domingo, 18 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (V)


“¿Quién ascenderá al monte del Eterno? ¿Y quién se levantará en el lugar de Su sacralidad?”
(Salmos 24:3)

Nuevamente el salmista destaca el rasgo común que el Creador quiere que compartamos con Él con el fin de vivir con Él, y es lo sagrado. El versículo indica que el acercamiento a Dios es de hecho un proceso ascendente, a través del cual nos liberamos de lo distinto u opuesto al bien que nos hace sagrados ante Él.

En el bien no sólo ascendemos para elevar todos los niveles y dimensiones de la conciencia sino que también nos levantamos a lo que Dios quiere que vivamos en Su sacralidad. Esta no la podemos asimilar, concebir, discernir ni captar, porque lo sagrado en Dios pertenece a una dimensión que únicamente podríamos concebir una vez estemos en ella.

“Aquel que tenga las manos limpias y un corazón puro, que no hay tomado Mi Nombre en vano y que no haya jurado falsamente. Este recibirá una bendición del Eterno, y rectitud del Dios de su redención. Tal es la generación de quienes lo buscan a Él, que buscan Tu presencia, Jacob, para siempre.” (24:4-6)

Estos versículos nos enseñan que el Creador asocia Su Nombre con lo limpio, puro, verdadero y bueno. El rey David enfatiza una vez más que lo sagrado en el bien sólo puede vivirse bajo el principio ético que implica. Esto quiere decir que el bien no se compromete, combina, mezcla o cohabita con nada diferente de sus modos, medios y atributos.

En el bien somos bendecidos y el Creador nos bendice con la rectitud inherente al bien, que por definición es nuestra redención. Esta la entendemos como el eterno estado de conciencia libre de las tendencias y rasgos negativos que conllevan a vivir en la maldad.

La eterna libertad en el bien es la herencia de aquellos que lo procuran como estilo de vida en la redención final prometida por Dios. Esta es la herencia de los descendientes de Jacob que buscan vivir eternamente en el bien del Creador.

“Me lavo las manos en inocencia para abarcar Tu altar, oh Eterno. Para oír en la voz de gratitud y contar todas Tus maravillas. Eterno, yo amo la morada de Tu casa; y el lugar, el templo de Tu gloria.” (26:6-8)

El ascenso que mencionó anteriormente el rey David requiere inocencia, también inherente al bien cuando rige todos los aspectos y expresiones de la vida. Debemos lavar y limpiar nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, refinando al mismo tiempo nuestras pasiones e instintos con el fin de convertirlos en vasijas para ser llenadas con el bien de los modos y atributos de amor.

En el bien podemos habilitar nuestra conciencia para que abarque y abrace el máximo bien representado por el “altar” de Dios. Este conocimiento nos conduce a la gratitud que le debemos a nuestro Creador, y en esta conciencia podremos captar Sus magníficas maravillas y la trascendencia de Su gloria.

En amor también exaltaremos el júbilo de morar eternamente en la casa de Dios y Su gloria, como el supremo estado de conciencia para el cual vinimos a este mundo con el propósito de cumplir el destino que Él quiere para nosotros cuando elegimos vivir solamente en permanente conocimiento del bien.

El este próximo versículo que citamos, el salmista nos hace conscientes de que ciertamente tal destino es el que deberíamos añorar y pedir a nuestro Creador.

“Una cosa he pedido del Eterno, que habré de buscar después: que pueda yo morar en la casa del Eterno todos los días de mi vida, para contemplar la dulzura del Eterno y visitar Su templo.” (27:4)

Cuando llegamos a este conocimiento, solamente vivimos para añorar con ardiente deseo existir eternamente junto a nuestro Creador. De ahí que oremos constantemente para liberarnos de apegos, obsesiones y adicciones que nos imponen fantasías e ilusiones de ego para impedirnos abrazar la libertad que sólo el bien puede dar.

