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domingo, 13 de enero de 2013

Bo: Liberándonos de los Dominios de Ego

El mensaje esencial del libro del Éxodo es la transición de la esclavitud a la libertad, y debemos asimilarlo como un proceso continuo en todos los niveles de la conciencia. La libertad es relacionada generalmente a un estado sin limitaciones, en el que estamos separados de cualquier cosa que nos somete contrario a nuestra voluntad, y a pesar de nuestro libre albedrío. Tenemos que integrar esta definición general a lo que somos capaces de discernir y que queremos discernir. A lo que pensamos y queremos aprender. A lo que deseamos y queremos experimentar con nuestra mayor intensidad. Entonces se trata de cómo exactamente queremos vivirlo. En este punto decisivo tenemos que poner atención a quién o qué responde la pregunta, ya sea ego con sus fantasías e ilusiones o Amor con sus modos y atributos.

En esta tercera porción del libro del Éxodo, el faraón como actitud egocéntrica extrema ante la vida se presenta a sí mismo como el máximo antagonista que el Creador jamás tuvo entre humanos. No vemos en ninguna parte de la Torá una relación similar entre Dios y alguna de Sus criaturas.

El faraón es elocuentemente definido como el único ser humano que se atrevió a desafiar la voluntad del Creador, además de negarse a reconocerlo como el único Dios que posee y controla Su Creación (¡incluido el faraón, por supuesto!). Nuestros Sabios tienen toda la razón al igualar al infame rey de Egipto con la poderosa fuerza motriz que conocemos como ego. Seamos verdaderamente honestos con nosotros mismos y admitamos lo cierto que hay detrás de esto.

La mayoría de lo que pensamos o creemos en nuestra conciencia, y lo que pensamos o creemos fuera de esta, es el resultado de nuestra posición “personal” e “individual” egocéntrica ante la vida (ver nuestros comentarios anteriores sobre la Parshat Bo: “Luz como Nuestro Destino” del 1 de febrero de 2011, y “De la Oscuridad a la Luz” del 22 de enero de 2012).

Dejemos de evadir el hecho de que somos los dioses de nuestra existencia individual, ¡y además convencidos de que la controlamos! Y como si fuera poco, de que también controlamos a otros (o tratamos de hacerlo). En este sentido probablemente una buena cantidad de agnósticos y ateos deben sus creencias a sus respectivos egos. La Torá resume este tipo de mentalidad así: “Entonces Moisés y Aarón vinieron al faraón y le dijeron, 'Así ha dicho el Eterno, el Dios de los hebreos: “¿por cuánto tiempo más te negarás a ser humilde ante Mí”?'” (Éxodo 10:3).

En el caso del faraón, su egocentrismo era tan extremo que lo condujo a destruir su propia conciencia, y sus dominios: “Los sirvientes del faraón le dijeron, '¿Hasta cuándo esto será un obstáculo para nosotros? Deja que el pueblo [de Israel] se vaya y sirvan a su Dios. ¿Acaso aun no has visto que Egipto está perdido'?” (10:7).

Arriba mencionamos que tenemos que escuchar, ya sea la voz de ego como portavoz de fantasías, deseos e ilusiones materialistas o la voz de Amor como portavoz de lo bueno para la vida. Hemos repetido muchas veces en este blog que el judaísmo define Amor no como pensamiento, emoción, sentimiento o pasión, sino como el principio ético detrás de estos.

Amor por sí mismo es un fundamento ético, como manifestación del Amor de Dios que igualmente contiene valores, principios, modos, medios y atributos. El Creador nos enseña a amar de la manera en la que Él nos ama. Nuestra referencia de Amor es el Amor de Dios, y nada más.

Este fundamento ético nos muestra sus modos y atributos para que con ellos conduzcamos todos los niveles y dimensiones de la conciencia: “Moisés dijo, 'con nuestros jóvenes y con nuestros ancianos iremos, con nuestros hijos y con nuestras hijas, con nuestros rebaños y con nuestro ganado iremos, porque es una festividad del Eterno para nosotros'. (10:9).

Este último versículo es primordial para entender que nuestro nexo con el Creador existe prescindiendo de edad o género.

También nos recuerda que cuando nos reunimos en las plegarias (las cuales reemplazaron las ofrendas de sacrificios en el Templo de Jerusalén), estamos unidos y juntos en círculo ante Dios.

Ya hemos dicho en otros comentarios que la palabra hebrea para “festival” significa “reunirse en círculo” o hacer un círculo.

