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sábado, 10 de febrero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXVII)

“Y además de estas, hijo mío, sé advertido. La hechura de muchos libros no tiene fin, y mucho estudio es un cansancio para la carne. El fin de todo el asunto oigamos, ‘Reverencia [lit. teme] al Eterno y guarda Sus mandamientos, porque esto es la totalidad del hombre; para cada obra el Eterno trae un juicio, para cada cosa oculta, sea buena o mala’.”
(Ecclesiastés 12:12-13)

El rey Salomón concluye su iluminador mensaje, como aquel que congrega a su pueblo Israel llamándolo “hijo” para unirlo bajo la conducción del Creador.

Sin importar cuánto aprendamos del mundo y su naturaleza, al igual que del conocimiento de la vida encontrado y acumulado por la conciencia humana, la mayor parte de este se convierte en una fatigante carga.

El mensaje esencial de Kohelet es reiterado haciéndonos conscientes de que lo verdaderamente importante en la vida es el bien como principio regidor en la creación de Dios, que también es el propósito de todos los mandamientos en Su Torá. En estos se sostiene la totalidad de la identidad judía.

En el bien nada se escapa de su marco ético, porque se basa en el también principio regidor de causa y efecto, el cual es el “juicio” que justifica el bien. De ahí que todas nuestras acciones, buenas o malas, dependan de este principio. Bajo este finalmente podremos asimilar que el bien es su propia causa y efecto.

Al integrar este principio en nuestra conciencia, el Creador responderá con Su redención final, como lo asegura el rey David en sus salmos.

“Oiré que Dios el Eterno hablará, porque Él hablará a Su pueblo y a sus piadosos; y no dejará que vuelvan a la locura. Ciertamente Su redención está cerca de aquellos que lo reverencian, para que la gloria more en nuestra tierra.”
(Salmos 85:9)

En este conocimiento el bien es nuestra verdad y estará unida a la compasión del bien que emana de Dios.

“La compasión y la verdad se encontraron juntas, la rectitud y la paz se han besado. La verdad brota de la tierra y la rectitud ha mirado desde el cielo. También el Eterno dará lo que es bueno y nuestra tierra dará su fruto. La rectitud irá ante Él y hará camino con Sus pasos.” (Ibid. 85:11-14)

“Rectitud y justicia son los cimientos de Su trono, compasión y verdad van a ante Ti.” (Ibid. 89:15)

domingo, 4 de febrero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXVI)

“En los días en que los guardianes de la casa tiemblan, y los fuertes se arrodillan, y los trilladores dejan de serlo, porque se han convertido en pocos. Y los vigías en las ventanas se han apagado, y las puertas son cerradas en la calle. Cuando el sonido del trillar es bajo, y uno se asusta [lit. se levanta] con el trino de un pájaro, y todas las hijas del cántico son acalladas. Sí, ellos se asustarán de las alturas, y los temores vienen en camino; y el almendro florecerá, y el grillo será una carga, y el deseo fracasará; porque el hombre se dirige a su última [lit. eterna] morada, y los enlutados andan por las calles.”
(Eclesiastés 12:2-5)

Estos versículos se refieren al mal en su hora más oscura, cuando no hay esperanza de que seamos redimidos de sus modos, rasgos y tendencias, que parecerían acabar con el bien en la conciencia humana como la “casa” en la que los “guardianes” tiemblan.

Estos guardianes y vigías, junto con “los fuertes” y “los trilladores”, se vuelven escasos cuando el bien debe ser defendido para prevalecer contra la maldad.

La alegría en los corazones como el cántico de las cualidades y tendencias positivas (“las hijas”) son acalladas y apagadas, similares a la vida al final de su tiempo en la tumba. La altitud necesaria para tener una buena actitud también cae tan bajo como una tumba.