La lección que aprendemos de éstas es valorar y apreciar el bien como libertad moral que refuerza nuestro discernimiento para dirigir nuestra mente, pensamientos, emociones, sentimientos e instintos con la rectitud inherente al bien.

domingo, 11 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (IV)


“[Que el Eterno] Envíe tu ayuda desde el altar [lit. desde el sagrado], y [que Él] te sostenga desde Sión.” (Salmos 20:3)

Todo proviene de Dios y Él mantiene y sustenta Su creación, lo cual abarca la ayuda que podamos necesitar para vivir, especialmente cuando sea de acuerdo a Su voluntad.

En este versículo el rey David se refiere a un tipo de ayuda y apoyo que solamente puede venir de la sacralidad de Su presencia en este mundo, la cual mora en Su lugar elegido conocido como Sión.

En este sentido no damos cuenta que el Creador tiene múltiples formas de sostener Su creación, unas más sublimes que otras, y en este versículo vemos que es así.

Tenemos que ser sagrados para aproximarnos a la sacralidad de Dios. Esto requiere desapegarnos de tendencias y rasgos negativos derivados de una actitud egocéntrica ante la vida, y lo logramos abrazando los modos y atributos que son nuestro nexo con el Creador de todo.

Para ello necesitamos la ayuda que proviene precisamente del más elevado nivel de nuestra conciencia, también conocido como el altar del Santuario erigido en Sión.

Los versículos que siguen ponen en contexto la petición que hace el salmista al Creador.

“[Que el Eterno] Recuerde todas tus ofrendas por siempre. [Para] Otorgarte lo que tu corazón desea, y cumplir todos tus planes.” (20:4-5)

Las ofrendas que traemos al Templo de Jerusalén son encomendadas por Dios para que estemos siempre cerca de Él. Hemos mencionado que la raíz semántica en hebreo de “ofrenda” es la misma de “cercanía”. En esta última en verdad estamos redimidos de todo lo que impide nuestro completo bienestar, plenitud y autorrealización.

De ahí que nuestros deseos y planes deban estar dirigidos a perseguir sólo lo bueno en la vida como quiere Dios, para vivir Sus modos y atributos en este mundo.

“Sólo amorosa bondad y compasión me seguirán todos los días de mi vida, y yo viviré en la casa del Eterno para siempre [lit. por muchos largos días].” (23:6)

Con este versículo en paráfrasis entendemos que para vivir en la manifiesta presencia de Dios en Su casa, el Templo de Jerusalem, solamente amorosa bondad y compasión deben gobernar todos los aspectos y expresiones de la vida.

Los versículos anteriores en el capítulo (23) citado aquí se refieren a lo que acontece en nosotros cuando abrazamos los modos y atributos del Creador como principios y fundamentos éticos para vivir en este mundo.

El resultado es lo indicado en este versículo, como la culminación de vivir en pleno conocimiento del bien proveniente de nuestro Creador.

domingo, 4 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (III)


“Para decir toda Tu alabanza en los portales de la hija de Sión, para regocijarme en Tu redención.” (Salmos 9:15)

Decir “toda” la alabanza a nuestro Creador es una inmensa declaración que implica la búsqueda no de una simple o pasajera redención sino la eternal. “Decir todo” no se trata de elaborar el interminable inventario de las acciones y obras de Dios, por las que lo alabamos, sino de un retorno total a Dios que abarque todos los niveles aspectos  dimensiones de la conciencia humana.

En otras palabras, si suplicamos la redención de Dios, lo debemos hacer con “todo” lo que hay en nosotros. “Decir todo” también significa expresar lo que ocupa nuestro corazón, mente y alma, en una genuina manifestación de lo que tenemos en nuestro discernimiento, pensamiento, emociones, sentimientos y acciones. En este conocimiento “decimos” todas las alabanzas para suplicar a la gracia y compasión de Dios que nos muestre Su completa redención.

