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domingo, 14 de octubre de 2012

Nóaj: Transformando y Construyendo con el Creador

Cada personaje de la Torá representa un aspecto de nuestra conciencia. Sea importante o no tan importante, cada uno refleja un rasgo o cualidad que definen nuestra vida en cada dimensión de nuestra identidad individual y colectiva. Estudiamos la Torá para conocer quiénes somos como humanos y como judíos, a través de los personajes, sus historias y las circunstancias vividas desde la Creación hasta nuestros tiempos.

Decimos esto porque la conciencia que el Creador nos dio abarca una multitud de dimensiones y facetas que integran desde intelecto hasta instintos, incluyendo discernimiento, emociones y sentimientos que se manifiestan mediante pensamientos, palabras y acciones. Esta es la manera en la que descubrimos y comprendemos los elementos o partes que forman nuestra conciencia, los cuales nos conducen a ser y hacer lo que somos y hacemos.

Hay un Adán y una Eva dentro de cada uno de nosotros, al igual que un Jardín del Edén, un Árbol de la Vida, un Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal, una serpiente que instiga un sentido o sentimiento de carencia que nos hace desear convertirnos en dioses de nuestra actitud individual ante el mundo material, un Abel y un Caín, y situaciones que reflejan aspectos particulares de nuestra vida.

Mientras leemos el libro que define nuestra identidad como humanos y judíos, debemos discernir sobre cuáles personajes o situaciones influyen más en nosotros, y los menos dominantes en nuestra conciencia y realidad individual. Dios quiere que descubramos nuestra verdadera Esencia e identidad en la Torá que nos dio, al nosotros aprender lo que ella enseña. La Torá nos fue dada como la instrucción mediante la cual nos conducimos en el mundo material, y esto lo hacemos a través de las lecciones que aprendemos de los personajes y situaciones narradas en la Torá. Aprendemos de ellos, de sus modos y atributos, para darnos cuenta de nuestros rasgos individuales que definen lo que somos y hacemos.

En este proceso no sólo aprendemos acerca de nosotros mismos sobre aquellos mencionados en la Torá, sino también los modos y medios con los que Dios se relaciona con Su Creación y con nosotros. En el caso de Nóaj, aprendemos de él nuestro potencial para construir, para transformar, y para destruir. Estos tres potenciales también están representados en los hijos de Nóaj, quien los poseía para transformar su decadente generación (finalmente destruida en el Diluvio) pero optó por no hacerlo.

Nóaj tenía el potencial de construir bajo la voluntad de Dios para empezar un nuevo mundo con una nueva humanidad, convertido en un socio activo del Creador al andar en Sus caminos: “Nóaj fue en sus generaciones un hombre justo e íntegro, Nóaj caminó con el Eterno.” (Génesis 6:9) y en este conocimiento encontramos gracia en el Creador: “Nóaj halló gracia en los ojos del Eterno.” (6:8)

En verdad somos bendecidos mientras vivimos en los caminos de Dios, y nuestra vida se llena de gracia cuando nos hacemos conscientes de que Él es la bendición. Nóaj también tenía el potencial de destruir, y cayó en la desgracia de fantasías e ilusiones negativas derivadas de los deseos materialistas de ego. Caemos con facilidad en el reino de fantasías materialistas cuando nos emborrachamos con deseos de ego y quedamos atrapados en sus ilusiones. Estos son los ídolos en los que nos convertimos cuando abandonamos los modos, medios y atributos de Amor.

Esto ocurre cuando permitimos que las ilusiones de ego manejen todos los niveles de la conciencia, en vez de permitir que los modos de Amor guíen y dirijan todos los aspectos de nuestras vida (ver en este blog nuestro comentario sobre la Parshat Nóaj: “Idolatría como corrupción, Amor como vida” del 2 de octubre de 2010).

Seamos conscientes de que hay un Adán, una Eva, un Caín, un Abel, al igual que un Nóaj en nuestro discernimiento, pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Para nosotros lo que se trata es de elegir sus potenciales positivos para transformar y construir todos los aspectos de la vida bajo la inspiración y conducción de Amor como la manifestación material del Amor de Dios para nosotros y Su Creación.

Nuestros Sabios enseñan que Nóaj era el nuevo padre de la humanidad en un nuevo mundo, todos dirigidos a convertirnos en socios de los planes de Dios para Su Creación. Esto es realmente Su voluntad y nuestro destino, el cual comienza revelando Su Presencia en y alrededor de nosotros. Es así como construimos un espacio para que Él habite en nuestro mundo material. Comenzamos a hacerlo removiendo aquello que no es necesario en todos los niveles de la conciencia, a lo que la Torá se refiere como los ídolos que representan los aspectos negativos de creencias, ideas, ideologías, pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Estos son los potenciales destructivos que todos tenemos en la conciencia. Los removemos o transformamos a través del libre albedrío, cuando vivimos las bendiciones y la bondad de los atributos de Amor, y también las maldiciones e iniquidades de los deseos negativos de ego.

Reiteramos una vez más que la maldad es sólo una referencia para que elijamos Amor, y no una opción para vivir bajo el dominio de fantasías e ilusiones negativas. Las falsas creencias y sentimientos de carencia son los que nos hacen creer que la única manera de sentirnos completos es convirtiéndonos en dioses de nuestras propias vidas. En este viaje de ego negamos todo lo que potencialmente pueda estar fuera de nuestro control.

Los “fanáticos del control” son los que mejor personifican la dictadura de ego en nuestra conciencia, porque no pueden concebir nada que esté fuera de su control. Los fundamentalistas, fascistas, nazis, y promotores del totalitarismo son todos fanáticos del control. Este tipo de actitud ante la vida busca sustraer, restringir, reducir, y limitar lo que Dios creó como exactamente todo lo contrario en la conciencia humana. Dios nos creó con libertad en Su Creación, donde no hay límites excepto aquellos que nos imponemos cuando discernimos, pensamos, sentimos, y experimentamos (ver en este blog nuestro comentario sobre Nóaj: “La Vida como Diversidad” del 23 de octubre de 2011).

