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domingo, 25 de marzo de 2012

Tzav: Elevándonos al Amor de Dios

Tzav continúa detallando las ofrendas para presentarlas al Creador con el fin de estar cerca de Él. Hemos mencionado (ver nuestros comentarios sobre la Parshat Tzav: “El Fuego Eterno” del 23 de marzo, 2010 y “El Fuego Permanente del Amor de Dios” del 13 de marzo, 2011 en este blog) que en este proceso tres partes están involucradas: el que trae la ofrenda, el sacerdote y el Creador, y el propósito es la unificación de los tres.

Realizamos esta unión integrando al Creador en nuestra conciencia a mediante Sus caminos y atributos, que son Su Amor por Su Creación. Después de todo, Él está más allá de nuestra comprensión y nuestra única forma de “conocerlo” a Él es a través de Su Creación, y las maneras en las que Él la dirige y la sustenta.

Realizamos esto mediante el conocimiento de nuestra conexión con Él, y el Sumo Sacerdote representa ese conocimiento. Nuestras ofrendas son todos los rasgos y cualidades de nuestra conciencia (que abarca todos los aspectos de la vida que nos dio el Creador) para elevarlos a Su servicio a través de Sus modos y atributos, y lo hacemos mediante Amor que es nuestro nexo con Él.

Reflexionemos en torno a las palabras de Maimónides, el Rambám, respecto a las ofrendas.

“La ubicación del Altar está exactamente definida y nunca cambiará. Es una tradición establecida que el lugar donde [el rey] David y [el rey] Salomón construyeron el Altar sobre el suelo de Arona es el mismo sitio donde Abraham erigió un altar y ató a [su hijo] Isaac en él; este es donde Noé levantó [un altar] cuando salió del arca; este es donde Caín y Abel trajeron sus ofrendas; este es donde Adán, el Primer Hombre, ofreció un korbán cuando fue creado [por Dios], y de [la tierra de] este lugar fue creado. Así los Sabios han dicho: 'el hombre fue formado del lugar de su expiación'.” (Mishné Torá, Leyes del Templo Sagrado, capítulo 2).

Nuestra vida y todo lo que abarca son las ofrendas, el lugar es nuestra conciencia mediante la que conocemos al Creador, y hemos dicho que expiación es el proceso de transformación de la ignorancia y separación de Él a la certeza de que estamos unidos a Él. Esta transformación ocurre con la intervención del fuego Divino, que es el Amor de Dios.

Análogamente, el proceso es similar al efecto del fuego como catalizador para transmutar un estado a otro con un propósito específico. En este sentido, una fiebre tiene el potencial de alterar una condición física para bien o para mal, pero visto de otro modo podríamos decir que “no hay mal que por bien no venga”.

El sacerdote enciende el fuego en representación de nuestro Amor ardiente para unirnos al Creador, que a Su vez provee Su fuego para nosotros. El proceso de elevar nuestra vida a Él de hecho implica expiación como medio para purificar todos los aspectos de la conciencia para transformarlos en las vasijas vacías que el Creador llena con Sus modos y atributos.

Entonces tenemos dos catalizadores: el sacerdote como conocimiento permanente de nuestra conexión con Él, y nuestro Amor como la Esencia que añora estar cerca de Él. Es así como las ofrendas son sublimadas al Creador.

Adán, el primer hombre, tenía esto más claro que nosotros porque estaba solo con el Creador, y asimilaba con más facilidad su conexión con Él. Caín y Abel lo hicieron a través de sus respectivas experiencias en el mundo material. Abel lo hizo con su conocimiento mayor de la Presencia Divina en Su Creación, y Caín con su vivencia de ego, de los sentidos e instintos. Caín y Abel representan la conciencia humana dividida en contradicción, fraccionada en dualidad, como resultado de la transgresión de su padre Adán.

Las ofrendas de Abel fueron preferidas porque este elevó todo el potencial de bondad en el mundo material al servicio de los caminos y atributos del Creador como nuestro propósito en la vida. Las ofrendas de Caín no fueron consideradas porque prefirió las ilusiones y fantasías de ego, y la sensualidad (representada por la vida vegetal) como propósitos de la vida.

Noé tenía la misión de unificar la conciencia fraccionada en dualidad, pero la dividió aun más a través de sus hijos, Shem (la conciencia superior correspondiente al sacerdocio), Yafet (la mente consciente con potencial de discernir lo correcto de lo incorrecto), y Jam (el apego a la sensualidad y a los aspectos potencialmente negativos de los niveles inferiores de la conciencia).

Por su propio discernimiento, nuestro Patriarca Abraham concluyó que la conciencia humana está destinada a actuar y expresar todos sus aspectos y dimensiones como vehículo unificado y armónico para manifestar la Unidad del Creador y Sus caminos y atributos en Su Creación. En esta realización, Abraham y su hijo Isaac ofrecieron ambos sus vidas al Creador en pleno conocimiento de que todo proviene de Él y pertenece a Él, y por tanto no hay espacio para las vanidades y futilidad de las fantasías e ilusiones de ego.

