Mostrando entradas con la etiqueta la Tierra Prometida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la Tierra Prometida. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de octubre de 2012

Lej Lejá: Nuestra Identidad Hebrea

Nuestro Patriarca Abraham es la personificación de la relación entre Israel y el Creador. Él es el escogido para el Pacto entre ambas partes, el sello de esta Alianza. Debemos tener esto presente en nuestras mentes, almas y corazones.

Abraham representa la conciencia superior que reconoce la Unidad y Unicidad de Dios, la persona que rechaza toda clase de idolatría como fantasías e ilusiones de ego. Porque sabe que la entera y única realidad es el Creador, Sus caminos, Su voluntad y Sus atributos. Dios elige a Abraham como Israel para sellar el Pacto eterno con el que Israel proclama y manifiesta la Presencia Divina en Su Creación.

Esta es la herencia de Abraham y el legado de Israel para el mundo. Este Pacto determina el destino de Israel en el mundo material, y define nuestra grandeza como el pueblo hebreo: “Y Yo haré de ti una gran Nación, y Yo te bendeciré, y Yo engrandeceré tu nombre, y [tú llegarás a] ser una bendición.” (Genesis 12:2).

Como ya lo señalamos en un comentario anterior en este blog (Lej Lejá: “Las Bendiciones de Nuestra Verdadera Identidad” del 30 de octubre de 2011), esta es la identidad de Israel con la cual asimilamos que Dios es la mayor bendición, porque todas las bendiciones provienen de Él. En este conocimiento Israel es bendecido y se convierte en la bendición de Dios para ser manifestada en el mundo.

Nosotros en nuestra identidad como Israel somos los portadores de la bendición que es revelar la Presencia Divina, para celebrar y regocijarnos en la realización de que Su Amor es nuestra Esencia. Que esta es también nuestra Redención de las ilusiones, espejismos y fantasías que nos separan de Él.

Amor, como la manifestación material del Amor de Dios, de hecho es lo que nos redime porque es el sustento primordial de nuestra vida. Nuestro Amor es la bendición del Amor de Dios. Así nos damos cuenta que Amor no cohabita con nada diferente a sus modos, medios y atributos. Esto quiere decir que las bendiciones no ocupan el mismo tiempo y espacio con maldiciones, porque la bondad de Amor no coexiste con la maldad de la iniquidad. Es así como entendemos las palabras de Dios en este contexto: “Y Yo bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan, y todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti.” (12:3).

Bondad, al igual que todas las cualidades, rasgos, aspectos y dimensiones de los modos y atributos de Amor, son la bendición en la que todos somos bendecidos. ¡Qué privilegio y honor ser los portadores de la bendición de revelar la Presencia Divina en el mundo material! Está dicho que “privilegios y honores exigen obligaciones y responsabilidades”, y no debemos necesariamente entenderlos como algo que se nos fuerce a ser y hacer. Simplemente lo asimilamos como una parte esencial de nuestra identidad.

De ese modo fluimos con la bendición en lo que discernimos, pensamos, creemos, sentimos, decimos y hacemos. Este es el legado fundamental de Abraham a nosotros (complementar con nuestro comentario sobre Parshat Lej Lejá: “Caminando ante el Creador” del 10 de octubre de 2010).

La tradición oral hebrea nos cuenta que desde temprana edad Abraham se dio cuenta de la futilidad inherente a los deseos materialistas de ego, derivados de una creencia o sentimiento de carencia en cualquier dimensión de la conciencia. Aprendió que de esa actitud ilusoria ante la vida surgen los ídolos que seguimos y obedecemos, cayendo bajo su dominio y control. Estos nos hacen despreciar e inclusive negar nuestra Esencia y verdadera identidad. En este sentido, el pre-requisito para conocer y abrazar a Dios es el rechazo a las fantasías e ilusiones de ego. Así es como asimilamos lo que la Torá señala como idolatría.

El rechazo total a la idolatría por Abraham lo condujo a reconocer y entender al Creador no sólo como Uno y Único, sino también como total y única realidad por la que debemos vivir como la bendición que es Él para nosotros y Su Creación. Logramos esta realización conociendo Sus caminos y atributos también como nuestros, en lo que somos y hacemos. Este conocimiento es la tierra interior que Él nos da para vivir en ella eternamente: “Porque esta tierra que tú ves, Yo la daré a ti y a tu simiente por toda la eternidad.” (13:15).

Mientras vivimos esta bendición asimilamos su eternidad, porque Dios que la da es el Eterno y por ello no debemos temer al asombro que nos causa en nuestra conciencia. La bendición que es Dios es también nuestro escudo. Este escudo no sólo nos protege de las ilusiones de ego, sino que también es parte de nuestra identidad. Este escudo nos identifica en lo que estamos destinados a hacer en este mundo: “(...) la palabra del Eterno vino a Abram en una visión, diciendo 'No temas, Abram; Yo soy un escudo para ti, [por lo tanto] tu recompensa es excesivamente grande'.” (15:1).

