domingo, 15 de abril de 2018

JERUSALEM EN EL LIBRO DE SALMOS (IX)


“Caminad en Sión, andad dentro de ella; contad sus torres. Contemplad sus murallas, recorred sus palacios; para que lo relatéis a la próxima generación. (Salmos 48:13-14)

El rey David nos invita conocer a fondo la ciudad de Dios, por razones obvias; ya que debemos conocer al Creador que nos sustenta y prove el bien necesario para vivir en este mundo.

Más aun, este conocimiento se trata en realidad más acerca de nosotros que de Dios. Tal como hemos señalado con frecuencia, Jerusalem es el más elevado nivel de conciencia a través del cual nos relacionamos y compenetramos con Él.

Nos estamos refiriendo a cualidades, rasgos y atributos como fortalezas representadas por “torres”, “murallas” y “palacios” que compartimos con Dios. Entre más los conozcamos, reconozcamos y abracemos como parte de lo que somos, también comenzaremos a familiarizarnos con el Creador que los compartimos en ese lugar único que Él llama Su morada.

“Porque así es el Eterno nuestro Dios, por siemore. Él nos guiará eternamente. (48:15)

Seamos conscientes de que este proceso de conocimiento divino es eterno, porque Dios es indescifrablemente eterno. En este entendimiento aprendemos que nuestro conocimiento del Creador es por todos los tiempos y todas las generaciones, lo que quiere decir que nuestros hijos y nietos nacen para compartir también este destino divino.

“De Sión emana la perfección de la belleza, de donde el Eterno resplandece. (50:2)

Hemos indicado que luz en vez de oscuridad, perfección en vez de imperfección, belleza en vez de fealdad, son todas referencias y abstracciones del bien. Por definición, no hay mancha, error o defecto en el bien.

Esta es la misma cualidad de Sión, porque es el lugar y trono del bien que emana de Dios. Nuestro Creador “resplandece” desde Sión, porque el bien es la perfección de lo hermoso que Él quiere que vivíamos, tengamos y disfrutemos eternamente.

El versículos nos sugiere reflexionar en nuestro requerido conocimiento permanente de que el bien es lo que debemos perseguir para nosotros, indivualmente y colectivamente, como nuestro nexo con Dios.

“Haz bien en Tu deseo para Sión; construye las murallas de Jerusalem. (51:20)

Nuestros Sabios consideran este versículo una plegaria que pide a Dios el bien y la protección de Jerusalem, que también es el bien. También podemos leerlo como invitación para invocar y traer el bien como lo mejor en nosotros, representado por Sión.

Nosotros también debemos construir las murallas para proteger el bien como fuente y sustento de nuestro bienestar, felicidad y plenitud.

“Entonces os deleitaréis en las ofrendas de rectitud, la ofrenda de elevación y en todas las ofrendas; entonces ellos ofrendarán becerros sobre Tu altar. (51:21)

El salmista reitera que el bien que queremos ser, tener y hacer se sustenta en la rectitud, ya que es el principio ético rector en la creación de Dios.

Las ofrendas que elevamos en el Templo de Jerusalem representan nuestra disposición y determinación para hacer el bien gobierne todos los aspectos, dimensiones y expresiones de nuestra conciencia.

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.