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domingo, 21 de octubre de 2012

Lej Lejá: Nuestra Identidad Hebrea

Nuestro Patriarca Abraham es la personificación de la relación entre Israel y el Creador. Él es el escogido para el Pacto entre ambas partes, el sello de esta Alianza. Debemos tener esto presente en nuestras mentes, almas y corazones.

Abraham representa la conciencia superior que reconoce la Unidad y Unicidad de Dios, la persona que rechaza toda clase de idolatría como fantasías e ilusiones de ego. Porque sabe que la entera y única realidad es el Creador, Sus caminos, Su voluntad y Sus atributos. Dios elige a Abraham como Israel para sellar el Pacto eterno con el que Israel proclama y manifiesta la Presencia Divina en Su Creación.

Esta es la herencia de Abraham y el legado de Israel para el mundo. Este Pacto determina el destino de Israel en el mundo material, y define nuestra grandeza como el pueblo hebreo: “Y Yo haré de ti una gran Nación, y Yo te bendeciré, y Yo engrandeceré tu nombre, y [tú llegarás a] ser una bendición.” (Genesis 12:2).

Como ya lo señalamos en un comentario anterior en este blog (Lej Lejá: “Las Bendiciones de Nuestra Verdadera Identidad” del 30 de octubre de 2011), esta es la identidad de Israel con la cual asimilamos que Dios es la mayor bendición, porque todas las bendiciones provienen de Él. En este conocimiento Israel es bendecido y se convierte en la bendición de Dios para ser manifestada en el mundo.

Nosotros en nuestra identidad como Israel somos los portadores de la bendición que es revelar la Presencia Divina, para celebrar y regocijarnos en la realización de que Su Amor es nuestra Esencia. Que esta es también nuestra Redención de las ilusiones, espejismos y fantasías que nos separan de Él.

Amor, como la manifestación material del Amor de Dios, de hecho es lo que nos redime porque es el sustento primordial de nuestra vida. Nuestro Amor es la bendición del Amor de Dios. Así nos damos cuenta que Amor no cohabita con nada diferente a sus modos, medios y atributos. Esto quiere decir que las bendiciones no ocupan el mismo tiempo y espacio con maldiciones, porque la bondad de Amor no coexiste con la maldad de la iniquidad. Es así como entendemos las palabras de Dios en este contexto: “Y Yo bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan, y todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti.” (12:3).

Bondad, al igual que todas las cualidades, rasgos, aspectos y dimensiones de los modos y atributos de Amor, son la bendición en la que todos somos bendecidos. ¡Qué privilegio y honor ser los portadores de la bendición de revelar la Presencia Divina en el mundo material! Está dicho que “privilegios y honores exigen obligaciones y responsabilidades”, y no debemos necesariamente entenderlos como algo que se nos fuerce a ser y hacer. Simplemente lo asimilamos como una parte esencial de nuestra identidad.

De ese modo fluimos con la bendición en lo que discernimos, pensamos, creemos, sentimos, decimos y hacemos. Este es el legado fundamental de Abraham a nosotros (complementar con nuestro comentario sobre Parshat Lej Lejá: “Caminando ante el Creador” del 10 de octubre de 2010).

La tradición oral hebrea nos cuenta que desde temprana edad Abraham se dio cuenta de la futilidad inherente a los deseos materialistas de ego, derivados de una creencia o sentimiento de carencia en cualquier dimensión de la conciencia. Aprendió que de esa actitud ilusoria ante la vida surgen los ídolos que seguimos y obedecemos, cayendo bajo su dominio y control. Estos nos hacen despreciar e inclusive negar nuestra Esencia y verdadera identidad. En este sentido, el pre-requisito para conocer y abrazar a Dios es el rechazo a las fantasías e ilusiones de ego. Así es como asimilamos lo que la Torá señala como idolatría.

El rechazo total a la idolatría por Abraham lo condujo a reconocer y entender al Creador no sólo como Uno y Único, sino también como total y única realidad por la que debemos vivir como la bendición que es Él para nosotros y Su Creación. Logramos esta realización conociendo Sus caminos y atributos también como nuestros, en lo que somos y hacemos. Este conocimiento es la tierra interior que Él nos da para vivir en ella eternamente: “Porque esta tierra que tú ves, Yo la daré a ti y a tu simiente por toda la eternidad.” (13:15).

Mientras vivimos esta bendición asimilamos su eternidad, porque Dios que la da es el Eterno y por ello no debemos temer al asombro que nos causa en nuestra conciencia. La bendición que es Dios es también nuestro escudo. Este escudo no sólo nos protege de las ilusiones de ego, sino que también es parte de nuestra identidad. Este escudo nos identifica en lo que estamos destinados a hacer en este mundo: “(...) la palabra del Eterno vino a Abram en una visión, diciendo 'No temas, Abram; Yo soy un escudo para ti, [por lo tanto] tu recompensa es excesivamente grande'.” (15:1).