Tengamos en cuenta que todo lo que creemos o sentimos que carecemos en lo que somos, tenemos y hacemos son las limitaciones que nos imponemos en la conciencia. Todas ellas son los falsos dioses e ídolos que seguimos y creemos. Ellas son las fantasías e ilusiones que debemos remover con el propósito de despejar el espacio y tiempo infinitos donde la eterna abundancia del Creador quiere morar dentro de nosotros.

Aprendemos de la Torá que Dios nos creó a Su imagen y semejanza, lo cual significa que tenemos los potenciales para vivir en la bondad de Su Amor que nosotros encontramos, vivimos, nos regocijamos y deleitamos en los modos y atributos de Amor en nuestra conciencia.

La Torá es la instrucción de Dios para nosotros con el fin de hacernos conscientes de nuestro libre albedrío y libertad de elegir los potenciales para transformar y construir con el Amor de Dios como nuestra Esencia e identidad, y Amor como su manifestación material destinada a conducir todos los aspectos y dimensiones de la vida. Descubramos y abracemos lo bueno y los potenciales positivos que simbolizan los personajes y episodios que la Torá nos presenta, para que definamos, formemos y manifestemos nuestra identidad judía, y nuestro nexo permanente con el Creador.

domingo, 22 de abril de 2012

Ajarei-Kedoshim: La Santidad del Amor de Dios

La descripción de pureza e impureza continúa en Ajarei-Kedoshim ya que es relevante en la Torá contextualizar sus aspectos y todos sus mensajes, y el énfasis está tanto en evitar lo impuro en todos los niveles de conciencia como en procurar la pureza como el medio para mantenernos cerca del Creador.

Esto otra vez es reiterado al comienzo de Kedoshim.

“Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles a ellos, 'Vosotros seréis sagrados, porque Yo, el Eterno vuestro Dios, soy sagrado'.” (Levítico 19:2)

Esta es la premisa y precedente para la segunda mención en la Torá de los Diez Mandamientos (ver en este blog nuestros comentarios sobre la parshat Kedoshim en 2010 y 2011).

Sabemos que los 248 Mandamientos positivos y los 365 negativos de la Torá tienen como propósito purificarnos y limpiarnos en nuestro tránsito por el mundo material. De ahí que debamos evaluar constantemente la naturaleza de nuestra realidad o realidades individuales, lo que abarcan, su origen y su fin. Así sacamos las conclusiones respecto a lo que consideramos positivo y negativo en nuestra vida.

Hemos dicho innumerables veces en este blog que nuestro predicamento en el mundo material es ejercer el libre albedrío ante lo falso y lo verdadero, útil e inútil, positivo y negativo, etc. También dijimos que el discernimiento es una condición obligada para para verdaderamente poder elegir entre verdad e ilusión.

En este conocimiento podemos ser capaces de asimilar lo que la Torá nos dice en torno a lo puro e impuro, y también nos instruye a hacerlo con relación a nuestros congéneres. Nuestros Sabios dedicaron una buena parte de sus vidas para enseñarnos cómo conducirnos ante el prójimo y nuestro entorno inmediato. Estas son las circunstancias en las que observamos no sólo los Diez Mandamientos, sino todos los Mandamientos de la Torá.

Debemos entender la santidad de nuestro Creador con relación a lo que es sagrado en nosotros. Proclamar que Él es nuestro Dios no es un asunto unilateral. Esta es una de las razones que en hebreo el verbo rezar sea reflexivo, y no una expresión activa o pasiva. Se trata de algo que hacemos con nosotros mismos y para nosotros, por nuestro beneficio.

Esta acción requiere una actitud concienzuda y sensata en relación con nuestro Creador, y quiere decir que en nuestro rezo estamos juntos como Uno con Él. En este sentido, el Primer Mandamiento del Decálogo es no sólo referente a Dios sino acerca de nuestra conexión con Él que nos sacó de Egipto, la casa de esclavitud.

Dios es el Creador de todo, que por Su Amor nos redime de lo que nos mantiene atados y cautivos a aquello que niega, oprime, explota y denigra lo que realmente somos. Nuestro Dios Se define para nosotros en Su Primer Mandamiento, no como un Dios abstracto para Su pueblo, ya que nos dice en Su Torá cómo conocerlo mediante Sus obras, modos y atributos: Él es nuestro único Redentor, y nos muestra cómo lo hace. Él no es solamente nuestro Dios, Él es quien nos libera de todos los cautiverios y exilios.

Dios, el Creador de todo, es único y por tanto no hay espacio en nuestra conciencia para atrevernos a concebir “otros dioses”, y ello incluye “ídolos por los cuales os desviáis”. Hemos dicho que la raíz semántica hebrea de la palabra “ídolos” también significa moldes en el sentido de máscaras, y de ahí aprendemos que las máscaras como moldes adoptados para pensar, sentir, hablar y actuar, simplemente representan lo que en esencia no somos.

Dicho de otro modo, el Segundo Mandamiento de no tener ídolos o dioses quiere decir que nuestra identidad se define a partir de nuestra relación con el único y exclusivo Dios, como lo proclama el Primer Mandamiento. Esto implica que aquello diferente a Sus modos y atributos debe ser rechazado por nosotros.

En este sentido los ídolos son todo aquello que consideramos, creemos, suponemos o sentimos que son superiores a nosotros y por lo tanto merecen ser seguidos, reverenciados y hasta temidos. Este predicamento es precisamente nuestro mayor problema, ya que esa mentalidad es la causante de nuestro aislamiento, dolor, sufrimiento, y caída.

