domingo, 6 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XII)


“¿Por qué parecéis en envidia, montañas de cumbres, ante la montaña que el Eterno ha deseado para Su morada? Sí, el eterno morará en ella para siempre. (Salmos 68:17)

Hemos señalado a menudo que las montañas simbolizan principios, creencias, valores e ideas inmutables. Entre más grandes y elevadas son, más difíciles son de mover, cambiar o modificar. En este versículo vemos una comparación entre todo tipo de ellas y la que representa el principio rector de Dios para Su creación.

Envidia es lo que sentimos cuando algo o alguien posee lo que más deseamos. El único remedio contra ella es ser o convertirse en aquello que codiciamos.

En vez de poseer lo que deseamos, de lo que se trata es convertirnos en el objeto de nuestro deseo. Esto podría parecer narcisista pero no lo es, porque no se trata de poseer aquello que deseamos como depredadores confesos. Si codiciamos la abundancia, tenemos que convertirnos en fuente de abundancia, al igual que con todo lo demás.

Las montañas envidian ser el lugar de la morada del Creador, la cual entendemos como la montaña o el principio rector destinado a dirigir la vida en este mundo.

En este sentido, aquello que no es bueno desea serlo, ya que el bien es la fuente de toda existencia. Estamos hablando de algo ciertamente eterno, como lo establece la segunda parte del versículo.

“Desde Tu templo en Jerusalem, donde reyes habrán de traerte ofrendas. (68:30)

En este salmo 68 en particular, leemos que todo lo que Dios ha creado es instado a reconocerlo, agradecerle, alabarlo y reverenciarlo por lo que Él hace; incluidos montañas  como principios, y reyes como gobernantes que dirigen nuestra conciencia en torno a lo que pensamos y hacemos.

Una vez más es reiterado que todo lo creemos, valoramos, apreciamos y abrigamos debe inspirarse, sostenerse y nutrirse con los modos, medios y atributos del bien como templo en el que honramos a nuestro Creador y nos compenetramos con Él con lo mejor en nosotros.

Todos estos que abarcan nuestra conciencia son los “reyes” que gobiernan en lo que somos, tenemos y hacemos; y que ciertamente son las elevadas ofrendas que traemos a la Fuente del bien. En este conocimiento reverenciamos a Dios.

“Reverenciado es el Eterno en Tus sagrados predios, el Dios de Israel. Él da fortaleza y poder al pueblo [de Israel]. Bendecido sea el Eterno. (68:36)

Los predios sagrados de Dios son Sus modos y atributos (Éxodo 34:6-7) con los que se relaciona con Su creación, la cual lo proclama como el Dios de Israel.

Tal como lo hemos mencionado frecuentemente, Él les el principio regidor por el que el pueblo de Israel define y manifiesta su identidad, porque en esta identidad encuentran su fortaleza y poder para hacer prevalecer el bien en este mundo.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.