Aquí entendemos esta identidad como nexo con el Creador, porque Sus caminos y atributos son nuestra dirección y destino, para vivirlos y disfrutarlos en este mundo. Como dijimos antes, estos caminos no coexisten con nada diferente a ellos, porque son senderos de bondad, rectitud y justicia. En esta dirección encontramos nuestra abundancia, prosperidad y felicidad excesivamente: “(…) y Él le dijo, 'Yo soy el Dios Altísmo, camina ante Mí y sé íntegro. Y Yo pondré Mi Pacto entre Yo y Tú, y Yo te multiplicaré grandemente'.” (17:1-2).

Este primer diálogo entre Dios y Abraham nos recuerda también eliminar todo aquello que es inútil en nuestra conciencia, lo que no necesitamos en nuestro destino para conocer al Creador y revelar Su Presencia y Gloria en el mundo. Aquello que obstruye nuestro camino para redimirnos de todos los males, a través de los modos y atributos de Amor como nuestra Esencia y verdadera identidad. Eso es lo que representa el prepucio en el cuerpo y en nuestra conciencia: “Y tú circuncidarás la carne de tu prepucio, y será la señal de un Pacto entre Yo y tú.” (17:11).

Con esto sellamos nuestro Pacto para procurar, vivir, y deleitarnos en los caminos del Creador: “Pero tú, Israel Mi servidor, Jacob a quien Yo he escogido, la simiente de Abraham, Mi amado, a quien tomé de los confines de la tierra, y de sus nobles Yo te llamé, y Te dije 'Tú eres Mi servidor'; Yo te escogí a ti, y no te desprecié.” (Isaías 41:8-9).

En este conocimiento todas las fantasías, espejismos e ilusiones del mundo material se disipan, porque el Amor de Dios fortalece nuestro Amor para despejarlas todas:

“He aquí que Yo te he puesto como trillo, como rastrillo nuevo lleno de dientes. Trillarás los montes y los harás polvo; y a las colinas dejarás como hojarasca. Los aventarás, el viento se los llevará, y la tempestad los dispersará; pero tú te regocijarás en el Eterno, en el Sagrado de Israel te glorificarás.” (41:15-16).

domingo, 30 de octubre de 2011

Lej Lejá: Las Bendiciones de Nuestra Verdadera Identidad

"Ve a ti (lej lejá) y deja [lit. afuera de] tu tierra, y tus parientes [lit. de donde naciste], y la casa de tu padre, y ve a la tierra que Yo te mostraré [lit. te haré ver]. Y Yo te haré una gran Nación, y Yo te bendeciré, y Yo engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Y Yo bendeciré a quien te bendiga, y a quien te maldiga Yo maldeciré, y todas las familias de la Tierra serán bendecidas debido a ti [lit. en ti]" (Génesis 12:1-3) Estos versículos se tratan de un sólo Mandamiento que contiene varias bendiciones que conllevan a más bendiciones, todas ellas relacionadas con el conocimiento de algo en particular: la conciencia de ser y manifestar lo que verdaderamente somos. 

Esta conciencia es el resultado de un proceso mediante el cual vemos (o se nos muestra) con el fin de conocer. Nuestros Sabios nos enseñan que oír tiene ver con entender y ver es como saber. Podemos entender lo que se nos dice, pero lo llegamos a saber cuando lo vemos. De ahí que la clave del proceso sea que se nos muestre o se nos haga ver aquello que revela quiénes realmente somos. 

Podemos equivocarnos si previamente no se nos enseña a ver con el fin de conocer debidamente lo que tenemos frente a nuestros ojos, ya que necesitamos referencias para adquirir conocimiento en el contexto apropiado. En este sentido nuestras referencias están contenidas en la Torá, a diferencia de las referencias en el mundo no judío. En los versículos mencionados, la tierra que el Creador hará ver a Abram es la Tierra Prometida que la Torá nos revela a nosotros. Esta tierra es el espacio y el tiempo combinados, donde las bendiciones del Creador están completamente manifestadas como un propósito, como un destino, y como un fin.

El Mandamiento para Abram suena condicional, algo así como que si llegara a cumplirlo él sería recompensado con tales bendiciones. De ninguna manera. Este Mandamiento tiene que ver con el desafío individual para saber quién verdaderamente somos entre una multitud de ilusiones y espejismos que hemos creado como referencias para entender lo que se supone que somos en el mundo material. Estas ilusiones existen como el resultado de los deseos y fantasías de ego que convertimos en referencias, ídolos que dictan lo que supuestamente tenemos que ser y hacer. Esa isla de la fantasía es el lugar que Abram tuvo que abandonar con el fin de ir a la Esencia de su ser como la tierra que es nuestra verdadera identidad individual y colectiva. 

