lunes, 27 de mayo de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (VI) Sofonías

Hemos dicho que los mensajes de los Profetas hebreos están divididos en tres aspectos o niveles. En general están presentados en el orden siguiente: La separación de Israel de Dios y sus consecuencias, el comienzo de su retorno a Él como resultado de esas consecuencias (también conocido como "arrepentimiento"), y la reunificación con Él como culminación de la Redención Final (lo que aquí llamamos la Conciencia Mesiánica). Viéndolo con una perspectiva más amplia, estos tres niveles abarcan un proceso de aprendizaje mediante el cual nos hacemos conscientes de la conexión con el Creador y nuestra relación con Él. También hemos mencionado que todo este proceso depende completamente del libre albedrío que Dios puso en nuestra conciencia. En este contexto, el libre albedrío es una de las cualidades esenciales que honran nuestra imagen y semejanza de Él.

Con libre albedrío elegimos separarnos de nuestro Creador, Sus caminos y atributos con los que Él se relaciona con nosotros; y también con libre albedrío elegimos regresar a aquellos. Sin embargo debemos ser conscientes de que la dinámica del libre albedrío está ligada a causa y efecto, no como una ley inmutable sino como un proceso de aprendizaje. Así la conciencia humana se desenvuelve dentro de los parámetros de causa y efecto. Igualmente hemos dicho que lo que experimentamos como negativo, inicuo, destrucitvo, restringente y substrayente, existe como referencias para elegir lo opuesto a ellos. Son referencias y no opciones. Este proceso de aprendizaje está diseñado para que finalmente conozcamos y vivamos lo que es bueno y positivo, como modos y atributos que el Creador quiere que elijamos para cada aspecto y dimensión de la vida en el mundo material. El Profeta nos lo recuerda.

“Y Yo dejaré entre vosotros un pueblo afligido y pobre, y ellos se refugiarán en el Nombre de Dios” (Sofonías 3:12)

Nuestra separación de Dios es el resultado directo de inclinarnos a las fantasías e ilusiones de ego, que terminan afligiéndonos y empobreciéndonos a expensas de Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad. Esto es un recordatorio del segundo Mandamiento del Decálogo, el cual es una advertencia contra servir a otros dioses e ídolos ante la Presencia de Dios. Esto significa que Su Presencia ante la que vivimos, que nos creó y nos sustenta, no cohabita con nada diferente a Sus modos y atributos hacia nosotros. Al vivir el dolor y el sufrimiento derivados de las fantasías e ilusiones que nos afligen, el Amor de Dios aguarda nuestro retorno a Él en el refugio de Su Nombre.

“El remanente de Israel no hará maldad, ni hablará mentiras, ni tampoco una lengua engañosa habrá en su boca; porque ellos comerán y descansarán, y no habrá quien los atemorice” (3:13)

Una vez más el segundo nivel nos conduce en un proceso de limpieza donde removemos individualmente y colectivamente las tendencias y los rasgos negativos de nuestra conciencia. Aquello que siempre permanece con nosotros, tras despojarnos de lo que no es necesario, es nuestra Esencia y verdadera identidad que comienza a revelar sus cualidades y atributos. Entonces Amor, como la manifestación material del Amor de Dios, expresa su bondad como lo opuesto a la maldad, la mentira y el engaño, derivados de las ilusiones de ego. Nutrimos nuestra bondad de los modos y atributos de Amor, y descansamos en paz y tranquilidad donde no hay espacio para temores, dudas o incertidumbres. Nos regocijamos en la paz de los atributos de Amor.

“Canta, oh hija de Sión, grita oh Israel; alégrate y regocíjate con todo tu corazón, oh hija de Jerusalén. El Eterno ha quitado tus juicios, Él ha expulsado a tu enemigo. El Eterno es Rey de Israel en medio de ti. Nunca más verás maldad” (3:14-15)

Como hemos indicado frecuentemente en este blog, Jerusalén representa nuestra conciencia de conexión permanente con Dios. En este contexto la hija de Jerusalén es el fruto de esta conciencia, la cual adquirimos al retornar a los caminos y atributos del Creador, que son Su voluntad hacia nosotros. Esto nos libera de nuestras fantasías e ilusiones.

“El Eterno tu Dios está en medio de ti, el Poderoso que te redimirá; Él se regocijará en ti, Él callará de amor, Él se regocijará en ti con cántico” (3:17)

En nuestro conocimiento de la Presencia de Dios como guía regente de la conciencia logramos la verdadera libertad como la Redención Final que añoramos. Ese es el jubileo final tras completar los años, semanas y días de nuestras vidas. Moisés nuestro maestro lo articuló de esta manera:

“Enséñanos a contar nuestros días, para que podamos adquirir un corazón sabio. ¡Vuélvete, Eterno! ¿Hasta cuándo será? Ten compasión de tus servidores. Sácianos en la mañana con tu amorosa bondad, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días. Alégranos conforme a los días que Tú nos has afligido [con nuestra separación de Ti], por los años que vimos maldad. Que Tus obras se manifiesten a Tus servidores, y Tu esplendor sobre sus hijos. Y que la placidez del Eterno nuestro Dios esté sobre nosotros; y dispón para nosotros la obra de nuestras manos; confirma para nosotros la obra de nuestras manos” (Salmos 90:12-17)

Y confiamos que cumpla Su promesa de redimirnos pronto en nuestros días, mediante la gracia de Su Amor.

“Yo los reuniré a quienes están lejos de los días asignados, aquellos de Ti, quienes han llevado de ella la carga de oprobio.” (Sofonías 3:18)

Al integrar la Presencia Divina en todos los aspectos y facetas de la vida, a través de Sus caminos y atributos, entramos en la Conciencia Mesiánica como la promesa de Su Redención Final. Seremos todos congregados como Israel, integrados y unidos. La diversidad de nuestro potencial creativo multidimensional será completamente manifestada como los reunidos hijos de Israel.