Esto debe ocurrir en los “portales” de la “hija” de Sión, que tradicionalmente entendemos como Jerusalem. Nuestra tradición oral nos cuenta que la ciudad de Dios refleja la cabeza del cuerpo, de ahí que “capital” signifique “cabeza”.

Los “portales” son los siete orificios en la cabeza, que son los ojos, oídos, conductos nasales y boca. Esto significa que el conocimiento que acabamos de señalar debe abarcar lo que vemos, oímos, olemos e ingerimos. Todos nuestros sentidos y conciencia deben estar alineamos y consonantes lo sagrado que Dios exige de nosotros para que Él nos conceda Su completa redención.

Jerusalem vista como la “hija de Sión” es el máximo conocimiento de Dios en nuestra conciencia. Este elevado nivel de conciencia es lo sagrado que el Creador quiere que compartamos con Él en este mundo, y de donde quiere compenetrarse con nosotros. Esto es el preludio del júbilo y deleite inherentes a la redención de Dios. 

“¿Quién dará desde Sión la redención de Israel? El Eterno hará volver del cautiverio a Su pueblo. Jacob se alegrará, Israel se regocijará.” (14:7)

En el judaísmo la redención final requiere e implica un cambio en la conciencia humana. Este cambio ha de ser dictado y determinado por el bien, para hacerlo prevalecer en todas las facetas y expresiones de la vida, completamente libre del mal.

Así nos hacemos conscientes de que el bien sin coexistir con el mal es lo sagrado por lo que somos redimidos. Este bien sagrado que mora en Sión es de donde proviene liberación del cautiverio de Jacob y la redención de Israel.

Nuestro “cautiverio” significa vivir en las tendencias y rasgos negativos que elegimos como moradas en nuestra conciencia. El Creador nos hará “volver” del cautiverio bajo ilusiones y fantasías materialistas hacia la libertad de las cualidades y rasgos positivos del bien.

Jacob e Israel son aquí la inocencia, pureza y entereza, combinadas con la fortaleza, determinación y autorrealización necesarias para abordar el júbilo de la redención. Este versículo nos presenta el fundamento de todas las profecías hebreas.

“Y muchos pueblos habrán dicho, ‘Venid y vayamos a la montaña del Eterno, a la casa del Dios de Jacob, y Él nos enseñará Sus caminos y nosotros caminaremos en Sus senderos’. Porque de Sión ha salido la Torá [lit. Instrucción], y la palabra del Eterno de Jerusalem.” (Isaías 2:3)

En este principio primordial se fundamenta el conocimiento que debemos adquirir para compenetrarnos con nuestro Creador. Así nos hacemos conscientes de que la Torá es la instrucción necesaria para vivir a Dios en todos los aspectos y expresiones de la vida, y que ese conocimiento proviene precisamente del lugar de conexión que es Sión/Jerusalem.

“¿Quién habrá de morar en Tu templo? ¿De quién la presencia en el monte de Tu sacralidad?” (Salmos 15:1)

Una vez más la respuesta es la misma, lo sagrado del bien que el Creador quiere que vivamos y manifestemos en el mundo, porque Su presencia también mora en el bien. Ello es lo que caracteriza el fundamento ético del bien, que se basa en actuar conforme a lo justo, lo correcto y lo constructivo en aras del bien individual y colectivo, como lo sugieren los versículos siguientes.

“Aquel que camina recto y trabaja en rectitud, y dice la verdad en su corazón; que no haya difamación en su lengua, ni haga mal a su prójimo, ni que reproche a su vecino. En cuyos ojos repudie al malvado, pero que honre a quienes reverencian al Eterno; aquel que desprecia el mal y no cambia.” (15:2-4)

Estas cualidades abrazan los modos, medios y fines positivos del bien, completamente libre de los rasgos negativos y destructivos de una actitud egocéntrica o malévola ante la vida.

sábado, 24 de febrero de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (II)

“Mi voz llama al Eterno y Él me responde desde el monte de Su sacralidad, para siempre.” (Salmos 3:5)

Este y los demás versículos que serán citados reiteran lo que hemos indicado antes. Tenemos que acercarnos a Dios en, por y con lo sagrado en nosotros, ya que es el nexo que comparte con el pueblo hebreo.