“Mientras que el cordón de plata no sea removido, y el tazón dorado quebrado, y la vasija rota por la fuente, y la rueda quebrada por el manantial. Y el polvo regrese a la tierra como era, y el alma vuelva al Eterno que la dio. ¡Vanidad de vanidades, dijo Kohelet, todo es vanidad!” (12:6-8)

Una vez la muerte llegue como consecuencia de vivir en el vacío de las futilidades, es apropiado decir que todo es vanidad. Las fantasías e ilusiones de ego parecen reinar en el mundo material, empeñadas en robar la vida del alma que Dios nos ha dado para conocerlo en Sus caminos y atributos, que son la fuente todo lo que es bueno, porque en el bien comenzamos a conocer al Creador de todo.

“Y además porque Kohelet era sabio, él siguió enseñando al pueblo conocimiento, y a escuchar, y a buscar; él hizo justas muchas sonrisas. Kohelet buscó encontrar palabras placenteras escritas por palabras justas de la verdad. Las palabras de los sabios son como picanas y como cercas plantadas por los capataces de las cosechas. Ellas fueron dadas por un Pastor.” (12:7-11)


Esta es la sabiduría como el conocimiento de Dios que Kohelet, el rey Salomón, enseñó para ayudarnos a encontrar la alegría de las “justas muchas sonrisas” del bien, porque en ese único Pastor que es el Creador encontramos las placenteras “justas palabras de la verdad”.

Estas son las picanas y cercas plantadas por los modos, medios y atributos del bien, dados por Dios como las cualidades que más temprano que tarde cosecharán los frutos en el campo de la vida en este mundo.

domingo, 28 de enero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXV)

“Y si el hombre vive muchos años, que él se regocije en todos ellos. Y recuerde los días de oscuridad, porque son muchos, [porque] todo lo que viene [de esta] es vanidad.”
(Eclesiastés 11:8)

Debemos tomar una clara decisión entre luz y oscuridad. Disfrutamos la vida en el bien que la sustenta, y así alegrarnos en los días de nuestros años. En esta realidad elegida confrontamos las tinieblas con sus vanidades y futilidad, y las alumbramos con la luz del bien, convirtiendo sus tendencias negativas en nuevas oportunidades para hacer prevalecer lo positivo.

“Regocíjate, mozo, en tu juventud y deja que tu corazón se alegre en los días de tu mocedad, y anda en los caminos de tu corazón, y en la vista de tus ojos; pero sabe que por todas estas cosas el Eterno te traerá a juicio.” (11:9)

Debemos entender la infancia y la juventud como los años de un despreocupado deleite de la vida, porque estos son los tiempos para regocijarse en el bien. Entonces relacionamos los pensamientos juveniles y la inocencia infantil como expresiones de alegría del bien que hace felices a los corazones.

En el corazón viven nuestros pensamientos, emociones y sentimientos como senderos donde caminamos. Así procuramos disfrutar la vibrante alegría del bien para vivirlo lejos de lo que le es opuesto.

El amor de Dios nos recuerda que nuestras decisiones tienen efectos y consecuencias, que eventualmente nos traerán a su juicio. Una vez elegimos lo negativo, este nos lleva a sus fines también negativos. Es así como entendemos que “el mal es su propio castigo”.

Seamos siempre conscientes de que Dios no nos juzga por nuestras transgresiones, porque son estas las que juzgan nuestro conocimiento o desconocimiento de sus consecuencias. Es un asunto de causa y efecto, porque así funciona el principio ético inherente a la creación de Dios.  

“Y quita la ira de tu corazón, y aleja tu carne del mal; porque la juventud y la edad de la vida son vanidad.” (11:10)

En este contexto debemos eliminar de nuestra conciencia pensamientos, emociones y sentimientos negativos, junto con sus expresiones dañinas. Aquí “juventud” se refiere a ignorancia e inexperiencia, en torno a tendencias y rasgos negativos de las vanidades de fantasías e ilusiones de ego.

