domingo, 4 de marzo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (III)


“Para decir toda Tu alabanza en los portales de la hija de Sión, para regocijarme en Tu redención. (Salmos 9:15)

Decir “toda” la alabanza a nuestro Creador es una inmensa declaración que implica la búsqueda no de una simple o pasajera redención sino la eternal. “Decir todo” no se trata de elaborar el interminable inventario de las acciones y obras de Dios, por las que lo alabamos, sino de un retorno total a Dios que abarque todos los niveles aspectos  dimensiones de la conciencia humana.

En otras palabras, si suplicamos la redención de Dios, lo debemos hacer con “todo” lo que hay en nosotros. “Decir todo” también significa expresar lo que ocupa nuestro corazón, mente y alma, en una genuina manifestación de lo que tenemos en nuestro discernimiento, pensamiento, emociones, sentimientos y acciones. En este conocimiento “decimos” todas las alabanzas para suplicar a la gracia y compasión de Dios que nos muestre Su completa redención.

Esto debe ocurrir en los “portales” de la “hija” de Sión, que tradicionalmente entendemos como Jerusalem. Nuestra tradición oral nos cuenta que la ciudad de Dios refleja la cabeza del cuerpo, de ahí que “capital” signifique “cabeza”.

Los “portales” son los siete orificios en la cabeza, que son los ojos, oídos, conductos nasales y boca. Esto significa que el conocimiento que acabamos de señalar debe abarcar lo que vemos, oímos, olemos e ingerimos. Todos nuestros sentidos y conciencia deben estar alineamos y consonantes lo sagrado que Dios exige de nosotros para que Él nos conceda Su completa redención.

Jerusalem vista como la “hija de Sión” es el máximo conocimiento de Dios en nuestra conciencia. Este elevado nivel de conciencia es lo sagrado que el Creador quiere que compartamos con Él en este mundo, y de donde quiere compenetrarse con nosotros. Esto es el preludio del júbilo y deleite inherentes a la redención de Dios. 

“¿Quién dará desde Sión la redención de Israel? El Eterno hará volver del cautiverio a Su pueblo. Jacob se alegrará, Israel se regocijará. (14:7)

En el judaísmo la redención final requiere e implica un cambio en la conciencia humana. Este cambio ha de ser dictado y determinado por el bien, para hacerlo prevalecer en todas las facetas y expresiones de la vida, completamente libre del mal.

Así nos hacemos conscientes de que el bien sin coexistir con el mal es lo sagrado por lo que somos redimidos. Este bien sagrado que mora en Sión es de donde proviene liberación del cautiverio de Jacob y la redención de Israel.

Nuestro “cautiverio” significa vivir en las tendencias y rasgos negativos que elegimos como moradas en nuestra conciencia. El Creador nos hará “volver” del cautiverio bajo ilusiones y fantasías materialistas hacia la libertad de las cualidades y rasgos positivos del bien.

Jacob e Israel son aquí la inocencia, pureza y entereza, combinadas con la fortaleza, determinación y autorrealización necesarias para abordar el júbilo de la redención. Este versículo nos presenta el fundamento de todas las profecías hebreas.

“Y muchos pueblos habrán dicho, ‘Venid y vayamos a la montaña del Eterno, a la casa del Dios de Jacob, y Él nos enseñará Sus caminos y nosotros caminaremos en Sus senderos’. Porque de Sión ha salido la Torá [lit. Instrucción], y la palabra del Eterno de Jerusalem.” (Isaías 2:3)

En este principio primordial se fundamenta el conocimiento que debemos adquirir para compenetrarnos con nuestro Creador. Así nos hacemos conscientes de que la Torá es la instrucción necesaria para vivir a Dios en todos los aspectos y expresiones de la vida, y que ese conocimiento proviene precisamente del lugar de conexión que es Sión/Jerusalem.

“¿Quién habrá de morar en Tu templo? ¿De quién la presencia en el monte de Tu sacralidad?” (Salmos 15:1)

Una vez más la respuesta es la misma, lo sagrado del bien que el Creador quiere que vivamos y manifestemos en el mundo, porque Su presencia también mora en el bien. Ello es lo que caracteriza el fundamento ético del bien, que se basa en actuar conforme a lo justo, lo correcto y lo constructivo en aras del bien individual y colectivo, como lo sugieren los versículos siguientes.

“Aquel que camina recto y trabaja en rectitud, y dice la verdad en su corazón; que no haya difamación en su lengua, ni haga mal a su prójimo, ni que reproche a su vecino. En cuyos ojos repudie al malvado, pero que honre a quienes reverencian al Eterno; aquel que desprecia el mal y no cambia.” (15:2-4)

Estas cualidades abrazan los modos, medios y fines positivos del bien, completamente libre de los rasgos negativos y destructivos de una actitud egocéntrica o malévola ante la vida.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.