Aquí entendemos esta identidad como nexo con el Creador, porque Sus caminos y atributos son nuestra dirección y destino, para vivirlos y disfrutarlos en este mundo. Como dijimos antes, estos caminos no coexisten con nada diferente a ellos, porque son senderos de bondad, rectitud y justicia. En esta dirección encontramos nuestra abundancia, prosperidad y felicidad excesivamente: “(…) y Él le dijo, 'Yo soy el Dios Altísmo, camina ante Mí y sé íntegro. Y Yo pondré Mi Pacto entre Yo y Tú, y Yo te multiplicaré grandemente'.” (17:1-2).

Este primer diálogo entre Dios y Abraham nos recuerda también eliminar todo aquello que es inútil en nuestra conciencia, lo que no necesitamos en nuestro destino para conocer al Creador y revelar Su Presencia y Gloria en el mundo. Aquello que obstruye nuestro camino para redimirnos de todos los males, a través de los modos y atributos de Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad. Eso es lo que representa el prepucio en el cuerpo y en nuestra conciencia: “Y tú circuncidarás la carne de tu prepucio, y será la señal de un Pacto entre Yo y tú.” (17:11).

Con esto sellamos nuestro Pacto para procurar, vivir, y deleitarnos en los caminos del Creador: “Pero tú, Israel Mi servidor, Jacob a quien Yo he escogido, la simiente de Abraham, Mi amado, a quien tomé de los confines de la tierra, y de sus nobles Yo te llamé, y Te dije 'Tú eres Mi servidor'; Yo te escogí a ti, y no te desprecié.” (Isaías 41:8-9).

En este conocimiento todas las fantasías, espejismos e ilusiones del mundo material se disipan, porque el Amor de Dios fortalece nuestro Amor para despejarlas todas:

“He aquí que Yo te he puesto como trillo, como rastrillo nuevo lleno de dientes. Trillarás los montes y los harás polvo; y a las colinas dejarás como hojarasca. Los aventarás, el viento se los llevará, y la tempestad los dispersará; pero tú te regocijarás en el Eterno, en el Sagrado de Israel te glorificarás.” (41:15-16).

domingo, 2 de septiembre de 2012

Ki Tavó: Reclamando Nuestra Herencia del Amor de Dios

Hemos dicho en comentarios anteriores acerca de esta porción de la Torá que la Tierra Prometida, la tierra de Israel, es la herencia del pueblo judío, y mencionamos muchas veces que nuestra tierra integra un espacio y tiempo permanentes con el Creador que nos la dio. Esta es la mejor razón para regocijarnos individualmente y colectivamente como parte de nuestra Esencia e identidad que nos otorgó Dios en Su Torá.

“Por lo tanto, regocíjate con todo lo bueno que el Eterno tu Dios te ha dado a ti, a tu casa, al levita, y al forastero que están contigo.” (Deuteronomio 26:11)

En este contexto entendemos el significado de los diezmos y primicias, ya que todo lo que existe pertenece al Creador. Por lo tanto aquello que produzcamos en nuestra vida y tierra que Él nos dio también le pertenece a Él. Nuestra percepción individualista y separatista de Dios y de los demás nos hace creer que somos dueños de algo que consideramos nuestra propiedad, y esa es una de las mayores ilusiones creadas por la actitud de ego ante la vida y el mundo material.

La Torá enseña que nuestra tierra es parte de nuestra existencia y como espacio físico donde realizamos nuestra unidad como Nación, y unidad en nuestra conciencia. En otras palabras, nuestra unidad depende de nuestra supervivencia individual y colectiva en nuestra tierra. Dios nos dio una tierra donde compartir nuestra identidad y propósito común como judíos con nuestra diversidad, a pesar de nuestras diferencias.

Nosotros como pueblo de Israel somos diversos y multidimensionales como también lo es la conciencia, y el significado de asentarnos en nuestra tierra implica vivir en esta unidos como individuos y como nación. Entonces entregamos los diezmos y primicias para mantener y proteger nuestra unidad y nexo permanente con el Creador que nos dio vida, libertad, la Torá, identidad, y la tierra. Es así como entendemos que nuestra tierra es el lugar y el tiempo donde y cuando reconocemos y vivimos plenamente nuestra conexión con Dios.

Las leyes, ordenanzas, estatutos y Mandamientos indicados en la Torá, relacionados con nuestra vida en la tierra y nuestra relación con esta, también están dirigidos a mantener el nexo con Dios.