También indicamos que esta actitud circular es exactamente opuesta al modelo piramidal de la sociedad representada por Egipto bajo el mando del faraón. Este modelo es resultado de la mentalidad egocéntrica que impone separación según la conveniencia y los caprichos de ego. A pesar de su destrucción por voluntad de Dios para presentar a Israel ante la humanidad como el modelo circular apropiado para la sociedad, el modelo piramidal continuó imponiéndose en Babilonia, Persia, Grecia, Roma, y otras naciones hasta nuestros tiempos.

Esta mentalidad piramidal divide la sociedad en niveles, castas, clases y categorías en las que supuestamente hay seres humanos inferiores y superiores. La misma engendra y justifica ideologías totalitarias que promueven racismo, segregación, discriminación, intolerancia, fanatismo, y perpetra persecuciones y genocidios. Estos “valores” llegan al extremo de divinizar humanos precisamente para justificar que superioridad e inferioridad. Con esto reafirman su mentalidad oscurantista. De ahí entendemos la idolatría y su manifestación contemporánea en el capitalismo salvaje y la sociedad de consumo. Este oscurantismo ilustra las tinieblas que el faraón y los egipcios trataron de imponer en los hijos de Israel, y “con mano fuerte y brazo extendido” el Creador lo volvió obsoleto. Los israelitas fueron las víctimas escogidas por Dios para enseñarle una lección a la humanidad acerca de las bondades del círculo como lo opuesto a la pirámide. Lamentablemente la humanidad no ha aprendido lo suficiente de los hebreos y del Dios de Israel.


Después de las plagas, los egipcios parecieron aprender que vivir bajo el sistema piramidal del faraón es como estar muertos: “Entonces los egipcios apuraban al pueblo y se apresuraron a sacarlos de la tierra, porque dijeron 'nosotros todos estamos muertos'.” (12:33) El Éxodo de Egipto, como Redención que fue para los hijos de Israel, no significa un fin de la esclavitud sino un comienzo de la libertad. Dijimos arriba que la libertad se define y se abarca según la agenda de ego, o según los modos y atributos de Amor. Si hemos aprendido algo de todo esto, nos daremos cuenta que vivimos en verdadera libertad cuando salimos de las restricciones y limitaciones impuestas por las ilusiones de ego. Una vez lo hayamos asimilado, el próximo paso es entronizar los modos de Amor en todas las dimensiones de la conciencia, y en todos los aspectos de la vida.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Vayigash: Amor como la Conciencia Mesiánica

Amor domina y transforma las expresiones negativas de la conciencia humana. Esto suena como un axioma, considerando que Amor es su propia causa y efecto, lo cual quiere decir que los modos y atributos de Amor son los medios para revelar Amor donde y cuando esté ocultado. Esto reafirma el principio de que Amor está presente en toda la Creación, como manifestación material del Amor de Dios. De ahí que Amor sea el principio fundamental que dirige todos los aspectos de la vida, mediante el cual expresamos nuestra verdadera identidad. Se supone que somos, tenemos y hacemos lo que define nuestra Esencia e identidad, aquello que da significado y trascendencia a nuestra existencia. Cualquier cosa diferente a los modos y atributos de Amor niega lo que realmente somos. En este contexto asimilamos la prevalencia de José entre sus hermanos, tal como lo predijeron sus sueños.

Debemos enfatizar una vez más que ética, rectitud, justicia y equidad son inherentes a los modos y atributos de Amor. Estos principios son los medios a través de los cuales Amor corrige, transforma y endereza los efectos de creencias, ideas, pensamientos, emociones y sentimientos negativos. En este sentido, Amor no es algo pasivo, permisivo, consentidor, indulgente y olvidado de una actitud negativa y degradante en la vida; sino algo activo, corregidor, rectificador, despertador, y directriz permanente hacia lo positivo, mejorado, y dignificante en la vida. Amor verdadero implica y exige pureza, integridad y verdad como medios para realizar lo que es correcto, justo, equitativo y consecuentemente bueno. Esto con el fin de hacer prevalecer los modos y atributos de Amor en todas las dimensiones de la conciencia. Como ya hemos dicho, encontramos Amor a través de aquello que es inherente a este. Ver en este blog Vayigash: “Vivir en la Voluntad del Creador” del 25 de diciembre de 2011.