En este mismo conocimiento Jacob apreció el legado de sus padres Isaac y Abraham como el destino que realizarían sus descendientes. Este es nuestro destino como legado y herencia, y para realizarlo seamos conscientes de que el linaje de Israel proviene de Shem a través de Abraham, Isaac y Jacob, y somos herederos del sacerdocio que representa el mayor conocimiento del Amor de Dios, cuyos caminos y atributos dirigen Su Creación.

Nuestros Patriarcas eligieron este destino para ellos y para nosotros sus descendientes, por lo cual igualmente debemos elegir retornar al Amor de Dios como nuestra Esencia e identidad que nos hace diferentes de las otras naciones. Elegimos de vuelta nuestro sacerdocio porque el Creador nos encomienda ser una Nación de sacerdotes para proclamar en la Tierra Su soberanía, que es Su justicia y rectitud. Estas son también las manifestaciones materiales de Su Amor con el fin de guiar en Sus caminos a todas las naciones.

Individualmente interiorizamos este Mandamiento como dirección y guía de todos los aspectos de la conciencia en los caminos y atributos de Amor, contrarios al dominio y subyugación negativos de las fantasías e ilusiones materialistas de ego, representadas por las “naciones” y “pueblos” de la Tierra. Solamente los caminos y atributos de Amor representan la verdadera vida.

“Y decid: 'Redímenos, Oh Dios de nuestra Redención, y reúnenos juntos y libéranos de las naciones para poder dar gracias a Tu Nombre sagrado, [para] que en la alabanza a Ti podamos triunfar'.” (I Crónicas 16:35)

Triunfo como Redención viene cuando nos convertimos en Sus caminos y atributos, siendo y haciendo la bondad de Su Amor como nuestra verdadera identidad, y eso es lo que significa nuestra alabanza a Él. La Torá nos encomienda a actuar, y nuestras acciones son la alabanza a Dios, ya que actuamos de acuerdo con Sus caminos y atributos. Le pedimos que nos guíe en nuestro destino para reunirnos juntos y liberarnos de las fantasías e ilusiones de ego.

En este sentido nuestras ofrendas son las buenas acciones que elevan todos los aspectos de la vida a Su Amor, y en ellas con certeza estamos reunidos juntos y redimidos. Este es nuestro legado y destino que queremos permanentemente en nuestras vidas, porque Sus caminos son Su compasión, amorosa bondad, y verdad que nos protegen cuando hacemos bondad, tal como nos lo encomienda; y por ello pedimos.

“No retengas de mí Tu compasión, Oh Eterno. Que Tu amorosa bondad y Tu verdad siempre me protejan. Todos los modos del Eterno son de Amor y fidelidad para aquellos que guardan Sus Mandamientos.” (Salmos 40:12, 25:10)

La bondad de nuestras acciones, como modos y atributos de Amor, son las ofrendas que elevamos en nuestro mayor conocimiento de Su Presencia.

“Envía Tu Luz y Tu verdad para que me guíen, permite que me traigan a Tu Monte Sagrado [el Santuario, Tabernáculo, Templo de Jerusalén], el lugar donde Tú habitas.” (43:3)

Ese lugar es el mayor conocimiento de nuestra conexión con Su Amor.

domingo, 13 de marzo de 2011

Parshat Tzav: El Fuego Permanente del Amor de Dios

En la porción de esta semana, Tzav, las ofrendas en el Santuario son detalladas al igual que el servicio de los sacerdotes (kohanim): "Y el Eterno habló a Moisés, diciendo 'Manda (Tzav) a Aarón y sus hijos, diciendo, "Esta es la ordenanza de las ofrendas de elevación: La cual es la ofrenda de elevación que arde sobre el altar toda la noche hasta la mañana, y el fuego del altar arderá con ella". (Levítico 6:1-2) y también se enfatiza que el fuego en el altar debe arder todo el tiempo: "Y el fuego sobre el altar deberá arder sobre él, no habrá de extinguirse. Un fuego continuo arderá sobre el altar, y no se extinguirá" (6:5-6).

Hemos mencionado en comentarios anteriores que las ofrendas de "sacrificios" que presentamos a nuestro Creador en el Santuario representan cada rasgo y cualidad de las diferentes dimensiones de la conciencia. Estas incluyen no sólo nuestros pensamientos, sentimientos, emociones, pasiones e instintos, sino también nuestros deseos y las intenciones que hay detrás de ellos. Cada aspecto de nuestra identidad individual debe ser consagrado al Creador por el simple hecho de que somos Su Creación, y porque nos sustenta constantemente en la realidad material que creó para nosotros. Insistamos y reiteremos que estamos aquí debido a Su Amor, y es Su Amor nuestra propia Esencia. Entonces las ofrendas son la manera en que nos relacionamos y comunicamos con Su Amor, con el único propósito de unirnos a Él. El conocimiento permanente de nuestra conexión con Él (representado por Aarón, el Sumo Sacerdote) es nuestro medio para lograr esta unificación.