“Tú [Israel] has elegido al Eterno este día para ser tu Dios, y andar en Sus caminos, y guardar Sus estatutos, Sus Mandamientos, y Sus ordenanzas, y obedecerlo a Él. Y el Eterno te ha elegido a ti este día para ser Su pueblo atesorado, tal como Él te ha hablado, y para que tú guardes todos Sus Mandamientos, y para hacerte a ti supremo sobre todas las naciones que Él hizo, [para que tengas] alabanza, un nombre [distinguido], y honor; y para que seas un pueblo sagrado para el Eterno tu Dios, tal como Él ha hablado.” (26:17-19)

Integramos este principio en todos los aspectos y dimensiones de la conciencia, ya que al hacerlo asimilamos el Amor de Dios y Su Presencia en nuestra vida. Este es un momento decisivo respecto a lo que sabemos acerca de nosotros y acerca de Dios. Una vez nos demos cuenta que pertenecemos a Él como criaturas Suyas emanadas de Su Amor, comenzamos a descubrir lo que verdaderamente somos: sagrados para Él.

Nos concentramos en este conocimiento al asimilar los caminos y atributos del Creador descritos en la Torá. Al conocer Sus caminos y aprender Sus atributos, también conocemos y aprendemos nuestros caminos y atributos. Es así como entendemos el significado de nuestra relación con Dios, puesto que nos relacionamos con Él a través de Sus caminos y atributos también como nuestros, aprendidos de Él. Esto lo hacemos amándolo a Él, ya que endentemos Su Amor al amarlo a Él.

Esta es una de las razones por las que la Torá nos encomienda amar al Creador con todos nuestro corazón, toda nuestra alma, y todas nuestras fuerzas, porque amándolo conocemos Sus caminos y los hacemos nuestros.

Nuestros Sabios destacan esto como el fundamento y significado primordial de nuestra Esencia e identidad. “Oye Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno [y Único]” y en esta declaración de nuestra identidad judía nos damos cuenta de la razón y propósito de nuestra existencia (ver en este blog los comentarios anteriores sobre la Parshat Ki Tavó: “Vivir en la Tierra Prometida” del 22 de agosto, 2010 y “La Herencia del Amor de Dios” del 11 de septiembre de 2011).

En nuestra tierra construimos y ejercemos nuestra unidad, ya que en esta radica nuestro nexo con Dios. Cuando esta unidad es quebrada o fraccionada al caer en fantasías e ilusiones materialistas, las maldiciones llegan como consecuencia directa de nuestra separación entre nosotros como judíos, y también de Dios.

“Maldecido sea el hombre que hace un imagen tallada o fundida, una abominación para el Eterno, la obra de la manos de un artesano, y la erige en secreto. Y todo el pueblo dijo '¡Amén!' (...)” (27:17-26, 28:14-68)

La bendición es nuestra conexión con los caminos y atributos de Dios.

“Y todas estas bendiciones vendrán a ti, si obedeces al Eterno tu Dios” (28:1-13)

Debemos insistir en que existimos gracias al Amor de Dios, y que le debemos la vida y todo lo que Él creó para sostenernos en cada aspecto de la conciencia. De ahí que comencemos a conocer quiénes somos verdaderamente partiendo del principio de que somos parte de Su Creación. Debemos conocernos a través de nuestro Creador, y de nada más.

No somos de donde nacimos, de un país, cultura, idioma, costumbres, ideología, moda o religión, ni de lo que aprendimos en la escuela o de lo que hacemos. Estas cosas sólo nos catalogan con relación a otras gentes, países, culturas, idioma, etc. y todos están sujetos a cambios dependiendo de la época, el lugar y las circunstancias.

Nuestro verdadero origen, lugar y tiempo de nacimiento, e identidad real son el Amor de Dios porque todos venimos de Él. Nuestros caminos y atributos son Sus caminos y atributos, señalados en la Torá que Él nos dio. Estos son la verdadera “cultura”, idioma, costumbres, etc. que tenemos que aprender para conocer quiénes somos realmente como judíos y nuestro propósito en este mundo. Es así como nos llegamos convertirnos en Luz para las naciones. Es así como disipamos las fantasías e ilusiones que ego inventa en el mundo material. Este conocimiento nos llega cuando permitimos que el Creador sea manifestado en nosotros como criaturas Suyas.

En esta conciencia lo reconocemos a Él en nuestra vida, la cual también es la tierra donde Él quiere que vivamos y nos regocijemos en nuestro nexo con Él. Sé consciente de que nuestro nexo con Dios radica en Jerusalén como el más elevado conocimiento de nuestra conexión con Él.

“Levántate [Jerusalén], resplandece, porque tu Luz ha venido, y la gloria del Eterno será vista sobre ti. Porque, he aquí que las tinieblas cubrirán la Tierra, y densa oscuridad las naciones; pero sobre ti se levantará el Eterno, y Su gloria será vista sobre ti. Y las naciones caminarán por tu Luz, y reyes por el resplandor de tu elevación.” (Isaías 60:1-3)

Es por ello que tenemos que reconstruir y unificar Jerusalén por la voluntad de Dios, ya que es así como llega nuestra Redención Final.