“En ese tiempo Yo los traeré, y en ese tiempo Yo los reuniré; porque Yo haré que tú seas un nombre y una alabanza entre todos los pueblos de la Tierra, cuando Yo te haga retornar de tu cautiverio ante tus ojos, dice el Eterno” (3:20)

lunes, 20 de mayo de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (V) Sofonías

“¡Ay de aquella que está ensuciada y corrompida, la ciudad opresora! No escuchó la voz, no fue corregida; no confió en el Eterno, no se acercó a su Dios.” (Sofonías 3:1-2)

Hemos dicho que ciudades (creencias, principios), ciudadelas (apegos, adicciones, hábitos), montañas y colinas (ideas, ideales) todas representan aspectos de la conciencia. Del mismo modo, pueblos y naciones representan las tendencias hacia actuar de acuerdo malos pensamientos, sentimientos, emociones, pasiones e instintos.

En la tercera parte de su mensaje a Israel, el Profeta se refiere a creencias negativas que ensucian, corrompen y oprimen todos los aspectos de la conciencia. Estas concepciones negativas se derivan de elegir las fantasías e ilusiones materialistas de ego como ídolos a servir, en lugar de los modos y atributos de Amor como manifestación material del Amor de Dios consignados en Su Torá y Mandamientos. Idolatría es la causa y efecto de nuestra separación de los atributos del Creador. Esto ocurre cuando confiamos más en los deseos y fantasías de ego que en los caminos de Dios.

“Sus príncipes en medio de ella son leones que rugen, sus jueces son lobos del desierto que no dejan hueso para la mañana.” (3:3)

Las maneras como implementamos los deseos de ego están simbolizados por reyes, príncipes, gobernantes y jueces. Satisfacemos las ilusiones y fantasías de ego cuando nuestra conciencia está controlada por el orgullo y la soberbia, que actúan como leones y lobos que devoran completamente su presa. Su actitud y las circunstancias en las que actúan son desoladoras como un desierto. Fantasías, espejismos e ilusiones que provienen de la nada de donde las imaginamos. Todas provienen de una falsa creencia o sentimiento de carencia, de un lugar desolado en nuestra conciencia.

“Sus Profetas son personas caprichosas y traicioneras; sus Sacerdotes han profanado lo que es sagrado, ellos falsearon la Torá.” (3:4)

En nuestra propia desolación no hay un claro discernimiento bajo creencias, ideas, pensamientos, emociones, pasiones e instintos negativos. Cualquier consejo posible para escapar de ellos se vuelve en contra nuestra, impidiéndonos la salida y oponiéndose a nuestra añoranza de liberarnos de ellos. Al negar y rechazar los modos y atributos de Amor, profanamos lo que es sagrado en nosotros. Nos hacemos traidores de nosotros mismos sin que lo sepamos.

Nuestro mejor discernimiento y juicio (representados por los Profetas y Sacerdotes), capaces de acercar nuestra conciencia al Creador, se mueven contra nosotros. Los aspectos adulterados, corrompidos y opresores de la conciencia transgreden y falsean los caminos y atributos del Creador, que Él nos instruye en la Torá.

“El Eterno es justo en medio de ella, Él no contraviene lo justo; cada mañana Él trae Su rectitud a la Luz, la cual no falla; pero los malvados no conocen la vergüenza.” (3:5)

Este versículo significa que Dios mantiene Su amorosa bondad y rectitud, y jamás se separa de nosotros. No actúa traicioneramente como nosotros, porque Sus modos no son los nuestros. Él hace que el sol salga cada mañana en Su Amor incondicional, pero nosotros no reciprocamos con la misma amorosa bondad. No tenemos vergüenza al rechazar Su Amor en los caminos y atributos que Él nos instruye.

“Hice cortar naciones, sus confines están desolados; hice desiertas sus calles para que nadie pase por ellas; sus ciudades están destruidas para que no haya ningún hombre, para que no haya habitante.” (3:6)

El Amor de Dios disipa la negatividad que acumulamos en nuestra conciencia. La metáfora del desierto tiene doble sentido. Por un lado representa la desolación que creamos en nuestra vida cuando reina la negatividad. Por el otro simboliza el vacío que debemos crear en cada aspecto y dimensión de la conciencia para ser llenado con los modos y atributos de Dios. Nuestros antepasados pasaron cuarenta años en el desierto para transformar su conciencia en vasijas para que el Creador revele Su Presencia en el mundo material. El Profeta destaca esto como el preludio para invitar al Amor de Dios a que habite permanentemente en nuestra conciencia.

“Por lo tanto esperad por Mí, dice el Eterno, hasta el día en que Me levantaré a la presa; porque Mi determinación es reunir las naciones, que Yo congregaré reinos, para poner sobre ellos Mi indignación, hasta todo el fuego de Mi ira; porque toda la tierra será devorada por el fuego de Mi celo.” (3:8)

Una vez más es reiterado el principio de que los caminos del Creador no cohabitan con nada diferente a ellos. Todos los aspectos, potenciales y tendencias de la conciencia, representados por naciones y reinos, deben ser congregados por los caminos de Dios. Este es el inicio de la Redención. El proceso comienza cuando nos damos cuenta que debemos transformar nuestra conciencia a través del fuego de Amor. Amándonos unos a otros y cumpliendo los demás Mandamientos del Creador en Su Torá estaremos cerca de Él. En esta cercanía no hay celos, porque no hay separación.

“Porque entonces Yo haré para los pueblos una lengua limpia, para que ellos puedan llamar el Nombre del Eterno, para servir a Él en un solo consentimiento.” (3:9)

Somos devorados y desolados por nuestra separación del Amor de Dios. Al darnos cuenta de esto comenzamos a retornar a Su Unidad. Esto significa una conexión permanente con nuestro Creador en un solo lenguaje, un solo acuerdo en el que andamos no sólo en los caminos de Dios sino que lo hacemos con Él.