El Mandamiento le fue dado a él como la semilla elegida del pueblo judío, cuyo destino es poseer esa tierra y vivir en ella. "A tu simiente Yo daré esta tierra, (…) porque toda la tierra que ves Yo te la daré a ti y a tu simiente por toda la eternidad" (12:7, 12:15) Por lo tanto este Mandamiento también se nos ha dado igualmente a cada judío para que hagamos la elección de ser la bendición como lo hizo Abram. Nuestros Sabios dicen que, mientras las naciones prefieren ser bendecidas por el Creador, Israel prefiere ser Su bendición.

Tenemos que abandonar la idolatría de las ilusiones de ego mediante el entendimiento y el conocimiento de lo que la Torá nos dice, con el fin de abrazar la bendición de ser la gran Nación destinada a ser la Luz de los pueblos. En los primeros versos de esta porción el nombre de Abram es bendecido para engrandecerse al convertirse en la bendición que recibe, y consecuentemente también una bendición para quienes lo bendigan a él.

Maldecir rebota hacia quien maldice, y bendecir lleva su propia bendición. Al estar en esa bendición, quien elija recibirla consecuentemente es bendecido con lo que ella representa. Si queremos abrazar esas bendiciones en los versículos referidos, tenemos que ir a quién verdaderamente somos, en vez de ir a lo que las ilusiones de ego no dictan ser y hacer. Logramos el conocimiento y la conciencia cuando escuchamos a la Esencia que nos creó, la cual es el Amor de Dios que es también la tierra que Él nos muestra cuando elegimos oírle, seguir Sus caminos y manifestar Sus atributos. 

Como hemos mencionado, este conocimiento requiere un proceso en el que debemos confrontar las ilusiones materiales que empañan todos los niveles y dimensiones de la conciencia, como resultado de concepciones erróneas derivadas de esas ilusiones. Como estado de conciencia, la Tierra Prometida necesita ser despejada de las naciones que representan esas falsas concepciones. Se les refiere como las naciones cananeas (ver en este blog el comentario "Conquistando las 'naciones' con Amor" del 26 de junio de 2010) que Israel tiene que subyugar con el fin de vivir en esa tierra. Nosotros, tal como lo hicieron nuestros ancestros, debemos confrontar y vencer los reinos que niegan la libertad moral que solamente el Amor de Dios, como nuestra Esencia, puede redimir y preservar. 

El Mandamiento para Abram incluye las bendiciones que conlleva cuando lo cumplimos. Mediante Amor, como la manifestación material del Amor Divino en la conciencia humana, despejamos concepciones negativas de pensamientos, emociones, sentimientos, pasiones e instintos. Amor es su propia causa y efecto, y es el catalizador para disipar las ilusiones de ego y dirigir nuestra conciencia hacia hacerla partícipe de las bendiciones del Amor del Creador.

Abram escuchó la voz y el Mandamiento de Dios, y eligió seguir Sus caminos y atributos que son Sus bendiciones: "Yo te elegí y no te desprecié. No temas, porque Yo estoy contigo; no te desanimes, porque Yo soy tu Dios: Yo te he alentado, Yo también te he ayudado, Yo también te he sustentado con Mi mano justa" (Isaías 41:9-10) porque las bendiciones del Creador son Su Amor.

domingo, 10 de octubre de 2010

Parshat Lej Lejá: Caminando ante el Creador

La porción de esta semana comienza relatando: "Y Dios dijo a Abram: 'Ve a ti (lej lejá) y deja tu tierra, y tus parientes, y la casa de tu padre, y ve a la tierra que Yo te mostraré (…)'." (Génesis 12:1) ¿Quién es este hombre elegido para escuchar al Amo del Universo? La tradición oral judía nos cuenta que Abraham era uno de los pocos individuos que en su tiempo creían en la Unicidad de Dios, y que rechazaban la idolatría. Nóaj y sus hijos aún vivían cuando Abraham escuchó este llamado divino. Este es el llamado que todos los que reconocemos al Creador como el único Dios, y que también negamos la idolatría, debemos escuchar en cada momento. Este es el más preciado conocimiento porque es la porción que hace feliz a cualquiera en este mundo. Este llamado es la invitación para hacer permanente ese conocimiento en nuestra conciencia: Ve a ti mismo, a tu Esencia y verdadera identidad, a la porción tuya que te hace feliz, realmente y a plenitud. Y logramos esa permanencia en una tierra especial que el Creador quiere darnos a los hijos del Pacto, los que reconocemos Su Unicidad.

