eterno, ¡[que venga] a mí!' Y todos los hijos de Leví se congregaron alrededor de él” (32:26) porque los levitas representan las cualidades positivas en nuestra conciencia que nunca traicionan los modos y atributos de Amor, como conexión permanente con el Amor de Dios. En este conocimiento luchamos con y por los atributos de Amor contra sus contrarios que son los rasgos destructivos de las ilusiones materialistas de ego.

Nuestros Sabios dicen que la transgresión del becerro de oro fue planeada por el Creador para enseñarnos dos cosas. Una, que sin importar las decisiones negativas que tomemos, podemos siempre retornar a Su Amor. Israel tuvo que vivir la experiencia de elegir lo peor de todo (caer en la idolatría de las ilusiones de ego y cometer las más terribles transgresiones en su nombre) para enseñarnos que podemos renunciar a ellas eligiendo retornar a Sus caminos y atributos. La otra es que Él confirmó esto al revelarnos (a través de Moisés) Sus atributos de misericordia (34:6-7) ya que en ellos aprendemos a conocerlo a Él, y mediante este conocimiento nuestra conexión con Él. Reflexionemos sobre este versículo previo a Su revelación a Moisés: “Entonces Yo quitaré Mi mano y tú verás Mi espalda, pero Mi rostro no será visto” (33:23) Nuestros Sabios explican que Su “espalda” es lo que vemos que Él ha hecho (Su Creación) y Su sustento de esta. De hecho, conocemos al Creador a través de Sus obras, aquello que deja Su mano, y que contiene Su Amor.

Cuando entronizamos Su Amor como Sus caminos y atributos en todos los niveles de conciencia, los irradiamos en nuestros rostros como reflexión de nuestra verdadera Esencia e identidad: “Entonces los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, que la piel del rostro de Moisés se había vuelto radiante, y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que [otra vez] entraba a hablar con Él” (34:35) porque cuando estemos llenos del conocimiento del Creador (como lo estaba Moisés) lo manifestaremos (irradiaremos) en lo que creamos, pensemos, sintamos, expresemos y hagamos.

Este es el legado de Israel, nuestro legado como judíos, nuestra herencia como el Pueblo elegido, el Pueblo de la Torá. Aun es nuestra elección abrazar ese legado. El Profeta nos lo recordó en los viejos tiempos, y nos lo recuerda ahora: “Y Elías se acercó al pueblo y dijo, '¿Hasta cuándo vais a pasar entre [sobre] dos ideas? Si el Eterno es Dios, id tras Él; y si es Baal, id tras él'. Y el pueblo no respondió palabra.” (I Reyes 18:21) ¿Tampoco nosotros respondemos ni una sola palabra? Se trata de la verdad de los modos y atributos de Amor o la falsedad de las fantasías e ilusiones de ego. La elección es nuestra.

domingo, 26 de febrero de 2012

Amor como Libertad

¿Se requieren seis millones de vidas para sensibilizar la conciencia humana? ¿Qué más se requiere para vivir en plena libertad? De hecho estamos igualando sensibilidad con libertad y habría que replantearlo mejor, diciendo qué se necesita para ser lo suficientemente sensible para vivir en verdadera libertad. El Dios de los judíos es El de la libertad, tal como lo define el Primer Mandamiento en el Decálogo: “Yo soy el Eterno tu Dios que te sacó de la casa de esclavitud en Egipto” y reafirmado en otros pasajes de la Torá como “El que te subió de la tierra de Egipto”, lo cual quiere decir que Su libertad para nosotros implica una elevación de un estado o lugar hacia otro. En este sentido, Egipto y la Tierra Prometida representan un nivel inferior y otro superior, respectivamente. Hemos mencionado antes en este blog que Egipto representa el apego abyecto a los aspectos negativos de la conciencia, igual que las naciones cananeas como rasgos específicos que debemos superar para poseer principios éticos y morales que preceden al tipo de libertad que el Creador quiere para Israel (ver en este blog nuestro comentario “Conquistando las 'naciones' con Amor”, 26 de junio de 2010).

La respuesta a nuestras preguntas de arriba es la misma para nuestra lucha por la verdadera libertad, y es Amor. Se requiere Amor para sensibilizar la conciencia humana, y todo lo opuesto a este son la esclavitud abyecta en cuyo nombre son cometidos los peores crímenes. En este contexto, la maldad y sus derivados son las expresiones negativas opuestas a Amor. En lo referente a la ética, la Torá define lo “negativo” como el tipo de actos que niegan u obstruyen la conexión con nuestro Dios. La maldad como la actitud que maldice la vida y rechaza sus bendiciones. Al mismo tiempo la Torá define lo “positivo” como actos que nos elevan a nuestro Dios al hacerlos. Estos actos son la causa y el efecto de nuestra sensibilidad con el propósito de vivir en auténtica libertad. Se trata de la bondad como expresión de lo positivo para lograr esa libertad. De ahí que no podamos ser libres si pensamos, sentimos y actuamos bajo aquello que niega o rechaza los caminos y atributos de Amor. Se requiere el más grande Amor de todos, el Amor de Dios, para vivir en plena libertad y este es el tipo de Amor que debemos vivir y abrazar como nuestra verdadera Esencia e identidad, porque esta Esencia es nuestra libertad real.