Esta es también la actitud de José antes de finalmente “revelarse” a sus hermanos. Debe asegurarse de que todos los rasgos y tendencias negativas en la conciencia estén completamente corregidos, antes de manifestar toda la bondad que Amor es como principio regidor en la Creación de Dios. Realizamos este principio cuando nuestro libre albedrío está en consonancia con nuestro discernimiento. Lo que quiere decir que, una vez liberamos nuestro discernimiento de referencias negativas, nuestro juicio actúa de acuerdo a rectitud, equidad y justicia, como los modos de Amor para rectificar y transformar aquello que los rechaza. Este juicio que nos dirige y guía también es representado por Judá, y esta cualidad fundamental lo conduce a convertirse en el principio redentor inherente a la conciencia mesiánica. Esta es la principal razón por la cual Judá es el heredero de la realeza de Israel, y no José.

Ya hemos indicado que José representa Amor como la manifestación del Amor del Dios en Su Creación, y también representa el principio conductor que caracteriza la identidad y misión de Israel, de ser Luz para las naciones. Es por ello que Israel es el elegido para revelar la Presencia Divina, el Amor de Dios, en el mundo material. En este contexto José es Israel, tal como nos lo recuerda el Rey David: “Óyenos, oh Pastor de Israel, Tú que guías a José como un rebaño; Tú que estás entronizado sobre los querubines, ilumina[nos]. (…) Con Tu poderoso brazo Tú redimiste a Tu pueblo, los descendientes de Jacob y José. Por siempre.” (Salmos 80:2, 77:16) De ahí que José, como heredero de la primogenitura de Jacob, también simboliza a Israel como el elegido para revelar el Amor de Dios. José no necesita probar nada, excepto ser quien es y lo que él representa como identidad de Israel. Nosotros judíos somos Israel, la extensión de Abraham, Isaac, Jacob y José como principios conductores, y Judá es el ejecutor de esos principios como modos y atributos de Amor.

Judá es nuestro discernimiento y juicio libres de aquello que niega o contradice los principios de Amor como regentes y soberanos en todos los aspectos de la vida. A través de nuestro buen juicio corregimos y transformamos lo que nos separa de la bondad de Amor. Esta misma que redime y sustenta la vida en nuestro tránsito sobre la tierra. Esta capacidad de discernir y corregir es la que nos conduce hacia nuestra Redención individual y colectiva. 

Judá rectificó cuando Tamar compareció para explicar su embarazo, y lo hizo también cuando confrontó a José ante sus intenciones respecto a Benjamín. Esta convicción y determinación convirtieron a Judá en el elegido para reinar entre las Tribus de Israel, y como portador de la conciencia mesiánica. Así es que como judíos estamos destinados a manifestar nuestra Redención individual y colectiva, corrigiendo y transformando los aspectos negativos de la conciencia, mediante el poder redentor de los modos y atributos de Amor.

En este contexto José representa Amor, y Judá nuestra capacidad para disipar las ilusiones, fantasías y deseos negativos de ego, con el fin de abrazar Amor como nuestro nexo común con el Amor de Dios. A través de Judá entronizamos Amor como regente y soberano de todos los aspectos de la vida. Esto quiere decir que integramos la conciencia mesiánica en nuestra vida mediante nuestro discernimiento y juicio, libres de falsas creencias y sentimientos de carencia. Los hermanos de José se separaron de él como resultado de su envidia, celos y odio, bajo la creencia y sentimiento de que carecían de las cualidades de José, las cuales lo hicieron más amado por su padre. 

Las preguntas que habría de hacerse en aquel entonces eran, ¿qué nos hace menos amados por nuestro padre? ¿Qué se supone es aquello que hace a José mejor que nosotros? ¿Qué nos hace creer que vamos a perder algo a manos de otro? La respuesta entonces y ahora es que, mientras los modos y atributos de Amor permanezcan en todos los niveles de mi conciencia, así como estoy consciente de que el Amor de Dios siempre está conmigo, nada ni nadie podrían oponerse a ello. En este conocimiento permanente soy Amor como la manifestación material del Amor de Dios, de donde provengo. Y nada más. Mientras me ciña a la voluntad de Dios, prevalezco como lo que verdaderamente soy.