Para liberarnos de tal predicamento tenemos que volver a recurrir al discernimiento e identificar plenamente la naturaleza de nuestros “ídolos”, las adicciones a fantasías e ilusiones creadas ya sea por ignorancia o por el mero deseo materialista de ego. ¿Es acaso glamour, moda, sofisticación, pretensión, arrogancia, lujuria, ambición, desvergüenza, indolencia, avaricia y sus derivados? Y de ser así, ¿de dónde surgieron? ¿Acaso de una impresión o sentimiento de carencia? ¿O de deseos descontrolados? Y de ser así, ¿acaso son parte de quienes realmente somos, de nuestra verdadera Esencia e identidad? ¿Qué salió mal que nos desvió de nuestro exclusivo Dios y único Redentor? ¿Es acaso el establecimiento social, ideológico y cultural el que nos dicta quiénes somos, lo que pensamos, sentimos, deseamos, decimos y actuamos, al igual que lo hacen las escuelas y universidades que nos educan? Tiene que estar por ahí en algún lado, ya que nada de eso está en la Torá ni en los modos y atributos del Creador.

En ese estado de cosas es donde debemos discernir acerca de lo limpio y lo inmundo, lo sagrado y lo profano. En este discernimiento de hecho entendemos lo que significa “Seréis sagrados porque Yo, el Eterno vuestro Dios, soy sagrado”. Es así como finalmente asimilamos aquello de que “Dios los creó en Su imagen y semejanza”, porque Sus obras, modos y atributos son tal imagen y semejanza que estamos destinados a ser, tener y manifestar mientras seamos plenamente conscientes de que el Eterno es nuestro Dios.

En este conocimiento nos damos cuenta de lo que significa ser sagrados. De ahí que el Mandamiento de ser sagrados preceda a los Diez Mandamientos como la premisa obvia para afrontar nuestra conexión con Dios en general, y nuestra relación con el prójimo en particular. En todo esto conocemos la santidad del Amor de Dios y Sus caminos y atributos, y nuestro Amor por Él y por nuestros congéneres como la manifestación de Su Amor en el mundo material.

Dios nos creó como emanación de Su Amor, y a través de Su Amor podemos emular sus modos y atributos como están descritos en la Torá. Así nos hacemos conscientes de la santidad de Su Amor y nuestro Amor, y así comprendemos que Él es nuestro Dios que nos sacó de Egipto, la casa de esclavitud, porque Él nos ama. En Su Amor también nos dice que aquello distinto a Sus modos y atributos son ídolos con los que negamos Amor como nuestro nexo común con Él.

En este nexo no tomamos Su Nombre en vano, guardamos el Shabat, honramos a nuestros padres y madres, no asesinamos, no robamos, no damos falso testimonio, no codiciamos y seguimos los demás Mandamientos de la Torá con la misma santidad.

Esta realización es la que representa Jerusalén como el mayor conocimiento de nuestro nexo con el Creador, y es por ello que tenemos que reconstruir nuestra conciencia a partir de Su Amor, tal como está escrito.

“En ese día Yo levantaré la cabaña caída de [el rey] David, Yo restauraré sus ramas y erigiré sus ruinas, y Yo la reconstruiré como en los días de antaño, para que ellos [los hijos de Israel] conquisten los vestigios de Edom y todas las naciones, porque Mi Nombre está sobre ellos; las palabras del Eterno que trae esto.” (Amos 9:11-12)

De ahí que dejemos que sean Sus modos y atributos los cimientos y conductores de todos los niveles de conciencia, nuestra cabaña. En el conocimiento de Su Amor como nuestra Esencia e identidad tenemos la fortaleza para conquistar y rectificar los aspectos negativos remanentes en nuestra conciencia (Edom y las naciones). Así es como sabemos que Su Nombre, Su Amor, está sobre nosotros como lo que somos. Es así como somos sagrados, porque Dios es sagrado.

domingo, 1 de abril de 2012

Shemini: Santificando nuestra unión con el Creador

Hemos aprendido que la preparación del Santuario, del Sumo Sacerdote y de las ofrendas son el medio para estar cerca del Creador.

“Esto es lo que el Eterno habló, diciendo: 'Yo seré santificado en aquellos que están cerca de Mí, y ante todo el pueblo Yo seré glorificado'." (Levítico 10:3)

Al conducir todas las dimensiones de la conciencia (“todo el pueblo”) en los caminos y atributos de Amor, el Amor de Dios será glorificado, porque lo veremos manifestado en todas las dimensiones de Su Creación.

Reflexionemos en el significado de santificar y glorificar al Creador. El salmista nos ayuda a entenderlos mediante lo que él se refiere como alabanzas. Los Salmos (alabanzas) del rey David explican que lo hacemos al seguir los caminos de Dios y al emular Sus atributos, que son Su Amor por Su Creación. Lo hacemos al estar totalmente liberados de las ilusiones y fantasías de ego (“las naciones”), y el salmista también nos recuerda que tenemos que hacerlo con todas las dimensiones de la conciencia.

“Alabad al Eterno desde la tierra [la vida material], monstruos marinos y todo lo que vive en los abismos [los niveles inferiores de la conciencia], fuego y granizo [pasión y pasividad], nieve y vapor [frialdad y calidez], vientos tempestuosos que cumplen Su voluntad [pensamientos liberadores], montañas y todas las colinas [creencias e ideas], árboles frutales y todos los cedros [caminos de la verdad y todas las convicciones de rectitud], bestias y todo ganado [instintos y pasiones], reptiles y pájaros alados [bajas pasiones y sentimientos edificadores], reyes de la tierra [hábitos y costumbres] y todos los pueblos [bajas emociones y sentimientos], príncipes [arrogancia, soberbia, control de ilusiones de ego] y todos los jueces de la tierra [principios éticos y morales], mancebos [avidez, ímpetu] como también doncellas [pureza, modestia y pudor], ancianos [experiencia y sabiduría] junto a niños [inocencia y reverencia]. Que ellos [todos] alaben [eleven, ofrenden, sean y manifiesten el Amor de Dios] el Nombre del Eterno, porque solo Su Nombre es exaltado; Su Gloria está sobre la Tierra y los Cielos” (Salmos 148:7-13)

Todo lo que existe emana de Él y es sostenido por Él.