La Tierra Prometida es el lugar tanto físico como espiritual donde podemos lograr la conciencia permanente de nuestra conexión con el Creador, una tierra que tenemos que conquistar para vivir en paz y armonía en ella: "Y Yo haré de ti una gran Nación; Yo te bendeciré, y haré grande tu nombre; y tú serás [una] bendición" (12:2) Cuando andamos en los caminos y atributos de Amor, de hecho nos convertimos en bendición porque Amor es bendición. Abraham es considerado la personificación de la amorosa bondad (jésed en hebreo), que es uno de los atributos de Dios (Éxodo 34:6-7); y como dijimos en el comentario sobre la parshat Nóaj, en este contexto el Amor de Abraham se encontró con el Amor de Dios. La amorosa bondad de Abraham era una bendición para aquellos que lo rodeaban, y nosotros debemos ser y manifestar ese atributo ya que es lo que nos hace imagen y semejanza de Dios.

Decimos reiteradamente que el Amor de Dios nos creó, y es mediante nuestra conciencia de Amor que podemos conocer al Creador. Para Abraham este principio fundamental estaba tan claro que pudo superar todas las pruebas que le tocó enfrentar a lo largo de su vida: "No temas, Abram, Yo soy un escudo protector para ti; tu recompensa es muy grande" (Génesis 15:1). Por lo tanto, si el Amor de Dios es nuestro escudo… ¿quién podría estar en contra de nosotros? Amor es la Luz con la que disipamos las tinieblas en el mundo material, y mientras seamos y manifestemos Sus modos y atributos no habrá mejor recompensa: "Yo soy el Todopoderoso, camina ante Mí y sé íntegro. Yo estableceré Mi Pacto entre Yo y tú, y te multiplicaré grandemente" (17:1-2)

La Torá y las escrituras hebreas son en su totalidad un manifiesto Divino que proclama la Unicidad del Creador, y constantemente nos advierte de las consecuencias de la idolatría. Desde la transgresión en el Jardín del Edén hasta nuestro actual exilio, la idolatría ha sido la causa de todos los males de la humanidad. La saga de nuestros Patriarcas y Profetas ha sido una permanente batalla contra lo que nos separa del Creador, los "enemigos" de Dios que también son los enemigos de Israel.

Nuestros Sabios señalan a Abraham como el verdadero padre de la humanidad, y no a Adán o Nóaj, porque él y Sara fueron los primeros que verdaderamente caminaron ante Dios, y eran verdaderamente íntegros ante Sus ojos. De estos dos seres humanos excepcionales tenemos que aprender cómo concebir a nuestro Creador, y cómo relacionarnos con Él.

La persona más mencionada en nuestra tradición oral judía es Abraham, aún más que cualquier otro personaje bíblico, porque una de sus cualidades fue su implacable rechazo a la idolatría. Su lealtad al Creador era intachable, y su compromiso con Sus caminos era incondicional. Es interesante notar que este mismo Amor incondicional que Dios tiene a Su Creación es como el aire que respiramos, el sol que ilumina cada día y la lluvia, que no preguntan cuándo ni dónde ni para quién.

Dios ama a toda Su Creación, y también espera un Amor similar por parte de nosotros, Sus criaturas. Esto no significa que Él necesite nuestro Amor. Dios nos dio libre albedrío para que podamos elegir Su Amor en vez de las fantasías e ilusiones del mundo material. Su Amor, que también es nuestro Amor, es lo que nos engrandece y multiplica como las estrellas del cielo y el polvo de la tierra. Esa es la expansión que el Amor de Dios nos ofrece con Sus caminos y atributos. Abraham sabía que las bendiciones del Creador para él y sus descendientes no eran acerca de números sino de rasgos y cualidades que nos hacen crecer como portadores de Luz para el mundo.

Podemos comprender que la Tierra de Canaán es la vida misma, pero para ser vida de verdad tenemos que conquistar y dominar las "naciones" que la ocupan, los rasgos inferiores que debemos elevar para que sirvan al alto propósito que Amor es. Tenemos que ser como Abraham y nunca ceder a nada que no sea la amorosa bondad de Dios, siendo también amorosa bondad constantemente en cada aspecto de nuestra conciencia. Para lograrlo tenemos que confiar en el Amor de Dios y también en nuestra propia conciencia de Amor, como lo hizo Abraham.

Abraham temía al destino que enfrentarían sus descendientes durante su esclavitud en Egipto y en sus otros exilios, porque no somos tan fuertes como él contra las fantasías materialistas de ego. Él rezó por nosotros para que no pereciéramos en las tinieblas del mundo material, pero es nuestra responsabilidad y nuestra elección apegarnos al Creador como lo hicieron Abraham, Isaac y Jacob. Ese es el verdadero legado de nuestros Patriarcas, el legado debemos honrar y realizar.

Vayamos a nuestro propio ser, a la verdadera identidad que nos espera en la Tierra que el Amor de Dios nos muestra. La Tierra que es el mismo Amor que clama por Él para que una vez más nos haga recostar en la bondad de sus praderas.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.