“Violencia no se verá más en tu tierra, ni desolación ni destrucción dentro de tus fronteras; y llamarás a tus murallas Redención, y a tus puertas Alabanza.” (60:18)

Como ya lo hemos dicho, el pleno conocimiento de vivir en el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad está en nuestra tierra donde somos redimidos.

“Tu pueblo también serán todos justos, ellos heredarán la tierra eternamente; la rama que Yo he plantado, la obra de Mis manos, donde Me glorifico.” (60:21)

domingo, 5 de agosto de 2012

Eikev: Vivir en el Amor de Dios

En esta porción la Torá continúa recordándonos nuestro nexo con el Creador como nuestra mayor bendición y fortaleza (Deuteronomio 7:12-24), advirtiéndonos de las consecuencias de la idolatría como nuestra maldición y debilidad (7:25-26), y nuestro deber y obligación de erradicarlos de cada aspecto de nuestra conciencia y vida en el mundo material.

Este nexo con Dios, a través de Sus Mandamientos, es la razón y fuente de nuestra vida, entendiendo vida como la bendición y la bondad que el Amor de Dios nos da para disfrutarla en este mundo (8:1) después de habernos redimido de la esclavitud en Egipto (8:2-3).

El conocimiento permanente de Dios, como nuestro único y exclusivo Redentor y Fuente de vida, es lo que nos recuerda quiénes somos y de dónde vinimos. Esta es nuestra verdad. El Amor de Dios es nuestra Esencia e identidad y mientras vivamos en Sus caminos y atributos de hecho estamos vivos.

Es así como entendemos que Amor es vida y vida es Amor mientras vivamos por, en, para y con los modos y atributos de Dios. Esta es la mayor lección de todas, que el Amor de Dios es nuestro único y verdadero sustento, como está escrito.

“(...) que Él te haga saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que todo lo que sale de la boca del Eterno hace que él viva” (8:3)

Las palabras de Dios preceden lo que se manifiesta en Su Creación. En un sentido más profundo, nuestra vida y sustento dependen directamente de Su voluntad, y no de nuestra percepción del sustento que encontramos en el mundo material. Dicho de otro modo, nuestra vida depende exclusivamente de Él.

Este principio lo asimilamos en los cuarenta años que nuestros antepasados pasaron en el desierto (8:4) y es la premisa para vivir nuestro nexo con Él en el mundo, en el tiempo y el espacio que Él les prometió y que conocemos como la Tierra Prometida (8:6-9).

Esta tierra es la manifestación material del Amor de Dios por Israel, en donde estamos llamados y encomendados a vivir en Sus caminos para estar siempre junto a Él. Seamos conscientes de que la Tierra Prometida es la realización material de nuestro nexo con Dios, como nuestra bendición, identidad y propósito en la vida.

Como la bendición que es esta tierra lo bendecimos a Él, y al hacerlo no sólo reconocemos lo que somos sino lo que es Él para nosotros y para toda Su Creación. La manera más clara, sucinta, directa y efectiva de realizar nuestra identidad y conexión con Dios está resumida en las cuatro bendiciones que decimos cuando damos las gracias por los alimentos (Bircat HaMazón) tal como es encomendado a nosotros.

“Y comerás y te saciarás, y bendecirás al Eterno tu Dios por la buena tierra que Él te ha dado.” (8:10)

En estas bendiciones nos hacemos conscientes de que todo sustento proviene del Amor de Dios, que nuestro sustento y nuestra tierra es nuestro nexo con Él, que en nuestra tierra tenemos a Jerusalén como nuestra capital indivisible y el mayor conocimiento de nuestra unión con Él, y que esta unión está plenamente manifestada en la Redención que trae entronizar la conciencia mesiánica en el mundo. 

El Amor de Dios, a través de nuestro mayor conocimiento de Él, representado por Moisés, nos advierte una y otra vez no olvidar quiénes somos y de dónde vinimos (8:11-16). Este conocimiento nos recuerda que nuestro olvido es producto de las ilusiones y fantasías de ego.

“(...) y tú digas en tu corazón: 'Por mi propio poder y de la fuerza de mi mano he logrado esta riqueza'.” (8:17-18)

Este es el momento en la conciencia en que tenemos que decidir de qué lado estamos en la confrontación entre los deseos individualistas de ego, y los modos y atributos de Amor. Ya conocemos cuáles son sus diferencias, y la elección es sólo nuestra.

Vivimos y morimos en las fantasías e ilusiones de ego (“otros dioses para servir y adorar”) como está escrito (8:19), o vivimos siempre en los modos y atributos de Amor que trascienden el tiempo y el espacio, la vida y la muerte.  (Ver nuestros comentarios sobre la Parshat Eikev: “Las Bendiciones de Amor” del 28 de julio, 2010 y “Porque Tenemos que Amar” del 14 de agosto, 2011).

