domingo, 18 de febrero de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (I)

Intentar definir o describir Jerusalem es el mismo empeño inútil de concebir al Dios de los hebreos. La razón es bastante simple porque Jerusalem y el Creador se corresponden, porque el “lugar” de la presencia de Dios en el mundo es tan sagrado como Él. El nombre de esta ciudad lo confirma. La tradición oral judía nos ofrece dos significados esenciales.

Por un lado nos dice que existían dos ciudades, una frente a la otra, separadas por el valle de Josafat. Se llamaban Shalem and Jeru, las que muchos siglos después serían unificadas por el rey David. Por ello el escritor de los Salmos es considerado el fundador de la ciudad, y quien la estableció como la capital eterna e indivisible de Israel.

La otra versión es que la ciudad originalmente se llamaba Shalom (paz), y luego de la ofrenda de Abraham, de su hijo Isaac, aquel la llamó Yierushalem. La traducción de este nombre se puede entender de dos formas complementarias, “aparecerá en paz” o “será visto en paz”, refiriéndose a Dios. Ambas están en futuro, porque sería el lugar que Él escogería para Su templo, la morada de Su presencia en el mundo.

En este sentido Jerusalem y su templo son parte del mismo lugar donde mora la Presencia Divina. Esta definición es correcta para describir su carácter eterno e indivisible, como también lo es el Dios de los hebreos.

En su libro de salmos, el rey David reflexionó sobre estas premisas con aguda percepción y claridad de lo que esta ciudad significa y representa como capital del pueblo judío en particular, y para la humanidad en general.

El salmista nos revela rasgos y atributos inherentes a Dios y a Jerusalem, no con la intención  de definirlos a ambos sino como cualidades que encontramos como nexos que los unen. Contemplaremos y elaboraremos en estas al citar los versículos en los salmos, donde el rey David se refiere a Jerusalem, a Sión y al Templo, como el mismo lugar.

La tradición oral hebrea no ofrece significados específicos para Sión, sino solamente como un sinónimo de Jerusalem y su templo. Así comprendemos y asimilamos que el sionismo es la creencia estructural y fundamental del judaísmo en Jerusalem como la capital de Israel elegida por Dios.

En este contexto judaísmo es sionismo, y los judíos son inherentemente sionistas. Esta creencia es fundamental para abordar la presencia de Dios en el mundo.

Sigamos los pasos del rey David en Jerusalem, e iluminémonos con la presencia de Dios en la capital, la cabecera eterna de Israel.

“Y Yo he establecido Mi rey en Sión, el monte de Mi sacralidad.
(Salmos 2:6)

La Biblia hebrea menciona repetidamente que Dios es sagrado, refiriéndose a seguir Sus caminos, atributos y mandamientos.

“Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles a ellos, ‘Sed sagrados, porque el Eterno vuestro Dios es sagrado’.” (Levítico 19:1)

Entendemos lo sagrado no sólo como uno de los atributos del Creador sino también como precondición para acercarnos a Su presencia. Así asimilamos lo sagrado como algo que necesitamos ser y tener para compenetrarnos con Dios.

De ahí que Sión sea el monte de Su sacralidad, donde Él establece Su rey como el regente que mejor entiende e imparte la voluntad de Dios para Su pueblo.

No podría ser de otra manera, ya que lo sagrado en el Creador requiere igualmente un lugar sagrado para habitar en el mundo y un rey sagrado para regir en aras de lo sagrado. Lo esencial es comprenderlo como cualidad o cualidades que excluyen todo lo que es ajeno a los modos, medios y atributos de Dios.

En este sentido asimilamos que se trata de lo que es bueno y lo inherente a esto, porque el bien es lo que nos hace sagrados y a la vez nos asemeja al Creador.


El hecho de que el versículo indique “establecimiento” significa que todo lo relacionado con Sión y Jerusalem existe para la eternidad.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.