“Recuerda también a tus creadores en los días de tu juventud antes que vengan los días de la maldad, y los años se acerquen cuando digas, ‘No me alegro en ellos’. Antes que el sol, la luz, la luna y las estrellas se oscurezcan, y las nubes regresen después de la lluvia.” (12:1)


Nuestros “creadores” son principios con los que somos formados y educados en nuestra infancia y juventud, “antes que vengan los días de la maldad”, cuando tengamos que enfrentar lo negativo y tomar las decisiones correctas.

Estos son los días en los que una educación sólida y positiva nos permite concluir que no hay alegría en fantasías e ilusiones, sino solamente en el bien derivado de los modos y atributos de amor. En la luz del bien podemos enfrentar con éxito los más oscuros momentos.

domingo, 21 de enero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXIV)

“No maldigas al rey, no, no en tus pensamientos. Y no maldigas al rico en tu dormitorio, porque un pájaro en el cielo puede llevar tu voz, y lo que tiene alas puede contar el asunto” (Eclesiastés 10:20)

Así entendemos que debemos atesorar nuestros más preciados valores y principios (el “rey” y los “ricos”), porque son las bendiciones por las que logramos el bien que Dios quiere para nosotros. No debemos despreciarlos, ni con palabras, ni actos, ni pensamientos. Sabemos que nuestro comportamiento y acciones nos definen, y por ellos habremos de dar cuentas, tarde o temprano.

“Envía tu pan sobre la faz de las aguas, porque en la multitud de los días lo vas a encontrar. Dales una porción a siete, y hasta a ocho, porque no sabes qué mal está sobre la tierra. Si nubes densas están llenas de lluvia, sobre la tierra habrán de vaciarse. Y si un árbol cae en el sur o hacia el norte, el lugar donde cae ese es.” (11:1-3)

Nuestros Sabios se refieren a las aguas de muchas maneras, y de ahí entendemos el primer versículo de diversas formas. El sentido aquí es que la vida abarca una “multitud de días” en los que existimos para encontrar el bien que estamos encomendados a compartir con otros. Entonces vemos “las aguas” como pensamientos que dirigimos mediante el discernimiento, el entendimiento y el conocimiento, con el bien como su principio rector.

Así lo compartimos con tantos como sea posible para mantener lejos los malos caminos y tendencias de las vanidades e ilusiones como “el mal sobre la tierra”. Esta declaración muy concreta está seguida también por hechos concretos como la lluvia que cae sobre la tierra, y los árboles que caen sobre esta.

En un sentido más profundo y siguiendo en el mismo contexto, nuestros pensamientos (“las aguas”) eventualmente se convierten en acciones (“la tierra”), donde los primeros “habrán de vaciarse”. Los árboles simbolizan la vida que se erige en el mundo material, a la que damos dirección ya sea positiva o negativa, donde vivimos y quedamos cuando morimos.

“El que mira el viento no siembra, y el que observa las densas nubes no cosecha.” (11:4)

Somos advertidos una y otra vez que cosechamos lo que sembramos, y que la inactividad no conduce a nada. Viento y nubes pueden entenderse aquí también como caprichos y deseos de fantasías e ilusiones materiales sin provecho ni beneficio reales, y de los que no podemos sembrar ni cosechar.

“Así como tú no sabes cuál es el rumbo del viento, ni cómo crecen los huesos en el vientre de una madre embarazada, tampoco conoces el trabajo del Eterno que lo hace todo. En la mañana siembra tu semilla, y en la tarde no ocultes tu mano; porque no sabes cuál prosperará, si esto o aquello, o si ambos serán igualmente buenos. Dulce también es la luz, y bueno para los ojos ver el sol.” (11:5-7)

Nuestra ignorancia se extiende desde el desconocimiento de los efectos de las fantasías e ilusiones de ego hasta las leyes de la naturaleza y la manera en la que Dios dirige Su creación. De ahí que tengamos que hacer lo correcto y adecuado en todos nuestros empeños sin intereses egoístas, y compartir nuestro bien lo mejor que podamos sin manipulaciones ni expectativas.