Iniciamos nuestra Redención individual y colectiva al unificar todos los aspectos y dimensiones de la conciencia en lo que somos, tenemos y hacemos. Esta unificación surge al permitir que Amor dirija y guíe todas las facetas de la vida. Así es como llamamos en Nombre del Creador. Hemos dicho que el Nombre de Dios y la Gloria de Dios son el Amor de Dios: Toda la Tierra (al igual que toda Su Creación) está llena de Su Gloria.

“En ese día no serás avergonzada por ninguna de las cosas que transgrediste contra Mí; porque entonces Yo quitaré de en medio de ti tus soberbios, y tú nunca más tendrás soberbia en Mi montaña sagrada” (3:11)

Solamente Amor, como la manifestación del Amor de Dios en el mundo material, tiene el poder para transformar las tendencias negativas en la conciencia (nuestras transgresiones contra Él). Para que el Amor de Dios nos redima debemos eliminar las fantasías e ilusiones de ego. Estas son los soberbios, los arrogantes que no pueden coexistir con los modos y atributos del Creador. Debemos ser conscientes que en el tiempo y lugar donde nos compenetramos con Dios, Su montaña sagrada (Sión, el Templo de Jerusalén), no hay espacio para la agenda de ego.

domingo, 12 de mayo de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (IV) Oseas

El mensaje de Oseas destaca la deserción de la Tribu de Efraim del plan del Creador para Israel. Recordemos que Efraim representa la línea del primogénito que heredó de su padre José. En este sentido Efraim personifica la extensión de la intención que encarna Israel en nuestro Pacto con Dios. Efraim simboliza rebeldía en la conciencia, la cual rechaza la unidad del Creador con Israel y prefiere abrazar la idolatría. Su rebelión antagoniza con la lealtad de la Tribu de Judá, coronada con la realeza, que decide permanecer en Jerusalén.

“Efraim se entregó a ídolos, déjalo” (Oseas 4:17)

En un sentido más profundo, la fuerza de nuestra intención de cumplir el destino de Israel – la primogenitura heredada por Efraim – tiene el poder para dominar y controlar los demás aspectos, niveles y dimensiones de la conciencia, representados por las Tribus de Israel, excepto el sacerdocio (Leví) y el reinado (Judá) que permanecieron en Jerusalén.

El reinado es la culminación de la voluntad de Dios. Es por ello que Judá contiene la Conciencia Mesiánica que es la realización de la Redención Final del Creador en el mundo material. La Conciencia Mesiánica prevalece sobre todo. Judá y Leví permanecieron leales al destino de Israel y se mantuvieron en Jerusalén, mientras que Efraim se rebeló y arrastró consigo las Tribus restantes hacia la idolatría.

“Yo, hasta Yo, conozco a Efraim, e Israel no se esconde de Mí; por ahora, oh Efraim, tú te has prostituido, Israel está manchado” (5:3)

Si uno de los aspectos de nuestra conciencia se adultera por las fantasías de ego y los modos negativos, el resto también se contamina. De ahí que no haya separación porque la conciencia es una a pesar de la diversidad de sus rasgos, niveles y dimensiones. Esto implica que, aun si Judá y Leví permanecieron en Jerusalén, también acabaron corrompidos por la idolatría y la iniquidad.

“Pero la soberbia de Israel se verá en su cara; e Israel y Efraim tropezarán en su iniquidad, Judá también tropezará con ellos” (5:5)

Nuestra Esencia y verdadera identidad se corrompen cuando sucumben a la codicia y el egocentrismo bajo un falso sentimiento o creencia de carencia, que termina saciado a expensas de nuestra vida y la de los demás. Así entendemos lo que el Rey David quiere decir cuando escribió que los hacedores de ídolos se convertirán en sus ídolos, la obra de sus manos. Oseas ilustra con elocuencia el destino de Efraim y Judá cuando eligen abandonar el Pacto de Dios con Israel. De ahí que dependa de nosotros retornar a Él, porque cura las heridas que deja nuestra actitud negativa ante la vida.

“Yo iré y volveré a Mi lugar, hasta que ellos reconozcan su culpa y busquen Mi rostro. En su tribulación Me buscarán con pasión: 'Venid y regresemos al Eterno; porque Él ha quitado y Él nos curará, Él ha golpeado y Él nos vendará. Nos dará vida después de dos días, en el tercer día nos levantará para que vivamos en Su Presencia” (5:15, 6:1-2)

Nuestra separación del Creador no es prolongada. Podría tomar tan sólo unos días siempre y cuando queramos retornar a Él. Dos días representan los dos primeros templos de Jerusalén. En el tercero y definitivo vivimos en  Él. Al añorar el Amor de Dios, Él también añora nuestro Amor como el nexo común con Él.

“Porque Yo deseo la amorosa bondad y no los sacrificios, y el conocimiento del Eterno en vez de ofrendas” (6:6)

Entre más conozcamos a nuestro Creador, más lo amamos y nos apegamos a Él. La fundación de la Conciencia Mesiánica es el conocimiento de Dios, y también su propósito como lo escribió Isaías. El Pacto de Dios con nosotros es eterno, y siempre debemos estar conscientes de ello. Ahí radica nuestra verdadera Redención como la prometió Dios mucho antes de nuestra separación de Su Amor. 

“Y será que en ese día, dice el Eterno, que tú me llamarás Esposo, y nunca más Baalí [mi ídolo]. Porque Yo quitaré los nombres de los Baalim [ídolos] de tu boca, y estos nunca más serán mencionados por su nombre” (2:18-19)

En nuestro conocimiento del Amor de Dios en todas las dimensiones de la conciencia, Él las libera de las tinieblas de las fantasías e ilusiones de ego. Nuestra conciencia es liberada de tendencias y rasgos negativos, simbolizados por las bestias salvajes como pasiones y deseos de los sentidos; pensamientos y sentimientos destructivos ilustrados como aves de rapiña; y los bajos instintos descritos como reptiles.