Los caminos y atributos del Creador son nuestra vida, y también nuestro poder y fortaleza para vencer los aspectos negativos de la conciencia que nos mantienen esclavizados en las ilusiones de ego.

“Sabe este día que el Eterno tu Dios es Él quien va delante de ti como un fuego devorador; Él los destruirá, y Él los someterá ante ti; para que tú los expulses y los hagas perecer pronto, como el Eterno te ha hablado.” (9:3)

El fuego es el Amor de Dios con nosotros para quemar nuestros deseos negativos, y la decisión es nuestra si queremos expulsarlos pronto y eliminarlos totalmente.

La Tierra Prometida es el lugar y el tiempo que Dios ha escogido para morar en el mundo material. Es por esto que Él removió a las naciones corruptas de su territorio. La Torá deja claro este punto cuando Dios lo dice a través de Moisés.

“(...) debido a la maldad de estas naciones el Eterno las expulsó delante de ti. No por tu rectitud o por la fidelidad de tu corazón vas a poseer esta tierra (...)” (9:4)

Esto es para demostrarnos otra vez que Él controla Su Creación, inclusive aquello negativo y corrupto ante Sus ojos. Aquí nos queda claro que los aspectos negativos de la conciencia pueden ser más poderosos que nuestra voluntad para vencerlos.

Es por ello que necesitamos el Amor de Dios para librar nuestras guerras con el fin de vivir en la tierra donde Dios quiere que construyamos un lugar para que Él more entre (en) nosotros. Moisés prosigue recordándonos nuestra tendencia a inclinarnos a los deseos y fantasías materialistas de ego, representados por ídolos (9:12-24).

Nos divorciamos de las ilusiones materialistas al hacernos permanentemente conscientes de nuestra conexión con el Creador.

“Y ahora Israel, lo que el Eterno pide de ti es reverenciar al Eterno tu Dios, andar en Sus caminos, y amarlo a Él, y servir al Eterno tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.” (10:10)

Nuestro Amor es nuestro nexo con el Amor de Dios. Cuando petrificamos nuestro corazón con el apego a los espejismos del mundo material, la Torá y nuestros Profetas nos recuerdan retornar a un corazón de carne y purificarlo de las tendencias negativas de la conciencia.

“Circuncidad entonces el prepucio de vuestro corazón, y dejad de ser de dura cerviz para siempre.” (10:16)

Y cuando retornamos a Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad, también retornamos al Amor de Dios y a Sus atributos.


“Él hace justicia para el huérfano y la viuda, ama al forastero dándole alimento y vestido. Por lo tanto amad al forastero, porque vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto.” (10:18-19), porque “Él es vuestra Gloria, Él es vuestro Dios” (10:21).

domingo, 22 de julio de 2012

Devarim: Afrontando el Mundo Material

“El Eterno nuestro Dios nos habló en Joreb [Sinaí], y dijo: 'Habéis estado lo suficiente asentados en este monte. Volteaos y dirigíos (...)'” (Deuteronomio 1:6-7)

Estas dos oraciones conforman uno de los aspectos esenciales de la relación entre Israel y el Creador. De hecho estamos unidos al Él como lo estuvieron nuestros antepasados en el desierto de Sinaí durante los cuarenta años después del Éxodo de Egipto. Ellos fueron los que iniciaron esta conexión con Él, la cual seguimos teniendo mientras querramos estar conscientes de la misma.

Estamos lo suficiente con el Creador en nuestro estudio de la Torá, en el que aprendemos a conocer la identidad que Él definió para nosotros, y en su pleno conocimiento debemos salir al mundo conducidos por esta identidad. La clave de este conocimiento es vivir la voluntad de Dios para nosotros en cada aspecto de la conciencia. Como lo hemos reiterado frecuentemente, Su voluntad son Sus Mandamientos que cumplimos con Sus atributos de compasión, gracia y amorosa bondad, porque son nuestro nexo común con Su Amor.

En este conocimiento nos damos cuenta que los modos y atributos de Amor son la manifestación material del Amor de Dios, que deben dirigir constantemente nuestro discernimiento, pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos, y también en lo que decimos y hacemos. Se trata de un proceso práctico en el que Amor es la Luz que disipa la oscuridad de la indiferencia, el miedo, la aprehensión, la duda, la incertidumbre, la carencia, el desamparo, la desesperación y los demás aspectos potencialmente negativos de la conciencia humana.

Mientras confrontemos las fantasías e ilusiones de la actitud materialista de ego ante la vida con los atributos de Amor, aseguramos nuestra conexión con el Amor de Dios. Vemos esta confrontación simbolizada por los hijos de Israel en sus guerras contra las naciones corruptas asentadas en la Tierra Prometida.