Ya hemos aprendido por experiencia que no podemos vivir sin Amor por el hecho de ser la reflexión material del Amor de Dios, como la Esencia que nos creó y nos sustenta. No necesitamos creer en Dios para saber lo que es Amor. Agnósticos y ateos lo saben al igual que la gente de las comunidades más aisladas que consideramos “primitivas”. Ellos y nosotros coincidimos en que los caminos y atributos de Amor son la bondad que debemos acoger y procurar, como individuos y como sociedad, para poder vivir en libertad. Por otro lado, aquellos que creemos en el Creador reconocemos Su Amor como la fuente de todo, incluyendo los caminos y atributos de Amor.

La libertad se fundamenta en la amorosa bondad, ya que esta sostiene al mundo: “El mundo está construido en amorosa bondad” (Salmos 89:3) porque es una emanación de la amorosa bondad del Creador, como uno de Sus atributos: “[Yo soy] El Eterno, El Eterno, Dios de compasión, y el Dios de gracia, abundante en amorosa bondad (...)” (Éxodo 34:6) y estos atributos de los que fuimos creados definen nuestra Esencia e identidad. En ellos encontramos nuestra verdadera libertad, y no en lo opuesto. Nuestros Sabios dicen que “quienes estudian Torá todos los días aseguran su vida en el Mundo por Venir, porque los caminos (modos) del mundo son suyos [de la Torá]” y en términos prácticos esto significa que aquellos que aman todos los días construyen el Mundo por Venir, ya que los modos del mundo son los modos de Amor. También hablan de la paz como el resultado del estudio de la Torá, “Todos tus hijos serán estudiosos [de la Torá] del Eterno, y grande será la paz de tus hijos [como constructores de paz]” porque paz es tanto el resultado como el cimiento para construir el mundo de acuerdo a Sus caminos. La paz, como uno de los modos y atributos de Amor, es también la causa y el efecto de vivir en libertad.

A este punto ya sabemos qué hacer respecto a lo que ponemos en las vasijas de nuestro pensamiento, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Hemos dicho que estos son dimensiones de la conciencia que esperan ser llenados con lo que elegimos entre maldiciones y bendiciones, positivo y negativo, verdadero y falso. Algunos dicen que la maldad en el mundo ya es suficiente, y entonces nos debemos preguntar cuánto Amor es suficiente para borrar tanta maldad. ¿Cuánto se requiere para amar lo suficiente? ¿Cuántos más dictadores despiadados y despóticos en el mundo? ¿Cuánta más opresión religiosa fundamentalista? ¿Cuánta más humillación a la dignidad humana? ¿Acaso no fueron suficientes seis millones de vidas judías para aprender cuánto se requiere? Tenemos que retornar a nuestro Dios que nos subió de la tierra de Egipto, caminando en Sus caminos e imitando Sus atributos como nuestra libertad del cautiverio en los aspectos negativos de la conciencia bajo el dominio de las fantasías e ilusiones de ego. El Amor de Dios está siempre presente y cubre toda Su Creación, y es nuestra elección retornar a Él como nuestra verdadera Esencia, y a Su Amor como nuestra verdadera identidad. Amor es nuestra salida de las ilusiones negativas porque Amor es nuestra libertad real.

Debemos indicar que uno de los contrarios de Amor es el miedo, y algunos dicen que el miedo es lo opuesto a la libertad. Están en lo cierto al afirmar que mientras vivamos con miedo viviremos en cautiverio. Tenemos que entender este predicamento en nuestros tiempos actuales, y preguntarnos individualmente qué es aquello que nos esclaviza, comenzando con las fantasías e ilusiones de ego. ¿Qué es lo que creemos que somos y tenemos, o lo que no somos y carecemos, que niega nuestra libertad? ¿Qué está más allá de nuestras necesidades básicas que determina lo que somos, lo que queremos ser, o lo que limita lo que queremos ser? También preguntémonos lo que nos da miedo, aquello que restringe nuestra libertad. Y algo aún más importante, ¿qué pensamos o creemos que es la libertad? Otra vez, la respuesta a todas estas preguntas, tarde o temprano, nos llevan a Amor como nuestra auténtica libertad. ¿Tenemos miedo de Amor aun sabiendo que es nuestra verdadera Esencia e identidad? Repitamos una vez más que Amor es la causa y el efecto. Cuando estemos plenamente conscientes de este principio, seremos verdaderamente libres.

Nosotros y nuestra historia somos la prueba de que Dios existe, y que hemos existido, existimos y seguiremos existiendo a pesar de que nos nieguen, nos rechacen y traten de destruirnos, porque aun en nuestro Holocausto somos la prueba viviente de lo que el Creador ha sido, es y será para Su Creación: Amor. Amamos a pesar del mundo y sus ilusiones, y seguiremos amando porque en Amor está nuestra conexión permanente con el Creador y esa es nuestra mayor libertad. Él nos saco de la esclavitud para ser realmente libres en Su Amor, que es vivir en Sus caminos y atributos. Al recordar diariamente nuestro Éxodo de Egipto reconocemos que todo existe gracias a Su Amor y al honrar el Shabat damos testimonio de ello. La tradición judía, definida como nuestra identidad, ha sido y será la prueba de que Dios existe. Cuando no somos fieles a ella como legado del Creador nos negamos a reconocerlo y proclamarlo, ya que cuando no ejercemos nuestra identidad negamos la existencia de Dios. Esto quiere decir que si no amamos, negamos al Creador. Somos libres cuando en total albedrío amamos como Él quiere que lo hagamos, y en Sus caminos y atributos radica nuestra identidad.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.