El Profeta también nos recuerda que en la unidad de Israel está nuestra Redención: “Decid a ellos, 'Así dice Dios el Eterno: “He aquí que Yo tomaré la vara de José, que está en la mano de Efraín y sus acompañantes, las Tribus de Israel; y Yo los pondré con él con la vara de Judá, y los haré una [sola] vara, y ellos se convertirán en uno en Mi mano”.'” (Ezequiel 37:19), “Y nunca más se profanarán con sus ídolos [bajos pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos], con sus cosas detestables, ni con todas sus transgresiones, y Yo los redimiré de todas sus moradas [falsas creencias e ideas negativas] en las que transgredieron, y Yo los purificaré; y ellos serán para Mí como un pueblo, y Yo seré para ellos como un Dios” (37:23)

domingo, 9 de diciembre de 2012

Mikeitz: Rectificando hacia el Amor de Dios

Hemos dicho que la conciencia tiene los potenciales para transformar lo que percibimos, creemos, sentimos y hacemos. De ahí que estos potenciales estén ligados al libre albedrío. Somos capaces de transformar siempre y cuando podamos tener esa opción. Entonces primero debemos saber lo que nos impide hacer lo correcto, y elaborar un inventario de los que nos da libertad y lo que nos mantiene cautivos. Así nos damos cuenta que las fantasías e ilusiones de ego son nuestras prisiones, y que los modos y atributos de Amor son nuestra verdadera libertad.

Este es un preámbulo para comprender lo que representa José por un lado, y sus hermanos por otro. Mientras vivamos en la ilusión de envidia, celos, odio, ira y demás pensamientos, emociones, pasiones y sentimientos negativos, no podremos vivir en paz ni expresarnos con paz.

Tal ilusión nos conduce a crueldad y destrucción que nos separan de los modos y atributos de Amor. De ahí que las ilusiones de ego nos impidan reconocer Amor, aunque Amor siempre reconoce las ilusiones con el fin de transformarlas en situaciones y atributos positivos: “Entonces José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él.” (Génesis 42:8).

No podemos reconocer Amor cuando elegimos las ilusiones negativas de ego. Tenemos la tendencia a cometer errores todo el tiempo cuando no discernimos, pensamos, sentimos o actuamos con Amor. Las transgresiones como errores son el resultado de vivir en algo que no es real. Por lo tanto tenemos que hacer el inventario que mencionamos antes para identificar nuestras ilusiones negativas. Lo hacemos a través de Amor, porque nos muestra la salida.

Amor sabe lo que es mejor. Es así como también comprendemos nuestras confusiones, dudas, incertidumbre, y también sueños: “(...) Y despertó el faraón, y he aquí que era [un] sueño. Y aconteció que en la mañana estaba agitado su espíritu; y envió e hizo llamar a todos los necrománticos de Egipto, y a todos sus sabios. Y el faraón les contó sus sueños, pero no había quien los aclarase al faraón.” (41:7-8).

Podríamos llegar a comprender o interpretar ilusiones en las que vivimos, incluidos nuestros sueños, si en particular nuestra vida está atada a ellos. Y esto no podemos hacerlo apelando a más ilusiones producto de falsas concepciones o creencias (los mecrománticos y sabios de Egipto).

Como ya dijimos, Amor conoce la salida y los medios para hacer nuestra vida significativa, útil, productiva, constructiva, fructífera y plena. José demostró ser merecedor de la primogenitura para conducir a sus hermanos en los caminos y atributos del Creador. Del mismo modo reconozcamos Amor como el primogénito entre todos los niveles y dimensiones de la conciencia, el regente destinado a guiar y dirigir todos los aspectos de la vida en el mundo material.

Amor es el catalizador para transformar, redimir y elevar todo lo que somos hacia el Amor de Dios. Hemos indicado que cada personaje y situación presentados en la Torá representan rasgos y cualidades potenciales en nuestra conciencia. Todos tenemos lo que son José y sus hermanos, y es nuestra tarea despertarlos y manifestar sus potenciales positivos.

Hay un potencial de bondad y rectitud dentro de nosotros que nos conduce a andar en los modos y atributos de Amor. Del mismo modo, hay maldad potencial que nos hace caer en las tinieblas de creencias, pensamientos, sentimientos, emociones, pasiones e instintos negativos. Todos están aquí y ahora para recordarnos que el Creador nos dotó con libre albedrío para elegir lo bueno y lo correcto para nosotros, como individuos y como colectividad.

José eligió bondad y rectitud para transformar la negatividad y su potencial destructivo en lo opuesto a ella. Nos referimos a este tema en nuestros comentarios anteriores sobre la Parshat Mikeitz: “Amor, el Gobernante en los Dominios de Ego” del 28 de noviembre de 2010 y Mikeitz: “Cuando el Creador está con Nosotros” del 18 de diciembre de 2011.

Este es el legado de José como la extensión primordial de su padre Israel. Esto explica por qué la Torá se refiere a la descendencia de Jacob como José, porque todos los descendientes de Jacob poseen las cualidades de José. Esto es lo que Jacob y la Torá quieren de todo judío tenga, por lo tanto José es también Israel como nuestra identidad judía.