“Y en ese día Yo haré un pacto para ellos con las bestias del campo, y con las aves del cielo, y con lo que repta sobre la tierra; y Yo romperé el arco y la espada y la batalla en la tierra, y Yo los haré habitar seguros” (2:20)

Nuestras creencias, ideas y pensamientos potencialmente violentos que generan conflicto, rebelión, confrontación y antagonismo son los arcos y espadas que convierten la vida en un campo de batalla. Al permitir que los modos, medios, arbitrios, atributos y fines de Amor guíen y dirijan todos los niveles de la conciencia, comenzamos a entrar en nuestra Redención individual y colectiva. Empezamos a vivir nuestra Redención cuando casamos nuestra conciencia con Amor, como la manifestación material del Amor de Dios.

“Y Yo te desposaré para Mí por siempre; sí, Yo te desposaré para Mí en rectitud, y en justicia, y en amorosa bondad, y en compasión. Y Yo te desposaré para Mí en fidelidad, y conocerás al Eterno” (2:21-22)

En el conocimiento del Creador redimimos nuestra existencia en la libertad de los modos y atributos de Su Amor, que son los heraldos de la Conciencia Mesiánica. Al reconocer y abrazar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad, y lo vivimos como lo que somos, tenemos y hacemos, comenzaremos a vivir el Cielo en la Tierra.

domingo, 5 de mayo de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (III) Joel y Oseas

Hemos dicho que los mensajes de los Profetas hebreos tienen tres niveles para discernir. En Joel, el primer nivel relacionado con nuestra separación del Creador es duro con sus palabras. Esta dureza de hecho es la que experimentamos mientras vivimos sin estar compenetrados con Dios. Sin embargo Él no olvida Su Pacto con Israel.

“Y sabréis que Yo estoy en medio de Israel, y que Yo soy el Eterno vuestro Dios, y que no hay nada más; y Mi pueblo nunca más será avergonzado” (Joel 2:27)

También hemos dicho que nuestra Redención Final se revela cuando tomamos la decisión de retornar a Sus caminos y Mandamientos, realizando bondad y los modos y atributos de Amor como la manifestación material del Amod de Amor. Al permitir que Amor conduzca todos los aspectos y facetas de la vida, el Amor de Dios es revelado a nosotros completamente.

“Y acontecerá después que Yo derramaré Mi Espíritu sobre toda carne; y tus hijos y tus hijas profetizarán, tus ancianos tendrán sueños, tus jóvenes tendrán visiones. Y también sobre los sirvientes y sobre las sirvientas en esos días Yo derramaré Mi Espíritu.” (3:1-2)

Entonces no habrá fantasías ni ilusiones que empañen nuestro discernimiento, pensamientos, creencias, ideas, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Todos estos pertenecen a la carne, a la conciencia material que Dios implantó en nosotros. El Espíritu de Dios, que proviene de Su Amor, los llenará a todos. Todo lo que somos, tenemos y hacemos, simbolizado en nuestros hijos e hijas, finalmente servirá el propósito de nuestra verdadera Esencia e identidad.

Profecía es lo que nos hace ver con claridad. Lo que hemos aprendido (nuestros ancianos) a lo largo de la vida y de nuestra historia tendrá múltiples dimensiones que nunca antes imaginamos. Nuevos pensamientos y nuevas expresiones (nuestros jóvenes) verán y afrontarán la vida con visión diferente. Todos nuestros talentos, destrezas, rasgos y cualidades (nuestros sirvientes y sirvientas) estarán llenos de los modos, medios y propósitos del Creador.

Para poder entrar en la dimensión del Espíritu de Dios tenemos que abandonar nuestros modos anacrónicos, inútiles y negativos. Estos son las amantes, esposas y maridos a los que hemos estado apegados por demasiado tiempo, y que nos han mantenido alejados de lo que realmente somos. El Amor de Dios nos habla cada momento para hacernos conscientes de nuestra verdadera Esencia e identidad. Dios constantemente nos recuerda quién es Él para nosotros. Él es nuestro Creador cuyo Amor forma y sustenta todo. A través de la profecía de Oseas, Dios amorosamente nos pide retornar a Él.

“Apelad con vuestra madre, porque ella no es Mi esposa ni Yo soy su marido; y que ella separe su prostitución de su rostro, y sus adulterios de entre sus pechos” (Oseas 2:4)

Nuestra madre es nuestra conciencia, y en particular el aspecto de esta que sabe pertenecemos a nuestro Creador. En este contexto el conocimiento de nuestra conexión con Dios está representado por Jerusalén. Aquí el Profeta alegóricamente la llama nuestra madre. Mientras estemos “casados” y “prostituidos” con los aspectos inferiores de la conciencia y las fantasías e ilusiones materialistas de ego, sabemos que la bondad de los modos y atributos de Amor están lejos de nosotros.

Hemos indicado frecuentemente en nuestros comentarios es este blog que, de la misma manera que Dios no cohabita con nada diferente de Sus modos y atributos que Él nos muestra en este mundo, lo mismo pasa con los modos y atributos de Amor. Esto quiere decir que Él, ni está casado con nuestra conciencia prostituida, ni esta con Él. En Su amorosa bondad y compasión, Dios nunca olvida ni anula Su Pacto con nosotros. Retornamos al Creador cuando le permitimos limpiar nuestra conciencia de lo que no necesitamos.

“A menos que Yo la desnude, y la ponga como en el día cuando ella nació, y la haga como como un desierto, y la ponga como tierra seca, y la mate de sed” (2:5)

Damos los primeros pasos en nuestro retorno a Dios cuando removemos los modos negativos y las fantasías de ego como vestiduras que nos mantienen apegados, adictos y cautivos a lo que niega nuestra verdadera libertad, que es con Dios. Una vez vaciemos todo lo que niega los modos de Amor, tendremos sed de los modos del Creador como nuestro verdadero hogar.