El énfasis de “para siempre” que vemos frecuentemente en los Salmos debe entenderse como algo previamente establecido para la eternidad. Dios responde en lo sagrado, trayéndonos a lo eterno de Su sacralidad.

“Y yo, en Tu abundante amorosa verdad, he de venir a Tu casa; me prosterno hacia el templo de Tu sacralidad, en reverencia a Ti.” (5:8)

El rey David evoca uno de los atributos de compasión del Creador, “abundante in amorosa bondad” (Éxodo 34:6-7) para acercarse a Él en plegaria.

Esto también lo entendemos como un atributo que debemos compartir con Dios para poder venir al lugar de Su sacralidad, la cual también debemos ir en reverencia. Aquí reverencia significa no en temor al Creador sino en reconocimiento de su insondable presencia que nos hace sentir infinitesimalmente pequeños ante Él.

Esta no es la primera ni la última ocasión en la que el rey David nos invita a adoptar la humildad, ya que esta es uno de los requisitos para invocar a Dios en oración. La reverencia aquí es una expresión de la mayor humildad, similar a prosternarse ante la magnificencia de nuestro Creador.

“Cantad alabanzas al Eterno que mora en Sión, proclamad Sus acciones entre los pueblos.” (9:12)

En el libro de las oraciones hebreas recitamos salmos para rogar a Dios que escuche nuestra voz, y que nos otorgue lo que necesitamos cada día para vivir de acuerdo a Su voluntad.

Durante este período de súplica nos acercamos a Él reconociendo Sus obras y constantes maravillas y milagros para con nosotros, y comenzar a compenetrarnos para participar en las bendiciones de Su amorosa bondad y verdad.


Entendemos las “alabanzas”, no sólo para exaltar y glorificar al Creador con palabras, sino también para actuar de acuerdo a Sus caminos y atributos por los que lo honramos, ya que nuestras acciones dicen más que nuestras palabras.

De esta manera proclamamos apropiadamente Sus obras entre los pueblos, haciéndonos conscientes de que Dios mora en la sacralidad de Sión.

domingo, 18 de febrero de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (I)

Intentar definir o describir Jerusalem es el mismo empeño inútil de concebir al Dios de los hebreos. La razón es bastante simple porque Jerusalem y el Creador se corresponden, porque el “lugar” de la presencia de Dios en el mundo es tan sagrado como Él. El nombre de esta ciudad lo confirma. La tradición oral judía nos ofrece dos significados esenciales.

Por un lado nos dice que existían dos ciudades, una frente a la otra, separadas por el valle de Josafat. Se llamaban Shalem and Jeru, las que muchos siglos después serían unificadas por el rey David. Por ello el escritor de los Salmos es considerado el fundador de la ciudad, y quien la estableció como la capital eterna e indivisible de Israel.

La otra versión es que la ciudad originalmente se llamaba Shalom (paz), y luego de la ofrenda de Abraham, de su hijo Isaac, aquel la llamó Yierushalem. La traducción de este nombre se puede entender de dos formas complementarias, “aparecerá en paz” o “será visto en paz”, refiriéndose a Dios. Ambas están en futuro, porque sería el lugar que Él escogería para Su templo, la morada de Su presencia en el mundo.

En este sentido Jerusalem y su templo son parte del mismo lugar donde mora la Presencia Divina. Esta definición es correcta para describir su carácter eterno e indivisible, como también lo es el Dios de los hebreos.

En su libro de salmos, el rey David reflexionó sobre estas premisas con aguda percepción y claridad de lo que esta ciudad significa y representa como capital del pueblo judío en particular, y para la humanidad en general.