De ninguna manera quiere decir que despreciemos o rechacemos al resto de los hijos de Jacob. Como ya lo mencionamos, las doce Tribus de Israel representan potenciales específicos en nuestra conciencia para revelar la Presencia Divina en el mundo material. Esto ocurre manifestando Amor en cada aspecto de la vida como expresión material del Amor de Dios:

“Me alegré cuando me dijeron, 'Vamos a la Casa de Eterno'. [En] Nuestros piés parados ante tus portales, Jerusalén Jerusalén, la edificada, ciudad unida y junta, adonde ascendían las Tribus, las Tribus del Eterno, como estatuto para Israel, para dar gracias al Nombre del Eterno.” (Salmos 122:1-4).

Estos versículos definen la unidad e indivisibilidad de Jerusalén como nuestra conciencia de Amor que nos une al Amor de Dios. En este sentido, las Tribus de Israel también están unidas para ascender al conocimiento dirigido a reconocer a Dios como nuestro Creador y razón de ser. De ahí que expresemos nuestra gratitud a Su Amor.

Esto lo realizamos cuando todo el potencial de bondad en cada aspecto de la conciencia está encaminado y armonizado por Amor como el poder que conduce la vida. A su tiempo los hermanos de José rectificaron su envidia, celos, odio y crueldad mediante los modos de Amor manifestados por la manera en la que José unificó las Tribus de Israel hacia el propósito común de santificar el Nombre de Dios.

Este es el contexto de Jerusalén, “la edificada, ciudad unida y junta”, como culminación del ascenso de las Tribus hacia Dios. Dicho de otro modo, no hay Jerusalén sin Israel. Es así como asimilamos el carácter eterno e indivisible de la capital de Israel.

Meiketz termina con el emotivo encuentro de José con su hermano menor. Benjamín representa cualidades especiales, considerando que aún no había nacido cuando sus hermanos se inclinaron ante Esaú, y tampoco participó en la venta de José. Nuestros Sabios señalan que, debido a estas razones y sumadas al hecho de que acompañó a su padre Israel en su vejez, Benjamín fue recompensado con la porción territorial donde sería construido el Templo de Jerusalén:

“Y él [José] levantó sus ojos y vio a Benjamín, su hermano el hijo de su madre, y él dijo, '¿es este vuestro hermano menor, de quien vosotros me hablasteis?' Y él dijo, 'Que el Eterno te agracie, hijo mío'.” (Génesis 43:29) porque somos agraciados por el Amor de Dios cuando no nos inclinamos a lo negativo, evitamos vender la bondad de Amor por ilusiones materiales de ego, y vivimos acompañados del poder regidor de Amor.

Entonces nuestra recompensa es Jerusalén como nuestra conexión permanente con el Amor de Dios. En este conocimiento nos alegramos cuando todos los aspectos y dimensiones de la conciencia están unidos mediante Amor. Este mismo Amor nos convoca para ascender a Jerusalén... ¡Jerusalem!

domingo, 30 de septiembre de 2012

V'zot HaBrajá: Dios es la Bendición

“Y esta es la bendición con la que Moisés, el hombre de Dios, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte” (Deuteronomio 33:1)

Hemos dicho que el Creador es la bendición por el hecho de que Él es Dios, y todas las bendiciones provienen del Él porque Él es bueno, y toda bondad emana de Él. La principal manifestación de Su bendición en Su Creación es la Torá, la cual confirió a los hijos de Israel como los portadores de Su bondad. Israel es el punto focal, el eje donde el Amor de Dios es un pilar que se expande, tal como está escrito en la propia Torá.

“Ciertamente Él ama pueblos, todos Sus sagrados en Su mano, en torno a Tus piés, portando Tus palabras. La Torá que Moisés nos encomendó es [la] herencia de la comunidad de Jacob [Israel].” (33:3-4)

La Torá es nuestra herencia como legado e identidad para que Israel la sostenga para el mundo.

Hemos reiterado una y otra vez que la Torá es la identidad de Israel, y como tal es nuestra “Constitución” como individuos y como Nación. Estamos bendecidos con una identidad concedida por el Creador mismo para que la vivamos, la ejerzamos y la mantengamos como nuestra más grande y sublime bendición, de la cual emanan todas las bendiciones. ¿Estamos plenamente conscientes de nuestra herencia? ¿De veras hemos comprendido y asimilado nuestra identidad? Estas preguntas debemos formularnos individualmente como judíos y colectivamente como Israel.

