domingo, 13 de mayo de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (XIII)


“Porque el Eterno redime a Sión y construye las ciudades de Judá; y ellos han morado ahí, y es su posesión. Y los descendientes [lit. semilla, simiente] de Sus servidores la heredan, y quienes aman Su Nombre moran en ella.
(Salmos 69:35-36)

Estos versículos destacan el nexo eterno entre el Creador e Israel. Sin importar la separación o la destrucción, Él prometió redimir los rasgos, modos y atributos que ambos comparten. Estos son las “ciudades” como valores y principios en los que moramos, que también son nuestra herencia y posesión.

Podemos entender nuestros descendientes como nuestra “semilla”, no sólo como hijos o nietos, sino también como el bien que creamos con nuestras acciones. Así asimilamos que siendo y hacienda bien amamos el Nombre de Dios, que también es el bien en el que estamos destinados a morar eternamente.

“Recuerda Tu congregación que adquiriste desde antaño, la cual Tú has redimido para ser la tribu de Tu heredad; este monte Sión, [donde] Tu presencia viene. (74:2)

Nuevamente es mencionada la promesa de redención de Israel como la adquisición milenaria del Creador, para prevalecer en el bien como Su heredad. Todo esto ocurre en Sión como el tiempo y espacio de compenetración entre Dios e Israel, donde Su presencia “viene”.

Notemos que en cualquier parte del libro de salmos donde se menciona a Sión o Jerusalem, cada versículo citado se une a la continua afirmación del mismo principio o mensaje. El versículo en Salmos 74:2 es la continuación del citado en Salmos 69:35, como igualmente ocurre en los demás citados en lo sucesivo.

“Eleva Tus pasos hacia las desolaciones perpetuas. Derrota todos los males del enemigo en la sacralidad [de Tu templo]. Tus enemigos rugen en el lugar donde Tú te has reunido con nosotros. Ellos colocan sus banderas como estandartes. Ellos han quemado Tu santuario hasta el piso. Han profanado el lugar de la morada de Tu Nombre.
(74:3-4, 7)

El rey David clama a Dios rogando por Su complete redención final de aquellos que pretenden ocupar el lugar de Su morada, y hacer que sus despreciables rasgos y tendencias gobiernen cada aspecto y expresión de la conciencia. Estos ciertamente son las desolaciones perpetuas como predicamento de ilusiones y fantasías materialistas generadas por una actitud egocéntrica.

El versículo prosigue para indicar que solamente en lo sagrado del bien que mora en el santuario de Dios podemos derrotar todas las formas y expresiones de la maldad.

Al abrazar el bien como nuestra esencia y verdadera identidad, y como el santuario donde nos compenetramos con el bien que emana de nuestro Creador, no hay mal que no podamos vencer y transformar en algo positivo para hacer de la vida algo mucho mejor.

Para poder retornar al bien, no sólo como nuestra identidad real sino también como nuestra constante redención, primero tenemos que retirar los avisos, banderas y estandartes que nos definen como lo que representan.

Estos son los rasgos negativos y destructivos que destruyen lo que alguna vez creímos lo mejor en nosotros. Son los males que queman nuestro nexo con el bien como nuestra esencia e identidad proveniente del bien que pronuncia el Nombre de Dios.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.