“Y Yo no tendré compasión de sus hijos, porque son hijos de prostitución. Porque su madre se prostituyó, aquella que los concibió sin pudor; porque ella dijo: 'Yo iré tras mis amantes, que me dieron mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi bebida'.” (2:6-7)

Si no añoramos estar en nuestra verdadera casa ni damos los pasos hacia nuestro retorno, seguimos en el reino de las fantasías e ilusiones de ego. Estas son los hijos de los aspectos negativos de la conciencia, el resultado de cohabitar con lo contrario a los modos y atributos de Amor. Vivimos en las ilusiones de ego creyendo que sustentan y nutren nuestra vida. Es exactamente lo contrario. Las alimentamos con la energía que proviene de nuestra verdadera Esencia e identidad, el alma que el Creador nos dio para vivir. Desperdiciamos nuestro Amor y bondad para sostener las fantasías e ilusiones de ego.

“Y ella correrá hacia sus amantes, pero no los alcanzará, y los buscará pero nos los encontrará; entonces ella dirá: 'Iré y regresaré a mi primer esposo, porque entonces era mejor que ahora'.” (2:9)

El reconocimiento de que el Amor de Dios es nuestra verdadera Esencia e identidad tiene el poder de urgir a nuestra conciencia regresar a Él.

“Porque ella no sabía que era Yo quien le daba su grano, y su vino, y el aceite, y multipliqué para ella plata y oro, que ellos [los hijos de Israel] usaron para Baal” (2:10)

Tengamos presente que las Tribus de Israel son cualidades y rasgos diversos, impresos en la conciencia de cada judío. La Torá, que define nuestra identidad hebrea, nos enseña que todas las Tribus deben estar unidas para servir a Dios según sus capacidades y potenciales individuales.

Hacemos honor a nuestra identidad sirviendo de acuerdo a los caminos del Creador, y no según las fantasías e ilusiones de ego. Estas son los ídolos, los Baal y Baalim, en los que desperdiciamos nuestra vitalidad (grano, trigo), bienestar y felicidad (vino, mosto), nuestro intelecto y conocimiento (aceite), y lo bueno de la vida representados por la plata y el oro.

“Y Yo visitaré en ella los días de los Baalim [ídolos], a los que ella se ofreció, y se adornó con sus aretes y joyas; y fue tras sus amantes y se olvidó de Mí, dice el Eterno. Por ello he aquí que Yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a ella con ternura” (2:15-16)

Al dejar atrás todas nuestras fantasías, ilusiones y deseos materiales, y abrazamos los modos y atributos de Amor, el Amor de Dios nos hablará al corazón con ternura. Cuando nuestro Amor abrace al Amor de Dios, Él llenará todos los aspectos, niveles y dimensiones de la conciencia con Su Redención. La Conciencia Mesiánica se manifiesta en nosotros a partir de esto.

martes, 30 de abril de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (II) Amos

La mayoría de los mensajes de nuestros Profetas al pueblo de Israel están divididos en tres niveles. El primero abarca constantes recordatorios acerca de vivir separados de los Mandamientos, caminos y atributos de Dios, y sus consecuencias. Esta separación es repetidamente enfatizada como resultado de elegir la idolatría en vez de la voluntad del Creador para Israel. En este contexto, idolatría es la elección de seguir las fantasías e ilusiones de ego y no vivir en los modos y atributos de Amor. Las acciones negativas mencionadas por los Profetas hebreos son el resultado de descartar los Mandamientos que definen nuestra identidad como el Pueblo Elegido. El segundo nivel es la transición hacia los caminos que el Creador quiere que sigamos con el fin de retornar a Él. El tercero es la Redención final tras elegir retornar al Creador.

Debemos poner atención al segundo y tercer niveles en los mensajes de nuestros Profetas. Ellos nos indican los medios y caminos de volver a Dios y abrazar sin reservas Su plan para el cual Israel eligió ser Su socio. Para iniciar nuestra transición de los patrones negativos que hemos impreso en la conciencia a lo largo de centenares de generaciones, primero tenemos que retornar a los atributos que el Creador nos ha mostrado en la Torá desde el comienzo de Su Creación. 

“Porque Él forma las montañas, y crea el viento, y declara al hombre lo que este guarda en su pensamiento, que convierte la mañana en oscuridad, y pasa sobre las alturas de la tierra; el Eterno, el Dios de las multitudes, es Su Nombre” (Amos 4:13)

El primer paso para redimir la conciencia del dominio de ego es reconocer que somos menos que el polvo en la inmensidad de la Creación de Dios. Dar una mirada profunda al mundo y al universo, y contemplar sus interminables dimensiones que no podemos asimilar con nuestro discernimiento, en verdad nos hace lo suficientemente humildes para añorar retornar a nuestro Creador. Entonces nos damos cuenta de que todo lo que somos y tenemos proviene de Él, y que ciertamente no poseemos nada ni somos dueños de nada. Al morir sabemos que lo que alguna vez poseímos nunca fue realmente nuestro, y que todo estaba ahí para realizar la voluntad de Dios. Él es el único dueño de toda Su Creación, y a través de lo que Él nos da estamos destinados a cumplir Sus Mandamientos. Aun lo que percibimos como dividido u opuesto a algo, como la oscuridad y la Luz, sirven a Su voluntad.

En los más elevados niveles de la conciencia el Creador pasa en Su majestad para reinar dentro de nosotros, como también reina sobre las multitudes que Él ha creado. Él es el Dios de lo incontable en Su Creación, y esa es Su gloria, Su Nombre. Nunca olvidemos que Él ama Su Creación, porque toda proviene de Su Amor.