Las respuestas comienzan conociendo al Creador que es quien nos confiere nuestra herencia e identidad, como nuestro más elevado conocimiento de Él en nuestra conciencia. Este conocimiento es el medio para recibir y vivir las bendiciones de Dios, la Bendición que es Él. En nuestra conciencia individual y colectiva de la bondad de Dios de hecho estamos bendecidos. En esta realización reconocemos lo bueno que es todo lo que Dios creó, incluidos nosotros, y así también podemos ser buenos y hacer lo bueno (ver en este blog nuestro comentario sobre la Parshat V'zot HaBrajá: “Abrazando el Legado de Amor Divino” del 12 de septiembre, 2010 y “Reconociendo Nuestro Legado” del 9 de octubre de 2011).

Las bendiciones de Dios son multidimensionales como también lo es la conciencia humana, y para Israel nuestra polifacética identidad está integrada por doce cualidades, rasgos, talentos y destrezas, destinados a elevar su máximo potencial a diferencia de los potenciales inferiores que representan los aspectos negativos de la conciencia. Es en este contexto que entendemos y asimilamos las bendiciones que Moisés dio a las Tribus de Israel antes de su muerte.

Recordemos que en nuestros rezos diarios judíos bendecimos al Creador por sus bendiciones para Israel.

“Otórganos paz, bondad y bendición, gracia, amorosa bondad y compasión sobre nosotros y sobre todo Israel, Tu pueblo. Bendícenos Padre nuestro como a uno con la Luz de Tu rostro; porque con la Luz de Tu rostro nos has dado, Eterno nuestro Dios, la Torá de vida y amorosa bondad, y rectitud, y bendición, y compasión, y vida, y paz; y que sea bueno a Tus ojos bendecir a Tu pueblo Israel en todo tiempo y en todo momento con Tu paz. Bendito eres Tú, Eterno, que bendice a Israel con la paz.”

Con razón esta es la bendición con la que termina la amidá, la plegaria de pié ante Dios, porque la misma abarca todas las bendiciones que Israel recibe de Él. Debemos destacar que paz también abarca las bendiciones de Dios para Israel. Hemos indicado varias veces que la palabra shalom significa mucho más que paz. También quiere decir eternidad, totalidad, integración  y completación tanto en tiempo como en espacio; los mismos significados de olam, generalmente traducido como mundo o universo.

Notemos que las cualidades señaladas en esta bendición --benevolencia, gracia, amorosa bondad y compasión-- son algunos de los atributos del Creador revelados a Moisés (Éxodo 34:6-7), y contenidos en la Torá como instrucción específica de Dios a Israel.

Seamos conscientes de que recibimos estas bendiciones para ser estas bendiciones. Como dijimos arriba, la mayor bendición es la Torá del Creador como nuestra herencia, legado e identidad. Tenemos que llegar a ser lo que somos y manifestar lo que somos, nuestra Esencia y verdadera identidad, los atributos que el Creador quiere que integremos en cada aspecto de nuestra vida. Y estos son los modos y atributos de Amor como la manifestación material del Amor de Dios por nosotros y por Su Creación.

Las cualidades más refinadas que poseen el mayor potencial de bondad son las bendiciones más sublimes.

“Y de Leví, él [Moisés] dijo: 'Tu Tumim y Urim pertenecen a Tu hombre bondadoso [el sumo sacerdote] (…) Ellos enseñarán Tus ordenanzas a Jacob, y Tu Torá a Israel; ellos pondrán incienso ante Ti, y elevarán ofrendas sobre Tu altar. Que el Eterno bendiga su ejército y acepte favorablemente la obra de sus manos; quebrante los miembros de sus enemigos y de quienes se levanten contra él, para que no se puedan reponer.” (Deuteronomio 33:8,10-11)

El sacerdocio es el guardián y protector de nuestra herencia, legado e identidad, como las cualidades que sostienen el conocimiento de nuestra conexión permanente con Dios.

“Y de José, él dijo: 'Su territorio será bendecido por el Eterno con rocío, con la dulzura de los cielos, y con el abismo que habita debajo, y con la dulzura de los frutos del sol, y con la dulzura de lo que concede la luna, y con las cosechas de las montañas, y con la dulzura de las colinas eternas, y con la dulzura de la tierra y su plenitud, y mediante la dicha de Aquel que mora en la zarza ardiente. Que venga sobre la cabeza de José y sobre la corona del que fue separado de sus hermanos'.” (33:13-16)

Para asimilar plenamente esta bendición debemos recordar la historia de José, y en lo que se convirtió él para sus hermanos y para el resto de su familia. 