El bien conoce sus modos y la finalidad de sus cualidades. Mientras que dirijamos el bien a nuestro modo, podría no serlo tanto como es por sí mismo. Hemos dicho que la luz es una abstracción del bien, y nos maravillamos en su gracia y dulzura, tal como nos deleitamos con el esplendor del sol que ilumina todos los espacios abiertos.

domingo, 14 de enero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXIII)

“Si la serpiente muerde antes de ser amaestrada, no hay provecho para la lengua del amaestrador. Las palabras de la boca de un sabio son graciables, mientras que al necio se lo tragan sus labios. El comienzo de sus palabras es necedad, y el fin de su hablar es locura temeraria. Un necio también habla demasiado [lit. multiplica sus palabras]. El hombre no sabe lo que será; y lo que será después que pase, ¿quién podría decírselo? El trabajo de los necios es para ellos cansancio, porque el necio no sabe cómo ir a la ciudad.”
(Eclesiastés 10:11-15)

Un discernimiento sin desarrollar ni educar conduce a decisiones y elecciones necias que pueden traer destrucción. Lo mismo pasa con el egoísmo fuera de control, similar a una serpiente sin amaestrar que puede matar el bien que tenemos que abrazar como el principio rector de la conciencia.

No obtenemos provecho, beneficio ni ventaja en creencias, pensamientos, emociones y sentimientos inspirados o animados por rasgos negativos, sino todo lo contrario. De ahí sabemos que nuestras palabras y acciones expresan lo que creemos, ya sea lo bueno o lo malo. Así podemos saber lo que nos vendrá después de decir o hacer lo que queramos.

Nadie puede decirnos el resultado de nuestras acciones sino estas mismas. La ignorancia nos conduce a los efectos de nuestra necedad derivada de fantasías e ilusiones de ego que obstruyen el conocimiento del bien como la ciudad a la que todos pertenecemos.

En este sentido “la ciudad” es también Jerusalén, la cual representa el conocimiento permanente de nuestra conexión con el Creador.

“¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es un joven y tus príncipes de banquete [lit. comiendo] en la mañana! ¡Dichosa eres tú, tierra, cuando tu rey es el hijo de nobles y tus príncipes comen en el tiempo apropiado, para fortalecerse y no para embriagarse! Por la ociosidad el techo se desploma, y por la flojera de las manos [está] la casa con goteras.” (10:16-18)

Hemos aprendido que la tierra y el campo simbolizan la vida, mientras que reyes y nobles representan creencias y principios con los que nos conducimos.

El primer versículo se refiere a los rasgos derrochadores y tendencias despreciativas que vuelven la vida insignificante y fútil como la ebriedad, a diferencia de las cualidades positivas que fortalecen el bien como causa y propósito de la vida.

Aquí se nos advierte vivir constantemente en el bien, y no caer en la ociosidad de la vanidad y futilidad que debilitan y destruyen la dignidad de la vida.

“Un festín se hace para el regocijo, y el vino alegra la vida; y el dinero es la respuesta para todas las cosas.” (10:19)

Este versículo contiene dos declaraciones separadas con el fin de complementarse. Como hemos mencionado, el propósito de la vida es el bien como su regocijo y alegría que son expresiones de su plenitud y totalidad.

¿Qué tiene que ver el dinero con esto? El dinero existe como un medio para adquirir bienes, servicios y beneficios necesarios para lograr la plenitud y totalidad de la vida en este mundo bajo el sol.

Hemos aprendido de nuestros Sabios que en los mundos espirituales no hay posesiones materiales para ser adquiridas, porque el espíritu no se alimenta de materia. En este mundo el cuerpo humano se alimenta de comida física, por la cual el Creador nos encomienda trabajar.