Tenemos que estar en plena conciencia de nuestra unidad con el Amor de Dios para ser capaces de subyugar los aspectos inferiores de la conciencia y encaminarlos hacia fines positivos y constructivos. Si dudamos del Amor de Dios y de los atributos de Amor como medios para nuestra Redención individual y colectiva, viviremos bajo el dominio del egoísmo, la separación, la indiferencia, la crueldad, la lujuria, la envidia, la indolencia y todo aquello que nos aparta de la unidad integradora que es Amor. Este es uno de los significados del siguiente versículo.

“El Eterno vuestro Dios va delante de vosotros, Él luchará por vosotros, tal como lo hizo por vosotros en Egipto ante vuestros ojos (...)” (1:30)

A veces estamos abrumados y sometidos por fantasías e ilusiones negativas que nos vemos incapaces de superar. Parecen como adicciones a drogas que nos dominan completamente. En este punto crítico debemos confiar en Amor como nuestra salida, como nuestro Redentor y liberador, porque Amor lucha y gana nuestras guerras contra las decisiones negativas que tomamos y sus consecuencias.

“No los temáis, porque es el Eterno vuestro Dios quien lucha por vosotros.”(3:22)

Volvamos a referirnos a las dos oraciones indicadas arriba porque en nuestra conexión con el Creador comprendemos el poder que experimentamos cuando andamos en Sus caminos. Tenemos que conocer Sus caminos para asimilar plenamente el poder de la amorosa bondad, la compasión y la gracia, como algunos de los atributos primordiales de Amor como la manifestación material del Amor de Dios.

La vida es una jornada y debemos vivirla abrazando lo bueno que son los modos y atributos de Amor. Nacimos para ser amados, nutridos, cuidados y protegidos para que igualmente podamos amar, nutrir, cuidar y proteger a otros. Esa es la razón por la que estamos en este mundo material. Amor es su causa y su efecto, y mientras sepamos esta Verdad estaremos listos para vivir la vida a pesar de las ilusiones de negatividad, violencia y hostilidad que muchos viven en este mundo.

Sin embargo muchos de nosotros preferimos vivir en las bondades de la vida sin prestar atención a la maldad y evitando negatividad e iniquidad, separándonos de su influencia y predicamento. Esta parece la mejor manera de mantener nuestra armonía individual, protegiéndonos del peligro y el daño eventual. Pero esta no es la manera que el Creador quiere para nosotros, y eso es lo que quieren decir las dos líneas mencionadas al principio. Así lo era entonces en el desierto y así lo es ahora.

La idea es no sólo disfrutar del Amor de Dios y Su bondad para nosotros en los modos y atributos de Amor, sino manifestarlos donde no los encontremos. Dicho de otro modo, el propósito de Amor – al igual que de la Luz – es disipar las tinieblas y crear un espacio y tiempo donde sus atributos estén plenamente manifestados.

En el desierto el Amor de Dios proveyó todo lo que nuestros ancestros necesitaron, y en ese tiempo y espacio nada los hizo diferentes unos de otros, porque todos ellos vivían bajo el cuidado y protección de Dios. De la misma manera, cuando todos vivimos en los modos y atributos de Amor, nada nos diferencia porque todos compartimos la misma visión y actitud hacia cada uno. Nada nos hace mejores o superiores a otros porque compartimos la misma identidad.

El desafío comienza cuando salimos a un mundo lleno de ilusiones y fantasías materialistas que nos separan de Amor como nuestra Esencia común y actitud entre nosotros. En este punto nos vemos obligados a confrontar tales ilusiones con la fortaleza y el poder del conocimiento de lo que verdaderamente somos.

La rectitud, justicia, compasión, equidad, gracia y bondad de Amor son nuestras referencias además de sus otros atributos, para confrontar los rasgos opuestos a ellos. Si no hay justicia y equidad, debemos hacerlas prevalecer; si hay maldad, hacemos que prevalezcan la rectitud y la bondad; y así con todo lo demás. Amor nos hace mejores a todos, porque Amor es mejor que todo lo diferente a sus modos y atributos. Estos nos definen la manera en que vivimos, de la misma manera que el Amor de Dios da forma y sustenta a Su Creación.

En la libertad que Amor nos da (porque Amor es nuestra libertad), amamos a nuestro Creador y Su voluntad hacia nosotros. Sólo en total libertad podremos realmente amar a Dios y Sus caminos. Es por esto que debemos liberarnos de las fantasías e ilusiones materialistas que nos mantienen cautivos en los aspectos inferiores de la conciencia, y Amor es la llave de nuestra libertad para vivir en la libertad que es Amor.