El salmista nos revela rasgos y atributos inherentes a Dios y a Jerusalem, no con la intención  de definirlos a ambos sino como cualidades que encontramos como nexos que los unen. Contemplaremos y elaboraremos en estas al citar los versículos en los salmos, donde el rey David se refiere a Jerusalem, a Sión y al Templo, como el mismo lugar.

La tradición oral hebrea no ofrece significados específicos para Sión, sino solamente como un sinónimo de Jerusalem y su templo. Así comprendemos y asimilamos que el sionismo es la creencia estructural y fundamental del judaísmo en Jerusalem como la capital de Israel elegida por Dios.

En este contexto judaísmo es sionismo, y los judíos son inherentemente sionistas. Esta creencia es fundamental para abordar la presencia de Dios en el mundo.

Sigamos los pasos del rey David en Jerusalem, e iluminémonos con la presencia de Dios en la capital, la cabecera eterna de Israel.

“Y Yo he establecido Mi rey en Sión, el monte de Mi sacralidad.”
(Salmos 2:6)

La Biblia hebrea menciona repetidamente que Dios es sagrado, refiriéndose a seguir Sus caminos, atributos y mandamientos.

“Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles a ellos, ‘Sed sagrados, porque el Eterno vuestro Dios es sagrado’.” (Levítico 19:1)

Entendemos lo sagrado no sólo como uno de los atributos del Creador sino también como precondición para acercarnos a Su presencia. Así asimilamos lo sagrado como algo que necesitamos ser y tener para compenetrarnos con Dios.

De ahí que Sión sea el monte de Su sacralidad, donde Él establece Su rey como el regente que mejor entiende e imparte la voluntad de Dios para Su pueblo.

No podría ser de otra manera, ya que lo sagrado en el Creador requiere igualmente un lugar sagrado para habitar en el mundo y un rey sagrado para regir en aras de lo sagrado. Lo esencial es comprenderlo como cualidad o cualidades que excluyen todo lo que es ajeno a los modos, medios y atributos de Dios.

En este sentido asimilamos que se trata de lo que es bueno y lo inherente a esto, porque el bien es lo que nos hace sagrados y a la vez nos asemeja al Creador.


El hecho de que el versículo indique “establecimiento” significa que todo lo relacionado con Sión y Jerusalem existe para la eternidad.

sábado, 10 de febrero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXVII)

“Y además de estas, hijo mío, sé advertido. La hechura de muchos libros no tiene fin, y mucho estudio es un cansancio para la carne. El fin de todo el asunto oigamos, ‘Reverencia [lit. teme] al Eterno y guarda Sus mandamientos, porque esto es la totalidad del hombre; para cada obra el Eterno trae un juicio, para cada cosa oculta, sea buena o mala’.”
(Ecclesiastés 12:12-13)

El rey Salomón concluye su iluminador mensaje, como aquel que congrega a su pueblo Israel llamándolo “hijo” para unirlo bajo la conducción del Creador.

Sin importar cuánto aprendamos del mundo y su naturaleza, al igual que del conocimiento de la vida encontrado y acumulado por la conciencia humana, la mayor parte de este se convierte en una fatigante carga.

El mensaje esencial de Kohelet es reiterado haciéndonos conscientes de que lo verdaderamente importante en la vida es el bien como principio regidor en la creación de Dios, que también es el propósito de todos los mandamientos en Su Torá. En estos se sostiene la totalidad de la identidad judía.

En el bien nada se escapa de su marco ético, porque se basa en el también principio regidor de causa y efecto, el cual es el “juicio” que justifica el bien. De ahí que todas nuestras acciones, buenas o malas, dependan de este principio. Bajo este finalmente podremos asimilar que el bien es su propia causa y efecto.

Al integrar este principio en nuestra conciencia, el Creador responderá con Su redención final, como lo asegura el rey David en sus salmos.