Respecto a la conciencia, todas sus dimensiones que nos llevan a discernir, pensar, sentir y actuar, deben ser dirigidas y guiadas para vivir el Amor de Dios en nosotros y en todo lo que Él creó para nosotros. Ya sabemos que los que percibimos como aspectos “negativos” de Su Creación, aquellos en que Su Presencia no está revelada a nosotros, están ahí como referencias para procurar lo positivo.

Al aprender de lo bueno nos preparamos para transformar lo negativo en positivo, y es así como revelamos la Presencia Divina en el mundo material. Tengamos presente en mente y corazón que el mundo existe para que nosotros revelemos la Presencia del Creador, y eso lo hacemos solamente siendo y manifestando Su Amor, y la bondad de Sus modos y atributos.

Santificamos y glorificamos Su Nombre siendo y expresando nuestra verdadera Esencia e identidad, que es nada menos que Su Amor, y esa es la manera en que elevamos nuestra vida para estar cerca de Él. En este proceso vivimos plenamente Su Gloria, que es Su Amor.

“Y Moisés dijo: 'Esto es lo que el Eterno os encomienda hacer; y la Gloria del Eterno se aparecerá a vosotros'.” (Levítico 9:6)

La narrativa de Sheminí prosigue haciéndonos saber que este proceso implica nuestro pleno conocimiento de la diferencia entre las fantasías e ilusiones de ego y los modos y atributos de Amor.

“Con el fin de distinguir entre lo sagrado y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio; y [para] que tú [Aarón] instruyas a los hijos de Israel todos los estatutos que el Eterno ha hablado a ellos por la mano de Moisés.” (10:10-11)

El que lo hace es Aarón el Sumo Sacerdote, el mayor conocimiento de nuestra conexión con el Amor de Dios; a través de Moisés, el mayor conocimiento del Creador. Tengamos claro que la conciencia que representa Moisés es nuestro medio para aprender los caminos y atributos para estar siempre cerca de Dios y Su Amor (ver nuestros comentarios sobre Sheminí: “Consagrar la Vida al Amor de Dios” del 2 de abril, 2010 y “Siendo Verdad ante el Amor de Dios” del 20 de marzo, 2011 en este blog).

Najmánides, el Rambán, nos enseña que los animales inmundos cuyo consumo es prohibido por la Torá son depredadores, y su naturaleza es una influencia negativa para nosotros. No nos podemos imaginar comportarnos como serpientes, escorpiones, cuervos, buitres o bestias salvajes, aunque sabemos que hay gente como ellos.

Nuestros Profetas y Sabios cuentan que en los tiempos de nuestra Redención Final todo árbol producirá frutos y todas las bestias serán pacíficas y amorosas, porque la raíz de toda maldad será completamente erradicada de la tierra. Hemos dicho muchas veces que la conciencia mesiánica es algo que tenemos que generar, como ocurrió con nuestros ancestros bajo la esclavitud en Egipto. Clamaron por su Redención a viva voz, y nuestro Dios oyó y los liberó con la fuerza redentora de Su diestra, el infinito poder de Su Amor.

Algunos creen que nuestra Redención Final vendrá milagrosamente y sin que tengamos que mover un dedo para que ocurra. Deben aprender de nuestra historia y del Holocausto en el que el pueblo judío estuvo cerca de ser exterminado. Casi nadie movió un dedo para evitarlo, y ahora sabemos qué hacer para que nunca vuelva a ocurrir, nunca más. Es una lección que costó más de seis millones de vidas aprender, y esto significa que tenemos que hacer más que mover un dedo.

Lo más fácil es culpar a Dios luego de evadir nuestras responsabilidades y nuestra parte del Pacto que Él nos ofreció a través de nuestros Patriarcas. ¡Aún peor cuando lo culpamos a Él por los resultados de las decisiones que tomamos! Alegamos y reclamamos que libertad real radica en nuestro total libre albedrío, y cuando la maldad aparece para que podamos realmente ejercer nuestro albedrío terminamos tomando decisiones negativas con sus consecuencias... y volvemos a culpar a Dios.

Ya es tiempo de darnos cuenta que si realmente deseamos nuestra Redención Final de toda maldad y negatividad, será mejor que comencemos a tomar las decisiones correctas, conscientes de los efectos positivos que nos esperan cuando elegimos los modos y atributos de Amor. Después de todo, Amor es nuestra verdadera Esencia e identidad porque todos venimos del Amor de Dios.

Iniciemos nuestra Redención trayendo a Él nuestras ofrendas, nuestro Amor en lo que somos y hacemos.

“(...) atribuid al Eterno honor y fortaleza. Atribuid al Eterno la gloria debido a Su Nombre; traed una ofrenda y venid ante Él, alabad al Eterno con resplandeciente santidad. Vibrad ante Él, toda la Tierra; el mundo también fue firmemente establecido para que no tambalee. ¡Alégrense los Cielos, regocíjese la Tierra, y entre las naciones proclamen: 'El Eterno reina'!” (I Crónicas 16:28-31)

Cuando reconozcamos y aprendamos Sus caminos y atributos, podremos traer a Él las obras de lo que somos y hacemos. En esta realización, que todos los aspectos de nuestra conciencia reconozcan que Su Amor rige en Su Creación. En la firmeza de nuestro Amor encontramos Su Amor.

El salmista también nos advierte sobre las consecuencias de nuestras decisiones.