Esta tarea o misión comienza con nosotros individualmente, y lo hacemos aprendiendo los caminos y atributos de Dios como los enseña Su Torá, y cómo Él se relaciona con Su Creación. Una vez adquiramos este conocimiento, lo integramos en todos los niveles y dimensiones de la conciencia, para luego manifestarlo en lo que discernamos, creamos, pensemos, sintamos, hablemos y hagamos. Es así como nos redimimos a nosotros y a aquellos en nuestro entorno, haciendo de los modos de Amor, nuestros modos.

Cuando hacemos esto individualmente y colectivamente, surge la Redención. Hemos señalado muchas veces que Maimónides dice que la Redención Final (la era Mesiánica) se manifiestará cuando comencemos a amarnos unos a otros sin precondiciones ni reservas, a lo que él se refiere como “amor gratuito” (como lo opuesto a odio gratuito). Lo hacemos como la manera de disipar las tinieblas de todo lo opuesto a los modos de Amor.

Para algunos esto suena como misión imposible. No se pueden imaginar que la maldad pueda ser totalmente erradicada mediante los atributos de Amor. En otras palabras, creen que Amor no es tan fuerte o aun más que la maldad, y prefieren ser indiferentes y aislarse de lo que crean negativo.

Este esfuerzo no significa que tengamos que obligar a todos a abandonar su maldad y abrazar los modos de Amor, porque Amor no se impone a nada ni a nadie. Amor no necesita promotores ni defensores porque se presenta a sí mismo como una opción y no como como un arma.

De la misma manera que la maldad se presenta ante nosotros como una opción, Amor también es una opción. Sin embargo la idea es considerar la maldad no como una opción sino como una referencia, y hacer de Amor la única y exclusiva elección para vivir felices siempre. Y para vivir felices siempre debemos subyugar los impulsos y deseos de ego bajo la conducción de Amor, para asegurar todo lo bueno, paz y armonía en las decisiones que tomamos cada momento. 

Esta es la tarea de Amor y al realizarla, el Amor de Dios también está de nuestro lado ayudándonos a luchar en nuestras guerras contra los aspectos potencialmente negativos de la conciencia, representados por las naciones que ocupaban la Tierra Prometida. Recordemos que esta Tierra es también el espacio y el tiempo donde y cuando Amor conduce y guía todas las dimensiones de la vida para que vivamos felices siempre. También lo llamamos Redención.


Entonces aceptemos y ejecutemos el Mandamiento del Creador de dirigirnos en la jornada donde confrontamos las fantasías e ilusiones del mundo material con el conocimiento de Sus caminos. Transformemos nuestra conciencia mediante los modos, medios, cualidades y atributos de Amor, para asentarnos permanentemente en la Tierra Prometida que es nuestra Redención.

domingo, 15 de julio de 2012

Matot-Masei: Realizando Nuestra Conexión con el Amor de Dios

Hemos mencionado en comentarios anteriores que la guerra contra las tendencias negativas en nuestra conciencia debe ser dirigida por nuestra sublime conexión con el Creador y Su Amor, simbolizada por el Sumo Sacerdote; y en esta batalla en particular acontecida en Matot, por Pinjas. Tenemos que enfatizar nuevamente que cuando elegimos separarnos de nuestra conexión con el Amor de Dios, acarreamos las consecuencias de esa elección.

Las fantasías e ilusiones de ego, como objetos de nuestra propia invención, provienen todas de concepciones erróneas y sentimientos de carencia que nos hacen dudar de nuestra conexión con el Creador mediante Sus caminos y atributos. En el momento en que ego nos hace creer que estamos separados y no unidos al Amor de Dios, y por extensión a los modos y atributos de Amor, estamos a merced de fantasías e ilusiones como ídolos fabricados por nosotros.

“(...) el producto de manos humanas. Tienen boca pero no pueden hablar, tienen ojos pero no pueden ver, tienen orejas pero no pueden oír (…). Aquellos que los fabrican se convertirán como ellos, todos los que confían en ellos.” (Salmos 135:15-18)

Seamos conscientes de que somos nosotros los que creamos ídolos y un mundo ilusorio basado en lo que pensamos o creemos que carecemos, aquello que de verdad nos mantiene vivos: el Amor de Dios. ¡La mayoría de nosotros no sabemos que Dios nos sustenta al igual que a toda Su Creación! Debemos recordar que nuestra “caída” del Paraíso fue el resultado de un falso sentido de carencia, basado en la ilusión de que nosotros también podemos convertirnos en un dios, que es precisamente la proyección negativa de ego en el mundo material, porque nos creemos dioses de nuestra propia vida. Mientras vivimos en tal ilusión nos sentimos separados, divididos y en últimas aislados de la unidad que es Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad.

Amor es lo que nos une y nos mantiene unidos con los demás humanos, con nuestro entorno y con nuestras circunstancias individuales. Amor es nuestro denominador común, el nexo común con el Creador porque fuimos creados por Su Amor que también nos sostiene. 