José representa el Amor redentor que transforma, unifica y armoniza los aspectos negativos de la conciencia tales como odio, celos, envidia, resentimiento, remordimiento, juicios, desconfianza, temor, crueldad, indiferencia, indolencia, negligencia, violencia y lo potencialmente destructivo en pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. José representa Amor como sabiduría, comprensión, conocimiento, verdad, prevalencia, honor, rectitud y regencia.

Estos rasgos son la bendición de la vida, como la tierra en la que habitamos cada momento, y representan la dulzura de los niveles más elevados de la conciencia como el rocío y las lluvias del Cielo que son la dicha del Dador de todas las bendiciones, quien mora en Su propio fuego, Su propio Amor.

Al recibir la bendición y convertirnos en ella, nos hacemos conscientes de nuestra gratitud hacia el Creador, y le agradecemos a Él por la herencia que nos ha otorgado. Esta realización es el significado del nombre de Judá, que quiere decir Yo agradeceré [a Dios] porque en nuestra gratitud a Dios realizamos el destino que Él quiere para nosotros.

“'Que esto [también así] sea para Judá' y él [Moisés] dijo, 'Oh Eterno, atiende la voz de Judá y tráelo a su pueblo; que sus manos hagan la batalla por él, y que Tú seas una ayuda [para él] contra sus adversarios'.” (33:7)

El liderazgo de Judá como regencia recoge y une todo Israel para librar las batallas dirigidas a entronizar la Presencia Divina en el mundo material, y hacer saber a todos los pueblos que el Creador es el Rey de toda Su Creación.

Debemos honrar la bendición de Dios honrando la Torá como nuestra herencia, legado e identidad eternos.


“Este libro de la Torá jamás abandonará tu boca; meditarás sobre él día y noche, para que observes todo lo que está escrito en él; para que entonces tengas éxito en todos tus caminos, y prosperes. Por ello te encomiendo que seas fuerte y valiente, que no temas ni desfallezcas, porque el Eterno tu Dios está contigo por donde quiera que vayas.” (Josué 1:8-9)

domingo, 15 de julio de 2012

Matot-Masei: Realizando Nuestra Conexión con el Amor de Dios

Hemos mencionado en comentarios anteriores que la guerra contra las tendencias negativas en nuestra conciencia debe ser dirigida por nuestra sublime conexión con el Creador y Su Amor, simbolizada por el Sumo Sacerdote; y en esta batalla en particular acontecida en Matot, por Pinjas. Tenemos que enfatizar nuevamente que cuando elegimos separarnos de nuestra conexión con el Amor de Dios, acarreamos las consecuencias de esa elección.

Las fantasías e ilusiones de ego, como objetos de nuestra propia invención, provienen todas de concepciones erróneas y sentimientos de carencia que nos hacen dudar de nuestra conexión con el Creador mediante Sus caminos y atributos. En el momento en que ego nos hace creer que estamos separados y no unidos al Amor de Dios, y por extensión a los modos y atributos de Amor, estamos a merced de fantasías e ilusiones como ídolos fabricados por nosotros.

“(...) el producto de manos humanas. Tienen boca pero no pueden hablar, tienen ojos pero no pueden ver, tienen orejas pero no pueden oír (…). Aquellos que los fabrican se convertirán como ellos, todos los que confían en ellos.” (Salmos 135:15-18)

Seamos conscientes de que somos nosotros los que creamos ídolos y un mundo ilusorio basado en lo que pensamos o creemos que carecemos, aquello que de verdad nos mantiene vivos: el Amor de Dios. ¡La mayoría de nosotros no sabemos que Dios nos sustenta al igual que a toda Su Creación! Debemos recordar que nuestra “caída” del Paraíso fue el resultado de un falso sentido de carencia, basado en la ilusión de que nosotros también podemos convertirnos en un dios, que es precisamente la proyección negativa de ego en el mundo material, porque nos creemos dioses de nuestra propia vida. Mientras vivimos en tal ilusión nos sentimos separados, divididos y en últimas aislados de la unidad que es Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad.

Amor es lo que nos une y nos mantiene unidos con los demás humanos, con nuestro entorno y con nuestras circunstancias individuales. Amor es nuestro denominador común, el nexo común con el Creador porque fuimos creados por Su Amor que también nos sostiene. 

El más elevado conocimiento de nuestra conexión con el Amor de Dios es el que pelea nuestras guerras y batallas contra lo que nos separa de Él. Es por ello que Moisés, nuestro mayor conocimiento del Creador y Su Amor, envía a Pinjas al campo de batalla donde estamos abocados a derrotar todo lo que divide la unidad de nuestra conciencia, y que crea conflicto dentro de nosotros.