“Pero Mi pueblo no Me escuchó, e Israel no consintió Conmigo. Entonces los entregué a sus corazones porfiados en seguir sus propios consejos. Si Mi pueblo Me escuchara, si tan sólo Israel siguiera Mis caminos, ¡rápido subyugaría a sus enemigos y volvería Mi mano contra sus adversarios!” (Salmos 81:11-14)

Entonces escuchemos otra vez a Su Amor, y con nuestro propio Amor derrotemos el predicamento negativo en las ilusiones y fantasías materialistas de ego. Despertemos en la Luz de Amor a nuestra Redención individual y colectiva, y en el Amor de Dios revelemos totalmente Su Presencia en el mundo material.

Entonces proclamaremos, “¡El Eterno reina!”.

domingo, 4 de marzo de 2012

Preguntas & Respuestas

La manera en la que comunicas los mensajes de Dios como Amor parecen fáciles de entender, aunque difíciles de adaptar a la realidad (material). ¿Cómo podemos vivir más Amor en nuestras vidas en medio de la negatividad con la que tenemos que lidiar diariamente?

Ciertamente suena fácil porque en algún momento de nuestras vidas vivimos con plena conciencia de Amor y sus atributos. Sabemos que sin Amor es simplemente imposible vivir y sostener la vida. Esto también quiere decir que en algún punto adaptamos Amor a nuestro entorno inmediato, ya sea como hijos o como padres, hermanos y hermanas, amigos y seres queridos. Hemos enfatizado innumerables veces que el mayor obstáculo para dejar que Amor nos conduzca en toda circunstancia es la agenda “personal” de ego. Hemos dicho que los problemas en nuestra relación con los demás comienzan cuando traspasamos los límites que establecen el respeto mutuo, el cuidado y la protección de unos por otros. Dicho de otra manera, nuestra libertad termina donde comienza la de los demás, lo que significa que no debemos obtener ganancia, gozo o provecho a expensas de la pérdida, el sufrimiento o la carencia de otros. En este sentido Amor implica una situación en la que todos ganamos y ninguno pierde. Es por ello que decimos que Amor es la causa y el efecto, porque debe ser así para sera verdadero Amor. La obstrucción de ego se manifiesta cuando deseamos algo a expensas o en detrimento de otros, y los modos de Amor se manifiestan cuando compartimos su bondad para el avance y mejoramiento de todos. Este es el tipo de conciencia que define la Redención Final en el judaísmo. Hemos dicho en Dios como Amor que “democracia” no es el 51% gobernando y el 49% gobernado, o 51 ganando y 49 perdiendo y reducidos a hacer “oposición”, porque nosotros creemos que la auténtica “democracia” (la ponemos entre comillas porque el término pertenece a las “naciones” y por lo tanto es ajeno al judaísmo) se trata de un consenso general en el que todos debemos coincidir en aquello que es para el bienestar individual y colectivo. También hemos mencionado que nuestros Sabios místicos enseñan que combatimos las tinieblas (negatividad) no declarando la guerra a la maldad sino expandiendo Luz (los caminos y atributos de Amor), lo cual es hacer el bien y acciones positivas (lo que en el judaísmo es estudiar la Torá y cumplir sus Mandamientos) para disipar la maldad y sus derivados. Para responder a tu pregunta, vivimos más Amor en nuestra vida cuando seguimos sus caminos y ejercemos sus atributos. En este sentido entre más ames, más eliminas negatividad en tu entorno. Quizá no sea un proceso fácil, pero si comienzas contigo mismo tratando de tener presente Amor como nuestra verdadera Esencia y nexo común con el Creador, Su Amor te guiará para disipar las tinieblas que podría haber alrededor. Ten presente que tú amas porque Amor es tu Esencia e identidad, y lo haces simplemente en aras de Amor.

Tengo dificultad para comprender pasajes de Tanaj (la Torá y las Sagradas Escrituras hebreas) aunque estoy consciente de que sus significados esotéricos están lejos de nuestro entendimiento. ¿Hay alguna manera de poder asimilar los mensajes de esos pasajes que parecen distantes para el entendimiento humano?

Tú ya sabes lo que nuestros Sabios dicen respecto a los niveles de percepción y/o entendimiento de nuestras Escrituras hebreas, que son el literal, el alegórico o simbólico, el indirecto por deducción ética o filosófica, y el esotérico o místico. También destacan que debemos percibir, discernir y asimilar todos estos niveles, dando a entender que tenemos que comprenderlos y aceptarlos como los modos y medios para aprender y conocer los mensajes del Creador a través de Tanaj en su totalidad. Un ejemplo fundamental es el Éxodo de Egipto que en verdad ocurrió literalmente como lo describe la Torá. Fuimos esclavos en la nación más depravada de la antigüedad, fuimos sometido a trabajo físico forzado, fuimos explotados, humillados, abusados y asesinados bajo las condiciones más abyectas. Nuestra tradición oral es abundantemente clara en ese respecto. Al mismo tiempo estos hechos históricos reflejan el casi nulo nivel espiritual del cual el Creador elevó a nuestros ancestros a la libertad mediante milagros, ya que las condiciones eran tan negativas que sólo con la directa intervención Divina fue posible salir de los niveles más bajos, y ser elevados a los más altos en estrecha cercanía con el Redentor hacia tal libertad. También debemos estar plenamente conscientes de que la Torá está escrita en lenguaje humano para que podamos entender las cualidades éticas y morales del Amor de Dios como sus caminos y medios para relacionarnos con Él. Nuestros Sabios igualmente explican que el contenido total de las Escrituras hebreas tiene reglas y directrices estrictas con el fin de salvaguardar el bienestar individual y colectivo. Lo estricto de estas reglas refleja el principio fundamental de que Amor no cohabita con nada a diferente a sus modos y atributos. Debemos entender lo estricto no como restricción ni limitación a nuestra libertad individual y colectiva sino como todo lo contrario, porque Amor se trata de integración y expansión a diferencia de las cualidades substractoras, restrictivas y limitantes de las fantasías e ilusiones de ego. Lo estricto de los modos y atributos de Amor tiene como objeto eliminar todo lo que amenace sus bondades y cualidades positivas. Así comprendemos lo que nuestros Sabios místicos comunican cuando se refieren a estar “eternamente vigilantes” y no desviarnos del “sendero directo y estrecho” de la rectitud.