Así compramos para adquirir o poseer lo necesario para vivir y sobrevivir como seres humanos. En este contexto asimilamos que “el dinero es la respuesta para todas las cosas”, como el medio para adquirir lo requerido para hacer de la vida algo agradable y placentero, tal como Dios quiere que lo procuremos.


Esto no quiere decir que deba ser eterno mientras vivamos en el mundo material, porque nuestros Profetas hablan de “el final de los tiempos” cuando no necesitaremos de dinero para vivir en la abundancia y plenitud del conocimiento del Creador.

domingo, 7 de enero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXII)

“Hay una maldad que he visto bajo el sol, el tipo de error que procede del gobernante. La locura se sienta en gran dignidad, y los ricos se sientan en lo bajo. He visto sirvientes a caballo, y príncipes caminando como sirvientes en la tierra.”
(Eclesiastés 10:5-7)

Aquí Kohelet nos recuerda que cada decisión que tomamos tiene efectos y consecuencias, ya sean buenas o malas. El segundo versículo es bastante significativo para que entendamos los tiempos en que vivimos.

Cuando dice que “la locura se sienta en gran dignidad”, se refiere a hacer glamorosas las fantasías e ilusiones de ego, presentadas como opciones respetables para un estilo de vida aceptable.

Esta tendencia, como modo social o cultural, considera ciertas creencias que convierten el bien en algo relativo, acomodado a sus propios beneficios o ganancias, haciéndolos parte de la dignidad inherente a la vida. Así vemos los “ricos” que creen que el bien no se compromete ni transa con nada negativo, sentados en lo “bajo” de las ilusiones y fantasías materialistas.

El verso final ilustra esta decadencia moral, cuando vemos que el tonto es aclamado como alguien respetable, y los respetables (“príncipes”) como sirvientes o esclavos de sus adicciones, obsesiones y apegos materialistas.

“Aquel que cava una fosa puede caer en ella, y quien rompe una muralla podría ser mordido por una serpiente. El que corta piedras puede herirse con ellas, el que corta leños puede ponerse en peligro.” (10:8-9)

En este predicamento nos damos cuenta que el deseo de vivir en fantasías e ilusiones nos hace caer en estas, y propensos a las aflicciones que puedan traer. Una vez estemos atrapados en ellas, sólo sus rasgos conducirán nuestra vida imponiendo dolor y sufrimiento, como lo señalan estos versículos.

“Si el hacha está roma, y uno no le afila el borde, entonces tendrá que aplicar más fuerza; y la sabiduría es ventajosa para hacer lo correcto, y la sabiduría tiene la ventaja para tener éxito.” (10:10)

Kohelet compara la sabiduría con un hacha que tiene que estar afilada, ya que su filo es el necesario proceso de aprendizaje que nos vuelve sabios. La comparación invita a cultivar el discernimiento y la comprensión para obtener el conocimiento apropiado, requerido para hacer juicios justos.


En este sentido, tener una mente “afilada” implica “cortar” la necedad de las fantasías e ilusiones de ego de nuestros corazones, y dejar en nuestro pensamiento solamente los modos y atributos justos del bien, para así abordar todos los aspectos y facetas de la vida. En esta actitud sabia podremos esperar solamente el éxito que es inherente al bien.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXI)

“Las palabras del sabio habladas en quietud son más aceptables que el grito de un gobernante entre tontos. La sabiduría es mejor que las armas de guerra, mientras que un pecador destruye tanto bien.”
(Eclesiastés 9:17-18)

Estos versículos reiteran que la sabiduría habla palabras de persuasión, que en su quietud conduce a los ignorantes hacia su liberación de apegos, obsesiones y adicciones. Estas rigen sobre las fantasías e ilusiones de ego, que a su vez conducen la conciencia hacia la destrucción del bien que es precisamente su liberación.

