miércoles, 21 de junio de 2017

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (III)

“Yo me dije a mí mismo, ‘He aquí que he adquirido para mí una gran sabiduría por encima de los que estuvieron antes que yo en Jerusalén. Y mi corazón vio tanto, y apliqué mi corazón [a conocer la sabiduría], [y para conocer] la locura y la insensatez, [para saber que] esto también es una vejación del espíritu.” (Eclesiastés 1:16-17)

El rey Salomón nos recuerda nuevamente que en la sabiduría adquirida en su vida por la gracia de Dios, nos advierte acerca de la futilidad de las fantasías e ilusiones de ego. Mientras que vivamos en aras de creencias y sentimientos de carencia improductivos e inútiles que son pura distracción, estaremos despreciando y menoscabando el bien como nuestra esencia y verdadera identidad.

El bien es el espíritu que nos eleva para conocer a Dios, porque el bien es nuestro nexo con Él. Salomón estaba verdaderamente inmerso en la sabiduría que Dios le dio y lo convirtió en el más sabio de los hombres para compartir sus reflexiones y conclusiones con nosotros. Así aprendemos de sus mensajes en este libro, al igual que en el Cantar de los Cantares y en el libro de Proverbios.

“Porque con la abundancia de sabiduría [hay] abundancia de pesar [lit. ira], y quien añade conocimiento añade dolor.” (1:18)

Vemos que entre más nos hacemos sabios, más nos hacemos conscientes de la naturaleza del mal, la iniquidad y la actitud negativa ante la vida, basadas en las fantasías e ilusiones de ego. Una vez llegamos a conocer plenamente las múltiples vías y expresiones de la maldad, nuestra ira para rechazarlas y combatirlas se hace tan fuerte como saber el valor del bien como aquello que realmente importa en la vida. Entre más entendemos los daños y perjuicios que causa la maldad, más nos instamos a combatirla y eliminarla de nuestra conciencia y de la faz de la tierra tal como nos lo encomienda el Creador.

“Y me dije en mi corazón, ‘Ven ahora, que te pondré a prueba en [materia de] dicha y ver lo que es bueno’; y he aquí que ello también es vanidad. (2:1)

Salomón pone a prueba sus emociones y sentimientos para determinar el valor de estos en lo referente al bien. En caso de no encontrar el bien en estos, ello constituye vanidad.

Una lección que aprendemos de este versículo es la determinación de Salomón de poner a prueba aquello que puede considerarse dicha o algo placentero para sus emociones en relación con el bien que estos puedan tener o hacia lo que puedan conducirlo a él. Debido a su naturaleza, los espejismos, fantasías e ilusiones no tienen nada de real, por el hecho de que se basan en algo no verdadero como lo es el bien.   

“Acerca de la risa yo digo [que esta es] insensatez; y acerca de la dicha, ¿qué es lo que hace? Busqué en mi corazón estimular mi vida [lit. carne] en el vino, y [aun así] mi corazón se condujo en sabiduría, y para comprender [lo que es] la insensatez hasta ver lo que cuenta [lit. números] en sus vidas [de los demás]” (2:2-3)

Asociamos los números con contar, ya que se supone contamos aquello que interesa en la vida. Como ya lo hemos dicho, cualquier tipo de dicha o felicidad basada en fantasías e ilusiones de ego es pura insensatez y no añade nada significativo a la vida. Nuestros sabios relacionan el vino con el regocijo, y Salomón abordó la vida como la felicidad que puede producir el vino, sin que ello implicase perder sabiduría ya que esta última contiene la dicha que resulta del conocimiento.

En esta dicha en particular también podemos distinguir entre una auténtica felicidad y la naturaleza temporal de las insensateces que no agregan nada a lo que realmente cuenta e interesa.

“Grandes obras yo hice. Construí para mí casas, planté para mí viñedos. Jardines y huertos, árboles frutales de toda clase. Fuentes de aguas. Y compré esclavos, y sirvientas, y sirvientes, también muchos rebaños y ganado tuve más que todos [mis predecesores] en Jerusalén. Amasé para mí también plata y oro, y el tesoro de reyes, y las provincias. Instrumentos musicales y los placeres de los hombres, y también cofres de cofres. Así yo crecí y superé todo lo que estaba antes que yo en Jerusalén, mientras que mi sabiduría se quedaba conmigo.” (2:4-9)

El propósito de la sabiduría es construir algo con ella, y estos versículos nos invitan a poner nuestro bien individual en el mundo exterior, en aras del bien. Lo hacemos no solamente por los demás sino también por nosotros. “Casas” y “viñedos” tienen muchos significados materiales y espirituales. Una casa abarca la vida, la conciencia y sus dimensiones.

“Dichosos son aquellos que residen en Tu casa, ellos te alabarán eternamente.”
(Salmos 84:4)

No podemos concebir o asimilar la “casa” de Dios o alabarlo “eternamente”, pero sabemos con certeza que la dicha es parte de hacerlo “ahí” y que es eternamente porque el Creador es eterno. Aquí nos damos cuenta que cualquier idea que tengamos de la felicidad es ínfima comparada con vivir en un “lugar” de Dios.

“Viñedos, jardines, huertos y árboles frutales” (ver nuestro comentario acerca de El Cantar de los Cantares en este blog) representan los frutos de nuestras buenas acciones, ya que estas son semillas que plantamos en el campo de la vida. Al enfocarnos en ser y hacer el bien cosechamos sus beneficios nosotros y los involucrados.

Las “fuentes de aguas” evocan las bendiciones del bien con el que consagramos la vida, mientras que “esclavos”, “sirvientas”, “sirvientes” e “hijos” simbolizan rasgos y cualidades que nos ayudan; y también representan nuestras obras que perduran por generaciones. “Rebaños y ganado” son seguidores y estudiantes que aprenden de la sabiduría.

“Plata y oro” se refieren a los recursos materiales y espirituales necesarios para construir a partir el bien como nuestro propósito primordial en la vida, mientras que “el tesoro de los reyes” es el principio regidor que eleva nuestra conciencia conduciéndonos en los caminos y atributos del Creador.

Las “provincias” son los dominios materiales y espirituales en los que expandimos la conciencia mediante el bien que perseguimos y manifestamos en todos los aspectos y dimensiones de la vida.

Los “instrumentos musicales” sirven tanto para celebrar y alegrarnos de nuestros pensamientos y emociones, al igual que para alabar y exaltar las cualidades multidimensionales del bien que Dios ha puesto en nosotros con Sus bendiciones en todo momento. En esta materia el rey David es el mejor poeta, compositor y músico que jamás haya existido.

“¡Alabad al Eterno! Alabad a Dios en Su morada sagrada. Alabadlo en la expansión de Su fortaleza. Alabadlo en Sus poderosos actos. Alabadlo en la abundancia de Su grandeza. Alabadlo con el sonido de trompeta. Alabadlo con lira y arpa. Alabadlo con tambor y danza. Alabadlo con instrumentos de cuerda y viento. Alabadlo con platillos resonantes. Alabadlo con platillos altisonantes. ¡Que todo ser que tiene alma alabe a Dios!(Salmos 150)


El rey Salomón nos dice que cuando nos hagamos plenamente conscientes de que nuestras vanidades no nos llevan a nada significativo y fructífero como lo hace el bien, en esta realización la sabiduría del bien nos hace trascender las fantasías e ilusiones materialistas, ya que esta sabiduría se queda siempre con nosotros.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.