“Oiré que Dios el Eterno hablará, porque Él hablará a Su pueblo y a sus piadosos; y no dejará que vuelvan a la locura. Ciertamente Su redención está cerca de aquellos que lo reverencian, para que la gloria more en nuestra tierra.”
(Salmos 85:9)

En este conocimiento el bien es nuestra verdad y estará unida a la compasión del bien que emana de Dios.

“La compasión y la verdad se encontraron juntas, la rectitud y la paz se han besado. La verdad brota de la tierra y la rectitud ha mirado desde el cielo. También el Eterno dará lo que es bueno y nuestra tierra dará su fruto. La rectitud irá ante Él y hará camino con Sus pasos.” (Ibid. 85:11-14)

“Rectitud y justicia son los cimientos de Su trono, compasión y verdad van a ante Ti.” (Ibid. 89:15)

domingo, 4 de febrero de 2018

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (XXXVI)

“En los días en que los guardianes de la casa tiemblan, y los fuertes se arrodillan, y los trilladores dejan de serlo, porque se han convertido en pocos. Y los vigías en las ventanas se han apagado, y las puertas son cerradas en la calle. Cuando el sonido del trillar es bajo, y uno se asusta [lit. se levanta] con el trino de un pájaro, y todas las hijas del cántico son acalladas. Sí, ellos se asustarán de las alturas, y los temores vienen en camino; y el almendro florecerá, y el grillo será una carga, y el deseo fracasará; porque el hombre se dirige a su última [lit. eterna] morada, y los enlutados andan por las calles.”
(Eclesiastés 12:2-5)

Estos versículos se refieren al mal en su hora más oscura, cuando no hay esperanza de que seamos redimidos de sus modos, rasgos y tendencias, que parecerían acabar con el bien en la conciencia humana como la “casa” en la que los “guardianes” tiemblan.

Estos guardianes y vigías, junto con “los fuertes” y “los trilladores”, se vuelven escasos cuando el bien debe ser defendido para prevalecer contra la maldad.

La alegría en los corazones como el cántico de las cualidades y tendencias positivas (“las hijas”) son acalladas y apagadas, similares a la vida al final de su tiempo en la tumba. La altitud necesaria para tener una buena actitud también cae tan bajo como una tumba.

“Mientras que el cordón de plata no sea removido, y el tazón dorado quebrado, y la vasija rota por la fuente, y la rueda quebrada por el manantial. Y el polvo regrese a la tierra como era, y el alma vuelva al Eterno que la dio. ¡Vanidad de vanidades, dijo Kohelet, todo es vanidad!” (12:6-8)

Una vez la muerte llegue como consecuencia de vivir en el vacío de las futilidades, es apropiado decir que todo es vanidad. Las fantasías e ilusiones de ego parecen reinar en el mundo material, empeñadas en robar la vida del alma que Dios nos ha dado para conocerlo en Sus caminos y atributos, que son la fuente todo lo que es bueno, porque en el bien comenzamos a conocer al Creador de todo.

“Y además porque Kohelet era sabio, él siguió enseñando al pueblo conocimiento, y a escuchar, y a buscar; él hizo justas muchas sonrisas. Kohelet buscó encontrar palabras placenteras escritas por palabras justas de la verdad. Las palabras de los sabios son como picanas y como cercas plantadas por los capataces de las cosechas. Ellas fueron dadas por un Pastor.” (12:7-11)


Esta es la sabiduría como el conocimiento de Dios que Kohelet, el rey Salomón, enseñó para ayudarnos a encontrar la alegría de las “justas muchas sonrisas” del bien, porque en ese único Pastor que es el Creador encontramos las placenteras “justas palabras de la verdad”.

Estas son las picanas y cercas plantadas por los modos, medios y atributos del bien, dados por Dios como las cualidades que más temprano que tarde cosecharán los frutos en el campo de la vida en este mundo.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.