“Las moscas muertas hacen que el aceite del perfumero emita un mal olor. Lo mismo hace una pequeña locura con la sabiduría y el honor. El corazón del sabio está en su mano derecha, y el corazón del tonto en su izquierda. Sí, también cuando el tonto anda por el camino, su entendimiento le falla, y dice a todos que es un tonto.” (10:1-3)

Las metáforas en estos versículos hablan por sí solas. No debemos estropear el bien como nuestra esencia y verdadera identidad con nada diferente de sus modos y atributos. Esta es otra reiteración de que hay claras diferencias entre lo bueno y lo malo, y que si se mezclan el resultado es otro rasgo de lo negativo.

Las moscas muertas ciertamente representan la futilidad de las fantasías e ilusiones de ego, que estropean la agradable fragancia de los modos y atributos de amor. En la tonta elección de los malos caminos no hay sabiduría ni honor, por ser contrarios al sentido común y la decencia.

Aquí el corazón es la mente consciente con la que tomamos nuestras decisiones, y mientras tengamos un juicio coherente para afrontar la vida, la simple sabiduría del sentido común nos indica la decisión correcta.


La decisión errada se toma bajo la tonta creencia de que las fantasías, ilusiones y deseos materialistas nos lleven a la buena vida que estúpidamente creemos que aquellas puedan darnos. El discernimiento y el entendimiento rara vez coexisten con una actitud egocéntrica ante la vida. Las acciones procedentes de nuestra tontería hablan por sí solas de quienes somos.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXX)

“Esto también he visto como sabiduría bajo el sol, y pareció grande en mí. Había una pequeña ciudad y pocos hombres en ella, y ahí vino un gran rey contra ella y la sitió, y construyó barricadas contra ella. En ella fue encontrado un hombre pobre y sabio, y él por su sabiduría salvo la ciudad; pero ninguno recordó ese mismo hombre pobre. Entonces dije que la sabiduría es mejor que la fuerza; sin embargo, la sabiduría del hombre pobre es despreciada, y sus palabras no escuchadas.”
(Eclesiastés 9:13-16)

Esta historia ilustra el mensaje central de Kohelet en sus algorías. Podemos entender la ciudad como nuestra conciencia, frecuentemente sitiada por el poder que las tendencias y rasgos negativos pueden tener sobre nosotros, todos procedentes de la fuerza impulsadora del ego, representada por el rey invasor. El salvador de la ciudad es el bien como su guía natural, porque son el uno para el otro.

Es interesante notar que Kohelet presenta “pobre” y “sabio” como rasgos complementarios, entendiendo el primero como la humildad inherente al bien. Nuestros sabios consideran la humildad como un rasgo intelectual, necesario para adquirir sabiduría como la manera de captar la Torá del Creador, para la humanidad en general y para Israel en particular como el elegido heredero para diseminar dicha instrucción.

La pregunta primordial en la historia es cómo el hombre sabio pobre salvó la ciudad del rey y su ejército. La respuesta es persuasión. El caso hace evidente que el sabio pobre no tenía un ejército ni armas para derrotar al invasor, de ahí que la sabiduría sea la salvación.

La sabiduría generalmente surge diferenciándose de la ignorancia, para traerla de regreso al entendimiento. Es similar a la luz que disipa las tinieblas para convertirlas en parte de su resplandor.

Así vemos que la oscuridad es la condición previa que da sentido a la luz. Lo mismo pasa con el bien y el mal, porque el segundo es la razón para que exista el primero. El propósito del bien es transformar el mal, extrayendo el bien oculto en este, ya que el mal no puede existir sin el bien.

Una vez estemos expuestos a los efectos y consecuencias de las tendencias y rasgos negativos de las fantasías e ilusiones de ego, nos hacemos conscientes de que el mal no es una opción sino una referencia para elegir el bien.

En esta realización nos damos cuenta que la “persuasión” del sabio pobre es un proceso educativo para modificar o transformar las tendencias y rasgos negativos que someten nuestra conciencia a sus efectos y consecuencias destructivas.