¿Cuáles son las señales de la Redención prometida por Dios y nuestros Profetas?

Maimónides (Rabí Moshé Ben Maimón, el Rambam) elabora sobre esto en su Mishné Torá (tratado de Leyes sobre los Reyes) al igual que otros exégetas basados en los libros de los Profetas, y tenemos que entender estas señales en el contexto de nuestros tiempos actuales. Debemos asimilar la era Mesiánica como el tiempo en que la Verdad prevalece. Hemos repetido en este blog que tal Verdad abarca los caminos y atributos de Amor como la reflexión material del Amor de Dios por nosotros y toda Su Creación. Esto significa que vivir en la Verdad es vivir en los atributos de Amor, porque Amor es la causa de la Verdad. En un sentido ético y moral práctico, cuando vivimos de, por, con y para la Verdad, no hay nada diferente o contrario a ella. Vivir con la Verdad individual y colectivamente es una clara señal de que estamos viviendo la Redención, que es lo opuesto a las ilusiones de ego. En el momento en que abandonamos las ilusiones de ego y elegimos abrazar los atributos de Amor como la Verdad real, estamos redimidos. Cooperación y solidaridad mutuas también son señales de la era Mesiánica, y en el judaísmo nos referimos a ambas como tzedaká (traducida erróneamente como “caridad”, y cuyo auténtico significado es “hacer rectitud como justicia o hacer lo justo por otros, lo cual es hacer bondad”) y tiene perfecto sentido porque Redención se trata de hacernos bondad unos a otros permanentemente. Una señal definitiva de la Redención es cuando entronizamos totalmente Amor como nuestra verdadera Esencia e identidad, como el regente y gobernante de todos los niveles y dimensiones de la conciencia. En este sentido entendemos Amor como “el poder floreciente” de Redención.

domingo, 26 de febrero de 2012

Amor como Libertad

¿Se requieren seis millones de vidas para sensibilizar la conciencia humana? ¿Qué más se requiere para vivir en plena libertad? De hecho estamos igualando sensibilidad con libertad y habría que replantearlo mejor, diciendo qué se necesita para ser lo suficientemente sensible para vivir en verdadera libertad. El Dios de los judíos es El de la libertad, tal como lo define el Primer Mandamiento en el Decálogo: “Yo soy el Eterno tu Dios que te sacó de la casa de esclavitud en Egipto” y reafirmado en otros pasajes de la Torá como “El que te subió de la tierra de Egipto”, lo cual quiere decir que Su libertad para nosotros implica una elevación de un estado o lugar hacia otro. En este sentido, Egipto y la Tierra Prometida representan un nivel inferior y otro superior, respectivamente. Hemos mencionado antes en este blog que Egipto representa el apego abyecto a los aspectos negativos de la conciencia, igual que las naciones cananeas como rasgos específicos que debemos superar para poseer principios éticos y morales que preceden al tipo de libertad que el Creador quiere para Israel (ver en este blog nuestro comentario “Conquistando las 'naciones' con Amor”, 26 de junio de 2010).

La respuesta a nuestras preguntas de arriba es la misma para nuestra lucha por la verdadera libertad, y es Amor. Se requiere Amor para sensibilizar la conciencia humana, y todo lo opuesto a este son la esclavitud abyecta en cuyo nombre son cometidos los peores crímenes. En este contexto, la maldad y sus derivados son las expresiones negativas opuestas a Amor. En lo referente a la ética, la Torá define lo “negativo” como el tipo de actos que niegan u obstruyen la conexión con nuestro Dios. La maldad como la actitud que maldice la vida y rechaza sus bendiciones. Al mismo tiempo la Torá define lo “positivo” como actos que nos elevan a nuestro Dios al hacerlos. Estos actos son la causa y el efecto de nuestra sensibilidad con el propósito de vivir en auténtica libertad. Se trata de la bondad como expresión de lo positivo para lograr esa libertad. De ahí que no podamos ser libres si pensamos, sentimos y actuamos bajo aquello que niega o rechaza los caminos y atributos de Amor. Se requiere el más grande Amor de todos, el Amor de Dios, para vivir en plena libertad y este es el tipo de Amor que debemos vivir y abrazar como nuestra verdadera Esencia e identidad, porque esta Esencia es nuestra libertad real.

Ya hemos aprendido por experiencia que no podemos vivir sin Amor por el hecho de ser la reflexión material del Amor de Dios, como la Esencia que nos creó y nos sustenta. No necesitamos creer en Dios para saber lo que es Amor. Agnósticos y ateos lo saben al igual que la gente de las comunidades más aisladas que consideramos “primitivas”. Ellos y nosotros coincidimos en que los caminos y atributos de Amor son la bondad que debemos acoger y procurar, como individuos y como sociedad, para poder vivir en libertad. Por otro lado, aquellos que creemos en el Creador reconocemos Su Amor como la fuente de todo, incluyendo los caminos y atributos de Amor.