“Él, quien hace las Pléyades y Orión, y las tinieblas vuelve en mañana, y hace oscurecer el día en noche; quien llama a las aguas del mar, y las derrama sobre la faz de la tierra; el Eterno es Su Nombre” (5:8)

En este conocimiento nos damos cuenta que no somos nada sin nuestro Creador, y que procuramos retornar a Él como lo desea. En este conocimiento una verdadera vida significa vivirla como Él quiere para nosotros. De lo contrario seguimos en las fantasías e ilusiones de nuestras propias invenciones, los ídolos que creamos bajo la creencia de que somos nuestros propios dioses.

“Porque así dijo el Eterno a la casa de Israel: Buscadme y viviréis” (5:4)

Como mencionamos antes, la transición de las fantasías e ilusiones de ego hacia los modos y atributos de Amor comienza cuando abrazamos la bondad y todo lo que proviene de esta. El Creador nos dice en la Torá cuál es el significado de la bondad en Sus caminos y atributos con los que Él se relaciona con nosotros.

“Buscad el bien y no el mal, para que podáis vivir. Y así el Eterno, el Dios de multitudes, estará con vosotros, como decís. Odiad el mal y amad la bondad, y estableced justicia en los portales. Y será que el Eterno, el Dios de multitudes, tendrá gracia con el remanente de José” (5:14-15)

Sabemos desde que nacemos que la bondad es lo que nos mantiene vivos. La bondad proviene de los modos y atributos de Amor, porque no hay bondad sin Amor. Lo bueno de la vida es Amor, por lo que vivimos. Amor da sentido y propósito a la vida. Amor es lo que crea y sustenta la vida, por lo tanto esta también debe manifestar Amor como su propósito. Al procurar la bondad proveniente de Amor, el Amor de Dios está con nosotros. Al rechazar todo lo que se opone a los modos y atributos de Amor, en verdad somos justos. Al amar ser y hacer bondad manifestamos justicia como rectitud en lo que somos, tenemos y hacemos. Hacemos justicia como rectitud cuando vivimos con bondad y en los modos de Amor. Al vivir con bondad, el Amor de Dios tiene gracia con José quien personifica la primogenitura de Israel, José representa la realización del destino de los descendientes de Israel, sus remanentes.

“En ese día Yo levantaré el tabernáculo de David, caído, y cerraré sus portillos, y levantaré sus ruinas, y lo construiré como en los días de antaño” (9:11)


En nuestra transición del exilio en los dominios de ego hacia la Redención en los modos de Amor, el Amor de Dios reconstruye nuestra conexión permanente con Él. El Profeta Amos se refiere a esta llamándola el tabernáculo del Rey David, el cual representa la conciencia mesíanica. Dios nos recuerda que Él también añora nuestro retorno a Él, tras el dolor y el sufrimiento que nos hemos infligido al separarnos de Él. Dios restaura Su Presencia con nuestra determinación a estar con Él permanentemente.

“Para que ellos posean el remanente de Edom y todas las naciones sobre las que Mi Nombre es invocado, dice el Eterno que hace esto” (9:12)

Una vez guiemos nuestros pensamientos, sentimientos, emociones, pasiones e instintos bajo la conducción de los modos y atributos de Amor, podremos redirigir nuestras tendencias negativas hacia la bondad, rectitud y justicia para nosotros mismos, para los demás y para nuestro entorno. El remanente de Edom y todas las naciones son los aspectos negativos de la conciencia que debemos dirigir en los modos de Amor. En nuestra transición individual y colectiva abandonamos el exilio bajo el dominio de ego, y comenzamos a restaurar la bondad de los atributos de Amor como ciudades y viñedos donde nos regocijamos como nuestra Redención que son. Este es el comienzo de nuestra conexión eterna con Dios.

“Y tornaré el cautiverio de Mi pueblo Israel, y ellos [re]construirán las ciudades devastadas, y vivirán en ellas; y ellos plantarán viñedos y beberán de su vino; ellos también plantarán huertos y comerán el fruto de ellos” (9:14)

El Rey David también nos recuerda las bendiciones de la bondad de Amor: “Él ama la rectitud y la justicia, La tierra está llena de la amorosa bondad del Eterno” (Salmos 33:5), “Porque el Eterno es justo, Él ama la justicia; los justos verán Su rostro” (11:7), “La tierra está llena de Tu amorosa bondad, Eterno; enséñame tus decretos” (119:64), “La amorosa bondad y la verdad se encontraron, la rectitud y la paz se besaron” (85:10)

viernes, 26 de abril de 2013

La Conciencia Mesiánica en la Profecía Judía (I) Miqueas

“Y en el final de los días acontecerá que la montaña de la casa del Eterno será establecida como la mayor de las montañas, y será exaltada sobre [todas] las colinas; y los pueblos acudirán a ella” (Miqueas 4:1)

Debemos comprender y asimilar la profecía hebrea como un hecho que cumple dos propósitos. Estos se manifiestan de manera interna y externa, como algo individual y también colectivo. Existe un lugar en el mundo y un lugar en la conciencia que convergen y se convierte en uno. Este lugar es el monte Sión, el Templo de Jerusalén situado en la tierra de Israel. Es el punto focal y base sobre la cual nos hacemos conscientes de la Presencia Divina en nosotros como personas en lo individual y como Israel en lo colectivo en este mundo.

Este preámbulo es el punto de partida para comprender la conciencia mesiánica de acuerdo al judaísmo. Así nos hacemos conscientes de que la más importante de todas las montañas y colinas es nuestra conexión con el Creador de todo. En este conocimiento todos los niveles de la conciencia están reunidos además de juntos, y acuden unidos hacia Su Presencia.