En un sentido práctico nuestras ofrendas nos hacen mantener este conocimiento todo el tiempo, y nuestro Amor (el "fuego que arde") y el Amor de Dios (el "fuego de Cielo") deben arder unidos para hacernos conscientes de que somos Su "imagen y semejanza". Nos damos plena cuenta de ello cuando sabemos que el Amor de Dios siempre está con nosotros, al orar en nuestros rezos diarios el modim (agradecemos): "(…) Te agradecemos y relatamos Tu alabanza en la noche, en la mañana y en la tarde, por nuestras vidas que están encomendadas a Tu mano y por nuestras almas que estas depositadas en Ti", porque nuestra existencia y toda existencia emanan de Él, y están sustentadas por Él; "por Tus milagros que están con nosotros diariamente, y por Tus maravillas y beneficencias en todo momento" y de esto debemos estar conscientes (el fuego que arde) permanentemente. "Tu eres el Bondadoso porque Tu compasión no cesa nunca, y el Compasivo porque Tu bondades jamás terminan; y siempre depositamos nuestra esperanza en Ti", el infinito Amor de Dios que alabamos cuando conducimos cada dimensión de nuestra conciencia con Su amor. Y tengamos presentes que nuestra alabanza no es sólo con palabras sino con acciones.
Esta oración de acción de gracias es reiterada por nuestros Sabios: "El Dios de toda carne, nuestro Creador, el Creador del universo" porque somos Su Creación, por lo tanto "Bendecimos y agradecemos Tu sagrado Nombre, porque Tú nos has dado vida y nos has sustentado. Y que Tú sigas dándonos vida y sustentándonos, y reúne a nuestros exiliados en los Patios de Tu Santuario para cumplir con tus decretos, hacer Tu voluntad y servirte de todo corazón."

Entendamos que nuestros exiliados no son únicamente nuestros hermanos exiliados fuera de la Tierra Prometida, sino también los rasgos y cualidades de nuestra conciencia que debemos integrar en la unidad que simboliza el Santuario como nuestra permanente conexión con el Amor de Dios. Es Su Amor el que nos motiva a seguir Sus caminos y atributos (Sus "decretos"), que son los medios para servirlo a Él con todo el corazón.
EL conocimiento permanente de nuestra conexión con Dios (el Sumo Sacerdote) es el que nos bendice, tal como está escrito: "Así bendeciréis (los Sacerdotes) al pueblo de Israel, diles (Moisés) a ellos: 'El Eterno te bendiga y te cuide. El Eterno ilumine Su rostro sobre ti y te conceda gracia. Vuelva el Eterno Su rostro sobre ti, y te conceda paz'. Y ellos (los Sacerdotes) pondrán Mi Nombre sobre los hijos de Israel, y Yo los bendeciré" (Números 6:24-27).


Estas son las bendiciones, todas ellas de Su Amor por nosotros. Como hemos dicho, esta porción se trata de nuestras ofrendas, y particularmente de la manera de elevar nuestra vida para unirse con el Creador. Es nuestro intelecto el que nos da el conocimiento de Él, el que tiene una noción clara de la Verdad que sustenta la Creación. El intelecto y el conocimiento que nos proveen están representados por Moisés, nuestro maestro.
"Y Moisés tomó parte del aceite de unción y parte de la sangre que estaba en el altar, y los roció sobre Aarón y sus vestiduras; y sobre sus hijos, y las vestiduras de sus hijos con él" (Levítico 8:30) el aceite simboliza nuestra conciencia del Amor de Dios, y la sangre representa el fervor con el que vivimos Su Amor en el mundo material. Ambos deben estar impregnados en nuestras vestiduras, las cuales representan todas las dimensiones de nuestra conciencia. La porción concluye destacando este hecho: "Y Aarón y sus hijos hicieron todas las cosas que el Eterno mandó a través de Moisés" (8:36).


La haftará para esta porción nos recuerda este conocimiento: "Y esta cosa Yo les mandé a ellos, diciendo: 'Apegaos a Mi voz, para que Yo sea vuestro Dios y vosotros Mi pueblo; y andad en todos los caminos que Yo os mando, para que todo sea bueno con vosotros'." (Jeremías 7:23).

Este es el mensaje primordial de las Escrituras Hebreas, y es en el conocimiento del Creador y en nuestra conexión con Su Amor que estamos verdaderamente plenos en el mundo material: "Así dice el Eterno: Que no se vanaglorie el sabio de su sabiduría, ni el poderoso se vanaglorie de su poder, ni el rico se vanaglorie de sus riquezas; sino que el que se vanaglorie lo haga en esto: que él Me entienda y Me conozca, que Yo soy el Eterno que otorga amorosa bondad, justicia, y rectitud sobre la Tierra; porque en estas cosas Yo me deleito, dice el Eterno". (Ibíd. 9:22-23), y estas cosas son del Amor de Dios.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.