La libertad se fundamenta en la amorosa bondad, ya que esta sostiene al mundo: “El mundo está construido en amorosa bondad” (Salmos 89:3) porque es una emanación de la amorosa bondad del Creador, como uno de Sus atributos: “[Yo soy] El Eterno, El Eterno, Dios de compasión, y el Dios de gracia, abundante en amorosa bondad (...)” (Éxodo 34:6) y estos atributos de los que fuimos creados definen nuestra Esencia e identidad. En ellos encontramos nuestra verdadera libertad, y no en lo opuesto. Nuestros Sabios dicen que “quienes estudian Torá todos los días aseguran su vida en el Mundo por Venir, porque los caminos (modos) del mundo son suyos [de la Torá]” y en términos prácticos esto significa que aquellos que aman todos los días construyen el Mundo por Venir, ya que los modos del mundo son los modos de Amor. También hablan de la paz como el resultado del estudio de la Torá, “Todos tus hijos serán estudiosos [de la Torá] del Eterno, y grande será la paz de tus hijos [como constructores de paz]” porque paz es tanto el resultado como el cimiento para construir el mundo de acuerdo a Sus caminos. La paz, como uno de los modos y atributos de Amor, es también la causa y el efecto de vivir en libertad.

A este punto ya sabemos qué hacer respecto a lo que ponemos en las vasijas de nuestro pensamiento, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Hemos dicho que estos son dimensiones de la conciencia que esperan ser llenados con lo que elegimos entre maldiciones y bendiciones, positivo y negativo, verdadero y falso. Algunos dicen que la maldad en el mundo ya es suficiente, y entonces nos debemos preguntar cuánto Amor es suficiente para borrar tanta maldad. ¿Cuánto se requiere para amar lo suficiente? ¿Cuántos más dictadores despiadados y despóticos en el mundo? ¿Cuánta más opresión religiosa fundamentalista? ¿Cuánta más humillación a la dignidad humana? ¿Acaso no fueron suficientes seis millones de vidas judías para aprender cuánto se requiere? Tenemos que retornar a nuestro Dios que nos subió de la tierra de Egipto, caminando en Sus caminos e imitando Sus atributos como nuestra libertad del cautiverio en los aspectos negativos de la conciencia bajo el dominio de las fantasías e ilusiones de ego. El Amor de Dios está siempre presente y cubre toda Su Creación, y es nuestra elección retornar a Él como nuestra verdadera Esencia, y a Su Amor como nuestra verdadera identidad. Amor es nuestra salida de las ilusiones negativas porque Amor es nuestra libertad real.

Debemos indicar que uno de los contrarios de Amor es el miedo, y algunos dicen que el miedo es lo opuesto a la libertad. Están en lo cierto al afirmar que mientras vivamos con miedo viviremos en cautiverio. Tenemos que entender este predicamento en nuestros tiempos actuales, y preguntarnos individualmente qué es aquello que nos esclaviza, comenzando con las fantasías e ilusiones de ego. ¿Qué es lo que creemos que somos y tenemos, o lo que no somos y carecemos, que niega nuestra libertad? ¿Qué está más allá de nuestras necesidades básicas que determina lo que somos, lo que queremos ser, o lo que limita lo que queremos ser? También preguntémonos lo que nos da miedo, aquello que restringe nuestra libertad. Y algo aún más importante, ¿qué pensamos o creemos que es la libertad? Otra vez, la respuesta a todas estas preguntas, tarde o temprano, nos llevan a Amor como nuestra auténtica libertad. ¿Tenemos miedo de Amor aun sabiendo que es nuestra verdadera Esencia e identidad? Repitamos una vez más que Amor es la causa y el efecto. Cuando estemos plenamente conscientes de este principio, seremos verdaderamente libres.

Nosotros y nuestra historia somos la prueba de que Dios existe, y que hemos existido, existimos y seguiremos existiendo a pesar de que nos nieguen, nos rechacen y traten de destruirnos, porque aun en nuestro Holocausto somos la prueba viviente de lo que el Creador ha sido, es y será para Su Creación: Amor. Amamos a pesar del mundo y sus ilusiones, y seguiremos amando porque en Amor está nuestra conexión permanente con el Creador y esa es nuestra mayor libertad. Él nos saco de la esclavitud para ser realmente libres en Su Amor, que es vivir en Sus caminos y atributos. Al recordar diariamente nuestro Éxodo de Egipto reconocemos que todo existe gracias a Su Amor y al honrar el Shabat damos testimonio de ello. La tradición judía, definida como nuestra identidad, ha sido y será la prueba de que Dios existe. Cuando no somos fieles a ella como legado del Creador nos negamos a reconocerlo y proclamarlo, ya que cuando no ejercemos nuestra identidad negamos la existencia de Dios. Esto quiere decir que si no amamos, negamos al Creador. Somos libres cuando en total albedrío amamos como Él quiere que lo hagamos, y en Sus caminos y atributos radica nuestra identidad.

domingo, 19 de febrero de 2012

Terumá: El Santuario como Conexión con el Amor de Dios


La Torá, Israel, la Tierra Prometida, y el Templo de Jerusalén son los elementos esenciales para revelar la Presencia del Creador en el mundo material. Son partes de la misma entidad que llamamos conciencia, y también son los medios para lograr el propósito de esta. La Torá es el Plan Maestro del Creador, la Tierra Prometida es el espacio material y espiritual para implementar el Plan, y el Templo de Jerusalén  es nuestro más elevado conocimiento del Amor de Dios como nivel para unirnos a Él. En esta Unidad cumplimos nuestra misión de revelar y proclamar Su Soberanía sobre toda Su Creación.

Con el estudio de la Torá aprendemos a conocer al Creador a través de Sus caminos y atributos, que nosotros como Israel estamos encomendados a emular. Como nuestra herencia y legado Divino, la Torá define nuestra identidad como judíos. Somos judíos porque la Torá nos dice lo que somos. Hemos pasado centenares de generaciones inmersas en el estudio de la Torá sólo con el fin de definir para nosotros y las futuras generaciones quiénes somos. El producto de esa larga jornada son los volúmenes compilados por la Torá Oral [el Talmud]. Irónicamente, después de tantos siglos y vidas dedicadas a esa tarea monumental, seguimos debatiendo lo que define la identidad hebrea. Esto nos indica que uno de los mayores retos y esfuerzos que debemos abordar en la naciente era Mesiánica es descubrir y abrazar lo que verdaderamente somos, basados en la definición que el Creador nos dio en Su Torá.

