domingo, 19 de febrero de 2012

Terumá: El Santuario como Conexión con el Amor de Dios


La Torá, Israel, la Tierra Prometida, y el Templo de Jerusalén son los elementos esenciales para revelar la Presencia del Creador en el mundo material. Son partes de la misma entidad que llamamos conciencia, y también son los medios para lograr el propósito de esta. La Torá es el Plan Maestro del Creador, la Tierra Prometida es el espacio material y espiritual para implementar el Plan, y el Templo de Jerusalén  es nuestro más elevado conocimiento del Amor de Dios como nivel para unirnos a Él. En esta Unidad cumplimos nuestra misión de revelar y proclamar Su Soberanía sobre toda Su Creación.

Con el estudio de la Torá aprendemos a conocer al Creador a través de Sus caminos y atributos, que nosotros como Israel estamos encomendados a emular. Como nuestra herencia y legado Divino, la Torá define nuestra identidad como judíos. Somos judíos porque la Torá nos dice lo que somos. Hemos pasado centenares de generaciones inmersas en el estudio de la Torá sólo con el fin de definir para nosotros y las futuras generaciones quiénes somos. El producto de esa larga jornada son los volúmenes compilados por la Torá Oral [el Talmud]. Irónicamente, después de tantos siglos y vidas dedicadas a esa tarea monumental, seguimos debatiendo lo que define la identidad hebrea. Esto nos indica que uno de los mayores retos y esfuerzos que debemos abordar en la naciente era Mesiánica es descubrir y abrazar lo que verdaderamente somos, basados en la definición que el Creador nos dio en Su Torá.

Mientras no nos demos cuenta cuál es nuestra identidad judía, nunca sabremos nuestro propósito en el mundo material. Conocer o ignorar esta identidad ha determinado nuestra fortuna como individuos y como Nación. Si estamos dispuesto a aprender de nuestra historia, la conclusión obvia y más “lógica” sería abrazar nuestra auténtica identidad. Aunque esto pareciera que nuestro predicamento común es rebelarnos contra quiénes somos, prefiriendo asimilarnos a otras “culturas”, creencias o estilos de vida. La mayor crítica a los judíos no observantes es su falta de interés por conocer la identidad hebrea. Si por puro interés personal indagaran por ella, probablemente dejarían atrás aquello que no define lo que realmente son. Es interesante notar que en estos tiempos millares de personas de todo el mundo están abrazando el judaísmo como su identidad personal y espiritual. Esto cumple las profecías sobre “la congregación de los exiliados” como descendientes de las perdidas Tribus de Israel, por quienes rezamos tres veces al día cuando nos paramos ante nuestro Padre y Rey.

La Tierra de Israel es el lugar geográfico en el mundo material escogido por el Creador para Su pueblo, con el fin de cumplir su destino de acuerdo a Su voluntad. La Torá describe esta Tierra como espacio físico y espiritual para ejercer nuestra identidad, porque esta integra cualidades materiales y espirituales. El judaísmo concibe la vida y el mundo como parte de una unidad de la cual nada está separado, ya que nuestro destino es hacer de lo material y lo espiritual medios para revelar la Presencia de Dios como el Creador de todo. Esto abarca todos los niveles y dimensiones de la conciencia, que deben ser dirigidos y guiados por Su voluntad. Es lo que aquí llamamos el Amor de Dios como causa y efecto de lo que concebimos y vivimos como Amor en nuestra comprensión humana. Entre más descubrimos, vivimos, aprendemos y compartimos Amor, más conoceremos el Amor del Creador.

En este sentido, la Tierra de Israel integra todas las facetas de la conciencia humana, manifiestas y potenciales, bajo el conocimiento del Amor de Dios. Tenemos montañas, valles, desiertos, playas, mar, lagos, colinas y llanuras que representan pensamientos e ideales, imaginación, introspección, expresión, sensibilidad, austeridad y rasgos del carácter que expanden o limitan la manera cómo concebimos y afrontamos la vida, el mundo y nuestras relaciones con los demás. En este sentido hemos sido bendecidos con una Tierra (material y espiritual) que extiende el potencial humano en cada dimensión del intelecto, el pensamiento, las emociones, los sentimientos, las pasiones e instintos. Esta Tierra, como cualidad especial en la conciencia, nos dota para realizar la voluntad del Creador. Dicho de otro modo, mientras no vivamos en ella (no vivir en la conciencia con todo su potencial) no podremos manifestar plenamente los caminos y atributos de Dios.