“Y muchas naciones vendrán y dirán: 'Venid vosotros, y subamos a la montaña del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará Sus caminos, y nosotros andaremos en Sus senderos'; porque de Sión saldrá la Torá, y la palabra del Eterno de Jerusalén” (4:2)

Nos acercamos a la conciencia Mesiánica cuando nuestro discernimiento, pensamientos, ideas, creencias, hábitos, costumbres, apegos, sentimientos, emociones, pasiones e instintos se unen juntos en un proceso natural y no forzado hacia la unidad individual y colectiva necesaria para abrazar al Creador en el lugar que Él estableció para nosotros. Cuando todos los niveles, aspectos y dimensiones de la conciencia son armonizados bajo la conducción y guía de los modos y atributos de Amor, estaremos encaminados hacia nuestra Redención mediante los modos y atributos del Creador. El punto de convergencia de este encuentro es Sión, como el mayor conocimiento de la Presencia Divina en nuestra vida. De ahí se manifiesta en nuestra vida el conocimiento del Creador, y de Jerusalén se manifiesta Su conducción.

“Y Él hará justicia entre multitudes de pueblos, y decidirá respecto a naciones poderosas lejanas; y ellos convertirán sus espadas en arados, y sus lanzas en rastrillos; ninguna nación levantará su espada contra otra nación, y tampoco volverán a aprender guerra” (4:3)

En este punto de convergencia abrazamos la Presencia Divina, y Su Amor transforma los rasgos negativos de todos los niveles, aspectos y dimensiones de la conciencia en cualidades positivas, constructivas y elevadoras. Lo que solíamos infligir contra nosotros mismos y otros es convertido en medios y arbitrios para elevar la conciencia través del conocimiento de Dios. En este conocimiento no hay violencia ni guerras, ni conflictos, disputas, oposición, controversia o antagonismo. Amor, como la manifestación material del Amor de Dios, estará a cargo de conducir todas las facetas de nuestras vidas a través de los modos y atributos del Creador.

“Y él se parará, y alimentará a su rebaño en la fuerza del Eterno, en la majestad del Nombre del Eterno su Dios; y ellos permanecerán, porque entonces él será grande sobre los confines de la tierra” (5:3)

La conciencia Mesiánica se manifiesta a través de la persona asignada por Dios para ser la referencia para nosotros con el fin de seguir los senderos establecidos por el Creador. El Amor de Dios es nuestra fuerza, y Su Nombre y Majestad se revelan en nuestro conocimiento de Él. El Mesías hebreo revela la Redención de Dios para cada rasgo de nuestra conciencia. Esto abarca todos los aspectos de la vida, que también es la tierra en la habitamos en este mundo material.

“Y acontecerá que en ese día, dice el Eterno, removeré tus caballos de ti, y destruiré tus carrozas. Y Yo removeré las ciudades de tu tierra, y derrumbaré todas tus fortalezas. Yo removeré toda hechicería de tu mano, y no tendrás necrománticos. Y Yo removeré tus imágenes talladas, y tus pilares de ti; y no habrá más veneración a la obra de tus manos” (5:9-12)

El Amor redentor de Dios será revelado cuando comencemos a transformar las tendencias negativas de la conciencia a través de la bondad de los modos y atributos de Amor. Dios es quien dirige todo este proceso. Él removerá las fantasías e ilusiones materialistas de ego que nos empujan como carrozas con la fuerza de caballos. Él removerá los apegos y hábitos negativos que son como ciudades y fortalezas edificadas dentro de nuestra conciencia. Él removerá falsas concepciones y creencias que nos hacen esclavos de la avaricia, lujuria, envidia, codicia, indolencia, indiferencia y negligencia. Estas son las falsas ideas que nos hacen creer que podemos controlar y manipular a otros en detrimento de ellos. Son también los ídolos que hemos hecho con nuestras propias acciones, producto de la obra de nuestras manos. El Amor redentor de Dios los removerá a todos de nuestra conciencia, en cuanto permitamos que Amor guíe y dirija todas las facetas de la vida.

“¿Quién es un Dios como Tú, que perdona iniquidad, pasa por alto la transgresión del remanente de Su herencia? Él no mantiene Su ira por siempre, porque Él se deleita en amorosa bondad. Él volverá a tener compasión sobre nosotros, Él someterá nuestras iniquidades. Y Tú arroajarás todos sus pecados dentro de las profundidades del mar. Tú mostrarás fidelidad a Jacob, compasión a Abraham, como lo prometiste a nuestros padres en los días de la antigüedad” (7:18-20)

Sólo el más grande Amor de todos, el Amor de Dios, transforma la maldad que hemos creado en nuestras vidas. Seamos conscientes de que hemos sido los creadores de todos los males que padecemos en el mundo. Hay hambruna porque permitimos la hambruna. Hay violencia porque incitamos violencia. Hay odio porque instigamos el odio. Hay iniquidad porque propiciamos la iniquidad. En ese predicamento, sólo si engendramos Amor y vivimos en sus modos, medios y atributos, entraremos en la conciencia Mesiánica, individualmente y colectivamente. Seremos redimidos de todas nuestras iniquidades y de lo negativo cuando comencemos a vivir en Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad. Amor como la manifestación material del Amor de Dios.

domingo, 3 de marzo de 2013

Vayajel-Pekudei: Reafirmando el Nexo con Nuestro Creador

Nuestro mayor conocimiento del Creador nos habilita para compenetrarnos con Él. Suena obvio que entre más conozcamos algo o a alguien, más estemos relacionados con aquello o aquel. De lo que se trata aquí es de aplicar este hecho obvio a algo real y práctico. Eso quiere decir que hay veces en las que nuestro conocimiento de algo no necesariamente implica que estemos suficientemente ligados a ello. En este sentido nos referimos al conocimiento de Dios como nuestra conexión continua con Él. Esto es lo que queremos dar a entender cuando llamamos a Moisés nuestro mayor conocimiento del Creador, ya que él personifica nuestra relación con Él. Esto explica el papel de Moisés a lo largo de su vida junto con los hijos de Israel, como lo narran las dos últimas porciones del libro del Éxodo: “Todo el trabajo del [la construcción del] Tabernáculo de la Tienda de Asamblea fue completado; los hijos de Israel [lo] habían hecho según lo que el Eterno había encomendado a Moisés, entonces lo habían hecho”, “De acuerdo con todo lo que el Eterno había encomendado a Moisés, lo hicieron los hijos de Israel todo el trabajo. Moisés vio todo el trabajo y ¡he aquí! Ellos lo hicieron tal como el Eterno había encomendado, así lo habían hecho. Entonces Moisés los bendijo a ellos” (Éxodo 39:32, 42-43)

