domingo, 9 de septiembre de 2012

Nitzavim: Respondiendo a Nuestro Pacto con Dios

Estamos todos unidos cuando el Creador nos convoca a Su Presencia.

“(...) aquellos que están parados aquí con nosotros este día ante el Eterno nuestro Dios, y [también] con aquellos que no están aquí con nosotros este día” (29:14)

Nuestros Sabios explican este versículo diciendo que todas las almas judías, nacidas y aun por nacer en este mundo, son reunidas por el Creador cuando nos encomienda entrar en la Tierra Prometida, y radicarnos en ella. Por lo tanto este llamado es permanente tanto para los que vivimos ahora en este mundo como para los que están por nacer en este. 

En un sentido más profundo, este llamado no es otro que la Presencia Divina en nosotros. Si fuimos reunidos en aquel entonces en la orilla oriental del río Jordán y el Creador nos dijo a través de Moisés que algunos de nosotros no estábamos allá, es evidente que Su llamado se refiere a todos nosotros que estamos aquí y ahora, y quienes eventualmente elegimos abandonarlo a Él y Sus Mandamientos. De ahí lo que continúa narrando esta porción de la Torá.

El llamado del Eterno de hecho es para todos los tiempos desde que fuimos exiliados de nuestra tierra como resultado de las decisiones equivocadas que tomamos, muy a pesar de haber sido advertidos repetidamente desde la salida de Egipto, y a través del resto de la Torá y de nuestros Profetas. 

Dios nos dotó con libre albedrío antes de poner ante nosotros bendiciones y maldiciones, de ahí que la decisión sea sólo nuestra. Entonces no podemos argüir ante el Creador que Él no nos haya instruido acerca de cómo usar nuestro discernimiento y sentido común. La Torá señala que cielo y tierra también fueron convocados como testigos contra nosotros. Y es precisamente contra nosotros si ya fuimos instruidos debidamente, y además advertidos sobre las consecuencias de separarnos del Amor de Dios para abrazar otros dioses o ídolos.

La pregunta que debemos hacernos es quiénes o qué son esos ídolos ahora en nuestros tiempos, y ego tiene la respuesta en sus ilusiones y fantasías materialistas, también representadas por las “naciones”.

“la maldición que presento ante ti que considerarás en tu corazón, entre las naciones donde el Eterno tu Dios te ha dispersado.” (30:1)

Al separarnos de los caminos y atributos de Dios somos nosotros los que nos dispersamos entre las naciones debido a la ausencia de la Presencia Divina en nuestra conciencia (ver en este blog los comentarios sobre la Parshat Nitzavim-Vayelej: “La Redención de Amor” del 29 de agosto de 2010 y Parshat Nitzavim: “El Amor de Dios como Nuestra Identidad” del 18 de septiembre de 2011).

Sabemos que la vida y el bien son la bendición que el Creador nos da cuando nos apegamos a Él. Aquí nos hacemos conscientes que la vida y el bien son manifestaciones materiales del Amor de Dios. Es así como asimilamos que Amor es la fuente que sustenta la vida con su bondad.

Amor es vida, Amor es bueno; vida es Amor, bondad es Amor porque emanan del Amor de Dios. Entonces Su convocación, que ocurre aún antes de que nazcamos en este mundo, es la bendición de saber que aunque abandonásemos Sus caminos para dispersarnos entre las naciones, Él espera que también abandonemos los dioses e ídolos de las naciones y retornar a Él.

“(...) y regresarás al Eterno tu Dios con todo tu corazón y toda tu alma, y oirás Su voz de acuerdo a todo lo que que Yo te estoy ordenando este día a ti y a tus hijos.” (30:2)

Esto quiere decir que, si elegimos retornar a Él, debe ser con todo nuestro corazón y toda nuestra alma, ya que Él nos recogerá otra vez.

“(...) entonces el Eterno tu Dios traerá de vuelta a tus exiliados, y Él tendrá compasión de ti. Él otra vez te reunirá de todas las naciones, donde el Eterno tu Dios te había dispersado.” (30:3)

El Creador nos buscará aun si estuviésemos en el Cielo, porque Él quiere a todo Israel, Su pueblo, juntos con Él en nuestra Redención Final dentro de la tierra que Él nos dio.

Aun si tus exiliados estuviesen en los confines del Cielo, el Eterno tu Dios te recogerá de allá, y Él te traerá de allá.” (30:4-5)

También sabemos que para morar con la Presencia Divina, debemos abandonar las fantasías e ilusiones de ego. Esta no es tarea fácil, de lo contrario desde hace tiempo ya estaríamos redimidos de esos ídolos. Dios lo sabe.

Porque Él sabe que somos débiles, Él recuerda que sólo somos polvo.” (Salmos 103:14)

Así nos damos cuenta que podemos ser redimidos sólo mediante Su intervención.

Y el Eterno tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, [para que tú] ames al Eterno tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, por amor a tu vida. (Deuteronomio 30:6)

La Torá dice claramente que únicamente mediante la circuncisión del corazón podemos ser redimidos. Nuestros Sabios enseñan que el corazón es el lugar donde está el libre albedrío, y que las decisiones que tomamos sean buenas o malas salen del corazón. Hemos dicho en otros comentarios en este blog y en videos contenidos en nuestro canal de YouTube (www.youtube.com/dioscomoamor) que la maldad y la negatividad no tienen existencia real y que son sólo referencias para elegir el bien y los atributos de Amor. Esto significa que la maldad es una referencia y no una opción. 

Dicho de otro modo, no necesitamos maldad ni negatividad en nuestras vidas, y aquello que no necesitamos (el prepucio) debe ser removido. Este es uno de los significados de la circuncisión en el judaísmo, como Mandamiento y como recordatorio de que nuestra misión en este mundo es eliminar los aspectos negativos de la conciencia para vivir en la libertad de los modos y atributos de Amor, a través de los Mandamientos de Dios y Su voluntad.

Como el más grande Amor de todos, el Amor de Dios removerá lo que nos hace elegir la maldición, lo innecesario, en vez de la bendición.

Ya sabemos por experiencia la diferencia entre el bien y el mal, y la Torá también nos lo enseña y ordena (para que no tengamos excusas) elegir el bien.

Este día, llamo al Cielo y a la Tierra como testigos contra ti [de que He advertido]: He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Y elegirás la vida, para que tú y tu simiente vivan; para amar al Eterno tu Dios y escuches Su voz, y te pegues a Él. Porque esa es tu vida y la longitud de tus días, para vivir en la tierra que el Eterno prometió a tus antepasados, para Abraham, para Isaac, y para Jacob, darles a ellos.” (30:19-20)
Esto es así porque Dios es nuestra bendición, nuestra vida, y nuestro bien.

El Creador nos hace un llamado para honrar nuestro Pacto con Él, antes de entrar a la Tierra Prometida (29:11) pero tenemos que responder a Su llamado. No funciona si no respondemos. Debemos también llamarlo a Él constantemente hasta que nos dé Su Redención, y nos libere de las ilusiones negativas que hemos tallado como ídolos y dioses que no necesitamos.

El Profeta también nos convoca y nos hace un llamado a esto.

“(...) aquellos que le hacen recordar al Eterno, no se queden callados. Y no le den a Él descanso, hasta que Él establezca y hasta que Él haga de Jerusalén una alabanza en la tierra [de Israel]. El Eterno juró por Su mano y por el brazo de Su fortaleza: Yo no ya no daré tu grano a tus enemigos, y extraños no beberán más tu vino por el que tú has laborado.” (Isaías 62:6-8)

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.