El Santuario, como el Tabernáculo y el Templo de Jerusalén, es también el punto focal físico y espiritual en el que nuestra conciencia logra su total conocimiento de la identidad judía. Al asimilar el Amor de Dios como la Esencia de lo que somos mediante el conocimiento de los modos y atributos de Amor, ascendemos a Jerusalén (la más elevada realización del Amor Divino). Entonces podremos entrar al lugar más sagrado de la conciencia, el cual es nuestra conexión con el Creador. De ahí que recemos tres veces al día por la reconstrucción de Jerusalén, y este proceso sólo lo podemos hacer con la ayuda del Amor de Dios. Así entendemos terumá como el proceso de elevación a través del cual ofrendamos nuestra vida a la voluntad del Creador. Las ofrendas que elevamos en el Templo son todas las facetas, aspectos, rasgos, cualidades y dimensiones bajo la conducción de Amor como la manifestación material del Amor de Dios. Ver en este blog nuestro comentario sobre la Parshat Terumá: “Elevando la Vida al Amor de Dios” del 30 de enero 2011 para más detalles.

Sólo Amor encuentra Amor y nada más. Así comprendemos que nuestras ofrendas deben ser impecables y completas, lo que significa que en ellas no hay nada más que Amor: “(…) y haz que ellos tomen para Mí una ofrenda [lit. elevación] de cada persona cuyo corazón le inspire a generosidad (…)” (Éxodo 25:2) porque cuando Amor nos inspira y llena, la generosidad le sigue y nuestro Amor encuentra el Amor de Dios: “Y ellos Me harán un Santuario, y Yo moraré entre [en] ellos” (25:8) y la Torá es el medio para establecer este Santuario: “Y pondrás en el Arca el Testimonio que Yo te daré” (25:16)

Nuestros Sabios debaten en torno a los significados alegóricos de cada parte y utensilio del Tabernáculo, comparándolos con el cuerpo humano y con todo lo que Dios creó en los siete días de Su Creación. Con estas comparaciones nos enseñan que el Santuario integra todos los elementos de la Creación material y espiritual. Como alegoría del cuerpo humano, significa que todo lo que el cuerpo contiene debe ser consagrado al Creador, de ahí que: “Dichosos son aquellos que moran en Tu Casa, [porque] ellos te alabarán por siempre (Salmos 84:4) ya que después de todo somos Sus criaturas y nuestro destino es conocerlo a Él y unirnos a Él. Este es el legado de la Torá, de Israel, la Tierra Prometida, y el Templo de Jerusalén: “Alaba al Eterno, oh Jerusalén; alaba a tu Dios, oh Sión. Porque Él ha reforzado los cerrojos de tus portales, Él ha bendecido a tus hijos en medio de ti. Él ha hecho la paz dentro de tus fronteras, Él te sacia con el mejor de los trigos” (147:12-14)

Del Prefacio del Libro

¿Por qué el Amor de Dios, como nuestro Creador, fue escondido por tanto tiempo? Nuestros Sabios místicos hebreos creen que fue ocultado por Sí Mismo para que nosotros lo busquemos, lo encontremos y lo revelemos. Pero, ¿por qué quisiera esconderse como en un juego de niños? No. Nosotros lo escondimos. Fuimos nosotros quienes no quisimos reconocer el Amor de Dios como nuestro Creador.(...) Reexaminemos nuestra memoria ancestral, intelecto, sentimientos, emociones y pasiones. Hagamos que despierten a nuestra verdadera Esencia, captemos la exquisita conciencia del Amor de Dios. La manera en la que está escrito este libro procura reafirmar y reiterar su propósito, por lo tanto presenta su mensaje y contenido en forma reiterativa. Esa es su meta para reinstaurar esta Verdad originalmente proclamada en nuestras Sagradas Escrituras, por nuestros Profetas y Sabios. Nuestro propósito es entronizar el Amor de Dios como nuestra Esencia y verdadera identidad en todas las dimensiones de la conciencia, para así cumplir Su Promesa de que Él habite entre nosotros para siempre.