El más elevado conocimiento de nuestra conexión con el Amor de Dios es el que pelea nuestras guerras y batallas contra lo que nos separa de Él. Es por ello que Moisés, nuestro mayor conocimiento del Creador y Su Amor, envía a Pinjas al campo de batalla donde estamos abocados a derrotar todo lo que divide la unidad de nuestra conciencia, y que crea conflicto dentro de nosotros.

Nuestros Sabios enseñan que la raíz semántica de la palabra hebrea Midián (la nación que se unió a Moab para tratar de destruir a Israel) quiere decir conflicto y división (ver nuestros comentarios sobre la Parshat Matot-Masei: “Amor Vence el Conflicto del 3 de julio, 2010 y “Amor como la Fundación de la Vida” del 17 de julio, 2011).

“Y Moisés los envió, mil por cada Tribu para la legión; a ellos y a Pinjas el hijo de Eleazar el sacerdote a la legión, y en su mano las vasijas sagradas y las trompetas para sonar.” (Números 31:6)

Las vasijas son elementos esenciales del Santuario porque mediante ellas honramos y renovamos nuestra conexión permanente con el Amor de Dios. Estas vasijas están para contener las ofrendas sin tacha, nuestros más puros pensamientos, emociones, sentimientos, palabras y acciones, que elevamos al Creador para honrarlo con la pureza que es Amor, la fragancia que Él insufló en nosotros.

En esto nos regocijamos y proclamamos nuestras alabanzas a Él, completamente liberados de aquello diferente a Sus modos y atributos. Esta es la felicidad sublime que vivimos al hacer resonar las trompetas de nuestra dicha. Las vasijas y las trompetas pertenecen al Santuario, y son usadas y tocadas por los sacerdotes y levitas respectivamente, quienes ofician permanentemente en el tiempo y espacio que son uno solo en nuestra unidad con el Creador, en el Santuario que Él construyó para nosotros.

El Profeta nos recuerda los deberes respecto a limpiar la conciencia de los aspectos potencialmente negativos derivados de las fantasías e ilusiones materialistas, representados por las naciones y sus gobernantes.

“He aquí que Yo te he nombrado a ti [Israel] sobre las naciones y sobre reinos para desarraigar y quebrantar, y para destruir y demoler, para construir y para plantar.” (Jeremías 1:10)

La guerra contra la negatividad y la maldad tiene como único propósito construir y plantar sobre las cualidades de los modos y atributos de Amor. Combatimos el mal con bondad, derrotamos la negatividad con buenas acciones, disipamos las tinieblas con Luz. Vencemos y prevalecemos sobre las fantasías e ilusiones de ego cuando abrazamos los modos y atributos de Amor.

La parte central de nuestros rezos judíos diarios contenía originalmente dieciocho bendiciones, y a raíz del constante asedio a Israel por otros pueblos nuestros Sabios instituyeron otra bendición para el Creador, pidiéndole que nos ayude a vencer a todos nuestros enemigos. Su texto se basa en las batallas en que Él ayudó a nuestros antepasados.

“Que no haya esperanza para los difamadores [delatadores], y que todos los herejes y todos los malvados perezcan instantáneamente. Que todos los enemigos de Tu pueblo sean rápidamente exterminados, y que desarraigues, rompas, quebrantes y subyugues el reinado de la iniquidad rápidamente y en nuestros días. Bendito este Tú, Eterno, que quebranta a los enemigos y subyuga a los malvados”. (De los rezos diarios judíos)

Reiteremos nuevamente que todos nuestros enemigos también habitan dentro de nuestra conciencia, y que las guerras que libramos para proteger a nuestro pueblo y nuestra tierra también se libran dentro de nosotros. Este es el significado primordial de las guerras peleadas por nuestros antepasados para asentarse en la Tierra Prometida. Ellos primero tuvieron que pelear, vencer, subyugar y destruir las naciones y pueblos que la ocupaban para que pudiéramos nosotros habitar en ella permanentemente. Así fue entonces y así es ahora.

No seremos merecedores de esta tierra si no retiramos primero a aquellos que no pertenecen a ella. La Tierra Prometida no sólo es la tierra de Israel que Dios nos dio en Su Torá, sino también el conocimiento en nuestra conciencia de las bendiciones que Él nos dio como Su pueblo elegido para entronizar Sus caminos y atributos en todos los aspectos de la vida.

Nuestra tierra es el lugar donde vivimos la plena libertad de nuestra conciencia cuando abrazamos Amor como nuestra Esencia e identidad. En este conocimiento no hay más espacio para compartir con enemigos, tanto dentro como fuera de nuestro país, o dentro de nuestra conciencia. Pinjas representa nuestra aproximación al Amor de Dios y nuestra conexión con Él. También es nuestra aproximación al mundo material y nuestra altitud y actitud hacia todo lo que amenaza los modos y atributos de Amor.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.