Mientras no nos demos cuenta cuál es nuestra identidad judía, nunca sabremos nuestro propósito en el mundo material. Conocer o ignorar esta identidad ha determinado nuestra fortuna como individuos y como Nación. Si estamos dispuesto a aprender de nuestra historia, la conclusión obvia y más “lógica” sería abrazar nuestra auténtica identidad. Aunque esto pareciera que nuestro predicamento común es rebelarnos contra quiénes somos, prefiriendo asimilarnos a otras “culturas”, creencias o estilos de vida. La mayor crítica a los judíos no observantes es su falta de interés por conocer la identidad hebrea. Si por puro interés personal indagaran por ella, probablemente dejarían atrás aquello que no define lo que realmente son. Es interesante notar que en estos tiempos millares de personas de todo el mundo están abrazando el judaísmo como su identidad personal y espiritual. Esto cumple las profecías sobre “la congregación de los exiliados” como descendientes de las perdidas Tribus de Israel, por quienes rezamos tres veces al día cuando nos paramos ante nuestro Padre y Rey.

La Tierra de Israel es el lugar geográfico en el mundo material escogido por el Creador para Su pueblo, con el fin de cumplir su destino de acuerdo a Su voluntad. La Torá describe esta Tierra como espacio físico y espiritual para ejercer nuestra identidad, porque esta integra cualidades materiales y espirituales. El judaísmo concibe la vida y el mundo como parte de una unidad de la cual nada está separado, ya que nuestro destino es hacer de lo material y lo espiritual medios para revelar la Presencia de Dios como el Creador de todo. Esto abarca todos los niveles y dimensiones de la conciencia, que deben ser dirigidos y guiados por Su voluntad. Es lo que aquí llamamos el Amor de Dios como causa y efecto de lo que concebimos y vivimos como Amor en nuestra comprensión humana. Entre más descubrimos, vivimos, aprendemos y compartimos Amor, más conoceremos el Amor del Creador.

En este sentido, la Tierra de Israel integra todas las facetas de la conciencia humana, manifiestas y potenciales, bajo el conocimiento del Amor de Dios. Tenemos montañas, valles, desiertos, playas, mar, lagos, colinas y llanuras que representan pensamientos e ideales, imaginación, introspección, expresión, sensibilidad, austeridad y rasgos del carácter que expanden o limitan la manera cómo concebimos y afrontamos la vida, el mundo y nuestras relaciones con los demás. En este sentido hemos sido bendecidos con una Tierra (material y espiritual) que extiende el potencial humano en cada dimensión del intelecto, el pensamiento, las emociones, los sentimientos, las pasiones e instintos. Esta Tierra, como cualidad especial en la conciencia, nos dota para realizar la voluntad del Creador. Dicho de otro modo, mientras no vivamos en ella (no vivir en la conciencia con todo su potencial) no podremos manifestar plenamente los caminos y atributos de Dios.

El Santuario, como el Tabernáculo y el Templo de Jerusalén, es también el punto focal físico y espiritual en el que nuestra conciencia logra su total conocimiento de la identidad judía. Al asimilar el Amor de Dios como la Esencia de lo que somos mediante el conocimiento de los modos y atributos de Amor, ascendemos a Jerusalén (la más elevada realización del Amor Divino). Entonces podremos entrar al lugar más sagrado de la conciencia, el cual es nuestra conexión con el Creador. De ahí que recemos tres veces al día por la reconstrucción de Jerusalén, y este proceso sólo lo podemos hacer con la ayuda del Amor de Dios. Así entendemos terumá como el proceso de elevación a través del cual ofrendamos nuestra vida a la voluntad del Creador. Las ofrendas que elevamos en el Templo son todas las facetas, aspectos, rasgos, cualidades y dimensiones bajo la conducción de Amor como la manifestación material del Amor de Dios. Ver en este blog nuestro comentario sobre la Parshat Terumá: “Elevando la Vida al Amor de Dios” del 30 de enero 2011 para más detalles.

Sólo Amor encuentra Amor y nada más. Así comprendemos que nuestras ofrendas deben ser impecables y completas, lo que significa que en ellas no hay nada más que Amor: “(…) y haz que ellos tomen para Mí una ofrenda [lit. elevación] de cada persona cuyo corazón le inspire a generosidad (…)” (Éxodo 25:2) porque cuando Amor nos inspira y llena, la generosidad le sigue y nuestro Amor encuentra el Amor de Dios: “Y ellos Me harán un Santuario, y Yo moraré entre [en] ellos” (25:8) y la Torá es el medio para establecer este Santuario: “Y pondrás en el Arca el Testimonio que Yo te daré” (25:16)

Nuestros Sabios debaten en torno a los significados alegóricos de cada parte y utensilio del Tabernáculo, comparándolos con el cuerpo humano y con todo lo que Dios creó en los siete días de Su Creación. Con estas comparaciones nos enseñan que el Santuario integra todos los elementos de la Creación material y espiritual. Como alegoría del cuerpo humano, significa que todo lo que el cuerpo contiene debe ser consagrado al Creador, de ahí que: “Dichosos son aquellos que moran en Tu Casa, [porque] ellos te alabarán por siempre (Salmos 84:4) ya que después de todo somos Sus criaturas y nuestro destino es conocerlo a Él y unirnos a Él. Este es el legado de la Torá, de Israel, la Tierra Prometida, y el Templo de Jerusalén: “Alaba al Eterno, oh Jerusalén; alaba a tu Dios, oh Sión. Porque Él ha reforzado los cerrojos de tus portales, Él ha bendecido a tus hijos en medio de ti. Él ha hecho la paz dentro de tus fronteras, Él te sacia con el mejor de los trigos” (147:12-14)

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.