La historia nos cuenta que al final el sabio pobre fue olvidado, desconocido e inclusive despreciado. Tal es el destino del bien en el campo de juego de las fantasías e ilusiones de ego.


Tan pronto sabemos que regresar al bien nos trae la liberación largamente añorada, y volvemos momentáneamente a sus modos y atributos, caemos otra vez en la naturaleza adictiva de las tendencias y rasgos negativos. De ahí que Kohelet concluya que vivir en ese círculo vicioso es vanidad y vejación del espíritu que sostiene la vida.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXIX)

“Disfruta con la mujer que has amado todos los días de la vida de tu vanidad, que Él te ha dado bajo el sol todos los días de tu vanidad; porque esa es la porción en tu vida y en tu trabajo donde has laborado bajo el sol.” (Eclesiastés 9:9)

Esta es una declaración profunda que nos hace conscientes de la unidad complementaria del hombre y la mujer, aun en medio de las vanidades y futilidad de la vida humana. Hay un gozo implícito en este conocimiento, basado en el hecho de que ambos géneros se pertenecen el uno al otro como partes separadas que están destinadas a vivir unidas en las labores que exige la vida en el mundo material bajo el sol.

“Quien haya encontrado una esposa ha encontrado bien, y trae el favor del Eterno.”
(Proverbios 18:22)

El versículo está escrito más como un mandamiento que como un consejo del rey Salomón. Esto nos hace reflexionar en torno al bien que disfrutamos en la totalidad que encontramos en la unión de ambos géneros, porque el bien es la culminación de esa totalidad que el Creador quiere para nosotros.

“Lo que logre hacer tu mano por tu fuerza, hazlo; porque no hay trabajo, o consejo, o conocimiento, o sabiduría en la tumba hacia la que vas.” (Eclesiastés 9:10)

Kohelet nos recuerda que realizar y lograr, como resultado del conocimiento y el entendimiento, pertenecen al mundo material porque en las dimensiones espirituales todo ya es conocido, entendido, realizado y logrado.

“¿Qué provecho hay en mi muerte (lit. sangre), si desciendo la tumba? ¿Acaso Te puede alabar el polvo? ¿Puede proclamar Tu verdad?” (Salmos 30:9)

“Porque la tumba no puede dar gracias a Ti, la muerte no puede alabarte. Aquellos que descienden a la tumba no pueden esperar Tu fidelidad.” (Isaías 38:18)

En este contexto entendemos que vivimos en este mundo debido al bien y en aras del bien, por el cual alabamos al Creador, ya que el bien es Su verdad. Así también sabemos que el bien es Su fidelidad que sostiene Su creación.

“Yo regresé, y vi bajo el sol que la carrera no es para el ágil, ni la batalla para el fuerte, ni aun el pan para el sabio, ni las riquezas para aquellos con entendimiento, ni aun la ventaja del diestro; porque el tiempo y el azar se ciñe sobre todos ellos. Porque el hombre tampoco sabe su tiempo, como [ocurre con] los peces cogidos en una red maligna, y como los pájaros cogidos en una trampa; también así son los hijos de los hombres en un tiempo de desgracia, cuando cae repentinamente sobre ellos.” (Eclesiastés 9:11-12)

Estos versículos nos hacen reflexionar acerca de la combinación de circunstancias que rodea a la vida bajo el sol, llamada aquí “el tiempo y el azar”. Esta reflexión viene a considerar que la vanidad y futilidad de las fantasías e ilusiones de ego viven en un campo lleno de redes, trampas y ardides de su predicamento destructivo donde todo está sujeto al azar.


Así concluimos que vivir en la verdad del bien es nuestra libertad para elegir los senderos positivos y las buenas obras que nos llevan con certeza hacia sus frutos y beneficios, no sujetos a nada diferente de sus modos y atributos. En el bien no hay azar, accidentes, trampas, ardides ni prisiones.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.