domingo, 9 de julio de 2017

Eclesiastés: La ilusión de la vanidad y la realidad del amor (VI)

“No hay nada mejor para un hombre que coma y beba, y que haga que su alma goce el bien de su labor. Esto también lo he visto, que esto [el bien como su labor] es de la mano de Dios. Porque, ¿quién puede comer o quién puede tener más gozo que yo? (Ecclesiastes 2:24-25)

Hemos mencionado a menudo que el hombre que mejor entendió la Torá es el rey David, y que la prueba de ello es su libro de Salmos del cual su heredero también aprendió buena parte de su gran sabiduría. El salmista evoca frecuentemente que la creación de Dios proviene de Su amorosa bondad, y con ello nos hacemos conscientes de que esta última es la causa y propósito de todo lo existente.

De ahí que el bien es por lo que laboramos en este mundo para también ser nuestra comida y bebida que nos hace gozar la vida porque el bien proviene del Creador.

La última parte del segundo versículo no debe entenderse como una declaración arrogante del rey Salomón. Debemos entender cada declaración en la Biblia hebrea su contexto. El monarca nos está diciendo que gracias a su pleno conocimiento del bien proveniente de Dios, él es quien disfruta más que todo el mundo su comida y su bebida. Entre más nos hagamos conscientes del amor de Dios en todas Sus creaciones, más nos deleitaremos en Su amor.

“Porque al hombre que es bueno ante Él, Él le ha dado sabiduría, y conocimiento y dicha; y al transgresor Él ha dado dolores para recoger y amontonar, para [después] dar[lo] al que es bueno ante Dios. Esto también es vanidad y vejación para el espíritu. (2:26)

Una vez más se nos recuerda que la sabiduría, el conocimiento y la dicha son inherentes al bien, y también sus recompensas. De esto aprendemos que el bien no es tal sin sabiduría ni conocimiento como marcos éticos en los que somos dichosos.

“Porque el Eterno da sabiduría, por Su boca conocimiento y entendimiento.” (Proverbios (2:6)

El “transgresor” es aquel que va detrás de las fantasías e ilusiones de ego por las que se afana y malgasta su vida recogiendo y amontonando posesiones materiales que eventualmente terminarán en manos de quien Dios crea apropiado dar.

Salomón repetidamente insiste en que los esfuerzos dedicados a las fantasías e ilusiones de ego son vanidad y vejación para el espíritu que sustenta la vida. También podemos entender los “transgresores” como las tendencias y rasgos negativos que terminarán al servicio del propósito del bien como lo prometió el Creador para la era mesiánica.

“Para todo [hay] una ocasión, y un tiempo para cada propósito bajo los cielos. Un tiempo para morir y un tiempo para vivir; un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar lo sembrado. (Eclesiastés 3:1)

Sabemos que la vida es un proceso de aprendizaje desde que nacemos, y estamos destinados a ir en etapas que nos permiten elevarnos en entendimiento, conocimiento, sabiduría y madurez, que a su vez nos conducen por y para el bien en la vida como nuestro “propósito bajo los cielos” en el mundo material.

La última parte de este versículo se refiere a sembrar el bien para cosechar el bien, porque sabemos que cosechamos lo que sembramos.

“Un tiempo para matar y un tiempo para curar, un tiempo para quebrar y un tiempo para construir.” (3:2-3)

No debemos tomar literalmente “para matar” ya que el contexto de la frase es contrarrestar o corregir una acción negativa. De ahí que “para matar” se refiera a los daños que podamos causar físicamente, mentalmente o emocionalmente a nosotros mismos o a otros, y la frase siguiente contiene el mismo significado y mensaje.

Como indicamos anteriormente, la vida es un proceso de aprendizaje que el Creador quiere que experimentemos tanto como podamos para que asimilemos el bien a diferencia del mal. Puede ser un proceso doloroso debido al sufrimiento como resultado de vivir con una actitud negativa y destructiva ante la vida, producto de fantasías e ilusiones materialistas de ego.

El Creador también quiere que aprendamos no solamente del bien sino también de las decisiones negativas que presenta ante nosotros para que siempre elijamos el bien en todas sus formas, modos y expresiones.

“Venid, regresemos al Eterno, porque Él nos ha quebrantado pero Él nos ha curado. Él nos ha herido pero Él nos ha vendado. (Oseas 6:1)

“‘¡Regresad, oh hijos infieles, Yo curare vuestra infidelidad!’. He aquí que regresamos a Ti, porque Tú eres el Eterno nuestro Dios.” (Jeremías 3:22)

Podemos entender esto como un trayecto de refinación y fortalecimiento para llegar a apreciar las cualidades expansivas del bien en la conciencia humana que Dios nos revelará en los tiempos mesiánicos.

“Él nos revivirá después de dos días, [y] Él se levantará en el tercer día para que vivamos ante Él.”  (Oseas 6:2)


El profeta Oseas nos recuerda que después de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén (“un día” para cada Templo), el Creador aparecerá para nosotros en el Tercero y eterno Templo para que vivamos (habitemos) ante Él eternamente. En los tiempos mesiánicos viviremos sólo para conocer en abundancia a Dios “como las aguas cubren el lecho de los océanos”.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.