Moisés nuestro maestro nos muestra cómo funciona la conexión con el Creador: “Así hizo Moisés de acuerdo a todo lo que el Eterno le había encomendado, así él [lo] hizo” (40:16) Nuestra conexión con Dios es toda la razón de nuestra vida porque provenimos de Él y hacia Él retornamos de las fantasías e ilusiones de ego. Nuestro conocimiento del Creador es directamente proporcional a nuestra separación de la agenda de ego. Dicho de otro modo, entre más vivimos en nuestras ilusiones de grandeza, más lejos estamos de nuestra verdadera Esencia e identidad. Podría sonar bastante obvia y lógica la manera en la que debemos abordar nuestra relación con Dios, pero de hecho depende de nuestro conocimiento de los modos y atributos con los que Él se relaciona con nosotros y toda Su Creación. Estas son las maneras como Él revela Su Presencia en nosotros, porque nuestra Esencia y verdadera identidad emanan de Sus caminos y atributos que aquí llamamos el Amor de Dios.

Esto se trata de algo práctico, ya que que nuestra relación con Dios no es para nada teórica. La Torá nos indica los medios y arbitrios para vivir plenamente nuestro nexo permanente con Dios. En el primer Mandamiento que Él nos dio en la salida de Egipto está el punto de partida: “Aconteció [que] en el primer mes, en el segundo año, en el primer día del mes, que el Tabernáculo fue establecido” (40:17) Dijimos en otros comentarios en este blog que la renovación de la luna también representa nuestra renovación como individuos y como Nación. Esto implica que no hay comienzos ni finales sino renovaciones constantes en nuestras vidas cuando las consagramos al Creador. Esto explica la inauguración del Templo en el novilunio del mes cuando el Eterno nos liberó de Egipto, de la casa de esclavitud. Hay una conexión entre nuestro nexo permanente con Dios (representado por el Tabernáculo) y la constante renovación de nuestra relación con Él, como premisa para abordar la vida en el mundo material. La Torá nos recuerda frecuentemente que una vez establecemos nuestra conexión con Dios, Él también está constantemente con nosotros: “Porque la nube del Eterno estaba sobre el Tabernáculo de día, y había fuego en ella de noche, ante los ojos de toda la casa de Israel en todas sus jornadas” (40:38)

Vayajel y Pekudei narran los detalles de la construcción del Tabernáculo para enfatizar la importancia de nuestra relación con Dios, porque sin esta la vida carece de verdadero significado. Los detalles parecen inclusive redundantes, pero debemos entenderlos mediante lo que significan respecto a los aspectos y dimensiones de la conciencia que debemos dirigir y dedicar a nuestra relación con Dios. La idea no es repetir por repetir, sino destacar y enfatizar el entero propósito de nuestra existencia. El Tabernáculo como nuestra conexión permanente con el Creador es precisamente ese propósito. De ahí que también tengamos que repetir lo que ya hemos dicho anteriormente respecto a esto. De hecho ese ha sido y es el propósito de nuestro blog. Queremos llamar nuestra atención sobre la identidad judía, sus orígenes, sus significados, y especialmente sus propósitos. La Torá los contiene e integra a todos para que como judíos reconozcamos, abracemos y realicemos nuestra Esencia y verdadera identidad. Esto a diferencia de las ilusiones y fantasías de ego, como los ídolos que estamos destinados a derrotar con el fin de entronizar los modos y atributos de Amor en todos los niveles y dimensiones de la conciencia.

Debemos insistir en que nuestra relación con Dios se basa en Amor como nuestro nexo común con Él. Proclamamos este principio antes y después de recitar “Escucha [entiende] oh Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno [y Único]”. Entonces citemos el libro de rezos judíos con la bendición introductoria en la mañana: “Tú [Dios] nos amas con un amor infinito, oh Eterno nuestro Dios (...) Haz que nuestros corazones entiendan, escuchen, enseñen, cuiden, realicen y mantengan todas las enseñanzas de Tu Torá con amor (…) Y Tú nos has acercado a Tu gran Nombre por siempre en verdad, para agradecerte a Ti, y proclamar Tu Unicidad con amor. Bendito eres Tú, Eterno, que elige a Su pueblo Israel con amor”. En la noche proclamamos, “Con amor eterno Tú has amado la casa de Israel, tu pueblo. (…) Que Tu amor nunca se aparte de nosotros. Bendito eres Tú, Eterno, que ama a Su pueblo Israel”. Y después decimos “Amarás al Eterno tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y todas tus fuerzas”. Al proclamar la Unicidad de Dios también nos proclamamos como parte de Él con Amor.

Así es como tenemos que entender el Tabernáculo como el tiempo y espacio más allá de toda comprensión, en donde conocemos nuestra Esencia e identidad como parte de nuestro Creador. Nos damos cuenta de ellos a través de Amor como nuestro nexo común con Él. En este conocimiento no hay fantasías ni ilusiones, porque la única Verdad en que vivimos es Dios. Y nada más. De ahí que debamos conocerlo a Él como la Fuente de la que emana todo. Por eso es que estamos aquí. Esa es nuestra identidad. Ese es nuestro destino.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.