Nuestros Sabios enseñan que la raíz semántica de la palabra hebrea Midián (la nación que se unió a Moab para tratar de destruir a Israel) quiere decir conflicto y división (ver nuestros comentarios sobre la Parshat Matot-Masei: “Amor Vence el Conflicto del 3 de julio, 2010 y “Amor como la Fundación de la Vida” del 17 de julio, 2011).

“Y Moisés los envió, mil por cada Tribu para la legión; a ellos y a Pinjas el hijo de Eleazar el sacerdote a la legión, y en su mano las vasijas sagradas y las trompetas para sonar.” (Números 31:6)

Las vasijas son elementos esenciales del Santuario porque mediante ellas honramos y renovamos nuestra conexión permanente con el Amor de Dios. Estas vasijas están para contener las ofrendas sin tacha, nuestros más puros pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones, que elevamos al Creador para honrarlo con la pureza que es Amor, la fragancia que Él insufló en nosotros.

En esto nos regocijamos y proclamamos nuestras alabanzas a Él, completamente liberados de aquello diferente a Sus modos y atributos. Esta es la felicidad sublime que vivimos al hacer resonar las trompetas de nuestra dicha. Las vasijas y las trompetas pertenecen al Santuario, y son usadas y tocadas por los sacerdotes y levitas respectivamente, quienes ofician permanentemente en el tiempo y espacio que son uno solo en nuestra unidad con el Creador, en el Santuario que Él construyó para nosotros.

El Profeta nos recuerda los deberes respecto a limpiar la conciencia de los aspectos potencialmente negativos derivados de las fantasías e ilusiones materialistas, representados por las naciones y sus gobernantes.

“He aquí que Yo te he nombrado a ti [Israel] sobre las naciones y sobre reinos para desarraigar y quebrantar, y para destruir y demoler, para construir y para plantar.” (Jeremías 1:10)

La guerra contra la negatividad y la maldad tiene como único propósito construir y plantar sobre las cualidades de los modos y atributos de Amor. Combatimos el mal con bondad, derrotamos la negatividad con buenas acciones, disipamos las tinieblas con Luz. Vencemos y prevalecemos sobre las fantasías e ilusiones de ego cuando abrazamos los modos y atributos de Amor.

La parte central de nuestros rezos judíos diarios contenía originalmente dieciocho bendiciones, y a raíz del constante asedio a Israel por otros pueblos nuestros Sabios instituyeron otra bendición para el Creador, pidiéndole que nos ayude a vencer a todos nuestros enemigos. Su texto se basa en las batallas en que Él ayudó a nuestros antepasados.

“Que no haya esperanza para los difamadores [delatadores], y que todos los herejes y todos los malvados perezcan instantáneamente. Que todos los enemigos de Tu pueblo sean rápidamente exterminados, y que desarraigues, rompas, quebrantes y subyugues el reinado de la iniquidad rápidamente y en nuestros días. Bendito este Tú, Eterno, que quebranta a los enemigos y subyuga a los malvados”. (De los rezos diarios judíos)

Reiteremos nuevamente que todos nuestros enemigos también habitan dentro de nuestra conciencia, y que las guerras que libramos para proteger a nuestro pueblo y nuestra tierra también se libran dentro de nosotros. Este es el significado primordial de las guerras peleadas por nuestros antepasados para asentarse en la Tierra Prometida. Ellos primero tuvieron que pelear, vencer, subyugar y destruir las naciones y pueblos que la ocupaban para que pudiéramos nosotros habitar en ella permanentemente. Así fue entonces y así es ahora.

No seremos merecedores de esta tierra si no retiramos primero a aquellos que no pertenecen a ella. La Tierra Prometida no sólo es la tierra de Israel que Dios nos dio en Su Torá, sino también el conocimiento en nuestra conciencia de las bendiciones que Él nos dio como Su pueblo elegido para entronizar Sus caminos y atributos en todos los aspectos de la vida.

Nuestra tierra es el lugar donde vivimos la plena libertad de nuestra conciencia cuando abrazamos Amor como nuestra Esencia e identidad. En este conocimiento no hay más espacio para compartir con enemigos, tanto dentro como fuera de nuestro país, o dentro de nuestra conciencia. Pinjas representa nuestra aproximación al Amor de Dios y nuestra conexión con Él. También es nuestra aproximación al mundo material y nuestra altitud y actitud hacia todo lo que amenaza los modos y atributos de Amor.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.